18. Bee
Bee
—¿Has visto a Adri? —pregunta Jaz unas horas después mientras vamos a la cafetería.
Niego con la cabeza sin dejar de apretar con fuerza la tira de mi mochila de piel sintética. Jaz bufa a mi lado, y es que no se le ha pasado el enfado de esta mañana. Y no me extraña, porque Mils se toma demasiadas libertades con lo que dice y lo que hace, sin tener en cuenta a las demás.
Vale que siempre ha sido un poco así, pero es que últimamente no sé qué ha ocurrido en su vida para que se comporte de esa forma tan destructiva. Y sobre todo con Adri, que, de las cuatro, ha sido siempre su punto de apoyo.
Avanzamos entre la multitud hasta llegar a la cola de la comida. Cogemos las bandejas y aguardamos nuestro turno.
—Ya sabes cómo es… —digo, volviendo al tema.
—Me da igual —contesta con brusquedad mirando al frente—. Me tiene cansada. ¡No somos su saco de boxeo personal!
—Ya lo sé —suelto cabizbaja—. Igual ha tenido problemas en casa…
Jaz me interrumpe con los ojos ardiendo.
—Pues que lo diga. Que cuente de una vez lo que le pasa.
Aprieto los labios.
—Tampoco podemos obligarla. Si no quiere hablarlo…
—Que no lo hable si no quiere, pero que por lo menos nos trate bien. —Avanzamos despacio—. A mí me tiene harta, la verdad.
—Se nota.
Gira la cabeza hacia mí y me mira, inquisitiva.
—¿Qué pasa?
Levanto los hombros restándole importancia.
—Nada. Que se nota que cada día la soportas menos.
—Hombre, Bee. ¿Me vas a decir que no se está pasando de la raya?
—Sí…, si yo no digo que no.
Jaz suspira.
—¿Pero?
—Pero estoy segura de que hay algún motivo que desconocemos.
—Siempre tan buena… —Me da un codazo suave antes de colocar la bandeja en el mostrador e ir arrastrándola—. Eres un ser de luz.
Sonrío con cierta timidez.
—¿Qué vas a hacer hoy? —pregunto.
—Lo mismo de las últimas semanas. Ir a mirar tiendas, muebles…
—Tu padre lo está dando todo por lo que veo.
—Bueno, ha delegado en mí parte del trabajo, y no me disgusta.
—Me alegra que por lo menos lo estés disfrutando y que confíe en ti.
—A mí también, la verdad. Ya tocaba, ¿no?
—¿Qué le parece que te vayas a quedar aquí?
—Está dando volteretas.
Nos echamos a reír.
—Y yo.
—Dice que está muy orgulloso de mí por haber encontrado algo que me motiva.
—Yo también lo estoy, Jaz —digo con sinceridad.
Hace un gesto, tratando de quitarle relevancia, porque, en el fondo, le da un poco de vergüenza que alguien le diga cosas bonitas, sobre todo relacionadas con su talento para casi todo lo que se propone.
—Y yo de ti.
Frunzo el ceño.
—¿De mí?
Los hombres y las mujeres que sirven la comida nos atienden con una sonrisa y paramos nuestra conversación para elegir el menú. Después de eso, volvemos a nuestra mesa con las bandejas llenas.
Jaz se sienta frente a mí.
—De que te hayas apuntado al musical.
Noto cómo mis mejillas arden.
—Para ayudar.
—Da igual. —Me mira fijamente mientras se lleva un trozo de zanahoria a la boca—. Lo guay es que has salido de tu zona segura. Has pasado la línea y te has lanzado a algo que querías hacer. Y esto es solo el principio de una gran cantidad de pasitos.
Le dedico una sonrisa, porque, aunque odio reconocerlo en voz alta, soy de ese tipo de personas que necesitan la validación externa de la gente que me rodea. Por eso, que Jaz se sienta orgullosa de mí y me apoye en mis pequeños logros para salir de mi cascarón me da mucha tranquilidad.
—¿Te he dicho alguna vez que no sé qué haría sin ti?
—Más de las que puedo soportar.
Nos reímos a la vez.
Empezamos a comer y, al cabo de un rato, Jaz rompe el silencio.
—¿Bee? —Alzo la cabeza con la boca llena—. ¿Cuándo me pensabas contar que Bastian te llevó a casa el otro día?
Me atraganto y comienzo a toser, porque, de todas las cosas que podía esperar, esta no era una de ellas.
Su sonrisa no hace más que ensancharse mientras espera a que termine de ahogarme. Coloca los codos encima de la mesa, entrelaza sus bonitas manos con algún que otro anillo dorado que le decora los dedos, y apoya la barbilla en sus manos unidas.
Agarrándome el pecho, cojo el agua y bebo hasta saciar ese picor constante.
—Venga, anda. Desembucha.