El 7 de River Valley 22. Bastian
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22. Bastian

Bastian

Camino por la casa de mi mejor amigo, en la que, cuando éramos pequeños, nos pasábamos las tardes jugando a la consola, o robando chocolatinas del cajón de las chuches y yendo a la casa del árbol para comerlas a escondidas de sus padres.

Ahora, avanzo entre la marabunta de cuerpos que bailan, beben y gritan, y me pregunto qué hago aquí.

Y aunque podría poner mil excusas, hay una que destaca entre todas. Una que tiene gafas y ropa de abuela. Una empollona que pasa más tiempo en mi cabeza del que me gustaría, y no porque haya sentido un flechazo abrasador. Ni porque quiera acostarme con ella, sino porque me causa curiosidad.

Ella y su forma de vivir.

Cuando Connor me confirmó que le había dicho a Adriel que Bee estaba invitada, empecé a replantearme venir.

¿Soy un amigo de mierda por no estar aquí solo por Connor? Seguramente. Pero estoy, ¿no? En un lugar que no me hace sentir cómodo. En un sitio que me trae unos recuerdos de mierda. Recordándome que nunca seré lo suficientemente bueno.

Avanzo tenso, con las manos en los bolsillos, en busca de Connor, pero me encuentro con McKay, que me para con su habitual sonrisa.

—Wolf.

—Ey. —Alzo el mentón a modo de saludo.

—¿Cómo estás? —pregunta con los ojos un poco vidriosos—. ¿No tomas nada? —insiste, buscando en mis manos un vaso rojo, igual que el que sostiene él.

Niego con la cabeza y me ajusto la gorra que llevo del revés.

—De momento no.

—Chico responsable, ¿eh?

Asiento con los labios apretados. En parte, me alivia ver que no hay ni un ápice de burla en sus palabras.

—¿Has visto a Connor? —quiero saber mientras lo busco entre la gente.

—Qué va, tío… Es raro que no esté recibiendo a la gente, ¿no?

Dirijo los ojos a la puerta de entrada, porque igual está por allí. Y es entonces cuando veo un punto amarillo entre la multitud.

Trago saliva. El corazón me da una especie de brinco raro cuando la distingo: melena castaña. Gafas redondas. Boquita de piñón. Una chaqueta de punto amarilla fea de cojones, pero una faldita que estiliza sus largas piernas…

Aparto la vista de golpe y trato de centrarme en mi capitán, que me mira como si esperara que le respondiera; el problema es que no sé qué me ha dicho, porque yo estaba distraído mirando las piernas de Bee.

¿Qué me había preguntado? Joder.

Carraspeo y trato de seguir la conversación con algo sencillo y trivial.

—Bueno… ¿Qué tal?

McKay es un genio para las relaciones sociales, por eso, a parte de nuestro capitán, es el presidente del club de debate.

Habla hasta con las piedras.

—Bueno. Estoy pendiente de que no aparezca mi hermana pequeña por aquí. Ya le he dicho que no venga, pero ya sabes. —Pone los ojos en blanco—. Las fiestas son demasiado tentadoras…

Espera, ¿qué?

—¿Tienes una hermana? —pregunto con sorpresa.

—Sí, tío. —Suelta una risita nerviosa, como si fuera algo que sabe todo el mundo que lo conoce un poco.

Una sensación extraña se instaura sobre mi pecho, pero trato de no hacerle mucho caso, porque solo reafirmaría mi teoría de que no tengo demasiados amigos, y este tipo de cosas explicaría por qué.

McKay y yo llevamos yendo a clase juntos desde noveno grado y yo me entero ahora de que tiene una hermana pequeña.

Así está el patio.

—Oye, luego nos vemos… —Estira la mano para que se la choque y lo hago de forma automática.

Antes de que se dé la vuelta, tengo los ojos fijos en la puerta principal.

Y como si la música se hubiera detenido de golpe y yo hubiera gritado: «Eh. Tú. Abejita», ella gira la cabeza. Y pese a toda la gente que hay a nuestro alrededor, sus ojos se clavan en mí. Y llámame loco, pero, cuando me mira, siento el suelo temblar bajo mis pies.

—Necesito una cerveza.

Y voy a la cocina antes de hacer una tontería.

La cabeza de Connor se asoma por detrás de la barra. Sus ojos marrones se clavan en mí y me recibe con una enorme sonrisa.

—Joder, tío —grita emocionado—. ¡Pensaba que no ibas a venir!

Me abraza con fuerza y deja las manos sobre mis hombros.

—Ya me estoy arrepintiendo —jadeo angustiado—. ¿Tienes una cerveza para mí?

—Joder. Sí. Claro. —Vuelve a la barra mientras yo me siento en uno de los taburetes de la isla de la cocina—. ¿Y Chapi?

—He pasado la tarde con él y se ha quedado sopa en el sofá mientras veíamos Space Jam .

