24. Bee
Bee
Se me para el corazón de golpe cuando salimos al porche trasero y nos encontramos con Connor y Bastian.
Y es curioso cómo sus ojos azules como el hielo se fijan en mí, aunque Adriel esté delante. Seguramente, si el porche estuviera más iluminado, se me verían las mejillas rojas como tomates.
—Ay. Hola —dice Adri, sin disimular su alegría.
La imagen de los dos ahí apoyados sobre la barandilla del porche bajo las tenues luces de los farolillos no hace más que destacar lo altísimos que son.
—Pensaba que no vendrías. —Connor se acerca a Adri sin vacilar y yo no sé dónde meterme. Me siento una intrusa.
—Te dije que no me la perdería por nada del mundo.
—Ya…
Se miran, y la tensión evidente y palpable que hay entre ellos lo llena todo. Aprieto los labios, porque, si antes quería quedarme en mi casa, mis ganas ahora han aumentado de forma considerable.
Connor desvía los ojos hacia mí, pero creo que es más por cortesía que por otra cosa.
—Me alegra que hayas venido, Bee.
—Gracias por invitarme —respondo con cierta timidez, porque mentir nunca se me ha dado demasiado bien.
—Podéis sentaros —dice en un tono divertido, y lanza una mirada a Bastian—. No mordemos ¿A que no?
—No.
Por su tono de voz y la rigidez de sus anchos hombros, cualquiera diría que no se dedica a descuartizar a gente en sus ratos libres.
Adri me mira buscando mi aprobación y yo le dedico una sonrisa suave y la sigo hasta el banco, tratando de ignorar la incomodidad que me supone que esos dos chicos nos estén prestando toda su atención.
Connor vuelve al lado de su colega, pero sin quitar los ojos de encima a mi amiga.
—Bueeeno —rompe el hielo Adri en un tono cantarín cuando nos sentamos en el banco—. ¡Hay muchísima gente!
Odio ese tipo de situaciones incómodas en las que ninguno sabe de qué hablar o qué decir ¿O soy la única que se siente así?
—La verdad es que sí… —La voz de Connor suena distendida y fluida—. No pensaba que fuera a venir tanta gente. ¿Lo estáis pasando bien?
—Mucho. —Adri me mira—. ¿A que sí, Bee?
—Muchísimo —suelto con brusquedad de forma automática.
Me arrepiento en el mismo momento en el que lo digo porque creo que se ha notado demasiado que obviamente no me lo estoy pasando bien.
Opto por cerrar la bocaza y dejarles hablar a ellos, así que, para no mirarlos como si fueran los protagonistas de mi nueva novela, me observo las manos, como si hubiera algo interesante en ellas.
Uno de los motivos por los que no levanto la vista es porque noto sus ojos sobre mí, y no quiero enfrentarme a ellos.
O quizá es que no tengo el valor para hacerlo.
—¿Qué tal los entrenamientos? —La facilidad de mi amiga para sacar temas de conversación es admirable.
—El fin de la temporada nos está jodiendo. —Connor suelta una risotada—. Más entrenamientos significa menos tiempo libre.
—Vaya. Qué pena.
—Podríais venir a vernos algún día…
—¡Claro! —grita mi amiga con su habitual euforia, y me da un codazo suave—. Podemos decírselo al resto e ir todas, ¿no te parece?
Asiento con una sonrisa floja cuando la miro.
—Oye, Adri, ¿podemos hablar?
Levanto la cabeza de golpe y desvío mis ojos entre él y ella.
Y yo no puedo evitar pensar que, obviamente, esa pregunta es una indirecta clarísima de que quiere llevársela por ahí y dudo mucho que sea para hablar.
Mi amiga lo contempla ensimismada con los ojos enormes y no puede contener la sonrisa que tira de las comisuras de sus labios.
Evidentemente, ella quiere ir con él.
—Sí. Claro. —Me busca y baja la voz—. ¿Te importa?
—No —miento—. Vete.
No hace falta que se lo diga dos veces para que se coloque a su lado y bajen juntos las escaleras que llevan al jardín.
Él camina con las manos en los bolsillos y ella va a su lado, dando pequeños saltitos y alzando mucho la cabeza para mirarlo.
El silencio empieza a pesar tanto que siento como si se me hubiera caído encima un armario gigante a rebosar de ropa.
Bastian los observa irse, y no sé si es porque quiere hacerlo o como una forma de evitar mirarme a mí.
Mis pensamientos se diluyen cuando me detengo a verlo mejor, ahora que está de perfil siguiendo con la mirada a Connor y Adri.
Está apoyado en la barandilla con las piernas cruzadas sobre los tobillos.
Me llama la atención su camiseta de manga corta ligeramente ancha, la cual deja al aire sus brazos, con algún que otro tatuaje.
No entiendo cómo no tiene frío. También me gustan sus vaqueros desgastados, que se le ajustan a las piernas.
No obstante, he de confesar que el elemento clave que hace que mi estómago empiece a revolucionarse de una forma que no comprendo del todo es la gorra que lleva puesta hacia atrás.
Gira la cabeza de golpe y sus ojos coinciden con los míos sin ningún tipo de vacilación.
¡Ay, Dios!
Me ahogo al sentir el peso de su mirada sobre mí, porque me ha pillado de pleno examinándolo. Nerviosa por múltiples motivos, abro la boca y digo lo primero que se me pasa por la cabeza.
—¿No tienes frío?
—No. Ahí dentro hace un calor horrible.
«Pero estamos aquí fuera», quiero decir.
