28. Bastian
Bastian
«Tú me das clases. Yo salgo contigo».
Una propuesta que no me ha abandonado ni un segundo desde que la dije en voz alta.
Un trato que, en mi cabeza, tiene todo el sentido del mundo.
Ella es inteligente, se pasa el día estudiando en la biblioteca y saca notazas.
Es una empollona de manual. Un cerebrito, y yo soy un zote que necesita ayuda para concentrarse y hacer lo que tiene que hacer.
Tengo una meta clara, pero lo que hay que hacer para alcanzarla me cuesta un poco.
Quizá no soy lo más inteligente del mundo, pero le puedo aportar seguridad. Conmigo a su lado, no va a tener miedo de que se le acerquen más de la cuenta.
No sé por qué puso esa cara cuando se lo dije, como si me hubiera vuelto loco. No me parece para tanto. Es una cuestión de egoísmo. Nos beneficia a ambos, joder.
Bajo las escaleras trotando, con el pelo húmedo, deseando, por primera vez en años, ir al instituto.
—Buenos días, bella durmiente…
Fulmino a mi tío Luis con la mirada.
—Qué gracioso eres, ¿no?
Pongo los ojos en blanco y me acerco a Chapi, que está desayunando un cuenco gigante de cereales.
Desde que me fui de Nueva York, no he podido volver a comerlos.
Bajé en pijama, enfadado porque nadie había venido cuando me desperté dando gritos por los terrores nocturnos. Me sorprendió ver a mi madre, porque nunca solía estar en casa a esas horas.
Pasé por su lado sin decirle nada. Yo estaba pensando en los cereales que me iba a comer, pero, cuando no los vi sobre la mesa, me giré con un picor incómodo en el cuerpo.
—¿Dónde están los cereales? —dije malhumorado.
No cambió su gesto como solía hacer mi padre, que no tardaba en arrugar las cejas. Ella curvó la boca.
—Buenos días, mi niño. No sabía cuándo te ibas a despertar, por eso no está preparado.
Apreté los puños con fuerza porque no lo entendía. Tenía hambre y quería comer.
—Pues hazlo.
—Claro. —Dejó todo lo que estaba haciendo y fue hacia los armarios—. ¿Qué te apetece?
—Cereales.
—¿Y galletas?
—¡Quiero cereales! —grité enfadado.
Mi madre me habló con el mismo tono dulce que siempre usaba conmigo, hiciera lo que hiciera.
—No quedan, cielo. Luego, Roberta irá a comprar comida.
—Vete ahora —exigí, porque yo quería cereales y no entraba en mi cabeza de niño de cinco años que no hubiera. ¿Cómo no iba a haber?
—Ahora no puedo, cariño.
Me acerqué a ella movido por un ardor que me quemaba y la golpeé en el muslo.
—¡Mala! ¡Eres malaaaaaa!
Pero ella no cambió el gesto en ningún momento. Nunca lo hacía.
—Bastian —suspiró, agachándose para quedar a mi altura—. ¿Quieres unas galletas de chocolate?
—¡Yo quiero cereales! —grité de nuevo.
—No hay, Bastian.
—Pues cómpralos.
—No.
Aquella palabra desató algo en mí que se formaba en la barriga y me subía hasta la boca. Me quemaba todo el cuerpo y solo quería gritar y golpear.
—¡Que síííííí! —grité, perdiendo todo el control, y me encaré hasta pegar mi cara con la suya.
—Mira lo que hay aquí. —Se levantó rápido y fue hacia el armario—. Chocolate. Podemos hacer chocolate caliente y unas tortitas.
Cuando asentí de mala gana, soltó un suspiro raro. Y se pasó el resto de la mañana temblando con una sonrisa demasiado forzada.
—Hola, Bas.
La vocecita de Chapi me saca de mis recuerdos de golpe, y trato de quitarme esa mala sensación revolviendo su mata de pelo y dándole un beso en la cabeza.
—¿Cómo estás, colega? —Me siento a su lado—. ¿Nervioso?
Tiene un examen que hemos estado intentando preparar este finde, y la verdad es que me he sentido un completo inútil al no poder solucionarle algunas dudas, porque yo también las tenía.
Estuve tentado de llamar a Bee, pero luego caí en la cuenta de que no tengo su número, pero sí sus redes sociales.
Sí. La he buscado, pero su perfil es privado, así que le he enviado una solicitud.
Y lleva todo este tiempo sin aceptarla.
—Un poco. —Me mira con esos ojos grandes y redondos—. Pero yo creo que me va a salir bien.
Le dedico una sonrisa.
—Seguro que sí.
—¿Te duele? —Señala mi pómulo, que tiene un color no muy agradable.
Niego con la cabeza y me tenso un poco, porque llevo todo el finde tratando de evitar esa conversación. Otra vez.
—¿Y Connor? —pregunta Luis con un café en la mano sin dejar de mirar el golpe que tengo en la cara.
—Es raro que no haya venido…
—Igual le ha molestado que quisieras demostrar tu masculinidad en su fiesta, ¿no?
Aprieto los dientes con fuerza y lo fulmino con la mirada, porque en realidad no tiene ni idea de lo que ha pasado y da por hecho cosas que no son.
—Tú no sabes nada —suelto con dureza, molesto porque dé tanto por sentado.
—¿Entonces? —Se cruza de brazos—. ¿Cuál es tu excusa?
—¿Excusa?
Asiente con la cabeza.
—Para haber vuelto a casa así.
Suspiro cansado, porque eso ya lo hablamos la misma noche de la fiesta y no llegamos a ninguna conclusión clara. Él pensaba una cosa y yo defendía otra.
—Estoy bien —reitero, sin dar pie a más.
—¿Y él?
—También.
—¿Seguro?
—Deberías ver su cara —suelto orgulloso.
—Bastian, no puedes ir por ahí pegando a la gente y regodearte de ello como si fuera algo de lo que sentirte orgulloso.
Pierdo la mirada en el techo con una desesperación que me quema por dentro, porque supongo que tiene razón. Mi actitud no deja de reforzar lo que he sentido hacia mí mismo desde que empecé a ser consciente de que lo que hacemos afecta a los demás, y viceversa.
Aprieto los dientes, frustrado porque una parte de mí está segura de que pegué a Grayson porque se lo merecía, pero la otra me grita que las cosas no se solucionan así.
¿Por qué es todo tan complicado?
—Lo hemos hablado muchas veces… —suspira, apoyando ambas manos sobre la encimera—.
En esta casa hay unas normas que se deben cumplir, y tú no estás exento de ellas.
—Recalca con la mirada—. Aquí las peleas están prohibidas.
Ya sé que tenemos que trabajar en muchas cosas que no te enseñaron en casa y…
La sola mención de mi infancia me revuelve las tripas. Es algo que prefiero omitir, como si no hubiera existido.
—Déjalo, ¿vale?
Me levanto arrastrando la silla y miro a Chapi por última vez antes de salir por la puerta.
Se comporta como un hombrecito, justo como yo no hacía a su edad. Ni ahora.
Estoy tan orgulloso de ese niño que siento hasta vergüenza de mí mismo por no poder ser un buen ejemplo para él.