El 7 de River Valley 12. Bee
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12. Bee

Bee

La alarma de pajaritos me despierta y remoloneo un poco sobre la cama. Abro los ojos con calma y me siento extremadamente bien. Ruedo un poco y me topo con la bolita de pelo que duerme sobre el hueco de mi cuello.

—Bloom, ¿cómo estás? —susurro con la voz aún pastosa por el sueño mientras ella, con su naricita y sus bigotes, me hace cosquillas—. Quédate un rato más tú que puedes —digo, exagerando la situación, como si en realidad no me encantase despertarme con tiempo de sobra para desayunar.

Después de una ducha rápida, me pongo un jersey de cuello alto de color blanco, una falda plisada en un tono marrón y unas medias tupidas.

Me preparo el desayuno y me lo como tranquilamente mientras leo un poco antes de ir a clase, aunque tampoco puedo permitirme perder mucho la noción del tiempo porque soy una persona extremadamente puntual. Cada poco rato, miro el reloj que cuelga de la pared de nuestra cocina.

—Buenos días, Bee.

Levanto la vista y me encuentro con mi padre en el umbral de la puerta. Por su aspecto, parece que no se ha acostado todavía.

—Buenos días, papá.

Se acerca a mí y posa un beso en mi frente.

Trato de que no se note demasiado que ese beso es parte de mi fuente de energía para sobrellevar el día.

Quizá porque, desde que perdí a mi madre, traté de aferrarme mucho más a él, pero aún no he conseguido sentir lo mismo.

Ella era el pilar que sustentaba absolutamente todo en mi vida mientras mi padre estaba encerrado en su mundo, aunque nunca me he visto capaz de echárselo en cara porque yo también me encierro mucho en el mío.

Carraspeo y cierro el libro. Aunque me encantaría seguir leyendo, me parece de mala educación no mostrarle un mínimo de atención, como si fuéramos dos extraños compartiendo un mismo espacio.

—¿Ya has desayunado? —pregunta mientras me toca el pelo, mirando, pero sin ver.

Hago un gesto señalando la tostada que tengo en la boca y que claramente indica que sí estoy desayunando.

Niega con la cabeza y suelta una risita.

—No sé dónde tengo la cabeza.

En todos los lados menos en mí, supongo.

Mi padre es un genio y me he pasado toda la vida tratando de justificar su falta de atención hacia el resto del mundo porque, cuando algo te apasiona, te atrapa de tal manera que no puedes dejar de pensar en ello, ¿no?

Me empecino en justificarlo de esa manera en vez de darle voz a los pensamientos que discurren por mi mente y que trato de evitar de todas las formas humanamente posibles.

Fuerzo una sonrisa y alzo los ojos al reloj. Otra vez.

—Me voy. —Agarro mis cosas con algo de prisa porque la bola de nervios que siento de forma habitual cuando se trata del tiempo empieza a hacerse cada vez más grande y electrizante—. He quedado con Jaz.

Mi padre alza la vista al reloj y me mira de nuevo.

—Son las siete.

—Ya.

—Vas bien.

—Ya sabes que me gusta llegar con tiempo suficiente.

Nunca he sabido cómo explicarle que para mí una hora equivale a cinco minutos.

Lo observo mientras recojo mis cosas y me produce una especie de ternura amarga verlo tan perdido en un lugar tan común para cualquiera como puede ser su propia cocina. Siento una especie de pellizco en el corazón.

—El pan está en el armario de arriba, papá.

Pestañea confuso.

Suspiro y voy hacia el armario, me pongo de puntillas y abro la puerta.

—Gracias. —Sonríe—. No sé qué haría sin ti.

Le regalo una sonrisa amarga y tensa, pero de la que ni se da cuenta, porque él nunca se ha detenido para mirarme y mucho menos para verme.

Me trago el nudo que amenaza con abrirse del todo porque no puedo ponerme a llorar ahora. Y menos delante de él. Mi padre es el típico hombre que te ve llorar, frunce el ceño y te dice: «¿Por qué lloras? No llores, anda».

Gracias por el consejo papá, no lo habría pensado.

Cuando bajo a la calle, empiezo a sentir una especie de tranquilidad que no experimento cuando estoy con mi padre, y no por algo que haga, sino por todo eso que no hace.

Aparto cualquier atisbo de esperanza en nada que requiera su inteligencia emocional y me concentro en lo mío: pasar por uno de los puentes levadizos que conectan mi barrio con el centro de la ciudad para quedar con Jaz e ir juntas a clase.

El resto de nuestras amigas suelen ir al River Valley por su cuenta.

Adriel vive con sus padres y sus cinco hermanas a unos quince minutos andando de mi barrio, en una zona residencial de casas inmensas, con jardín y vallas blancas.

Y al igual que su mente es un caos, la forma de ir al instituto también, porque lo mismo la traen en coche que coge el metro o se presenta en el autobús como el otro día.

Milán, en cambio, vive a las afueras en un edificio que, aparte de ser su casa, también es el restaurante de comida asiática de sus padres.

