16. Bastian
Bastian
No he pegado ojo en toda la noche. La imagen de esa chica ahogándose en la piscina sigue siendo un recuerdo lo suficientemente nítido como para quitarme el sueño y alimentar la idea que lleva carcomiéndome desde hace años.
Rompo todo lo que toco.
Mi madre, al contrario que mi padre, nunca me lo llegó a decir, pero lo vi en sus ojos el último día que pisé esa casa.
Soy un animal y no tengo nada que aportar a las personas que me rodean.
Quizá por eso, aunque todo el mundo me conoce, no tengo demasiados amigos.
Puede que por eso solo me motiva el baloncesto, es lo único en lo que soy bueno, o lo suficientemente bueno como para que no me manden a tomar por el culo con demasiada rapidez. Al menos por el momento.
Eso es lo que me da vueltas por la cabeza mientras recorro los pasillos del River Valley a primera hora de la mañana.
No son los pensamientos más alegres, y la cosa solo empeora cuando me encuentro al mítico grupito de animadoras que se consideran el centro del universo del instituto obstaculizando el paso.
—Ey, tío.
Connor se para a hablar con uno de tercero, pero yo sigo mi camino, porque no tengo el día para hablar con nadie.
Me ajusto la gorra y la capucha. Cojo aire y me planto frente al pelotón de chicas, que obviamente ni se percatan de que estoy ahí, aunque mida casi el doble que ellas.
Están cotorreando y riendo al lado de la puerta del baño. Mirándose las uñas y tocándose el pelo, como si a las ocho de la mañana ese fuera un tema de conversación trascendental.
¿Podría pasar? Sí. Pero no me apetece tener que ponerme de lado y pegarme a la pared para pasar cuando ellas pueden tener la amabilidad de dejar el pasillo libre, que para eso está.
—Eh —alzo la voz y las cuatro giran la cabeza hacia mí.
—¿Qué?
Alisson Read, la capitana de las animadoras, me observa con sus ojos azules y unas cejas gruesas y definidas que no le favorecen demasiado, pero ¿quién soy yo para juzgar?
—Dejad pasar —exijo sin cambiar mi expresión.
Se cruza de brazos y corta por completo el hueco libre por el que podía pasar.
Me muerdo la lengua ante su desafío.
—¿Por qué nos tenemos que mover? ¿No pasas o qué?
—Molestáis.
—Nadie nos ha dicho nada.
—Igual el problema es ese. —Meneo la cabeza mientras toqueteo la visera de mi gorra—. ¿Escuchas algo de lo que te dice el resto?
Ella suelta una risita que incrementa aún más mi rabia, pero trato de no mover ni un músculo de la cara.
—Solo lo que me interesa.
—Alisson…
Me corta antes de que pueda acabar la frase.
—¡Vaya! —Su tonito condescendiente me irrita, y la manera que tiene de morderse la uña postiza del dedo índice, aún más—.
Es la primera vez que la estrella del equipo se digna a decir mi nombre.
—Mira a sus amigas como si fuera un tema recurrente en sus conversaciones y clava sus ojos en mí de nuevo—. ¡Guau! El dios ha bajado del Olimpo.
Frunzo el ceño.
—¿Qué coño dices?
—Lo que oyes, Wolf. —Me mira de arriba abajo—. Nosotras no somos las únicas que nos movemos por intereses.
—No sé de qué hablas.
—Que vas de diferente y único, pero en realidad eres igual que nosotros. Perteneces a nuestro mundo. Eres parte de la élite y te comportas como tal.
Creo que es de las pocas veces que no sé qué decir, porque siempre he creído que voy bastante a mi bola, pero no porque vaya con mi estatus de «estrella del equipo», sino porque no tengo nada que ofrecer más allá del baloncesto.
—Por favor, chicas. —Connor me coloca una mano sobre los hombros—. Necesitamos un poco más de espacio, ¿nos habéis visto?
Se señala el cuerpo, algo más delgado que el mío, pero grande y alto, al fin y al cabo.
Sus ojos nos recorren de pies a cabeza y me siento ligeramente incómodo y satisfecho a partes iguales.
No sé qué prefiero: que me miren con ganas de arrodillarse o que me ignoren.
El alma aborrece el vacío, querido.
—Bueno, a ti te dejamos pasar. —La voz chillona de Alisson se cuela en mi tímpano y, en ese momento, desearía tener falta de audición—. Pero el número siete debería disculparse.
Entorno los ojos y me lamo los labios, a la vez que una de mis comisuras se curva hacia arriba.
—No te pega ni el aire.
Ella mueve su larga melena rubia, porque es lo que siempre le funciona, como si su pelo tuviera poderes mágicos que, entremezclados con las hormonas de los adolescentes que la rodean, les bajara la bragueta.
Pero conmigo eso no va a funcionar. Conozco a la capitana de las animadoras desde hace muchos años y no la soporto.
Ella a mí tampoco, no es un secreto para nadie.
