24. Bee #2
Yo aprieto los labios y siento las mejillas ardiendo.
—Bueno, te estaba mirando…
—Está bien saberlo.
—Pero que te mire no quiere decir que…
Me callo antes de seguir porque no soy de ese tipo de personas que hablan y después piensan. De hecho, suelo sobrepensar mucho las cosas que voy a decir.
Por la forma en que entorna los ojos, parece que es capaz de escuchar los engranajes de mi cabeza. Y sin dejar de mirarme, se separa de la barandilla y avanza hacia mí, lo que me obliga a levantar el mentón para mirarlo.
¿Por qué te acercas?
Desde esa altura, puedo confirmar que intimida más de lo normal. Se detiene cuando sus deportivas rozan mis zapatos y, con las manos en los bolsillos, habla con voz ronca.
—Dilo, abejita. No tengas miedo.
Una bola de nervios me aplasta el estómago y toda la saliva que tenía en la boca desaparece.
—Pues eso. —Carraspeo para calmar mis nervios—. Que te esté mirando no quiere decir que sea por algo… bueno.
Su mandíbula se tensa y, sin esperarlo, se agacha frente a mí.
Ese gesto me bloquea cualquier tipo de pensamiento racional. Aplasta mi lógica y mi estabilidad. Supongo que su cercanía no ayuda en absoluto, ni lo que me provoca su olor corporal.
Reprimo la necesidad imperiosa de apretar las piernas con fuerza y me agarro al borde del asiento para mantenerme un poco estable, porque siento que voy a perder el equilibro de un momento a otro.
Si a estos pequeños factores le sumas la intensidad de sus ojos azules, la anatomía de su cara, la anchura de sus hombros y la dichosa gorra hacia atrás, yo solo rezo para no deshacerme ahí mismo.
«Dios mío, ¿qué me pasa?», me repito para mis adentros sin separar mis ojos de los suyos.
—Me sorprendería si lo fuera —ronronea.
Y tengo que tratar de recordar qué era lo que le he dicho anteriormente. De qué estábamos hablando.
Me aclaro la garganta y alzo un poco el mentón para ganar algo de tiempo.
—¿Por qué?
—No suelo causar buena impresión.
—Ya. —Me muerdo el labio inferior, como un mecanismo para aliviar la tensión que está empezando a ahogarme.
Suelta una especie de carcajada.
—¿Qué? Si no he dicho nada. —Desvío la mirada.
—Es cómo lo has dicho.
Pestañeo y me coloco las gafas, que se me estaban empezando a caer. Él no pierde detalle de mi gesto y yo me ahogo un poco más en mi vergüenza.
—¿Cómo?
—Con una naturalidad que nadie usa conmigo.
Sus ojos son de un azul tan claro que parece casi gris. Y no entiendo cómo unos ojos tan fríos ahora mismo me están asfixiando de calor.
Se me hace extraño no verlo con el pelo sobre la frente. Lleva la gorra hacia atrás y eso le despeja el rostro al completo.
Debería hacerlo más.
En cuanto me doy cuenta de lo que estoy pensando, me reprendo mentalmente.
—¿Qué?
Un tirón en el estómago.
—Nada.
—Nada no. Me estabas mirando. —Curva las cejas—. Otra vez.
—Te tengo delante, ¿adónde quieres que mire?
—Oye. No te enfades, abejita. —Una de sus comisuras se alza—. No me molesta que lo hagas.
Traga saliva, y no pierdo detalle de cómo se mueve su nuez de Adán.
—Mis ojos están más arriba.
Siento un fogonazo abrasador de vergüenza y no soy capaz de mirarlo. Quiero enterrar la cabeza en la tierra.
Lo que menos me espero es que me coja del mentón para que lo mire. Cuando su piel toca la mía, siento un chispazo fugaz que se intensifica al alinear nuestros ojos.
Quita la mano de mi barbilla y ese hormigueo extraño no me abandona.
—Me gusta que me miren a la cara cuando hablan conmigo. —Su voz es más ronca de lo normal—. ¿A ti no?
—Sí —susurro—. Supongo.
—¿Supones? Pensaba que una chica tan inteligente como tú sería capaz de mucho más.
Ese comentario no me gusta demasiado y entrecierro los ojos.
—Espero que no deduzcas que soy inteligente por mi aspecto…
Hago una mueca con la boca y el estómago se me contrae cuando él clava los ojos en ese movimiento.
—¿Qué pasa si digo que sí?
Me cruzo de brazos.
—¿Es por las gafas? —pregunto molesta, pero niega con la cabeza y se pone muy serio—. ¿Entonces? ¿Qué es?
Me mira de arriba abajo sin ningún tipo de disimulo, como si estuviera evaluándome antes de responder.
—¿No puedo deducir que eres inteligente y ya está?
—Parecía que ibas a acompañarlo de algo más.
—No —suelta con la voz ronca, haciéndome un barrido que siento como si estuviera pasando los dedos por cada trozo de mi piel—. Puedes estar tranquila, Bee. En serio. Relájate.
No voy a centrarme en el cosquilleo que experimento en el estómago cuando mi apodo sale de sus labios. Así que, para evitar hacer aún más el ridículo o decir algo de lo que me arrepienta, intento apartarlo colocando los dedos en su pecho.
Pero no se mueve de su sitio y yo necesito poner algo de distancia, porque siento que no puedo respirar con normalidad.
Me siento demasiado pequeña, y no lo soporto.
Sin esperar que se aparte, porque a la vista está que no lo va a hacer, me levanto de golpe, dispuesta a marcharme. ¿El problema? Que él sigue de cuclillas frente a mí y me observa desde esa posición.
Creo que ambos tragamos saliva a la vez, y sus ojos, antes fijos en los míos, se deslizan hasta detenerse en mis piernas. Su mirada deja un reguero por mi cuerpo como si hubieran vertido lava liquida.
Nunca me habían mirado de esa manera.
Creo que es la primera vez que siento como si me estuvieran acariciando con los dedos sin que nadie me haya tocado. No sé cómo explicarlo, pero me ahogo en una especie de excitación que no he experimentado nunca.
—Me… me tengo que ir.
Con el corazón en la garganta salgo de allí en busca de aire.