El 7 de River Valley 31. Bastian
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31. Bastian

Bastian

Trato de mantener la calma. De concentrarme en mi respiración y no en las sensaciones que me provoca estar en una clase vacía con la luz del día entrando por las ventanas y ella frente a mí, esperando a que diga algo, pero ¿el qué?

«¿Qué quieres que te diga, Bee? ¿Que no ha sido mi culpa?», pienso, pero no digo nada.

—Bueno, ¿qué? —El sonido de su respiración llena la clase—. ¿Qué ha pasado, Bastian?

¿Por dónde empiezo?

Creo que cualquier cosa que diga va a sonar a excusa barata. «Él ha dicho…», «Es que no es lo que parece» y todas esas cosas que igual en otro contexto o en la boca de otra persona no suenan tan mal, pero en este, desencajan. Como una bisagra que chirría constantemente al abrir una puerta.

—Nada —suelto con brusquedad, porque es más fácil eso que explicarle cómo me siento.

No me apetece comerme otro reproche. Y creo que tampoco tengo la fuerza suficiente para enfrentarme a lo que sea que piense de mí, así que esquivo su mirada girando la cabeza hacia la ventana.

—¿Por qué no me lo cuentas?

Levanto la vista sin mover un solo músculo. Me observa sin pestañear, con sus enormes ojos veteados en tonos verdes y marrones. Esperando que le dé una explicación de lo que ha pasado hace un momento, y yo odio tener que excusarme ante nadie para que me crean.

Porque nunca lo hacen, y ella no va a ser diferente.

Me paso la lengua por el carrillo. Molesto.

—¿Qué quieres que te diga, Bee? Ya te lo ha dicho él.

Está apoyada en el borde de un pupitre y me mira por encima de la montura de sus gafas, con las cejas arqueadas y la boquita en una mueca.

Parece enfadada y, sinceramente, le sienta muy bien.

Deslizo la mirada por su camiseta de color blanco, que deja entrever parte de las curvas que definen su cuerpo, y por una falda de pana marrón que le llega hasta la mitad de los muslos, cubiertos por unas medias finas.

Trago saliva y aparto la mirada de golpe.

—Quiero que me lo cuentes tú —dice con un tono exigente que se aleja bastante del que suele usar conmigo.

Entrecierro los ojos sin dejar de observar los suyos, buscando sinceridad en ellos.

Mi corazón tropieza cuando parece que hay una necesidad por su parte de conocer mi versión, y me ahogo en la maldita necesidad de querer hacerlo bien y contárselo para que ella decida; pero ni siquiera sé por dónde empezar.

Me llevo la mano al pelo, desesperado. Ya no solo porque toda su atención está puesta en mí y en el efecto que todo eso provoca en mi interior, sino porque creo que es la primera vez que no hay una acusación.

—¿Por qué? —Mi voz sale más ronca de lo habitual. Bajo la vista a su boca.

—Porque las historias tienen tantas versiones como participantes. Él tiene la suya y tú tienes la tuya.

—¿Y quieres escuchar la mía?

—¿Por qué no?

—Porque él ya ha dicho que…

Me interrumpe y, aunque de normal odio que lo hagan, ahora mismo pagaría porque fuera algo recurrente entre nosotros.

—Todo el mundo merece el beneficio de la duda, Bastian. —Se encoge de hombros y habla con una tranquilidad que me fascina—. No sé qué es lo que ha pasado y por eso te estoy preguntando, porque quiero saber qué piensas tú. Cómo te sientes.

No puedo dejar de mirarla asombrado, porque siempre he sido el malo en la película de todo el mundo, incluso en la mía propia. Estoy acostumbrado a que me acusen sin preguntar. A que me juzguen a gritos o en silencio. A esas miradas que se te clavan en la piel y que hacen que te sientas culpable.

Me remuevo nervioso y un fogonazo de dolor me atraviesa el hombro.

—No creo que sea algo tan raro, ¿no?

—No lo sé. —Me encojo de hombros—. Es que, cuando era pequeño, todas las culpas eran para mí.

—¿Eres hijo único?

Asiento en silencio y veo que se acerca con cautela.

—Bueno, es normal que, siendo el único, te echen la culpa de todo, a mí también me pasaba.

Curvo las cejas porque se me hace raro imaginarme a Bee de pequeña liándola por casa.

—Dudo mucho que a ti te echaran la bronca. Mira qué cara de buena.

Se sonroja y esconde su media sonrisa parándose a medio camino y colocando los brazos en jarras.

—Bueno, en realidad culpaban antes a mi conejita que a mí.

—¿En serio? —Solo imaginar la escena me hace reír—. Aunque mi casa estuviera llena de animales salvajes, el primer culpable era yo. Siempre.

—Y por eso ahora piensas que no mereces ni siquiera la oportunidad de poder explicarte.

No es una pregunta, sino una afirmación que me duele más de lo que me gustaría admitir.

—Supongo. —Trago saliva.

Retoma su camino y se acerca sin apartar sus ojos de los míos.

—Pues creo que ya es hora de cambiar eso, ¿no?

Carraspeo y procuro erguirme sin que mi hombro sufra.

—¿Qué quieres decir?

Se me corta el aire de golpe cuando se acuclilla frente a mí y se apoya sobre una de sus rodillas.

—Todos vivimos muy cómodos con cosas tipo: «Es que soy así…

», «No sé cómo ser de otra manera», y parece que con eso tenemos todo justificado.

—Se lleva la mano al pecho—. Yo misma me incluyo.

Y sé que debería cambiar muchas cosas, pero no lo hago por miedo.

