El 7 de River Valley 17. Bee
28%

17. Bee

Bee

Cuando escucho la voz de Grayson, me detengo en seco y me odio por hacerlo. Porque, en realidad, me encantaría seguir caminando, fingiendo que no lo he oído, pero mi parte inconsciente me hace detenerme, aunque no me apetezca.

Desde que conozco a Grayson, siempre he tratado de tener el menor contacto posible con él, porque no es el tipo de persona con el que la conversación fluya. Toda gira en torno a él y a su vida. Y un rato vale, pero siempre ese «Yo. Yo. Y después yo» es agotador y aburrido.

¿La parte positiva de todo eso? Que tenemos clase y, cuando pasa eso, nadie consigue apartarme de mi objetivo.

Pocas cosas son tan importantes como para que yo pierda la noción del tiempo y no esté todo el rato pensando: «Llego tarde», «Tardo cinco minutos en subir las escaleras, cruzar el pasillo y llegar a clase».

No ha sido, ni será, Garret Grayson quien me haga llegar tarde. Quizá, en todo caso, podría ser el dueño de unos ojos claros como el hielo el único que podría conseguirlo.

Cuando me he girado, han sido sus ojos lo primero que he visto, y mi corazón ha empezado a aporrear con una fuerza brutal mi caja torácica. He sentido un zumbido en la base del estómago porque parece que no hay lugar en el que no me lo encuentre, aunque trate de esquivarlo con todas mis fuerzas.

—Tranquila —susurra Jaz en mi oído—. Llegamos bien.

Le dedico una sonrisa y quiero gritarle que es la mejor, pero no es el momento.

—La clase empieza en ocho minutos —digo en el mismo tono.

—Llegamos de sobra —añade Adri, y soy testigo de cómo mira a Connor mientras él se va con Bastian—.

¿Nos vamos ya? Grayson parece haberse distraído mirándose sus propios…

—Lo observa con una expresión de confusión que creo que tenemos todas—.

¿Se acaba de levantar la camiseta y está sobándose los abdominales?

—Justo eso —escupe Mils—. Voy a vomitar.

Suelto una risita ante el tono mordaz de mi amiga, quien, en términos generales, odia a casi todo el mundo, pero, si la persona en cuestión es deportista, todavía más.

Sus ojos se entrecierran al mirar a Grayson.

—Ni para lavar la ropa en el río… —escupe Jaz con una mueca de desagrado.

—Pues poca broma, pero está bueno —contesta Adri sin quitar los ojos de Grayson. Mi amiga de pelo rojo debe de notar el silencio que se instaura entre nosotras y nos mira un poco incómoda—. ¿Qué? Solo he dicho que…

—¡Cállate! —grita Mils, levantando la mano—. Por favor. Acabas de perder todo el respeto que podía tenerte.

Adri alza las cejas buscando a Milán con la mirada, porque su debilidad por ella sobrepasa cualquier aprecio que nos tenga a las demás.

—¿Qué pasa? —Se encoge de hombros realmente confusa y trata de arreglar lo que ha dicho—. Grayson está bueno. Lo hablamos el otro día, ¿a que sí? —Nos mira buscando apoyo.

—Sí —asiente mi mejor amiga—. Pero no pudimos acabar de hablar. Creo que cambiamos de tema.

Adri se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja ligeramente avergonzada, porque sabe que nos cuesta mantener el hilo de la conversación porque empieza a entrelazar temas. Pero la queremos así, con todos sus enredos, y ella lo sabe.

Lo sabe, ¿no?

Milán clava sus ojos negros en Adri, con la confianza suficiente de quien sabe que puede decirle cualquier cosa a la otra persona y no habrá consecuencias.

—No te puede parecer que está…

—Bueno… —Adri titubea, insegura. Baja la vista a sus Vans negras. Cruza las piernas enfundadas en unos pitillos negros con dos rajas en las rodillas que dejan ver las medias de rejilla que lleva debajo y se muerde el labio.

—Oye, chicas, no es por nada, pero ¿vamos? —pregunto con la voz suave. Primero, porque quiero ir a clase y, segundo, para aliviar un poco la tensión que se ha generado entre nosotras.

Jaz asiente con la cabeza y echa a andar conmigo. Adri y Mils nos siguen en silencio, pero es Adri quien lo rompe en cuanto llegamos a la planta de arriba.

—Para que lo sepas, no tiene nada que ver una cosa con otra…

No necesito observarla para saber que se está justificando ante Mils. Como siempre.

—Tiene todo que ver, Adri. —Milán nunca la llama por su diminutivo—. Si me estás diciendo que alguien como Grayson te gusta…, eso refleja cómo eres.

¿Te suenan las típicas escenas de las películas en las que todo se queda en silencio y el plano se aleja de la protagonista hasta hacer que parezca una hormiga en mitad de un montón de gente? Pues así me imagino a Adri ante las palabras de nuestra amiga.

—Milán —interviene Jaz con un tono cortante—, te estás pasando.