—Pues no pasas. —Levanta el mentón.
Me sitúo frente a ella y suelto una risita suave. Me inclino lo suficiente para quedar a la altura de su cara y hablo en un tono más bajo:
—Sabes que no me costaría nada cogerte en volandas y dejarte donde me dé la gana, ¿verdad?
Me fijo en cómo cambia su respiración, en el pequeño espasmo que da al recibir mis palabras. Pero no se mueve.
—Venga, no me hagas ser un capullo, Read. Muévete.
—Apártame.
Sus ojos arden. Como si lo que estuviera buscando fuera precisamente que la tocara.
Pongo las manos alrededor de su cintura y sus ojos brillan con impaciencia; pero, antes de que pueda alzarla, escucho una voz que me desagrada aún más que la de la capitana de las animadoras.
—Bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí?
Lo que me faltaba.
Me estiro en cuanto lo veo aparecer, con esos aires de rey del instituto.
«Este sí que se cree que acaba de bajar del mismísimo Olimpo», pienso sin dejar de mirarlo.
Aunque he de admitir que agradezco su llegada, porque hace que Alisson se despegue de mí y, como una polilla hacia la luz, se gire hacia él.
—Grayson —dice en un tono pastelón.
Y qué más quiere él, que lo ronden como moscas.
—Aliss —ronronea con su habitual tono forzado de hombre de cuarenta años que fuma dos paquetes de tabaco al día—. ¿Cómo estás?
—Ahora bien.
Los ojos de Grayson se clavan en mí y su mandíbula se tensa, pero su sonrisa arrogante no desaparece. Nunca lo hace.
—¿Pasa algo, Wolf? —Su pregunta es una indirecta. Como si yo le hubiera hecho algo a ella.
—¿Qué va a pasar? —contesto con sequedad.
—De ti espero cualquier cosa.
Una parte de mí desearía partirle la boca de un golpe seco. Que cayera al suelo a plomo, como un saco. Pero tengo muy claro que no voy a arriesgar mi futuro por ese capullo.
Grayson vuelve la vista a la capitana.
—¿Estás bien?
Ella mueve su pelo rubio y lo mira.
—Es una bestia… —dice bajito, pero no lo suficiente porque la escucho perfectamente.
Grayson suelta una carcajada.
Aprieto ambos puños dentro de los bolsillos de mis pantalones.
—Por algo lo llaman así.
Le da un toquecito en la barbilla y, aunque ella sonríe, a mí me parece una manera sutil de llamarla imbécil. Ella no parece recibirlo así.
Garret Grayson es la definición de baboso, narcisista y pedante.
—¿Podéis apartaros para que el resto podamos pasar?
Grayson me mira y sé que va a abrir su enorme bocaza, pero algo llama su atención y, como un cuervo ante un objeto brillante, gira la cabeza de golpe.
—¡Bella! —grita sin ningún reparo—. ¡Espérame!
Se aparta de Alisson como si su contacto le quemara, y se gira por completo.
Mis ojos chocan con Bee y noto algo extraño en el estómago. Como una especie de tirón fuerte.
Veo todo su cuerpo tensarse al acaparar la atención del capitán del equipo de fútbol. Pero ¿sabes qué es lo más gratificante de todo? Que, cuando se gira, no repara en él, sino en mí.
Nos quedamos así durante unos segundos, hasta que ella aparta la mirada para centrarse en Grayson, que reclama de una forma exagerada y casi asfixiante su atención.
Y mientras ese payaso se acerca a ella, yo la observo.
Sus gafas redondas que ocupan gran parte de su cara, sus rasgos suaves y finos. Su boca pequeña, pero de labios gorditos. El pelo castaño ondulado que le cae por el hombro hasta el pecho y esa chaqueta horrorosa que podría haberle robado a mi abuela.
La comisura de mis labios se alza un poquito.
Su estilo no se asemeja en nada al del resto de las chicas que la acompañan.
A su lado hay una chavala de tez más oscura que el resto que aniquila a Grayson con la mirada.
Adriel, la del pelo rojo que parece haber salido de un festival vintage , y luego, un poco apartada de las demás, hay una chica extremadamente delgada de ojos rasgados que da la sensación de odiar a todo el mundo.
Parece que ninguna de ellas, excepto Adriel, se alegra demasiado de tener la atención de Grayson, y eso me satisface un poco.
—Tenemos clase —contesta la de piel morena, con brusquedad.
—Puedo escoltaros para que no os pase nada.
Que alguien le parta la boca, por Dios.
Echo chispas por los ojos, y de verdad que eso ya es suficiente para el cupo de gilipolleces que puedo soportar.
Miro a mi mejor amigo, que está centrado en el grupo de chicas, y le doy un golpe suave.
—Eh. —Connor aparta los ojos de ellas y me mira—. Yo me piro.
Y antes de darme la vuelta, me encuentro mirando a Bee, pero ella no vuelve a mirarme.