19. Bastian
Bastian
—Entrenador… —Connor se acerca jadeando y se coloca frente a él—. ¿Puedo salir media hora antes?
El señor Robinson alza las cejas y se cruza de brazos.
—¿Pasa algo, Arias?
Mi amigo niega con la cabeza y, por cómo mueve el pie, sé que está mintiendo.
—Tengo cosas que hacer en casa.
—Vale, pero mañana la recuperas.
Connor asiente y, cuando se da la vuelta, se topa de pleno conmigo.
—¿Todo bien? —pregunto con el balón bajo el brazo.
—Sí.
Pasa por mi lado y me golpea el hombro.
—No me esperes.
Entrecierro los ojos, pero no digo nada en voz alta porque nuestro entrenador nos está mirando.
Connor echa a correr hacia los vestuarios y yo sigo con mis tiros libres.
—¡Wolf! —el grito de mi entrenador me hace buscarlo con los ojos, con el balón entre las manos a punto de lanzarlo—. ¿Todo bien?
—Sí —contesto en automático.
—Eso espero.
Trago saliva y desvío la atención al aro de color naranja, porque, si se entera de algo de lo que pasó la semana pasada, estamos jodidos.
Cuando salgo de la ducha, se me hace rarísimo que Connor no me esté esperando fuera, aunque ya me lo avisara. Es lo que tienen las costumbres.
Me llevo la mano al pelo húmedo y puedo imaginármelo echando a correr hacia la entrada del auditorio para esperar a cierta chica de pelo rojo, porque, aunque no me lo haya dicho, sé de sobra que está interesado en Adriel.
Aunque tampoco hay que ser muy listo para darse cuenta.
Salgo al aparcamiento con las llaves en la mano y me encuentro buscando a una chica con gafas, pero no hay ni rastro de ella.
No debería extrañarme, si nunca hemos coincidido a la salida de mi entrenamiento, solo esa tarde. Como un eclipse de sol, que sucede una vez cada muchos años.
—Hola.
Cierro la puerta de casa con el pie y dejo las llaves sobre el recibidor. Veo a mi primo sentado en el último escalón, apoyado sobre las rodillas con la consola que encontramos la semana pasada en el desván.
—Chapi.
—Hola —responde sin apartar los ojos de la pantalla.
Niego con la cabeza y voy hacia el salón.
—Ya he llegado. —Me apoyo en el marco de la puerta y observo a mis tíos dando media vuelta al salón.
—Ay, mira qué bien —jadea Luis arrodillado, mientras Don trata de coger uno de los jarrones de hace mil años. Y es que el interior de esta casa es como el de un castillo del siglo xvii —. ¿Puedes sacar a Chocolate?
—¿Ahora? —gruño.
—Bastian, por favor. —Luis se incorpora—. Nosotros estamos liados, y el pobre lleva toda la tarde esperando para salir.
—Vale —suspiro.
—No tardes. Es viejo y tiene incontinencia. Ya sabes lo que pasó la última vez.
Como para olvidarlo.
—No hace falta que me lo recuerdes. El que se pasó dos horas limpiando la alfombra fui yo.
Luis y Don dejan escapar una sonora carcajada y yo contengo la risa, porque, aunque no me hizo gracia, ahora es algo que sí me arranca una sonrisa.
—¡Chocolate! —llamo al Schnauzer mediano de pelaje oscuro y, mientras voy a coger su correa, escucho sus patitas por el parqué. Me agacho a su lado cuando se sienta frente a mí moviendo la cola—. Vamos a dar una vuelta.
Me lame la mano y ladra, emocionado por salir un rato.
Enseguida me incorporo y miro a Chapi, que sigue en la misma posición en la que lo he encontrado.
—¿Vienes?
—No.
—Al final te vas a quedar lelo con tanta consola.
No espero a que me conteste y salgo a la calle.
Avanzo por la acera y me dirijo a un parque que no está muy lejos. Es un lugar tranquilo al que suele ir la gente con sus mascotas.
Al llegar, lo suelto de la correa para que pueda corretear con libertad y meto las manos en el bolsillo de mi sudadera. Mientras avanzo, echo un vistazo a mi alrededor y, de repente, veo a una chica con una pose un tanto extraña.
—¿Qué hace? —musito entre dientes, entrecerrando los ojos para enfocar la imagen que no logro entender.
Y es que está sentada a los pies de un árbol y tiene, literalmente, la cara metida en un libro.
Mi sorpresa llega cuando veo que es ella.
Algo en mi estómago se enciende. Como una corriente eléctrica.
No puedo dejar de observarla, porque creo que nunca había visto a nadie leyendo en público de esa forma. Cierra el libro de golpe y se lleva la mano a la boca a la vez que niega con los ojos cerrados.
Yo me toco el pelo y sacudo la cabeza con incredulidad.
—Qué rara es…
Y aunque intento seguir mi camino, mis piernas me llevan en su dirección y, cuando me doy cuenta, estoy plantado frente a ella.
—Vaya casualidad.
—¡Ay! —grita asustada y, cuando gira la cabeza para mirarme, su gesto cambia.
Ladeo la cabeza.
—No quería asustarte.
—Pues no lo has conseguido…
Suelto el aire por la nariz y echo un vistazo a Chocolate, que está olisqueando un matorral.
—Ya veo…
Ella aprieta los labios sin dejar de agarrar el libro entre sus manos.
—¿Estás así por eso?
Trato de fijarme en la portada para averiguar qué es lo que está leyendo, pero no tengo ni idea de qué puede ser.
—Sí.
—Ah.
—¿Has venido hasta aquí por eso?
—Me ha llamado la atención ver tu cabeza ahí dentro. Pensaba que te pasaba algo.
Sus mejillas se ponen rosas. Mis comisuras se alzan un poco.
—Bueno…, es que…, yo… —titubea, nerviosa.
—¿Sueles venir mucho por aquí?
Cambio de tema de forma radical porque tampoco quiero que se sienta avergonzada.
—Sí. Me gusta.
—¿Y cómo es que nunca te he visto?
Se encoge de hombros y se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Bueno, pues supongo que igual que en el instituto…
—Ya —respondo, lamiéndome los labios—. Y ahora te veo en todos lados.
Desvía la mirada. Una parte de mí quiere ponerse de cuclillas para estar a la misma altura y poder mirarla de frente, pero no lo hago.
—No es mi intención…
—No he dicho que me moleste.
—Ah —suelta de forma ahogada—. Eh. Bueno, yo me iba ya.
—Mentirosa —suelto, y eso hace que me mire otra vez.
—¿Perdona?
Me encojo de hombros.
—No parecía que quisieras irte.
—Pues sí.
—Vale, vale —digo con una sonrisilla.
Empieza a recoger sus cosas y, cuando se pone en pie, me hace gracia nuestra diferencia de altura.
Con la bolsa de tela colgada del hombro, me observa colocándose las gafas.
—Bueno —dice, como ligeramente incómoda—. Me voy.
Asiento en silencio.
—Hasta mañana.
Y no sé por qué, pero tengo ganas de que sea mañana para encontrármela de nuevo.