Porque sé que me va a suponer un esfuerzo que no sé si me compensa…

—Sus ojos brillan con intensidad—. Y tú haces lo mismo.

Te refugias en que eres lo peor para no hacer el esfuerzo de intentarlo.

Frunzo el ceño y aparto la cara con brusquedad, porque es la primera persona que parece ver a través de mí y me aterra que vea cómo soy.

—¿Nos podemos ir? —suelto con brusquedad, deseando salir de ahí y dejar de sentirme tan expuesto.

—Ya veo. —Su tonito me molesta—. Así que, cuando algo no va como tú quieres, huyes.

La rabia se apodera de mí y, movido por un impulso, me inclino hacia ella y me agarro a la mesa que tengo al lado.

—No. Claro que no —refunfuño, posando los ojos en su boca de forma fugaz—. Pero ¿qué quieres que te diga? ¿Que tienes razón?

—Lo que pienses. Da igual lo que sea.

—Es gracioso que los consejos no te los aplicas a ti misma. —Chasqueo la lengua—. El otro día podrías haber mandado a Grayson a la mierda y no lo hiciste.

Bee aprieta los labios con fuerza e hincha el pecho de aire.

—Te he dicho que yo soy la primera que no cambia cosas que debería.

—Entonces, ¿por qué me dices a mí que lo haga cuando tú tampoco eres capaz?

Quizá haya sido demasiado brusco con ella cuando lo único que intenta es ayudarme. Pero no estoy demasiado acostumbrado a recibir ayuda de forma desinteresada o a que no venga con algún comentario doloroso.

—Ahora no estamos hablando de mí. —Niega con la cabeza—. Sino de ti.

—¿De qué va esto? ¿Yo me sincero y, a cambio…?

—¿Te acuerdas del trato?

La miro atónito.

—¿Cuál? —Finjo no acordarme.

—Ay. ¡Bastian! —Se muerde los labios y no puedo fijarme en otra cosa—. ¿En serio?

—Te lo juro.

Una especie de cosquilleo me llena el estómago, y es en ese momento en el que parte de mi malestar se ve sustituido por unas ganas de vacilar que últimamente me salen cuando estoy con ella.

Me gusta sentirme así y voy a estirar el chicle lo máximo que pueda. Y aunque me duele, coloco el peso de mi cuerpo hacia delante y me apoyo sobre los codos. Consigo acortar casi toda la distancia con ella.

El ritmo de su respiración cambia. Su garganta se mueve al tragar saliva. Sus labios entreabiertos. Sus mejillas rosadas. Y el olor dulzón que desprende como… a miel.

—Venga, abejita —ronroneo—. Recuérdamelo. Tengo la memoria de un anciano de ochenta años.

Trato de picarla un poco y ella me fulmina con esos ojazos a través de los cristales de sus gafas.

—Eres incorregible.

—Eso dicen.

Sonrío aún más porque no parece que lo diga a malas, sino nerviosa. Ese nerviosismo que se te pone en el estómago y te seca la boca.

Agarro un mechón de su pelo y me lo enredo en el dedo.

—No te desvíes del tema y recuérdamelo, anda —le pido sin despegar mis ojos de su cara.

—Yo te doy clases y tú…

Aprieta los labios, y sé que se muere de vergüenza solo de repetir lo que le dije. Mi sonrisa se ensancha y me lamo la boca.

—Salgo contigo —finalizo por ella.

Asiente en silencio y, por fin, después de un momento, habla de nuevo.

—He estado pensando en ello y creo que nos podría beneficiar. A los dos.

—Has tardado en darte cuenta, ¿eh?

Pone los ojos en blanco.

—Necesito mi tiempo para asimilar que voy a tener que pasar más tiempo del que me gustaría contigo.

Finjo estar ofendido.

—¡Vaya con la abejita…! —exclamo en un tono divertido que hace que ella se ría—. O sea, ¿que todo esto es por puro interés y no porque estés locamente enamorada de mí? —Me llevo la mano al pecho y hago que me duele—. Me has roto el corazón.

Sus carcajadas podrían reventar los cristales que nos rodean y yo podría estar escuchándola en bucle.

—¿No has pensado en apuntarte a arte dramático? —pregunta, subiéndose las gafas mientras sus carcajadas se desvanecen—. Lo haces muy bien.

—Ni loco —susurro sin dejar de mirarla.

—Bueno, lo que te quería decir es que acepto el trato, pero con una condición.

No digo nada porque estoy muerto de curiosidad.

—Para que esto funcione y pueda sentirme cómoda, necesito sinceridad. Que esto sirva como un espacio para poder abrirnos.

Frunzo el ceño porque la idea no me agrada demasiado. Abrirme no es uno de mis puntos fuertes; de hecho, todo lo contrario.

—¿Y si no quiero?

Entorna los ojos y suelta un gruñido muy tierno.

—Bueno, hombre…, la idea es que lo hagamos, aunque nos cueste.

—Pero… ¿todo el rato? —Niego con la cabeza—. No entiendo.

—No tiene que ser algo matemático, sino una cosa que se vaya viendo… Para poder hacer esto, yo necesito sentirme cómoda. Me hace falta confianza.

Asiento en silencio porque, en parte, lo entiendo. Quizá yo no necesite una confianza plena para que me dé clases, pero ella sí que la necesita para fingir que tenemos una relación.

—Quiero que mi novia se sienta lo más cómoda posible, así que supongo que no puedo negarme.

Abre mucho los ojos y le dedico una sonrisita.

—Pues… tu novia aún está esperando a que le cuentes qué ha pasado ahí fuera.