El 7 de River Valley 30. Bastian
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30. Bastian

Bastian

—¿Estás más tranquilo?

La voz de Connor alivia parte de la angustia que se ha asentado entre mis costillas durante las primeras horas de la mañana. No ha habido un solo día en todos estos años en los que él haya decidido venir a clase por su cuenta a no ser que fuera por extrema necesidad.

Una de dos: o sigue enfadado por lo que pasó en la fiesta, o a partir de ahora le va a coger el gusto a venir con Adriel y a mí me van a apartar del todo.

No me he tomado demasiado bien que ni me avisara de sus planes, porque he estado mis diez minutos de cortesía esperándolo en el coche y, cuando he ido a llamar a su casa, no me ha molado mucho encontrarme con su padre apestando a tabaco y alcohol.

Cierro la taquilla con un golpe seco tratando de apartar la imagen de ese hombre siendo un deshecho de persona.

—Siempre lo estoy. —Giro sobre mis pies y lo veo apoyado en el resto de las taquillas con las manos en los bolsillos, y trato de fingir que no siento un consuelo extraño al verlo a mi lado.

Alza las cejas con una expresión de: «¿En serio?».

—No tienes mal aspecto.

Me echa un vistazo rápido de arriba abajo. Yo me encojo de hombros.

—Estoy bien.

—¿Has visto a Grayson? —pregunta, observando a nuestro alrededor.

Niego con la cabeza esperando que me diga lo que quiero escuchar.

—¿Cómo está?

—Jodido. Le has tocado lo que más le gusta.

No disimulo la sonrisa que se dibuja en mi cara, y mucho menos delante de Connor, pero mi mejor amigo no parece muy contento, y eso daña un poco mi sensación de victoria.

—No es gracioso, Bastian.

—No. De hecho, es muy satisfactorio. —Me coloco la mochila al hombro y me yergo al completo—. ¿No te parece? —suelto con arrogancia.

—O sea, has estado dándome la lata con que me responsabilice y estudie bla, bla, bla…

Que tenemos que centrarnos en el baloncesto y nuestro futuro…

—Su tono no mejora para nada mi humor, de hecho, lo empeora—.

Y, de repente, no dudas en meterte en movidas a la primera de cambio… ¿Por qué motivo exactamente?

Me paso la lengua por el dorso de los dientes y aguanto las ganas de gritar. Él no tiene la culpa ni de lo que pasó en la fiesta ni de mis problemas de autocontrol en ciertas situaciones, pero no puedo evitar mosquearme.

—Grayson estaba molestando a Bee. —Cierro la taquilla con fuerza y lo miro con las cejas en alto—. ¿Contento?

Las comisuras de sus labios se elevan sin ningún disimulo.

—¿Toda la movida del otro día fue por ella?

—¿Qué pasa?

—Jamás pensé que llegaríamos a este punto, querido Bastian. —Pongo los ojos en blanco al escuchar su tono divertido—. Ahora sí que puedo justificarte.

Me paro en seco y lo fulmino con la mirada.

—Ah. Vaya —suelto con sarcasmo—. Ahora sí y antes no.

—Efectivamente. No puedes darte de hostias con él solo porque te cae mal.

—Pero ¿por una chica sí? —pregunto escéptico.

—¿Claro? —responde como si no entendiera mi pregunta—. Si ella no puede defenderse, mátalo. Sin duda alguna.

—De verdad que a veces no te pillo, tío.

Me pasa el brazo por el hombro.

—No, joder. Ahora todo tiene más sentido. Así que le ponías el bracito así a Bee…

—Quita, imbécil.

Lo aparto soltando una risa porque, cuando se pone así de pesado, me pone nervioso.

El impacto de un cuerpo contra mi espalda me deja fuera de juego. Caigo al suelo a plomo.

—¿Qué haces, pedazo de gilipollas? —grita Connor.

—No te metas —exijo con dureza, tratando de quitarme a ese capullo de encima.

—Llevo todo el finde esperando esto… —me habla al oído y siento un desagrado profundo.

Alzo las cejas fingiendo que no me jode demasiado.

—¿Atacarme por la espalda? Joder, Grayson. —Me rio—. Sabía que eras un mierdas, pero…

—¡Te voy a matar! —grita rabioso.

Me da un puñetazo en la única parte visible de mi cara, y sus nudillos impactan en mi labio inferior. La piel se rompe y noto el sabor metálico de la sangre al instante.

Eso solo incrementa mis ganas de reventarlo hasta quedarme saciado. Me revuelvo y consigo darle un codazo que le arranca un grito de dolor.

Me incorporo con rapidez y me lanzo a por él hasta quedar encima.

—Te veo con problemas, Grayson.

Me burlo de él y me deleito en las marcas de su cara, que no son más que un recordatorio de lo que puedo hacerle sin mucho esfuerzo.

—Yo soy tu problema —gruñe—. Llevo todo el finde pensando en…

Me rio de nuevo, con mi mano cerrada sobre su cuello.

