11. Bee
Bee
Cierro la puerta de casa totalmente exhausta y dejo todas mis cosas en una pequeña butaca que hay en el recibidor.
Enciendo la luz del pasillo y siento una pequeña angustia al ver que no hay nadie dentro. Las bienvenidas y los recibimientos cariñosos murieron con mi madre. Bloom es la única que corre a mi encuentro, a no ser que esté dormida o comiendo, y su recibimiento alivia un poco mi pena.
Me agacho para recibirla.
—Hola, bolita —digo con suavidad, acariciándola detrás de sus orejitas caídas—. ¿Cómo estás? Yo estoy muerta.
La estrecho entre mis brazos y hundo la cara en su cuerpecito suave y esponjoso mientras voy hacia mi cuarto. En días como hoy agradezco que mi casa no tenga escaleras, aunque deba atravesar todo el salón para llegar a él.
—Voy a darme una ducha. Ahora salgo.
Al cabo de un rato, salgo con mi pijama de dos piezas de flores y el pelo atado con una pinza.
Y aunque me muero de hambre, decido esperar un rato a mi padre para poder cenar juntos.
Agarro mi libro (sí, siempre lo llevo conmigo a cualquier lado, aunque sepa que no voy a leer) y me siento en el sofá, solo que, después de leer el primer capítulo, lo cierro de golpe porque no hay cosa que más odie en la vida que leer con hambre y estar cada dos minutos pendiente del reloj o de si mi padre me ha escrito para avisarme de sus planes.
Ligeramente mosqueada, voy a la cocina y empiezo a preparar la cena, aunque sin las mismas ganas de antes.
Mientras cojo las cosas para hacer unos tacos, intento no enfadarme con mi padre por su falta de atención ante algo tan sencillo como decirme: «Oye, hija, hoy no me esperes, que no voy a cenar».
Sé que el trabajo lo consume y se olvida del resto del mundo.
Ama de forma incondicional lo que hace y pierde la noción del tiempo.
Las piezas rotas que se dedica a restaurar son toda su vida, y de verdad que lo entiendo, porque para mí los libros son lo mismo.
Mi lugar seguro. Pero que lo entienda no hace que su falta de consideración duela menos.
Ver su plato de comida enfriándose mientras yo estoy a punto de terminarme el mío me quita el hambre por completo.
Me levanto con una brusquedad que pocas veces demuestro, agarro los platos con rabia, y es el sonido de la puerta y de las llaves cayendo sobre el mueble de la entrada lo que me detiene.
Después de un par de segundos, aparece con su camisa de cuadros, sus pantalones de pana y el poco pelo que le queda algo alborotado.
—Hola, Bee —saluda, ajustándose las gafas de la misma forma que hago yo.
—Hola. —Ni siquiera parece percatarse de que mi tono no es el de siempre. Echa un vistazo a la cocina sin prestar atención a los platos que tengo entre las manos.
—Me voy al taller.
Se me cae el alma a los pies.
—Pero...
Me mira por encima de la montura de sus gafas.
—Tengo un encargo muy gordo, hija, y quiero ponerme con él lo antes posible.
Aprieto los labios con tanta fuerza que me hago daño, pero no me importa. Miro el reloj de la cocina y frunzo el ceño.
—¿Has cenado? —pregunto, sabiendo de sobra lo que va a responder, pero supongo que es una excusa para rascar algo de tiempo con él.
Niega con la cabeza y agarro los platos con más fuerza.
—No, pero comer ahora es lo de menos —me sonríe, agitando la mano para quitarle importancia a una necesidad básica—. Voy al taller. Descansa.
Y se va.
Me muerdo la mejilla con fuerza aguantando las ganas de hacerme una bola y echarme a llorar. Pero no porque no se haya dado cuenta de que le he hecho la cena ni por ese mensaje que esperaba recibir.
Lo que más me duele es que no se ha detenido ni un segundo a preguntarme cómo estoy o qué tal mi día.
Nada.
Con una sensación de lo más desagradable, dejo la cocina sin recoger y me encierro en mi habitación.
Casi el noventa por ciento del tiempo tengo una conciencia que no me permite vivir tranquila; está constantemente recordándome lo que hago mal y las cosas que debería mejorar, porque recordarme lo que hago bien no parece ser una opción.
Ahora, por ejemplo, no soy capaz de pensar en otra cosa que no sea la cocina que he dejado hecha un desastre. Y es la primera vez que trato de quedarme quieta y no ir corriendo a hacerlo, porque es la única manera que se me ocurre de expresar mi disgusto.
Increíble, ¿eh? Una táctica infalible, sobre todo para alguien tan despistado como mi padre.
Una vergonzosa y ridícula parte de mí espera que caiga en la cuenta y entienda que mi decisión de no recoger la cocina es porque estoy enfadada y esa es mi forma de exteriorizarlo, en vez de hacer algo tan sencillo como hablarlo con él.
Nunca hemos sido de esos que hablan las cosas, y mucho menos si están relacionadas con los sentimientos. Con mi madre, en cambio, sí. Ella se abría a mí con una facilidad que me provocaba ganas de contarle cómo me sentía. Era demasiado fácil.
