El 7 de River Valley 15. Bastian
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15. Bastian

Bastian

El sonido de los balones botando y las carcajadas de alguno de mis compañeros llenan la pista. El chirriar de las playeras contra el suelo encerado. El evidente olor a sudor después de llevar casi una hora y media sin parar empieza a llenar el ambiente.

—¡Wolf!

El grito de McKay, nuestro capitán, me hace mirar en su dirección y veo un balón a punto de impactar contra mi cara.

Amago hacia un lado y lo esquivo con facilidad. Me yergo por completo y extiendo los brazos, dirigiéndome a él.

—¿Qué coño haces? —alzo la voz.

—No, ¿qué haces tú? Llevas toda la tarde distraído.

Agarro el balón y se lo lanzo con fuerza. Deseando que le dé en esa cara de modelo que tiene.

«Capullo», no puedo evitar pensar cuando veo su sonrisilla.

Aunque no le voy a dar la razón en voz alta, puede que sí haya estado un poco en mi propio universo, pero es que mi encuentro de esta mañana con Bee me ha dejado pensando más de lo que me gustaría.

Y no. No la tengo en la cabeza de esa forma. Sigo diciendo que no es mi tipo.

He pensado en ella porque se ve a la legua que es una empollona. Una chica que tiene su propio sitio en la biblioteca tiene pinta de serlo, ¿no?

Y desde el momento en el que se ha ido y he intentado concentrarme, ha sido imposible, porque una idea no dejaba de rondar por mi cabeza: ¿y si le pido ayuda? No creo que haya nadie mejor que ella para ayudarme un poco con los estudios.

Por supuesto, no le he dicho nada porque estoy seguro de que me va a decir que no. Igual no me lo dice directamente, pero fijo que pone alguna excusa.

Tengo que encontrar algo que ella quiera y yo le pueda ofrecer, pero ¿el qué?

Después de que todos hayan entrado al vestuario, me quedo un rato más, porque jugar con el equipo está bien, pero lo que siento cuando tengo la cancha solo para mí es una pasada.

Cuando el único sonido que rebota contra aquellas paredes es el de mi respiración.

El chirriar de mis playeras con cada movimiento y cómo se me eriza la piel cuando el balón roza las cuerdas cuando entra en el aro.

Me seco el sudor de la frente y decido que ya es hora de ir a la ducha, pero, cuando entro, mis compañeros siguen ahí, medio en pelotas y haciendo todo tipo de gilipolleces.

«¿Qué he hecho yo en esta vida?», mascullo desesperado, porque, en el fondo, pese a que sabía que estaban ahí, esperaba que se hubieran evaporado y poder disfrutar de una ducha con tranquilidad.

Cojo la toalla que hay dentro de mi taquilla y cierro con fuerza, aunque ninguno de mis ruidos consigue callar los berridos de mis compañeros. Me quito la camiseta y tiro, para hacer que salga por mi cabeza. Me bajo los pantalones de golpe y empiezo a escuchar lo mismo de siempre.

Un «uoooooo» coreado por todos ellos me hace enfurecer. Parecen niños pequeños cuando se trata de ver o hablar de pollas, joder.

—Ya vale, ¿no? —protesto, colocándome la toalla en la cintura y tratando de avanzar hacia la ducha.

—Venga, anda, ¿desde cuándo te da vergüenza? —grita uno de los chicos.

Me giro.

—No me avergüenzo de mi rabo, sino de cómo os ponéis cada vez que lo veis. —Niego con la cabeza y alzo las cejas—. Parece que os lo queréis llevar a la boca.

Suelto una sonrisa torcida mientras todos corean un «uuuh». Y sin darles tiempo a espetar alguna gilipollez más, me voy a la ducha antes de que el sudor se quede como una capa dura de roña sobre mi piel.

Con el pelo mojado y la mochila al hombro, nada más salir del vestuario me encuentro con Connor, que me está esperando apoyado en la pared de enfrente.

—¿Qué? —Se golpea la muñeca de forma exagerada como si tuviera un reloj—. Pensaba entrar a salvarte por si te había tragado el desagüe.

Me llevo la mano al pelo y me coloco la gorra hacia delante, con la capucha de la sudadera por encima.

—¿Y por qué no has entrado?

—Luego lo he pensado mejor, y quizá sea tu momento de relax, de desconexión… y no me apetece cortarte el rollo mientras te la sacudes.

La seriedad con la que habla me hace detenerme de golpe. Giro la cabeza y pestañeo, aunque tampoco sé de qué me extraño si Connor es así. Siempre suelta ese tipo de comentarios.

—¿Tú eres tonto? ¿Te piensas que me voy a hacer una paja aquí?

Connor se encoge de hombros, alzando las manos en señal de inocencia. Le doy un puñetazo en el hombro y eso no hace más que incrementar sus carcajadas.

Salimos por la puerta trasera y me encuentro mirando a todos los lados, como si buscara algo.

En realidad, sé perfectamente lo que espero, y es encontrármela una vez más. Como esta mañana en la biblioteca. O como ayer por la tarde en el aparcamiento.

