El 7 de River Valley 29. Bee
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29. Bee

Bee

La primera hora siempre es un absoluto caos, sobre todo en lo que respecta a la entrada principal y las famosas escaleras. Eso se colapsa.

Avanzo buscando la puerta trasera y me quedo quieta a unos pocos pasos cuando veo una figura acurrucada en los escalones, con la cabeza metida entre las manos y el pelo negro brillante cubriendo su rostro.

—¿Milán?

Me acerco a ella con cautela, como si se tratara de un animal salvaje. Siempre con precaución.

Alzo las cejas cuando se destapa la cara y veo sus ojos rojos e hinchados.

—¿Qué? —gruñe.

Aprieto la tira de mi mochila y me muerdo el labio.

—¿Puedo sentarme?

—Como quieras.

Me siento a su lado en los escalones y me froto las manos pensando en qué decirle.

—¿Qué ha pasado?

—No es nada, Bee. —Se limpia las lágrimas—. Tengo la regla.

—No vayas por ahí. No te excuses con algo tan fácil.

Suspira, sorbiéndose los mocos.

—Ni siquiera debería sentirme así. Mis padres dicen que no tengo derecho a hacerlo.

—¿Y crees que tienen razón?

Me mira de soslayo y asiente sin decir ni una sola palabra.

Aprieto los labios con fuerza.

—¿Ha pasado algo para que estés así?

Alza la cabeza al cielo y expulsa el aire como si no supiera por dónde empezar.

—Mi hermano ha vuelto a casa.

Levanto las cejas, sorprendida, porque lo último que sabía de su hermano, Sam, es que estaba en la universidad.

—¿Y qué tal?

—Bien, Bee.

Asiento un poco cortada, porque hay muchas veces que no sé cómo actuar con ella. Antes de que pueda pensar en algo que decirle, se pone en pie y se sacude los pantalones.

—Me voy. Tengo que pasar por la biblioteca a recoger unos libros.

—Oye, Mils, sabes que puedes contarnos cualquier cosa, ¿verdad?

Me mira y suelta una especie de risa amarga que me pone los pelos de punta.

—Supongo que no todas estáis dispuestas a escucharlas —suelta con dureza, echando un vistazo justo detrás de mí, y un grito me sobresalta al instante.

Las risa de Adriel llena el aparcamiento mientras Connor la abraza por detrás y hunde la cabeza en el hueco de su cuello.

Me giro para mirar a Mils, pero ya no está. Me muerdo el interior de la mejilla y suspiro.

—¡Bee! —grita Adri, acercándose a mí—. ¿Cómo estás?

Una maraña de nervios se posa en mi estómago porque de forma inconsciente espero encontrarme al número siete con ese par de tortolitos.

Pero Bastian no aparece.

—¿A quién buscas? —pregunta, y se da la vuelta con una sonrisilla.

—A nadie. —Aparto la mirada con rapidez y me levanto—. ¿Vamos? O…

Echo un vistazo a Connor, que, aunque se ha parado a hablar con alguien, no suelta a Adriel de la mano.

—Sí. Vamos. Espera un segundo.

Le da un tirón y él se agacha para estar a su altura. El chico sonríe mostrando su blanquísima dentadura, que destaca sobre su piel oscura, y asiente con la cabeza.

—Venga, vámonos.

Avanzamos en silencio hasta las taquillas porque tengo que hacer el cambio de libros para no partirme la espalda y tratar de llevar el menor peso posible.

—¿Y Jaz?

—No tenía clase a primera hora, y ya sabes que, si puede, aprovecha para quedarse durmiendo. Estará al llegar… —respondo, sin dejar de colocar los libros—. ¿Puedes coger esto un momento?

—Sí. Claro.

Le tiendo mi lectura actual mientras busco mi archivador en el interior del cubículo metálico.

—Tengo la taquilla hecha un desastre y no sé por qué —maldigo, molesta—. La ordené el otro día.

El silencio de Adri no me da demasiada confianza y giro la cabeza para ver que está haciendo. Sonrío cuando la veo hojeando mi libro. Cierra la portada y ladea la cabeza.

—Qué curiosas son las modas, ¿eh? —espeta de repente—. Hace unos años, daba igual. Te metían la foto de un tío sin camiseta y mazadísimo. O de una pareja besándose… y la gente se lo compraba…

Sonrío sin disimular, porque tiene toda la razón del mundo.

—Pero ahora las cosas han cambiado. —Extiendo la mano para coger el libro que observa con atención porque tiene ese tipo de portadas—. No queremos personas de verdad en ellas.

Adri alza las cejas.

—¿Y esto qué es?

—Siempre hay excepciones, Adri. Esto… —Golpeo el libro con el dedo índice—. Es una obra de arte, y solo por eso merece la pena.

—La portada no incita a…

—Ya lo sé, pero esto es una versión indie . Este verano lo publica una editorial tradicional.

—¿Y te lo vas a comprar?

—Claro.

—¿Y va a tener el mismo título? ¿ Binding 13 ?

Me encojo de hombros.

—Supongo. No lo sé.

—Y, si sabes que va a salir con otras portadas, ¿por qué no has esperado?