Suspiro con un deje de frustración mientras acaricio a Bloom, que no ha tardado ni dos segundos en subirse a mi regazo. Echo la cabeza hacia atrás hasta apoyarla contra el cabecero de la cama y cierro los ojos.
El recuerdo de mi madre sobre una colina verde, con un vestido vaporoso de color pastel, con su larga melena al aire atada con un pasador de mariposa y sus enormes ojos marrones sobre mí es una de mis imágenes favoritas.
—¡Más alto! ¡Grita más alto! —dijo con una sonrisa.
Y yo le hice caso. Apreté los puños a ambos lados de mi cuerpo. Alcé la cabeza y grité con todas mis fuerzas con los ojos puestos en el cielo de color azul moteado de nubes blancas.
Después de eso, me sentí agotada, pero mucho más ligera que antes. Ella se acercó a mí y me agarró de las muñecas.
El tacto de su piel me puso los pelos de punta.
—¿Estás mejor?
—Sí —dije con la garganta un poco irritada.
—Me alegro, Beatrice. —Sonrió aún más—. Cuando no sepas qué hacer o cómo decirlo, grita.
—Pero…, no puedo gritar en el colegio.
Mi madre alzó la cabeza y soltó una carcajada que resonó entre aquel paisaje montañoso que parecía sacado de Sonrisas y lágrimas , creando un sonido que, aunque en ese momento no lo sabía, años más tarde iba a añorar desesperadamente.
Ojalá hubiese podido encerrar todos nuestros recuerdos y vivencias en una caja para luego abrirla y volver a ese momento tantas veces como quisiéramos.
—Pero aquí sí puedes hacerlo.
—Supongo que sí…
—¿Vamos? —Extendió su mano con una manicura perfecta y yo se la agarré sin dudar un segundo.
—Tengo hambre —confesé, y ella se rio de nuevo.
—Yo también.
Abro los ojos de golpe y no veo demasiado bien por la cantidad de lágrimas que se me han agolpado por culpa de ese recuerdo de hace tantos años, cuando fuimos a veranear a un pueblecito al norte de Francia porque mi padre tenía trabajo allí y mi madre quiso acompañarlo.
Recuerdo aquel verano con una nitidez que a veces me asusta, porque yo no tendría más de ocho años, y lo tengo igual de presente o incluso más que lo que hice ayer.
Antes de que pueda hasta planteármelo, el sonidito de «videollamada en curso» salta en la pantalla de mi portátil y me muerdo los labios pensando en si cogerlo o no.
En nuestro grupo se han ido instaurando pequeñas rutinas, y hacer videollamada cada noche es una de ellas. Al igual que esperar a Jaz al otro lado del puente para ir juntas a clase, el brunch de los domingos, o los viernes de pijama y peli.
La sonrisa de Adri es lo primero que veo nada más darle a «aceptar».
—Hola, guapetona —me saluda con su efusividad habitual—. ¿Qué tal?
—Cansada.
Se carcajea sin piedad.
—Es normal. Te irás acostumbrando.
—Eso espero —bufo, acomodándome.
Y mi amiga, que, aunque parezca que siempre está en su propia burbuja, es bastante perspicaz para calar a la gente, menea la cabeza.
—¿Pasa algo? ¿Te arrepientes?
—Estoy cansada.
Estoy intentando trabajar en expresar y exteriorizar lo que siento, pero a veces aún me sigue costando, porque supongo que vivir en un ambiente en el que nunca se interesan por ti hace que te encierres un poco más en tu propio universo.
—Bee… —dice en un tono de reproche cariñoso.
Suspiro y alzo la vista al techo de mi cuarto.
—Lo de siempre, supongo. Mi padre.
Me callo con la esperanza de que quizá hoy empiece a hilar un tema con otro y mi «problema» se diluya entre las mil conversaciones que es capaz de tener en menos de un minuto.
Pero no.
Adriel está en silencio, esperando que siga.
Escuchándome y prestándome atención.
Hincho el pecho de aire y agarro un bolígrafo que tengo sobre la mesita de noche. Abro y cierro la tapa mientras cuento lo que ha pasado.
—Había preparado la cena para los dos, como siempre, y…, bueno, aparte de que no me ha avisado de que iba a llegar tarde, pues…, cuando ha llegado a casa no ha querido cenar.
Adri curva las cejas.
—¿Ya había cenado?
Niego con la cabeza, apretando los labios.
—Bueno, igual…, ¿estaba cansado?
Suelto una risita amarga y niego de nuevo con la cabeza.
—No, Adri. Ni estaba cansado ni había cenado. Parece ser que tiene un nuevo proyecto y ya sabes cómo se pone con eso.
—Bueno, Bee…, igual que tú con un libro nuevo. —Sonríe de esa manera tan suya, con la boca y los ojos—. O yo con un vinilo que encuentro en una tienda de segunda mano.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Nueva obsesión semanal?
Mi amiga se obsesiona con las cosas. Cada semana tiene una afición nueva.