Parece que, desde nuestro encuentro en el bus, el destino la pone en mi camino como mínimo una vez al día, y quiero seguir con la racha, o incrementarla. Por qué no.

Pero ¿qué coño estoy diciendo?

—Oye. —La voz de mi mejor amigo hace que deje de buscar a la abejita—. Voy a invitar a Adriel a la fiesta.

Me enervo, porque no me puedo creer que después de la liada del otro día siga pensando en la puñetera fiesta.

Lo miro con cara de pocos amigos, pero no digo nada sobre lo que me parece.

—¿Estás de coña?

—¿Qué pasa? ¿No te cae bien?

Entrecierro los ojos y niego con la cabeza.

—¡No es eso! ¡Es la fiesta! —subo la voz—. ¿De verdad piensas seguir adelante con ella?

—Claro. —Se encoge de hombros—. ¿Por qué no?

—No sé. ¿Porque estamos con un pie fuera del equipo? Por ejemplo —suelto con ironía y rabia—. Porque deberías ponerte las putas pilas y estudiar. —Doy un paso hacia él—. Y tú lo único que haces es pensar en…

—¿Adriel?

—Adriel —asiento.

—¿No te cae bien? ¿Es eso? Sé que en el bus fue un poco intensa, pero…

—¡Esa chica me la suda, Connor! ¡Ella no es el problema! Sino tu maldita inconsciencia.

—Ya te he dicho que está todo controlado. No ha pasado nada. Nos merecemos esta fiesta, ¿no te parece?

No. No me lo parece en absoluto, y aún menos sabiendo cómo va a reaccionar su padre si se entera. Pero si él, que es quien sufre las consecuencias, no lo piensa, yo no puedo hacer nada.

Avanzo hacia el coche con la rabia asfixiándome.

—Pensaba que, si invitaba a Bee, te animarías.

Me detengo en seco, notando el enfado en la nuca. En verdad, sería gracioso verla fuera de su hábitat natural. ¿Cómo será su vida más allá de estas paredes? ¿A qué se dedicará en su tiempo libre?

Niego con la cabeza.

—Connor, déjalo —suelto con dureza movido por la rabia—. Me da igual que invites a la pelirroja o a su amiga la empollona. No voy a ir.

—Pero es que quiero que vengas —gimotea.

—¿Para qué?

—Para estar juntos. —Estira los brazos como si fuera algo obvio—. Echarnos unas risas. Tomar algo. No sé. Las cosas que se hacen en las fiestas, supongo.

Pestañeo y aprieto los dientes, porque las fiestas no son un lugar seguro para la bestia que hay dentro de mí. Siempre que me dejo llevar, acabo liándola. Y ni quiero ni me lo puedo permitir.

—No.

—Joder. ¿Y qué vas a hacer? ¿Quedarte en casa?

Lo fulmino con la mirada.

—¿Qué pasa? ¿No puedo o qué? —Me encojo de hombros tratando de gestionar la mala hostia que siento en la piel—. Iba a llevar a Chapi a la bolera.

—Charlie no te va a odiar porque el viernes salgas un rato con tus amigos.

Aprieto los dientes y lo miro directamente a los ojos.

—No se me olvida lo que pasó la última vez.

Se le borra la sonrisa y lo veo tragar saliva. Sabe perfectamente de qué estoy hablando.

—Fue un accidente, Bastian.

Niego con la cabeza.

—Todavía tengo pesadillas.

Connor da un paso hacia mí con cierta cautela.

—Han pasado dos años. No pienses en eso. —Coloca la mano sobre mi hombro y eso es lo que termina de reventarme por dentro.

—Como si fuera tan fácil… —Echo el aire por la nariz—. ¡No fuiste tú el que casi mata a una tía!

—¡Fue un accidente, joder! Y ni siquiera…

Me golpeo el pecho con fuerza cortando lo que va a decir.

—Pero fue mi culpa.

Chicago, Illinois; Gold Coast

Hace dos veranos

La noche había ido muy bien y estaba en ese punto en el que sientes que todo tu cuerpo flota.

Supongo que las copas habían ayudado a relajar mis músculos hasta el punto de no sentirme parte de este mundo.

Ya no apretaba los dientes con fuerza de forma inconsciente, sino que tenía la boca ligeramente abierta, relajada.

Me había pasado parte de la noche bromeando con unos cuantos de mi grupo de amigos, jugando al beerpong , bebiendo de un barril de cerveza caliente y compitiendo a ver quién hacia el mejor mortal en la piscina.

—Wolf. —La voz de una chica me hizo girar sobre mí mismo y centrar toda mi atención en ella. Era rubia con unos ojos verdes muy bonitos, y mi primer pensamiento fue cómo sería sentirla encima de mí.

La inspeccioné sin disimular y, cuando volví a sus ojos, ella parecía satisfecha.

—¿Sí? —dije con la voz pastosa sin apartar la mirada de ella a la vez que bebía de mi copa.

—Pensaba que no ibas a venir.