Un negocio familiar que sustentan desde hace varias generaciones y donde ella pasa la mayor parte de su tiempo.

Y suele ser la única del grupo que siempre coge el metro, pase lo que pase, en cualquier época del año.

Trato de no entretenerme demasiado con las tiendas, el olor de las panaderías y el ruido de los coches y de la vida en general. Todo eso junto con el frío le da un toque romántico.

Tuerzo la boca cuando llego al otro extremo del puente y no la veo, aunque no sé por qué me extraña, es una tardona de manual.

Saco el móvil para escribirle porque la necesidad de ser puntual empieza a acuciarme.

¿Cómo vas?

Jazzy : En cinco minutos estoy.

Sí, vamos, que todavía no has salido ni de casa.

Si algún día Jazmín te dice que está saliendo de casa, seguramente esté entrando en la ducha. O vistiéndose. O, con muchísima suerte, puede que una vez de cada cien sí sea verdad. Creo que, hoy en día, Din es el único que la hace ser medianamente puntual.

Hay algo bonito e incluso romántico en su caos y mi orden. Me gusta pensar que su desorden calma un poco mi parte perfeccionista, que me hace un poco más flexible con otras cosas.

Levanto la mirada y la veo venir corriendo hacia mí con su melena al viento. Se planta enfrente y sopla parte del pelo que se le ha quedado en medio de su preciosa cara.

—Perdona, es que… —jadea, colocándose la mochila al hombro—. Bueno, ya sabes cómo están las cosas en casa. Es un caos.

—No te preocupes. —Niego con la cabeza—. Acabo de llegar.

Alza las cejas.

—Mientes fatal.

—Ay. Ya lo sé. Déjame.

La agarro del brazo para atraerla hacia mí y le beso la frente.

Sin decir nada, hago un poco de fuerza y empezamos a caminar hacia el tren elevado que nos lleva al instituto, porque, sí, el autobús que cogí el otro día suele ser para casos excepcionales.

Jazmín odia el autobús del instituto y, como a mí me da igual, pues no tengo problema en ir de cualquier otra forma.

—¿Cómo estás? —pregunto con verdadero interés.

—¿Bien? No lo sé, Bee, son las siete y media de la mañana. Nadie puede estar bien a estas horas.

Me entra la risa porque Jazmín es la persona más dormilona que conozco. Odia madrugar, y eso no ha cambiado en todos estos años.

—No seas exagerada, anda. Ya deberías estar acostumbrada.

—A las cosas horribles de la vida no me acostumbraré jamás. —Niega con la cabeza haciendo que los enormes aros dorados que cuelgan de sus orejas se muevan de un lado a otro.

Me coloco las gafas que se me han ido bajando a la punta de la nariz y miro al frente para cruzar la calle.

—Oye, ¿y Din?

—Tenía cosas que hacer y, como no tiene clase hasta las diez, viene más tarde.

—¿Con Alex? —pregunto, viendo la estación en la acera de enfrente.

—Supongo. —Se encoge de hombros.

—Oye, ¿reuniste información sobre…?

Me corta antes de que pueda seguir con la pregunta.

—No.

Me giro con el ceño fruncido.

—¡Jazmín! No puedes seguir así. Las matemáticas también influyen en tus notas.

Para acabar el instituto e ir a la universidad.

Me asesina con esos ojos ámbar y trago saliva porque sé el infierno que puedo desatar con este tema.

—No todas aspiramos a sacar una media de diez en todas las asignaturas. —La frialdad de su tono y el golpe bajo me duelen; son como una bofetada.

Trago saliva para que el maldito nudo no se haga más grande. Para mí las clases siempre han sido una especie de refugio y una validación externa. Es el único camino que me han enseñado o, por lo menos, con el que mi padre me hacía caso durante un rato, y lo he seguido ciegamente.

Porque tampoco sé hacer otra cosa.

Después de un rato en el tren que circula por encima de la ciudad, nos bajamos en silencio y caminamos hacia el edificio que se alza imponente al otro lado de la calle: el River Valley.

Pero una parte de mí no puede dejar el tema. No cuando siento que se está equivocando y que yo la estoy dejando.

—Entonces, si quieres tirarte por un precipicio, ¿te tengo que dejar? ¿Es eso?

Sus ojos en blanco dejan claro que está cansada de que sea el pepitogrillo del grupo.

—Sabes de sobra que no es eso —alza un poco la voz.

—¿Y qué es entonces?

—No tengo mala media. Tener una nota más baja en mates no me va a impedir entrar donde quiero.

Aprieto los labios con fuerza porque siempre me he preocupado demasiado por las notas, y Jaz ha sobrevivido con unas medias bastante más bajas porque estaba más centrada en encontrarse a sí misma.

Se muerde la lengua y me mira fijamente.

—Yo ya he conseguido lo más importante para mí, Bee. —El brillo de orgullo que hay en sus ojos hacia sí misma me da un poco de envidia—. El resto, me la sudaba antes y me la suda ahora.

Solo le ha faltado decir: «¿Y tú? ¿Qué has conseguido?».

Absolutamente nada, supongo.