—No tengo una respuesta lógica para eso —contesto con una carcajada—. He escuchado hablar de ellos, tienen unas reseñas brutales, y lo vi en una librería de segunda mano. —Me encojo de hombros—. Lo sentí como una señal, como si…

—Bella.

Cierro la boca de golpe al escuchar a Grayson detrás de mí. La expresión de Adriel también ha cambiado y, ya en serio, ¿este tío no se da cuenta de cuándo molesta?

Cierro la taquilla y lo veo ahí apoyado. Demasiado cerca de mí.

—Es una suerte encontrarte sola —suelta con retintín—. Últimamente, siempre estás con Wolf.

Aprieto los labios con fuerza tratando de no cambiar mi expresión facial, porque eso es totalmente mentira.

—Me tengo que ir, Grayson.

—Te acompaño. No vaya a ser que alguien te moleste.

—No. De verdad. No hace falta. —Trato de ser educada y de que no se tome demasiado mal mi rechazo.

Sus ojos se clavan en los míos y siento un escalofrío que me recorre la columna vertebral y me provoca un latigazo en la nuca.

Me detengo a mirar su cara con más atención. Tiene el pómulo hinchado y el labio roto.

—Estoy bien, Bella. No sé si lo viste, pero él acabó bastante peor.

Trago saliva y entrecierro los ojos porque el recuerdo que tengo de Bastian era con una leve rojez en la mejilla, pero nada más allá.

—¿Estáis juntos? —pregunta sin venir a cuento.

Ay, Dios.

Abro la boca para responder un «no», pero Adriel se adelanta.

—¿No se nota? —Suelta una risita—. Es que no quieren que lo sepa mucha gente. Sobre todo, Beatrice. Ella prefiere tener algo más de intimidad.

Adri enfatiza mi nombre, porque todas odiamos que me llame Bella, pero él parece no darse cuenta, y yo tampoco le he pedido que no lo haga, así que no puedo culparlo.

Grayson me observa como si no pudiera creerse que yo esté con la estrella del equipo de baloncesto. Como si hubiera algo en todo aquello que no terminara de encajar.

—Ese tío no es de fiar, Bella.

«¿Y tú sí?», me gustaría decirle, pero me mantengo callada al lado de mi amiga.

—¿Por qué dices eso?

—Lo conozco hace mucho tiempo y es un capullo. No lo quiere nadie, ni siquiera sus padres.

Pestañeo ligeramente confusa porque en realidad no sé nada de él, y que Grayson afirme algo así me parece dema­siado.

Me quedo callada con un montón de pensamientos rondándome la cabeza, hasta que Grayson rompe el silencio de nuevo.

—No puedes estar con el chico malo del River Valley. —Me pasa el brazo por los hombros y me pongo rígida al instante—. Tienes que estar con un hombre de verdad. Alguien que tenga las cosas claras.

—¿Como tú? —pregunto con un tono que le hace gracia.

Se ríe alto, como si quisiera captar la atención de los demás para que nos miren.

Algo que yo detesto.

—Claro, Bella. —Me dedica una sonrisa arrogante, pero sin mirarme—. Todos lo esperan. No podemos decepcionarlos.

Suspiro aliviada cuando el timbre suena con brusquedad y me hace dar un bote. Aprovecho para soltarme de su agarre y poner algo de distancia, pero, antes de que pueda marcharme, me atrapa por la cintura.

—Luego comemos juntos y hablamos de esto. —Detiene sus ojos en mi boca y trato de apartarme—. ¿Vale?

—No puedo.

—Sé que quieres que te invite al baile, Bella. Deja de hacerte la difícil.

En realidad, prefiero que me viertan ácido por todo el cuerpo antes que ir al baile contigo.

—Nos tenemos que ir, Grayson.

Adriel me agarra de la mano y tira de mí en dirección a nuestra odiada clase de gimnasia.

—Gracias —digo bajito, sin dejar de caminar.

—Yo ya sé que dije que me parecía guapo, pero ¿no sabe lo que es un «no» o qué?

—Es una palabra que le cuesta —respondo, tratando de quitarme esa sensación desagradable que siempre aflora con él—. No sé si darte las gracias por mentir con esa facilidad o enfadarme contigo.

—Somos amigas, Bee. Habría dicho cualquier cosa con tal de que te quitara las manos de encima. —Me dedica una sonrisa sin dejar de caminar por los pasillos—. Además, ha sido él quien me ha dado pie a mentir sobre Bastian.

Aprieto los labios con fuerza, porque parece que todos los astros están alineándose para que le dé la razón al número siete.

Hace un par de días, todo esto de fingir a cambio de darle clases me parecía una auténtica locura sin sentido, pero ahora, de repente, es como si la vida no dejara de lanzarme señales.

Quizá la única forma de que Grayson me deje en paz es fingiendo que estamos juntos, pero ¿cómo se finge eso?

En plan, ¿tendría que ir de la mano con él?

Ay, madre mía.

Solo de pensarlo, el estómago empieza a accionarse como el tambor de la secadora. Todo me da vueltas y siento una especie de hormigueo por todo el cuerpo.

Pero es un hormigueo agradable.