—Aquí estoy.

Empezó a tocarse el pelo, y eso, sumado a su risa, lo sentí como una señal de que buscaba lo mismo que yo: pasar un buen rato.

Empecé a analizar el entorno para encontrar un lugar al que poder llevármela. Quizá detrás del cuarto de la limpieza que estaba al fondo del jardín.

Se acercó a mí hasta que sus tetas rozaron mi pecho.

—¿No me vas a invitar a una copa? —me susurró con voz melosa.

Desvié la vista a la mano que sujetaba un vaso de plástico y alcé las cejas.

—¿No tienes una ya?

Torció el morro y, sin dejar de mirarme a la cara, la tiró al suelo.

Pasé la mano por su cintura; la atraje hacia mí.

—Creo que ya lo pillo —sonreí, pasando la punta de la nariz por su cuello—. ¿Te apetece dar una vuelta?

Noté la vibración de su risa en todas partes.

—Pensaba que no me lo ibas a pedir nunca.

Ascendí hasta la comisura de su boca y, cuando la besé, me recibió con ganas. Pasó una de sus manos por el pelo de mi nuca.

—¿Nunca has pensado en cortarte el pelo?

—¿No te gusta? —Le metí la lengua hasta la campanilla.

No dijo nada más y, en verdad, poco me importaba si le gustaba o no mi pelo largo. Le agarré la mano y empecé a caminar en dirección al final del jardín, donde la cantidad de gente disminuía considerablemente.

La música empezó a sonar con intensidad dentro de la casa, y muchos de los que estaban fuera entraron cantando al unísono. Eso me dio más libertad para moverme por el porche, hacia el jardín.

Ella me siguió sin preguntar nada. Bordeamos la piscina y, de pronto, noté que tiraba de mí hacia atrás.

—¡Espera! —dijo con voz cantarina.

Fruncí el ceño.

—¿Qué pasa? ¡Venga! —grité molesto.

—Se me ha caído el pareo… y…

Me llevé la mano al pelo y comencé a sentir un hormigueo demasiado familiar que no había experimentado en esa noche.

La impaciencia. El querer algo ya y ahora.

Me empecé a poner nervioso. Odiaba que me hicieran esperar; la paciencia no era lo mío. Algo que de normal podría tratar de controlar, en ese momento, con todo el alcohol que tenía en el cuerpo, me sería imposible.

Tiré con fuerza de ella y se zafó de mi agarre.

—Espera.

Aquello terminó de reventarme.

—No espero. Tú sabrás lo que haces —la amenacé.

Me di la vuelta con la rabia llenando cada recoveco de mi cuerpo, frustrado por no conseguir lo que quería y ansioso por no saber cómo gestionarlo.

Caminé hacia el fondo del jardín buscando algo de aire y, sobre todo, silencio para calmar mi mente.

—¡Espera, Wolf!

Seguí andando incluso cuando escuché el impacto de un cuerpo cayendo al agua. ¿Era ella? ¿O alguien se había tirado porque le apetecía?

No me importó. No me detuve hasta que alguien gritó:

—¡Brittany! ¡Ayuda! ¡No sabe nadar!

—¡Mierda! —gruñí, y fijé los ojos en el agua.

Britanny braceaba tratando de buscar oxígeno.

El corazón empezó a aporrearme con tanta fuerza que incluso sentía pinchazos.

Me quité la camiseta y me lancé al agua.

En cuanto me sumergí, parte de mi fuego interno desapareció para dejar pasó a la desesperación por encontrarla bien.

La agarré y subí a la superficie lo más rápido que pude. Di una bocanada de aire y la miré; estaba inconsciente entre mis brazos.

Se me paró el corazón al instante.

«Que no esté muerta, por favor», supliqué para mis adentros, con una culpabilidad que me encharcó los pulmones.

Avancé basta el borde de la piscina y la dejé ahí. Subí de un salto y me arrodillé a su lado sin saber muy bien qué hacer. ¿Le practicaba compresiones en el pecho? ¿El boca a boca?

Connor apareció a mi lado y sentí un alivio instantáneo, menos cuando sus ojos se clavaron en los míos y pude ver un rastro de reproche en ellos. Aunque quizá solo estaba preguntándome un «¿Qué ha pasado?» y yo estaba exagerándolo todo.

No lo sé.

Pero una cosa estaba clara: si esa chica no hubiera gritado, yo ni siquiera me habría girado al escuchar cómo caía a la piscina, porque, en el fondo, estaba tan centrado en lo que yo quería que lo demás me daba absolutamente igual.

No había sido capaz de esperarla un segundo, aun sabiendo que después ambos acabaríamos satisfaciéndonos mutuamente.

La culpa me golpeó en la nuca. Si hubiera sido por mí y mi falta de consideración, esa chica podría haberse ahogado y yo no habría hecho el amago de darme la vuelta.

Cuando se incorporó tosiendo y escupiendo el agua, me dejé caer en el suelo y pude respirar de nuevo.

Aunque ese peso sobre mis hombros nunca se me terminó de quitar del todo.