14. Bee
Bee
Las bibliotecas tienen algo que me atrae mucho; no sé si es por el silencio que hay, igual que en los templos en los que se reza a un ser superior, o por la calma que todo eso me produce. Sea lo que sea, me gusta, porque me traslada a cuando era pequeña y acompañaba a mi madre a la iglesia.
Quizá por eso me gustan tanto, porque siento que estoy con ella, aunque sea de forma simbólica.
No obstante, prefiero mil veces una biblioteca a una iglesia.
Las inmensas estanterías con libros de todos los tipos y tamaños.
Los carteles que clasifican cada género.
Los lomos viejos y los cantos desgastados.
Las páginas amarillentas por el paso del tiempo.
El olor a libro nuevo y viejo. Y el silencio.
Saludo con una sonrisa a la señora Becket, la bibliotecaria, y ella me devuelve el gesto sin dejar de hacer sus tareas en silencio. Echo un vistazo de rigor, porque me gusta disfrutar de las vistas, pero tengo claro adónde voy a ir.
Soy de esa clase de personas que siempre se sientan en el mismo lugar en su casa y fuera de ella.
Avanzo entre las inmensas estanterías hacia el fondo con un par de libros pegados al pecho y casi se me caen cuando veo a alguien que no espero sentado en mi mesa. En mi silla.
«¿Qué hace en mi templo? En mi sitio», pienso sin saber muy bien qué hacer.
Lleva una camiseta de manga corta que deja al aire sus brazos con algún que otro tatuaje, y está apoyado sobre sus enormes manos con la vista fija en unos papeles. Supongo que está estudiando o leyendo, aunque perfectamente podría estar dormido.
Y justo en ese momento levanta ligeramente la cabeza y sus ojos se clavan en mí. Como si no hubiera nada más a su alrededor.
Siento un zumbido que recorre todo mi cuerpo y hace que mis piernas flaqueen.
Aunque deseo darme la vuelta y echar a correr, no lo hago, porque incluso eso me da vergüenza.
Bastian yergue la cabeza al completo y deja caer las manos sobre la mesa.
—¿Qué miras? —escupe con dureza.
Doy un respingo ante su tono de voz y la dureza con la que me habla, aunque no sé de qué me extraño si es su forma de dirigirse a todo el mundo. Me encojo sobre mí misma y miro a todos los lados, buscando unos ojos que me acusen de estar con una persona que no sabe hablar bajito en una biblioteca.
—Nada —susurro.
Frunce el ceño y sus ojos son dos rendijas.
—¿Y qué haces ahí plantada? —imita mi tono de voz con burla.
—Estás en mi sitio.
Adopta una actitud sobrada, se reclina sobre el respaldo de la silla y cruza los brazos sobre su pecho.
—No veo tu nombre por ningún lado.
Aprieto los ojos con fuerza porque no sé cómo explicarle que ese sitio es mío y ya está.
—Bueno, siempre me siento aquí.
—Pero eso no quiere decir que sea tuyo. Así que puedo sentarme en él, ¿no?
«Supongo», me digo, aunque no pienso darle la razón.
Pero, con mi silencio, su sonrisa no hace más que ensancharse.
—Puedes sentarte a mi lado si quieres.
—Me gusta estudiar sola.
Apoya las manos sobre la mesa y se endereza en toda su altura, haciendo que sus hombros parezcan más anchos. El chirrido de la silla me pone igual de nerviosa que sus ojos azules sobre mí.
Aprieto los libros con fuerza cuando bordea la mesa y se apoya en ella. Cruza los pies por los tobillos y se queda justo frente a mí.
—Ven —dice con dureza.
Al ver que no me muevo del sitio, me hace un gesto con las manos, pero niego con la cabeza.
Los músculos de su mandíbula y sus brazos se tensan. Se agarra del borde de la mesa con fuerza.
—Ven aquí —ordena de nuevo.
Pero yo sigo clavada en mi sitio porque no sé qué es lo que quiere.
Gruñe y se acerca despacio hacia mí sin quitarme los ojos de encima.
Trago saliva y alzo el mentón cuando se me planta enfrente porque es altísimo y siento un hormigueo en el estómago.
—¿Estás sorda?
Niego con la cabeza a la vez que trago saliva.
Ladea la cabeza haciendo que los mechones de su frente se dispersen aún más.
—¿Y muda? —Clava la mirada en mi boca y siento una incomodidad que me retuerce las tripas—. ¿Tampoco sabes hablar?
—Hay sitios en los que es mejor no hacerlo.
—Pero lo estás haciendo.
Aprieto los labios.
—Porque soy educada.
Chasquea la lengua con los dientes.
—No como yo, ¿verdad? —suelta con condescendencia, alzando las cejas—. Ah, no. Espera. Que ayer te llevé a tu casa.
—Pero porque lo dijo Connor.
—Es mi coche y yo decido. —Sus ojos me perforan—. Si no hubiera querido llevarte, no lo habría hecho.
Trago saliva.
—Ya te di las gracias.
—No quiero que me las des —suelta con brusquedad.
—¿Entonces?
Se frota la barbilla y termina lamiéndose los labios. Me mira de arriba abajo, deteniéndose más de lo necesario en los libros que agarro a la altura del pecho.
—Quiero saber cómo te llamas.
—Bee.
Niega con la cabeza sin despegar sus ojos de mí.
—Tu nombre real.
—¿Por qué?
Suelta el aire por la nariz y mira hacia un lado. Soy consciente de que cada uno de sus gestos parecen… contenidos. Como ese animal que está encadenado para aplacar sus dentelladas contra los demás.
Se muerde la punta de la lengua y entierra una de sus manos en el pelo antes de mirarme de nuevo.
—Me gusta saber a quién llevo a casa.
Pues ayer no parecía muy dispuesto a preguntarme cómo me llamo. No entiendo por qué le interesa ahora.
—Beatrice.
Asiente con la cabeza, en silencio.
—¿Nunca le devuelves las preguntas a los demás?
—¿Qué? —Me coloco las gafas.
—Nunca devuelves las preguntas de cortesía. Al menos no conmigo. —Me hace un barrido de cuerpo entero y finaliza con una sonrisa ladeada—. Luego el maleducado soy yo.
Cojo aire y movida por la rabia y la confusión, retrocedo un paso.
—Tengo que irme.
—Nos vemos, abejita.
Me guiña el ojo y vuelve a mi sitio con tranquilidad.
Como quien sabe que ha ganado una batalla.