21. Bee
Bee
—¿Por qué no sabré decir que no? —maldigo entre dientes, mirándome por última vez.
Después de comerme la cabeza con qué ponerme para una fiesta a la que no me apetece ir, me decanto por una camiseta básica de color negro, una minifalda plisada del mismo color y unas medias de cristal. Y para darle algo de color, mi cárdigan amarillo. Uno de mis favoritos.
Me peino con los dedos para no perder mis ondas y me ato dos mechones detrás de la cabeza con un lazo del mismo color que el cárdigan.
Espero no pasar demasiado frío.
Miro el reloj, ligeramente ansiosa, porque Adriel debería haber llegado hace quince minutos y no hay ni rastro de ella.
Mientras la espero para ir juntas, repongo el comedero de Bloom en su rinconcito, donde puede comer y hacer sus necesidades. Le acaricio la cabecita y mi móvil empieza a sonar.
Me meto en el grupo que tenemos y leo los mensajes.
A : Bueno, ¿seguro que no os animáis a venir?
Jazzy : Nosotros nos quedamos en casa…
A : ¿Otra vez manta y peli? Qué aburridos sois…
Jazzy : Sabemos pasarlo bien
A : Guarda la lengua, que últimamente le das mucho uso, cochina
Jazzy : Mmm ¿huelo a envidia?
A : Pues claro que sí, jajaja
¡Callaos ya! No necesitamos saber las intimidades de nadie.
Jazzy : No te pongas nerviosa, Beatrice.
Con la mirada perdida, dejo el móvil sobre la encimera de la cocina. En cuestión de segundos el telefonillo suena y corro a cogerlo.
—¡Soy yo! Baja.
—Voy.
Me observo por última vez, como si hubiera cambiado algo en ese rato, pero supongo que es a causa de los nervios.
Aunque he pasado la mañana de lo más tranquila adelantando trabajos y tratando de estudiar un poco, a medida que se ha ido acercando la hora mi corazón latía más deprisa, y no sé si es por ir a un sitio lleno de gente, con todos los factores que no me gustan y no voy a repetir, o porque, sabiendo que la fiesta es en casa de Connor, puedo imaginar quién va a estar por allí.
Un chico de ojos azules que últimamente veo en todas partes.
Agarro un bolso antes de que se me olvide y bajo para encontrarme con mi amiga.
La abrazo con todas mis fuerzas en cuanto me encuentro con ella.
—Qué guapa.
Se encoge de hombros y da una vuelta sobre sí misma. Lleva una camiseta de manga larga de rayas de colores y una minifalda vaquera con medias de cristal.
—Tú también estás preciosa. Muy cute .
Después de un rato caminando hacia la estación, rompo el breve silencio que hay entre las dos.
—¿Sabes dónde es la fiesta?
—Bee, ¿estás bien? En casa de Connor. Lo hemos hablado esta mañana. Y ayer. Y seguramente…
Hago un gesto de desaprobación y la interrumpo porque creo que no nos estamos entendiendo.
—No me refiero a eso. Me estoy refiriendo adónde es. En qué lugar.
—Aaah. Vale. —Se muerde el labio inferior—. Creo que es en Lincoln Park.
Una de las zonas más bonitas de la ciudad; no está muy lejos del centro, pero sí lo suficiente como para sentir que es un universo paralelo con avenidas repletas de árboles y casas preciosas, como el barrio en el que vive ella.
Mentalmente pienso en la línea que tenemos que coger y en dónde bajarnos.
—¿Y qué vamos a hacer allí?
Quizá ha sido una pregunta estúpida.
—Beber. Hablar con la gente. No sé. Las cosas que se suelen hacer en las fiestas, ¿no?
—Ya. ¿Estaremos con Connor?
¿Estoy queriendo preguntar algo, pero dando demasiados rodeos? Puede ser.
—¿Supongo?
—¿Supones? O sea, ¿te ha invitado, pero no sabes si vas a estar con él?
—Es el anfitrión y supongo que tendrá que estar a… —deja de hablar y me observa con el ceño fruncido—. ¿Qué pasa?
—Nada. Es que me pone nerviosa ir a un sitio en el que no conozco a nadie…
—No nos va a pasar nada. Además, ni que fuera la primera vez que vas a una fiesta.
—Ya, pero no sé.
—No te preocupes. Connor es mi amigo, todo va a ir bien.
Me muerdo los labios porque quiero decirle que él no tiene mucha pinta de querer ser su amigo precisamente, pero prefiero no adelantarme y equivocarme.
—Bueno…, pero no el mío.
—Mis amigos son tus amigos, Bee.
—¿Y tus amigos por qué tienen que hacer fiestas?
Se ríe con fuerza.