Asoma la cabeza y alza las cejas con una sonrisa ladeada.

—Enseñándole cultura general, por lo que veo.

—Hombre, por supuesto —digo orgulloso.

Se estira y me tiende la cerveza.

—¿Cómo te sientes?

—Bueno. Estoy.

—No va a pasar nada. —Sale de detrás de la barra y arrastra un taburete para sentarse a mi lado—. Nos lo vamos a pasar bien, ya verás.

Asiento en silencio, porque tampoco tengo mucho que decir a eso.

—¿Cuándo vuelven tus padres? —pregunto para evitar pensar en lo raro que me siento.

—El martes.

—Cuando esto acabe, te ayudo a recoger.

—No te voy a decir que no. —Suelta una risita—. Esto se va a quedar hecho una mierda.

Bufo y doy un trago a la cerveza.

—Te metes en unas…

—De vez en cuando viene bien.

Pego otro trago para ganar algo de tiempo y no dejarme llevar por lo que me carcome por dentro.

—Oye —bajo un poco la voz y lo miro fijamente—, ¿tú sabías que McKay tenía una hermana pequeña?

Connor pestañea sin dejar de mirarme. No hace falta ser muy listo para ver la confusión en sus ojos.

—Sí. Claro.

De puta madre. Soy el único que no lo sabía o, más bien, que no se ha interesado lo suficiente por su capitán.

—He visto a tu amiga. La del pelo rojo.

Los ojos se le abren de par en par y su sonrisa dice todo lo que necesito.

—¡Calla! —Gira la cabeza hacia la puerta de la cocina como acto reflejo, como si ella fuera a estar ahí plantada al haberla mencionado—. ¿Sí? ¿Y le has dicho algo? ¿Te ha dicho…?

—Nada. En cuanto las he visto, he venido a buscarte.

—¿Ha venido con…?

Lo corto antes de que pueda decir nada más.

—¿Con la empollona? —suelto como si me molestara su presencia—. Sí.

Connor frunce el ceño. Parece que no le ha hecho mucha gracia mi tono.

—¿Por qué haces eso?

—¿El qué? —Me encojo de hombros y levanto un poco el mentón.

—Fingir que te la suda tanto que no sabes cómo se llaman. —Se aparta un poco de mí y suelta un quejido—. Te pido, por favor, que no me jodas con esto. —Alzo las cejas—. No me mires así. —Niega con la cabeza—. Me interesa ella, y, por lo tanto, sus amigas.

—Connor… —trato de decir en un tono divertido para aliviar parte de su mosqueo. Porque él nunca suele enfadarse.

—¡No, joder! ¡No! —Por fin empieza a sonreír—. No lo digo en ese sentido, capullo.

—Sé que eres liberal, pero no sabía que…

Niega con la cabeza.

—¡Cállate! —Bebe de su cerveza y, unos segundos después, vuelve a hablar—. En serio, Bastian. Las chicas son muy raras, y, si a sus amigas no les caes bien, estás jodido…

—Yo no pinto nada en todo esto —digo con sinceridad—. Eso es cosa tuya.

—Eres mi mejor amigo y nos pasamos todo el día juntos. No quiero que las asustes cada vez que nos las encontremos.

Traro de mantenerme impasible ante su comentario, que no hace más que recordarme lo que soy. Lo que todo el mundo ve en mí y que yo mismo me he ganado a pulso.

Me apoyo sobre la barra.

—¿Por qué dices eso?

Pone los ojos en blanco.

—¿En serio me lo preguntas? Se te da igual de bien relacionarte que cuidar plantas.

Suelto una carcajada seca, porque mi relación con la jardinería es bastante lamentable, pero que haga ese símil solo incrementa la sensación que tuve antes con McKay, y no me gusta.

—¿Tengo que ser majo solo para que tú te folles a Adriel?

Quizá lo he soltado con más condescendencia de la que merece, porque en realidad tampoco está haciendo nada malo. Está interesado en una chica, y punto.

Joder. Qué tonto soy.

—No se trata de… —discrepa—. No es eso, Bastian. No quiero que seas agradable para que pueda follármela. Es que igual deberías empezar a cambiar un poco tu actitud con los demás, ¿no? Ábrete un poco. Socializa.

Trago saliva y me aparto de la barra para poner algo de distancia entre los dos.

—Soy como soy…

Me corta, alzando la voz como muy pocas veces lo he visto hacer, y menos conmigo. Se baja del taburete para enfrentarse a mí.

—Deja esa excusa para otro. No me vale, Bastian… Sé bastante bien lo que es tener una vida complicada, y no me parece que sea una excusa para mandarlo todo a la mierda. —El dolor de sus palabras se me cuela como astillas en la piel.

—Yo no soy tú, Connor. Deberías saberlo.

Me quito la gorra para echarme el pelo hacia atrás y colocármela de nuevo para aliviar la tensión que siento con esta conversación.