—Ya… —Aprieto los labios y coloco las manos debajo de las piernas.
—¿Me has estado evitando?
Quizá un poco.
—¿Qué? No. —Y acompaño mis palabras con un movimiento de cabeza—. ¿Por qué dices eso?
—No sé. —Se encoge de hombros—. La última vez no parecías muy contenta de verme.
«Me interrumpiste en un momento muy épico de un libro, eso es imperdonable», pienso.
—Ya, bueno…, es que… cuando estoy leyendo…
—No te gusta que te molesten —finaliza por mí sin pestañear.
—Sí.
Suelta lo que parece ser una especie de ¿risita?
—Pido perdón por eso.
Le dedico una sonrisa cortés y nos quedamos de nuevo en silencio, hasta que habla otra vez.
—¿Sabes? Es que… —carraspea, mirándose las playeras—. No se me da bien la gente, y mucho menos los que sois como…
Agita la mano como si con eso lograra encontrar las palabras para definirme, y yo frunzo ligeramente el ceño porque puedo esperarme cualquier comentario ofensivo con la intención de ser gracioso, igual que haría Grayson.
Y no quiero enfrentarme a algo así. No me apetece. Pero, una parte de mí siente una curiosidad irracional por esta versión de Bastian que no conocía.
—¿Como qué? —pregunto con curiosidad, porque lo más bonito (es ironía) que me ha dicho es que parezco una abuela, así que ya puedo esperarme cualquier cosa.
—Brillantes.
Me quedo con la boca abierta. Me mira fijamente.
—No sé cómo me tengo que tomar eso…
Se muestra indiferente, como si no acabara de decirme algo muy… bonito. Aprieta sus manos contra la barandilla y termina lamiéndose los labios. Gesto que no me pasa desapercibido.
—Como quieras.
Hago una mueca con la boca.
—Después de llamarme «abuela», cualquier cosa que reciba de ti es un halago increíble. —Trato de disimular el impacto que han provocado sus palabras.
Restarle importancia para no ponerme más nerviosa de lo que ya estoy.
Clava sus ojos en mí y veo cómo sus labios dibujan una sonrisa que muestra parte de sus dientes.
—No te lo tomes a mal. No era mi intención…
—¿Decir que parezco una señora de ochenta años? La verdad es que es un comentario muy agradable. Se nota que tienes mucho tacto.
Y entonces suelta una carcajada alzando la cabeza al techo, dejando una panorámica de su cuello y la nuez de Adán. Cuando me mira de nuevo, sus ojos tienen un brillo que no estaba antes.
—Yo no he dicho que fueras una señora de ochenta. Solo que tu ropa la podría llevar mi abuela.
No lo está mejorando, si esa era su intención.
Entrecierro los ojos.
—Pero hoy estás muy guapa —suelta con la voz más ronca, haciéndome un barrido de arriba abajo que me hace arder.
Para aliviar la vergüenza y el bote que ha dado mi estómago al sentir sus ojos sobre mí de esa manera, trato de hablar. De lo que sea.
—¿Hoy no llevo ropa de abuela?
Yo quería cambiar de tema, no seguir con el mismo. Por Dios.
—No.
Trago saliva y desvío la mirada hacia otro lado.
—Venga, dilo.
Giro la cabeza hacia él y lo miro confusa.
—¿Qué?
—Lo que sea que estés pensando. Dilo.
—Pero…
Me interrumpe.
—Yo te he llamado abuela. Tú puedes llamarme lo que quieras. —Aguarda, expectante y dispuesto a soportarlo todo—. Es lo justo.
Suelto el aire y me coloco las gafas.
—Borde.
Suelta una carcajada seca que me pilla por sorpresa. Se lame los labios y termina con el inferior entre los dientes.
—Me esperaba algo peor, la verdad —dice aún sonriendo.
Qué guapo es.
Y qué poco sonríe para lo bien que le queda.
—No se me da bien insultar a la gente —confieso avergonzada.
—A mí tampoco.
La seriedad con la que lo dice hace que nos quedemos mirándonos y, de repente, estallemos en carcajadas. Aunque yo con mucha más fuerza que él.
Esta versión me gusta. Parece alguien diferente. Es como si ahora estuviera más ligero. Como si en el instituto llevara una carga demasiado pesada sobre sus hombros y ahora, esta noche, se hubiera quitado parte de ella.
Nos quedamos en silencio. Él contempla la punta de sus playeras y yo lo miro a él. Otra vez.
La vergüenza me invade las mejillas cuando alza los ojos sin mover la cabeza ni un ápice y me encuentra mirándolo. La dureza de sus rasgos, junto con la intensidad de sus iris, me hacen tragar saliva.
La comisura de sus labios se eleva ligeramente.
—¿Me estás mirando, abejita? —pregunta en un tono ronco, con un deje ¿juguetón?
Hincho el pecho de aire.
«Abejita».
En su momento, cuando me lo llamó por primera vez, no le di demasiada importancia, pero ahora, en ese contexto y esa situación, el apelativo hace que mi estómago tiemble.
Y no entiendo por qué.
Aunque admito que en los libros el momento en el que él le pone un apodo es una de mis mayores debilidades. Pero esto no es un libro y nosotros no somos los protagonistas.
—No.
Arquea las cejas con diversión.
—No mientas —insiste, negando con la cabeza y descruzan las piernas—. No se te da bien.
—No miento.
Se cruza de brazos.
—¿Tanto te cuesta admitir que me estabas mirando? —insiste.