26. Bastian
Bastian
—Dime qué coño ha pasado, tío. No me puedo creer que me vaya un minuto y…
Lo fulmino con la mirada mientras avanzo hacia la acera.
—No ha sido un minuto, Connor —gruño con la vena del cuello hinchada—. No me jodas. Si te vas de tu puta fiesta, te arriesgas a que estas cosas pasen, colega.
—¿Me estás echando la culpa de vuestra mierda?
—No. Bueno, sí. Yo qué sé. —Chuto el suelo con rabia, y me llevo la mano al pelo—. Te dije que era una idea de mierda. Las fiestas sacan lo peor de mí.
Suspiro mordiéndome los labios, tratando de calmar la rabia que sigue ardiendo en mi interior.
—¿Me vas a contar qué ha pasado? —dice en un tono mucho más calmado sin acercarse a mí.
Me está dejando mi espacio, y eso me gusta.
Respiro hondo. Con los brazos en jarras, alzo la cabeza al cielo y expulso todo el aire que siento que está contaminándome por dentro.
Toda la rabia que he sentido y sigo experimentando quiero sacarla fuera, porque conservarla solo va a empeorar las cosas.
—Grayson —suelto en un tono cortante—. Eso es lo que ha pasado. ¿Cómo se te ocurre invitar a ese capullo?
—Joder. Pues yo qué sé. Es de los nuestros.
—No. No te equivoques. No nos compares con ese tío solo porque hagamos deporte.
—Pensaba que…
—¿Qué? ¿Qué pensabas? ¿Que lo que se ha ido cociendo todos estos años no iba a reventar por algún lado? Joder, tío. —Suspiro y mis ojos pasan a través de él para ver a la chica con la chaqueta amarilla y su amiga de pelo rojo, que nos miran desde el jardín.
Mi corazón revienta con fuerza, y abandono a Connor.
Avanzo hacia Bee sin prestar atención a nada más. Como si todo a mi alrededor se hubiera fundido a negro y solo estuviera ella al final del túnel con ese conjunto que le hace parecer una abeja.
Me planto frente a ella con brusquedad.
—¿Cómo estás? —pregunto, observando cada recoveco de su cara.
Joder. Qué guapa es, ¿no? Desde cuándo…
Niego con la cabeza y trato de centrarme en mi objetivo, que es saber cómo está. Al final, estaba en medio de esa mierda de situación.
Ella pestañea confusa.
—¿Estás bien? —repito.
—Sí… ¿Y tú? —Me recorre la cara con esos enormes ojos de color marrón con cositas verdes.
Le dedico una sonrisa ladeada y asiento.
—¿No me ves?
Alza las cejas y me mira a través de sus gafas de una forma que me arranca una carcajada.
—No lo hagas más.
—¿El qué?
—Meterte en una pelea que ni te va ni te viene.
Pestañeo, confuso, y ladeo la cabeza.
—¿Te molesta que me haya metido en medio? Pensaba que…
—¿Que no podía defenderme?
Y aquí es donde cualquier otro hombre con un mínimo de experiencia con las mujeres seguramente se habría callado la boca.
Pero yo no soy ese tío.
—No podías. Vamos a ver, Bee —espeto con la lengua entre los dientes—. ¿Cuántas veces le habías dicho que no? —La miro fijamente esperando su respuesta, pero no llega—. Pues eso. No es culpa tuya, sino de él.
Y como si lo hubiera invocado, aparece por la puerta colocándose el pelo. No aparto la mirada de él en ningún momento porque quiero que vea con quién estoy, y que ni se le ocurra molestarla otra vez.
—Wolf, ¿todavía sigues aquí? —grita en cuanto me ve.
En el fondo, tengo ganas hasta de reírme, porque parece que nunca se cansa de quedar como un gilipollas. Y sus ojos se clavan como dardos sobre la espalda de Bee. Una parte de mí quiere cogerla y colocarla detrás de mí.
Pero la veo tensarse nada más escuchar la voz de Grayson, lo que me hace replantearme seriamente mi primera idea.
Grayson no se va, sino que, después de pararse a hablar con no sé quién, avanza hacia nosotros.
—Viene —le susurro a Bee, porque quiero ver si reacciona igual que hace unos segundos.
Levanta la cabeza y me mira con los ojos brillantes.
—¿Hacia aquí? —pregunta ansiosa.
Frunzo el ceño.
—No te preocupes. Estás conmigo.
Y sin pensarlo demasiado, paso el brazo por encima de sus hombros y la acerco a mí. Grayson se detiene a medio camino y entrecierra los ojos.
—No me lo puedo creer. ¿El siete del River Valley con Bella?
—Se llama Beatrice, gilipollas —suelto con rabia—. Eso para empezar.
—¿Y para acabar?
—Para acabar, ella está conmigo. Pírate.
Su gesto demuestra claramente que le encantaría abalanzarse sobre mí y partirme todos y cada uno de los huesos del cuerpo, pero hoy no va a tener esa suerte.
No dejo de mirarlo hasta que se va y Bee se revuelve bajo mi brazo. Bajo la cabeza para mirarla.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta, ajustándose las gafas.
—Una forma de ayudarte.
Niega con la cabeza.
—No hacía falta.
—Yo creo que sí te hace falta mi ayuda, Bee.
Me humedezco los labios, y la idea que se formó el otro día en mi cabeza toma más forma.
—Oye…, había pensado que…
—Bastian. —La voz de Connor corta lo que iba a decirle, y gruño—: Creo que ya está bien por hoy.
Se coloca a nuestro lado, sujetando a Adriel de la misma forma que yo estaba haciendo con Bee, pero la diferencia es que la chica de pelo rojo no se ha apartado. Parece cómoda bajo su brazo.
—Sí. Yo me quiero ir a casa.
La miro de nuevo.
—Te acompaño.
—No hace falta. —Busca con los ojos a Adriel—. Voy con Adri.
—Es que…, bueno…, yo pensaba quedarme un poco más.
—Ah. Bueno. Vale.
—Te acompaño —repito sin darle opción.
Bee suspira y asiente con los dientes apretados.