27. Bee
Bee
Me muerdo los labios y observo de reojo a Bastian, que camina a mi lado con las manos metidas en el bolsillo de su sudadera, la capucha puesta y la cabeza gacha.
Miro al frente y trato de caminar con tranquilidad, aunque tengo la sensación de que es capaz de escuchar los latidos de mi corazón.
No me han gustado nunca las fiestas por este tipo de cosas, pero jamás pensé que la situación se fuera a desmadrar tanto y mucho menos que fuera Bastian el que se metiera en medio.
Eso sí que me ha dejado dándole más vueltas de lo que me gustaría.
—¿Estás enfadada? —rompe nuestro silencio.
—No.
—¿Seguro?
Cuando giro al cabeza para mirarlo, él ya lo está haciendo y se me corta un poco el aliento.
—No lo sé. —Me encojo de hombros—. Nunca he tenido que enfrentarme a una situación así y no sé si me molesta o no.
—¿Que yo haya intervenido o que Grayson se haya comportado como un capullo?
—Grayson es siempre así…
Me corta.
—Vamos, que te ha molestado que yo me metiera.
Me ha molestado y gustado a partes iguales. ¿Eso tiene sentido?
Suspiro y niego con la cabeza.
—No hacía falta que lo hicieras.
—Eso no responde a mi pregunta, Bee.
Se detiene en seco y yo hago lo mismo por inercia. Inspiro cuando dejo de ocultar mi cara para mirarlo y sus ojos azules me atraviesan.
—No me gusta que hablen por mí.
Alza las cejas.
—Era él quien estaba haciendo eso, ¿o ya no te acuerdas?
—Ya lo sé, pero…
—Oye, ¿qué te pasa? ¿Por qué no te caigo bien?
—Yo no he dicho que no me caigas bien.
—Pero es bastante evidente cada vez que nos encontramos.
—No es que hayas sido la persona más amable del mundo.
Entrecierra los ojos y aprieta los labios con fuerza, como si quisiera hablar.
—Ya te he dicho que no se me da bien la gente.
—A mí tampoco —confieso—. Pero no soy una borde.
Da un paso que me hace hinchar el pecho de aire.
¿Por qué te acercas?
—¿Hoy he sido borde? —baja el trono de voz, y eso no hace más que aumentar mis nervios.
—No.
—Bueno, eso quizá quiere decir que las cosas van poco a poco, ¿no crees? Joder. Ya sé que tengo un tacto de mierda.
Me da rabia tener que admitirlo, pero es así. Quizá debajo de esa fachada hay una persona agradable.
Antes, en el porche, lo fue.
Hago el amago de entrar en la boca de metro, pero me agarra del codo con suavidad y tira de mí (solo las lectoras entenderán la vibra).
Mi corazón revienta contra mis costillas cuando noto el tacto de sus dedos sobre mi piel. Y debido a su fuerza, termino chocando contra él. Subo la cabeza y me encuentro con unos ojos azules que no se despegan de los míos.
—Vamos caminando —dice sin pestañear, en un tono de voz más bajo.
—¿Por qué?
—Te necesito. —Mi corazón se para de golpe, porque, de todos los comentarios que podía soltar, ese jamás se me habría pasado por la cabeza—. Y tú me necesitas a mí, abejita.
—Ay. No me llames así.
Sus labios se curvan en una sonrisa y su mirada se ablanda. Aprieto los labios y muevo el brazo para que me suelte, pero no lo hace. Se me corta el aliento cuando baja la cabeza hacia mi cara
—¿Cómo quieres que te llame?
¿Sabes cuando quieres hablar, pero no te sale la voz? ¿Cuando te gustaría gritar, pero sabes que te vas a ahogar en el proceso?
Yo me estoy ahogando en sus ojos.
Nunca he estado frente a alguien con una mirada tan intensa; de un color helador, pero que a la vez quema.
Trago saliva y me humedezco los labios. Cojo un poco de aire y él se percata de cada uno de mis movimientos.
—¿Bee? —Inclina la cabeza, y unos cuantos mechones se mueven con soltura sobre su frente.
—Bee está bien.
Entrecierra los ojos y, por la forma en la que se estiran sus comisuras, parece que está conteniendo una sonrisilla que nunca llega a mostrar.
—¿Y qué hacemos si me gusta más llamarte abejita?
Hago un mohín con la boca y entrecierro los ojos. Parece que intenta suavizar la tensión, pero no lo consigue en absoluto.
—¿Por qué? —Me coloco las gafas.
—Me hizo gracia cuando Connor hizo el zumbido aquel día en el coche —dice con la voz baja—. Tu apodo literalmente significa «abeja», y… —Desliza sus ojos por mi cuerpo de una forma tortuosamente lenta—. Hoy pareces una.
Pestañeo y me miro el cuerpo. Voy de negro y amarillo, y en ningún momento había pensado que eso podría ser…
—Vale. —Suspiro, agotada, porque él ya ha ganado esta conversación—. Llámame como te dé la gana.
Su sonrisa se ensancha al completo mostrando parte de su dentadura. Un brillo malicioso brota de sus ojos como si hubiera algo más que no quiere decir y prefiriere mantener en secreto.
Me suelta y pone un poco de distancia, que me gusta y desagrada a la vez. Pero lo agradezco, porque siento que puedo respirar de nuevo.