—No eres mi tipo, lo siento.

Me gusta demasiado vacilarle y ver cómo pierde los papeles.

—Bella.

Mi risita burlona desaparece de golpe, porque pensaba que había quedado claro el otro día que esa chica no podía estar en su radar. Vamos, no me jodas.

La rabia me llena las venas y le doy un tortazo que no va con la intención de hacerle daño físicamente, sino en su or­gullo.

Una humillación en toda regla.

—Está conmigo. —Miento—. No me gustaría volver a repetírtelo, Grayson.

Fuerza una sonrisa arrogante y me enseña sus enormes dientes.

—Vaya…, pues esta mañana se la veía muy cómoda cuando la acompañé hasta clase.

Me muestro impasible, al menos en lo que concierne a mi expresión facial. La realidad es que me jode que siga acosándola y ella no haga nada, joder.

—¿Aún sigues con eso? Pero deja a la pobre chavala.

—¿Quién lo dice? ¿Eh?

Agarro su sudadera y me acerco a su cara más de la cuenta.

—Yo.

Grayson se ríe de nuevo como si el tema no fuera con él.

—Eso tendríamos que preguntárselo a ella, ¿no te parece?

—Cuando quieras. —Sonrío de medio lado—. No tengo problema en demostrarte que está conmigo.

—Genial. Entonces, deberíamos llamarla, ¿no?

No. Joder. No.

Unas cuantas manos tiran de mi cuerpo con fuerza y me apartan de Grayson. Uno de ellos me coge de la nuca y me pone la mejilla contra el suelo. Otro se tira sobre mi espalda mientras le dan tiempo a Grayson para incorporarse con rapidez e inclinarse hacia mí.

El capullo aprovecha para retorcerme el brazo en la espalda.

—¿Entre tres? ¿En serio? —jadeo dolorido y, sobre todo, humillado.

—¿Qué pasa, Wolf? —Escuchar la voz de Grayson en mi oreja me produce náuseas—. ¿Tienes miedo?

Intento girar la cara para verlo bien y suelto una carcajada seca.

—Por favor. —Me rio de nuevo—. Suéltame. Y venid de uno en uno.

—A las bestias hay que tratarlas como merecen.

Aprieto los labios con fuerza y trato de mantener una respiración medianamente tranquila, pero no ayuda tener a estos tres bichos encima de mí, ni al tonto de Grayson regodeándose como un pavo real esperando a no sé qué.

—¡Bastian! —Su voz revienta todas mis barreras—. ¿Qué estáis haciendo? ¡Soltadlo!

—Estaba… defendiendo tu honor… —«¿Qué cojones?»—. No dejaba de fanfarronear sobre lo que te hizo en la fiesta y yo…

Bueno, lo que me faltaba.

Mi interior estalla en llamas y saco la fuerza necesaria para quitarme a esos mierdas de encima. No sé ni cómo, pero lo hago.

Me yergo, jadeando. Y aunque una parte de mí se dedicaría a reventarles la boca con una lentitud extrema para que sufran todo lo posible y recrearme en su dolor, mi atención está en ella, que me observa con los ojos enormes y brillantes.

—Retira eso. —Señalo a Grayson con el dedo—. Lo de la fiesta te va a parecer una caricia en comparación con lo que puedo hacerte ahora mismo.

Connor se coloca a mi lado, resollando, como si acabara de echar una carrera, pero no tengo tiempo de preguntarle nada. Ahora mismo tengo el foco puesto en el tono de Grayson, que trata de dejarme por los suelos delante de Bee.

—Vosotros lo habéis escuchado —se dirige a sus amiguitos, que están a su lado.

—Sí.

Me hierve la sangre y me planto frente a él de una zancada.

—Ten los cojones de decirlo otra vez —amenazo con los dientes apretados y la voz más baja.

Mi pecho arde y siento que me van a reventar los pulmones. Tengo los puños a ambos lados de mi cuerpo y cargo el brazo derecho para soltarle un gancho que lo tumbe en el acto, pero entonces noto la mano de Bee sobre mi antebrazo.

Un latigazo me atraviesa la columna. Se me corta el aliento cuando bajo la mirada y veo su mano sobre mí. Clavo los ojos en los suyos y mi estómago se retuerce. Se me seca la boca y mi corazón palpita frenético.

—Bastian, por favor…

Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no cerrar los ojos ante su súplica.

Mi nombre con su voz y sus ojos sobre los míos son todo lo que necesito para darle sentido a esa maraña extraña que no logro entender y que me está empezando a trastocar.

Aflojo toda la fuerza que estaba haciendo y, por mucho que quiera centrarme en Grayson, ya no puedo.

No consigo desengancharme de sus ojos jaspeados.

—Ven conmigo —me pide con un hilo de voz.

No hace falta nada más.

Me voy con ella, guiado por una emoción que desconozco.

—¡Así que es verdad! —grita Grayson comido por la rabia—. ¿Estás con él?

Pero ninguno de los dos le prestamos atención.