—Esa lleva ya unos meses.
—Tienes razón, ¿cuál es la de esta semana?
—Decorar mi habitación con revistas de los dos mil y poner lucecitas.
—¿Desde hace…?
—¿Cuatro horas?
Nos reímos con fuerza y, antes de que yo pueda preguntarle qué es eso exactamente, Jaz se une a la videollamada. Lleva un enorme moño en lo alto de la cabeza y un pijama de seda azul cielo.
—Mis chicas. ¿Qué hacéis?
—Adri me está enseñando su obsesión semanal.
Jaz se troncha de risa como si ya lo supiera.
—¿Las revistas? Dime que no. —Adriel asiente y nos enseña un taco inmenso de ellas—. Pero si me lo has dicho antes. —Jaz se ríe con más fuerza que antes—. Eres todo un caso.
—Te colgué y fui directa a mi tienda de confianza a ver si tenían.
—Pero —interrumpo con toda la educación del mundo, porque odio cortar una conversación, pero son mis amigas y tenemos confianza de sobra—, ¿por qué?
El origen de las obsesiones de Adri por lo general es muy aleatorio y algunas no tienen un sentido lógico o racional, simplemente aparecen. Por una casualidad. Una imagen. Un recuerdo. Una canción. O una palabra.
—Todo esto ha surgido porque hemos comprado un DVD en una tienda de segunda mano, porque tenemos un montón de pelis antiguas que no podemos ver, y Coral, mi hermana mayor, se ha puesto a ver…
, ay, ¿Cómo se llamaba? —Chasquea la lengua contra los dientes y se lleva la mano al pelo—.
No me acuerdo. Es una serie que veía ella de pequeña… ¡Ah, sí! Beverly Hills 90210 .
Jaz y yo ponemos una mueca que deja claro que no sabemos de qué está hablando.
—Bueno, fue muy famosa en los noventa y tiene esas vibes que me encantan. Y, no sé…, entre eso y que mi feed de Pinterest está lleno de decoración vintage , pues así he acabado.
Adriel es esa típica chica que se ha subido al carro de todas las modas porque le encanta probar cosas nuevas y sentir que está en la cresta de la ola con todo el mundo antes de que se pase el boom : flequillo de lado, bigotes y leggings de galaxias, mechas de colores, flequillo recto, blusas anchas con el hombro al descubierto, vaqueros rotos con medias de rejilla debajo.
Converse pintadas. Y muchas pulseras y anillos.
Todo lo que sale lo prueba y va implementando en su estilo una migaja de esas cosas, creando una expresión propia muy llamativa que la caracteriza.
—Escribí a Jaz para ver si ella seguía guardándolas. Porque las pocas que yo tenía se las di a mi hermana Índigo y, evidentemente, no me las quiere devolver.
Hay veces que envidio la cantidad de hermanas que tiene Adri y la vida que hay en su casa.
Los ojos de Jaz se posan en mí y se le borra la sonrisa de golpe
—¿Estás bien, Bee? Te noto muy callada.
—Cansada.
Entrecierra los ojos y yo me rindo, porque con ella es imposible fingir nada.
—Ay, de verdad. Deja de mirarme así —exijo, fingiendo que me molesta.
—¿Cómo?
—Como si me leyeras.
Jaz sonríe satisfecha.
—Es que lo hago.
Y, de repente, Oro, su gatita egipcia, ocupa todo el plano cuando se sube sobre la mesa exigiendo un poco de atención por parte de su dueña. Jaz la agarra y se la coloca sobre las piernas.
Y con sus ojos color miel clavados en mí, repito lo que le he contado a Adri un rato antes, mientras me mira de esa forma, como si me analizara en profundidad y tratara de buscar más allá.
Y no sé cómo expresarlo, pero su interés por mí y la capacidad que tiene de saber que me pasa algo me hacen sentir que le importo.
—No le pidas más de lo que puede darte, Bee. —Niega con la cabeza—. Tu padre es un genio, y ese tipo de gente vive en su propio universo.
—No es un genio, Jaz —aclaro—. Es restaurador.
—De los mejores de la ciudad. Es famoso y admirado por su trabajo… —Se pasa la lengua por los labios—. ¿Cuántas veces ha estado en tus fiestas de cumpleaños? ¿O en las obras de teatro del cole? ¿Y en…?
La corto con más brusquedad de la que suelo usar con nadie.
—Vale. Ya lo pillo. Mi padre pasa de mí.
Y prefiero no hablar del dolor que siento al verbalizarlo.
Mi amiga se inclina, acercándose a la cámara más de la cuenta, como si me tuviera delante.
—No, Bee. No quiero decir eso. Tu padre no pasa de ti, sino del mundo en general. Nada de lo que tiene a su alrededor le interesa…, nada que no sean sus piezas rotas.
Y aunque se supone que soy la más sensata del grupo (no lo digo yo, lo dicen ellas), con las cosas relacionadas con mi padre suelo perder cualquier tipo de raciocinio, e irónicamente Jaz es la que aporta un poco de calma cuando mi cabeza se desmorona.