—¿Puedes decirme por qué… nos necesitamos? —Me da vergüenza repetirlo cuando esa conversación parece haber muerto, pero tengo mucha curiosidad.
Me mira de reojo con la cabeza ladeada. El pelo le cae por la frente y ese gesto, la sonrisilla y la diversión de sus ojos por primera vez hacen que parezca una persona muy distinta a la de estos días.
Parece cálido y cercano. No borde y distante.
—Yo tengo que mejorar mis notas. Tengo un cero en literatura, no sé si te acuerdas. —Alza las cejas y me obligo a reprimir una sonrisa, porque aún recuerdo la forma en la que Connor me lo dijo y Bastian refunfuñó—. Y tú necesitas a alguien que te libre de Grayson.
Desvío la mirada porque sigo sin entender el fin de todo esto.
Se detiene de nuevo.
—Tú me das clases. Yo salgo contigo.
Abro los ojos de par en par, sin creerme del todo lo que acaba de salir de su boca.
—¿Qué? Es broma, ¿no?
—No —dice muy serio.
—Pero… ¿cómo? —Paro para procesar lo que quiero decir, aunque ni yo misma lo sé. De todas las cosas que me esperaba, esa no era una de ellas—. ¡Estás fatal!
Empiezo a caminar soltando una carcajada y no tardo en escuchar el sonido de sus pisadas.
—¡Oye! —Se coloca a mi lado—. ¿Qué es lo que te hace tanta gracia?
Lo miro de reojo sin dejar de caminar.
—¿Tú escuchas lo que dices? —Lo miro con un gesto de burla—. Que yo te dé clases, bueno, vale. Puedo entender que lo necesites, pero… ¿de qué me saca a mí que tú…?
Se me empiezan a trabar las palabras solo de pensar en salir con él.
—¿Finja ser tu novio? —termina mi pregunta con tranquilidad, como si fuera algo normal. Para nada extraño. Y me detengo en seco.
—Sí. Justo eso.
Se cruza de brazos y, antes de hablar, se humedece los labios.
—Estar conmigo va a hacer que Grayson desaparezca y deje de acosarte.
—No me acosa. —Niego con la cabeza, y con toda la naturalidad del mundo se toma la libertad de colocarme un mechón de pelo detrás de la oreja.
Trago saliva ante ese gesto.
—Bee —insiste.
—No me acosa —repito, menos convencida que antes.
—Sí lo hace. —Da un paso hacia mí—. Y no va a parar hasta que consiga lo que quiere.
—¿Y qué quiere? —pregunto, pronunciando claramente cada sílaba.
Se lame de nuevo los labios y mis ojos se fijan en el movimiento de su lengua, de una forma lenta y tortuosamente sexy.
Oye, ¿este chico todo lo hace de forma sensual o qué pasa?
Frustrada, lo miro de nuevo a los ojos, tratando de apartar las sensaciones que me provoca tenerlo tan cerca, con esa calidez que nunca había mostrado.
—¿En serio, Bee? —pregunta con los brazos cruzados—. ¿De verdad que no te lo imaginas?
Aprieto los labios porque decirlo en voz alta se me hace extraño e incluso me hace sentir algo egocéntrica, porque, vamos a ver, ¿quién va a creerse que el capitán del equipo de fútbol me persigue a mí?
—Quiere enrollarse contigo. Echarte un polvo. —Asiente—. Dilo como quieras. Pero es lo que hay. Y todos sabemos lo que va a pasar cuando lo consiga.
«Que dejará de insistir porque ya logró lo que quería», pienso, pero no digo nada, simplemente aprieto los labios en silencio.
—Porque entiendo que tú no quieres nada con él, ¿o sí? —me interroga con la voz ligeramente rasposa.
—Ni muerta.
Lo pillo justo cuando sus comisuras se alzan un poquito, lo suficiente para ver el amago de sonrisa.
—En el fondo te gusta…
—¿El qué?
—Joder a Grayson. Por eso quieres «ayudarme». —Enfatizo las comillas con los dedos—. Porque sabes que eso lo va a herir en su enorme ego.
Debería darme igual el motivo, ¿no?
Hincha el pecho de aire llevándose la mano al pelo.
—Joderlo va dentro del pack .
—¿Qué más hay dentro de ese pack ?
Y después de mantener sus ojos fijos en los míos, alza la vista al edificio que tengo detrás.
—Fin del trayecto, abejita.
Me quedo de piedra y me giro de golpe. No me puedo creer que ya hayamos llegado a mi casa. ¿Cómo se me ha podido pasar tan rápido? Ni me he dado cuenta de… nada.
Lo miro algo avergonzada y, mientras saco las llaves de mi bolso, veo su gorra ahí guardada, la cojo y se la tiendo.
—Toma. Se te cayó antes.
Desliza sus ojos hacia la gorra y me mira de nuevo sin mover un músculo del cuerpo.
—Quédatela.
—Yo… no uso gorras.
—Bueno, pero tu futuro novio sí. —Me guiña el ojo y sonríe.
Totalmente estupefacta, abro el portal y entro sin volver la vista atrás, porque sé que está ahí plantado esperando a que llegue a casa.
Cuando me asomo por la ventana de la cocina, lo veo, esperándome y mirando hacia arriba.
—Buenas noches, abejita —levanta la voz y yo me muero de vergüenza.
Y se va por donde hemos venido, sabiendo que yo estoy en casa a salvo.
Qué mono, ¿no?