—¿Por qué? —Se encoge de hombros como si no acabara de herir a su mejor amiga—. No he dicho ninguna mentira.

—Da igual, chicas —contesta Adri con un hilo de voz y una sonrisa amargamente forzada—. Tengo que irme a…, bueno…, que luego nos vemos.

Me siento fatal por ella, porque no hay nada más horrible que el que la gente a la que aprecias te diga que eres una mierda de persona, sin ningún tipo de filtro.

—Adri… —La agarro del brazo para impedir que se vaya y siento un millón de abejas en el estómago cuando me mira aguantándose las lágrimas.

—Luego hablamos, ¿vale? —dice con un hilo de voz—. Estoy bien. No pasa nada.

Se va sin mirar a nadie más. Sin despedirse con su habitual buen humor. Sin la luz que siempre la acompaña, y me siento la peor persona del mundo por no haber tenido el valor de defender a mi amiga con uñas y dientes.

Pero es que una cosa es cuando alguien externo se mete con lo mío, que me sale ese instinto protector (o maternal, como dicen ellas de forma cariñosa), y otra muy distinta cuando el conflicto es entre ellas.

Ahí me siento entre la espada y la pared, porque siento que, si defiendo a la una, estoy atacando a la otra, y al revés.

Es en esos momentos en los que mi mente se apaga y me siento como un pájaro que se choca contra un cristal una y otra vez.

Porque odio el conflicto y huyo de él. O escondo la cabeza como un avestruz y eso me hace sentir que soy muy mala amiga.

—Ya te vale —gruñe Jaz con un tono para nada amistoso.

Ahí está la leona que sí defiende a sus cachorros. Mils la observa como si no fuera con ella el tema.

—¿Qué?

—Pareces nueva, colega. —Jaz es peleona, de ese tipo de mujer que no tiene problema en plantarte cara.

De hecho, del grupo, es la única que se enfrenta a Mils, cosa que las demás solemos evitar—.

Sabes lo sensible que es y, aun así, no dejas de meter el dedo en la llaga. ¿Qué coño ha sido eso, tía?

—Lo que pienso —responde con una emoción inexistente.

—Nadie te ha pedido tu opinión, Milán —escupe con dureza, y sus ojos dorados se oscurecen—. Hay veces que deberías metértela por el…

La interrumpo.

—Nos ha quedado claro… —Me dirijo a Mils—. Lo que quiere decir Jaz es que has sido un poco brusca…

Mi mejor amiga me mira con las cejas curvadas casi hasta el crecimiento de su pelo, como diciendo: «Sí, venga. Eso no era lo que iba a decir».

—¿Eres la defensora de los débiles? —pregunta con retintín, ignorando lo que he dicho yo y observando a Jaz, que se encoge de hombros como si disfrutara del enfrentamiento con Milán.

—Si tú no fueras así con ella, yo no tendría que salir en su defensa.

La cosa es que Mils tampoco se queda atrás y da un paso hacia Jazmín. Ese pasito peligroso que deja claras tus intenciones.

—Eres una follonera —escupe con desprecio—. Eso es lo que eres.

Jazmín arquea las cejas ante su ataque.

—¿Yo soy follonera? —Se lleva la mano al pecho—. Tienes que estar de coña.

Mils nunca alza la voz. Te suelta los ataques con toda la tranquilidad del mundo, casi como si le diera igual herirte, mientras que Jazmín es visceral. Como un animal salvaje.

Mils niega con la cabeza y su brillante melena negra por encima de los hombros se mueve al compás. Aún recuerdo el día en que llegó a clase con ese nuevo corte de pelo y todas nos quedamos quietas en nuestro sitio. No dijo nada de que se lo iba a cortar. Ella es así. Hermética hasta decir basta.

—Desde que apareció Din, has cambiado.

Me tenso porque mencionar a Din es cruzar una línea roja.

—¿Te molesta? —pregunta con las cejas arqueadas, visiblemente molesta.

—No eres la misma de antes.

Jaz suelta una carcajada amarga.

—¿Y tú? —Alza el mentón buscando una reacción por parte de nuestra amiga, que no mueve ni un músculo—. ¿Qué te está pasando, Milán? No eres la misma de antes, ni de lejos.

—No estamos hablando de mí.

—Tampoco de mí, y aquí estamos.

Mils no dice nada, pero no aparta la mirada.

—Adri sabe de sobra cómo soy —suelta, tratando de esquivar los dardos envenenados de Jaz.

—El respeto que exiges para ti no se lo has dado a ella. Pero ni de coña.

Se quedan un rato mirándose en silencio, como dos animales salvajes a punto de saltar al cuello del otro. Ninguna de las dos se acobarda ante los ataques de la otra.

Y Mils es la última en atacar.

—Ocúpate de defender tus derechos y de alzar la voz como estás haciendo últimamente y deja de meterte en la vida de los demás.

Y se va sin dar margen a escuchar una réplica.