El 7 de River Valley 20. Bee
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20. Bee

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—¿Cómo estás? —pregunto abriendo los botes de pintura.

Adri me observa con los brazos en jarras y el peso de su cuerpo sobre una de sus piernas.

—Bien.

La miro a través de mis gafas y me apoyo sobre la mesa.

—Adri…

—¿Qué?

—Ayer desapareciste.

Niega con la cabeza.

—Estuvimos juntas aquí, como todas las tardes.

Niego con la cabeza porque siento que está evadiendo el tema.

—Ya, pero no hablamos de lo que pasó por la mañana.

Sus ojos azules me observan y brillan con cierta tristeza. Una que siempre ha camuflado con ese carácter tan bri­llante.

—No hace falta hablarlo. —Se encoge de hombros—.

Yo creo que no he dicho nada malo. Solo di mi opinión porque siento que con vosotras puedo decir cualquier cosa sin sentirme juzgada.

—Se mira los pies—. Pero… parece que me equivocaba.

—Me dedica una sonrisa triste que me parte el alma, porque de eso trata la amistad, o al menos la nuestra.

De la seguridad de poder decir cualquier cosa sin miedo a sentirnos juzgadas—.

Sé cómo es. Y que su vida es complicada…

, pero… —Levanta la cabeza hacia el techo y suelta el aire de forma brusca antes de mirarme—.

Yo no voy a ir detrás de ella a ofrecerle una justificación.

La miro sorprendida porque su relación con Mils siempre ha sido lo primero para ella. Adriel daría la vida por nuestra amiga y, de hecho, siempre estaba ahí para ella incluso cuando Mils la echaba.

—Para ti Mils siempre ha sido…

—Lo primero. Sí, lo sé. Pero me estoy cansando de dar prioridad a quien parece que me tiene en último lugar.

Noto que la voz se le rompe un poco y supongo que es normal. No es fácil darlo todo por alguien que nunca está satisfecha con lo que haces.

Su confesión me hace sentir un poco de pena por ella, y por la manera tan sincera que tiene de entregarse.

Acerco la mano para tocarle el brazo, para que entienda que estoy ahí si necesita algo. Me sonríe con el gesto más desolador que he visto nunca.

—Estoy bien.

Asiento y dejo el tema.

—¡Uf! —Inspira el aire con fuerza—. Me encanta el olor a pintura. ¡Dios, qué rico! —Se acerca a los botes—. Me dan ganas de comérmelos.

Suelto una carcajada cuando se alza y veo la punta de su nariz manchada de pintura dorada.

—Te has pintado, boba.

Rodeo la mesa para acercarme a ella y, con la confianza suficiente, me chupo el dedo y le limpio la nariz.

—Pareces mi madre.

Niego con la cabeza sin dejar de sonreír hasta que le dejo la nariz limpia, y le doy un besito.

—¡Hala, ya está! —Regreso a mi sitio—. ¿Alguna novedad más?

Su sonrisa se hace gigante y sus ojos brillan con fuerza.

—Puede.

—¿Te vas a hacer la misteriosa?

—Claro que no. —Se apoya con fuerza en la mesa y hace que todo se tambaleé—. Ay, tía. Es que… Connor es tan mono…

—¿Puedo saber para qué vino ayer?

—Me ha invitado a su fiesta.

Alzo las cejas sorprendida y muy contenta por ella, primero porque ama las fiestas, y segundo porque que te inviten a este tipo de cosas es una especie de reconocimiento social.

—¡Qué bien!

—¡Sí! —Se muerde los labios sin dejar de sonreír—. Y, claro, Connor me ha dicho que puedo ir con mis amigas… —Me da miedo cómo ha cambiado su tono de voz, porque puedo imaginar lo que va a decir a continuación—. Y había pensado en que vinieras conmigo.

Llegados a este punto, la culpa que suelo sentir de forma habitual hace acto de presencia, porque no quiero ir.

No me gustan las fiestas, y menos las que organizan los deportistas, que, no es por nada, pero suelen desmadrarse demasiado. Si a eso le sumas el alcohol que no podemos consumir porque es ilegal, la gente que no deja de hacer el ridículo... El ruido y los gritos…

Y esos son solo algunos de los muchos factores que me hacen aborrecer las fiestas.

Y de las cuatro, Adri es la única que vive por y para ese tipo de eventos. Siempre que escuches «fiesta», Adriel estará por ahí, solo que no ha tenido mucha suerte con nosotras en ese sentido.

Aunque espero que en otros ámbitos sí se sienta afortu­nada.

Por norma general, y de una forma que después de todos estos años no he logrado comprender, su compañera de batalla en este tipo de eventos era la mismísima Milán.

Y ahora todos sabemos cómo está el tema entre ellas, ¿verdad? Bueno, pues si habitualmente me cuesta bastante decir «no», imagínate cuando sé cómo están las cosas y cuando pone esa carita de cachorro abandonado.

Y lo peor es que sé que, si le digo que no quiero ir, no se lo va a tomar mal, porque no es rencorosa, en su alma eso no existe, y mucho menos te obliga a hacer cosas que no quieres.

Quizá por todo eso me veo obligada a ir, aunque lo que más deseo es pasar el finde tranquila.

—Me lo ha dicho Connor.

—¿El qué? —frunzo el ceño.

—Que vengas.

Eso sí que me pilla por sorpresa, porque quitando las fiestas que se organizan en el instituto, nunca me han invitado a una. Al menos no el anfitrión.

—Ah. Qué majo.

—¡¿A que sí?! —alza la voz, emocionada—. Entonces ¿qué? ¿Vienes?

Me encantaría decirle que no.

—Bueno… —digo poco convencida—. ¿Qué puede salir mal?

Su grito de emoción me hace encogerme un poco. Me abraza con una fuerza desmedida y, después de darme las gracias unas diez veces, se va corriendo al escenario con la energía por las nubes.

Supongo que, por verla así de contenta, vale la pena ir a una fiesta que no me apetece en absoluto.