—Todos los adolescentes hacen fiestas, menos nosotras. —Levanta las cejas—. Además, siéntete afortunada, porque conocemos al anfitrión… Lo normal es no saber quién las organiza… Piénsalo, ¿alguna vez has ido a una fiesta conociendo al que la da?
Me pongo seria y niego con la cabeza.
—No voy a fiestas.
—Ya, bueno... —Hace una mueca—. Pero en el hipotético caso de que fueras.
Yo he ido a muchas y creo que nunca he conocido al que las organizaba.
Aunque, bueno, el año pasado sí estuve en una…
—Ya empieza a desvariar—. Fue muy gracioso, porque conocí a una chica que iba a mi clase de pintura, y ella era amiga…
Ah, no. Espera. ¿Se estaba enrollando con el que organizaba la fiesta?
—Frunce el ceño y se muerde el labio—. ¿O aún no se habían liado?
Bueno, no me acuerdo exactamente. La cosa es que me pidió que la acompañara, y ya sabes que a mí no tienes que pedírmelo dos veces.
¿Y dónde está esa chica ahora para que te acompañe a este infierno?
—Sí, vale. —Nunca sé cómo cortarla cuando empieza a desvariar—. Ya lo entiendo.
—Hubo una movida… —Agita las manos, emocionada—. Casi queman la casa.
¿Qué?
Me paro en seco en mitad de la calle. Definitivamente, no quiero ir a la fiesta.
—¡Adriel! —grito—. Eso no me da ningún tipo de confianza.
—Ay, tía. —Pone los ojos en blanco y tira de mí—. No seas exagerada. Eso no tiene por qué ocurrir ahora. Lo vamos a pasar genial, ya verás.
Después de un rato en silencio con el ruido de la ciudad de fondo, Adri clava su mirada en mí y me observa con sus enormes ojos.
—¿Qué es lo que pasa? Puedes decírmelo. ¿Es por el casi incendio?
Suelto el aire con un poco de angustia, porque es un cúmulo de demasiadas cosas.
—No sé. Me da cosa que esté Grayson. No me apetece encontrármelo.
—Pensaba que me ibas a decir el nombre de otra persona.
Arrugo el entrecejo y me coloco las gafas.
—¿De quién?
—No lo sé. Quizá el nombre del número siete del River Valley.
Entrecierro los ojos porque ella sabe de sobra que no sé nada de deporte, pero identifico el número siete con una persona concreta, porque, alguna vez que lo he visto, llevaba ese número en la espalda.
«Bastian».
Niego con la cabeza.
—¿Por qué dices eso?
—No sé. Creo que es tan tu rollo…
¿En serio?
Pestañeo, escéptica, cuando Adri me tira del brazo para que crucemos como si no acabara de soltar una barbaridad por la boca.
—No es para nada mi tipo —alzo la voz, ligeramente ofendida.
—Bee, por Dios. —Extiende los brazos—. Te encanta leer sobre hombres bordes y misteriosos que odian a todo el mundo menos a ella.
—Tú lo has dicho. Me gusta «leer». —Pestañea como si no entendiera la diferencia, así que continuo—. Que me guste en la ficción no quiere decir que eso sea lo que busco en la vida real.
—¿Me estás diciendo que, si en un libro te gusta un personaje borde, eso no quiere decir que en la vida real te gusten los bordes?
Asiento con una sonrisa.
—Eso es.
Ladea la cabeza y su expresión me deja claro que no lo entiende.
—No comprendo tu lógica, pero diremos que vale.
Me tira de la mano y entramos en la boca de metro.
Ligeramente molesta conmigo misma por no haberme explicado bien, o con ella por no comprender la mentalidad de una lectora, me dejo arrastrar de nuevo.
Pasamos las tarjetas para acceder a los vagones. Aunque estar bajo tierra no me hace especial ilusión, me alivia saber que, unas cuantas paradas antes de llegar a nuestro destino, el tren sube a la superficie y hace el recorrido por las vías elevadas que atraviesan calles y edificios.
Cuando llegamos adonde se supone que es la fiesta, yo solo quiero darme la vuelta, ponerme el pijama y leer hasta quedarme dormida.
Aún no hemos entrado y la música retumba por toda la calle.
Tanto que puedo imaginar a la perfección como si estuviera ocurriendo a tiempo real cómo nos van a arrestar cuando los vecinos nos denuncien por exceso de ruido.
Me planteo salir corriendo de allí, pero Adri me mira fijamente, me agarra fuerte de la mano y su sonrisa me pellizca el corazón.
—¿Lista?
No.
Asiento en silencio y me dejo arrastrar por ella, con una sensación molesta e incómoda, como si me adentrara en la casa de los Salvatore y me fueran a drenar la sangre hasta dejarme seca. Aunque, si esta fuera la situación, habría venido hasta descalza.
Para qué mentir.