Sé que no soy ningún ejemplo a seguir y que mi forma de enfrentarme a las cosas es destrozándolas o fingiendo que todo me la suda.

¿Debería cambiarlo? Sí, pero llevo demasiado tiempo siendo así. Yo qué sé.

—No quiero que seas como yo. Solo me gustaría que te abrieras más… Eres un tío de la hostia, y deberías enseñárselo al mundo.

Miro hacia el techo buscando las palabras adecuadas en mi cabeza, tratando de silenciar todo lo que bulle en mi interior, porque crecí en una casa en la que nunca nada estaba bien.

Todo lo que hacía Bastian estaba mal, al menos a ojos de mi padre.

Y llegó un punto en el que lo mejor era fingir que todo me daba igual.

Chicago, Illinois; Lincon Park

10 años atrás

Bastian se había pasado toda la mañana jugando al baloncesto. Sus tíos habían colocado un aro encima de la puerta del garaje para que su sobrino pudiera practicar cuando los visitaba durante las vacaciones de verano.

En ese momento, Bastian no lo sabía, pero salir de su casa de Nueva York y pasar parte del verano en la de sus tíos le aportaba una paz inexplicable. Allí no tenía tantas ganas de hacer daño a los demás para llamar su atención.

Sus tíos estaban pendientes de él y pasaban mucho rato haciendo cosas juntos. Y eso le gustaba.

Aquella calurosa mañana de mediados de julio, estuvo jugando al baloncesto. Intentando encestar sin ningún éxito.

No coló ni una, y eso le provocaba un ardor intenso en el pecho. Deseaba tirar el balón lo más lejos posible. Quería gritar. Golpear algo.

—Una más y ya está —se prometió a sí mismo, agarrando el balón de nuevo y centrando su vista en el aro de color naranja que colgaba de la fachada.

Jadeando, con el aliento entrecortado y una capa de sudor que le pegaba el pelo a la nuca, se impulsó sobre los dos pies y lanzó el balón, que rebotó contra el aro, con la mala suerte de que le golpeó de lleno en toda la cara. Se cubrió con las manos y cayó al suelo de rodillas.

Un dolor intenso lo atravesó de arriba abajo, y la rabia por haber fallado y encima haberse hecho daño terminó de reventar lo que fuera que estuviera sintiendo por dentro.

Una especie de llamarada interna le prendió desde el pecho hasta el resto de las extremidades, y una necesidad visceral de gritar y reventar algo se apoderó de él.

Con los ojos llenos de lágrimas, se quedó ahí encogido, conteniendo las ganas de destrozarlo todo, hasta que el sonido de la puerta cerrándose lo puso alerta.

—¿Bastian? —preguntó su tío Luis—. ¿Qué pasa? —Escuchó sus pasos acercándose donde estaba y, por el sonido de su ropa y la brisa que levantó con su movimiento, supuso que se acuclilló a su lado. Cuando Luis posó la mano sobre el hombro de Bastian, confirmó sus sospechas—. Oye…

Sollozando con fuerza, se apartó las manos de la cara, y los ojos de Luis fueron directos a la nariz, de la que le caía sangre.

Hizo una mueca y le agarró el mentón para verlo mejor.

—Vaya golpe… ¿Te duele?

Bastian asintió sin decir nada.

—Ven y lo curamos.

Bastian rechazó la idea porque una parte de él sentía un placer inexplicable al regodearse en su dolor.

La brisa fresca secó la capa de sudor que cubría su cuerpo y dejó de sentir ese fuego ardiente en sus venas con tanta intensidad.

Echó un vistazo a su tío, que lo observaba con los ojos ligeramente entrecerrados, y se dio cuenta de que llevaba algo en la mano.

Frunció el ceño e hizo un gesto con la mandíbula.

—Estamos remodelando el salón. —Levantó la mano para mostrarle una máscara de cerámica blanca con una expresión bastante fea—. Cosas de tu tío Don. Ya sabes cómo es. —Entornó los ojos.

Al ver que Bastian no reaccionaba, se colocó la máscara delante de la cara, y eso extrañó a su sobrino.

—¿Qué haces? —Se quitó la sangre y los mocos con el dorso del brazo.

—Esconderme.

Bastian pestañeó confuso.

—Pero si no te has ido… Estás aquí.

—Esto también es una forma de esconderse. —Y se apartó la máscara del rostro.

Y aquello activó algo en el interior de Bastian que ni tan siquiera él mismo comprendería hasta muchos años después.

Aunque su tío lo único que quería hacer era distraerlo y animarlo para que dejara de pensar en el golpe que se había dado, le tendió un puente invisible que Bastian cruzó como quien se hunde en el mar y se aferra a un trozo de madera podrido.

¿Si él se colocaba una máscara podría ser capaz de esconder a la bestia que rugía y arañaba en su interior?

Esconderse era la solución. Su única salida para poder convivir en una sociedad de la que no se sentía parte.

Fingir ser quien no era para sobrevivir.