10. Bee
Bee
Adri y yo avanzamos hasta el auditorio y, cuando entro, me sorprende el ajetreo que hay, a pesar de que tampoco se ve mucha gente.
—Mira, ven. —Me agarra de la mano y me arrastra por todo el pasillo entre las butacas hasta el escenario, donde están ensayando los actores—. Aquí es donde hacemos los ensayos mientras el resto se ocupa del decorado, del vestuario y de todo lo demás.
—¿Qué quieres que haga yo?
—Podrías empezar con el backdrop .
Pestañeo confusa.
—¿ Backdrop ?
Se gira para mirarme sin dejar de caminar hasta la parte trasera del escenario, donde hay un cuarto pequeño.
—El fondo que se pone detrás de cada escena.
—Ah. Vale.
—Mira, aquí está todo el material.
La habitación se ve algo desordenada. Llena de botes de pintura, pinceles, cartones y todo tipo de material.
El olor a pintura que desprenden los botes mal cerrados me recuerda al que hay siempre en el taller de mi padre.
—¿Empiezo ya?
Se gira para mirarme con los ojos brillantes.
—Si no tienes nada que hacer, te lo agradecería. El tiempo se nos está echando encima.
En realidad, sí que tengo cosas que hacer, pero me apetece probar a pasar mi tarde de una forma distinta. Quizá esto me ayude a desconectar un poco y despejar la cabeza.
—Cualquier cosa que necesites, me dices, ¿vale? Yo voy a ver cómo va la pareja principal. —Avanza hacia la salida con el paso acelerado.
—Espera. ¿Y qué cojo? ¿Qué hago?
—Puedes empezar haciendo la biblioteca, estoy segura de que eso se te va a dar genial.
Volteo los ojos y le dedico una sonrisa.
—Vale.
—Adri, ¿te importa que me vaya ya?
Mi amiga está en lo alto del escenario y se gira para mirarme.
—No, tranquila. —Me dedica una sonrisa—. Descansa, que te lo mereces.
Y se da la vuelta para observar a los actores, que no parecen estar demasiado contentos de que a ellos no los mande a su casa.
Cojo mi mochila después de recoger todo y voy hacia la salida trasera, que da al aparcamiento.
¿Conoces esa desagradable sensación de no haber conseguido nada? Así es exactamente como me siento después de haber estado casi dos horas haciendo el boceto a lápiz de una estantería.
¡Dos horas! Y no he hecho más que borrar una y otra vez. Pensaba que no iba a ser tan complicado, o que quizá no sería tan perfeccionista, pero claramente parece que, después de diecisiete años, no me conozco en absoluto.
Me quedo planchada cuando, nada más abrir la puerta, está lloviendo a cántaros y no tengo paraguas.
Suspiro agotada, porque solo quiero llegar a mi casa de una vez y todo se me está empezando a hacer bola.
Me pongo la capucha y empiezo a caminar, con el ruido de la lluvia de fondo. No echo a correr porque hacerlo sería arriesgarme a caerme de culo.
Soy un poco patosa cuando juntas correr y lluvia en la misma frase.
—Bzzz.
Giro la cabeza ante ese sonido y veo a Bastian y Connor sentados en el coche, con las ventanillas bajadas.
A mi lado.
—¿Adónde vas? —pregunta Connor con una sonrisa.
—A mi casa. —Desvío la mirada algo nerviosa y confusa. Sobre todo, lo segundo.
—Sube, que te llevamos.
Niego con la cabeza.
—No hace falta, voy a…
—Sube —gruñe Bastian sin mirarme a la cara—. Te vas a empapar.
—Pensaba ir…
Pero, en cuanto gira la cabeza y clava sus ojos azules en los míos, cierro la boca y todas las excusas que pensaba poner desaparecen de mi mente.
Mi orgullo me grita que me vaya andando tranquilamente, romantizando mi vida bajo la lluvia, y que no me meta en el coche de un chaval que no ha sido nada agradable las veces que nos hemos cruzado, pero mi parte friolera, la que parece un perro mojado, me suplica que ceda, porque en menos de diez minutos estaré en casa.
Además, está Connor, y eso facilita mucho las cosas.
Abro la puerta y me siento en la parte de atrás.
El calorcito que hace dentro del coche me hace sentir como un polluelo en su nido.
Bastian arranca y se incorpora a la carretera.
—¿Dónde vives? —Me mira por el espejo retrovisor.
—Streeterville.
Me doy cuenta de que pone mala cara, pero no dice nada.
Connor, en cambio, se gira sobre su asiento para mirarme.
—Una chica del Loop, ¿eh?
Sonrío sin enseñar los dientes y asiento, porque no sé qué más decir. Sí, soy una chica nacida para habitar en el campo, pero destinada a vivir en el centro de una ciudad.
Supongo que será su forma de ser agradable y cercano, pero tampoco hace falta forzar nada.
—¿De dónde vienes? —habla de nuevo, supongo que para llenar el silencio.
—Del auditorio.
Alza las cejas.
—¿Actúas?
Niego con la cabeza.
—Ayudo con el decorado y eso.
—No todo el mundo vale para actuar —suelta Bastian como si nada.
Le lanzo una mirada de odio, aunque no me atrevo a observarlo directamente por el espejo, así que me centro en su espalda.
Pero Connor habla antes de que yo pueda defenderme.
—Como si la hubieras visto actuar alguna vez.
—¿Me equivoco? —Clava sus ojos en el espejo.
—Mi madre decía que era muy buena actriz cuando era pequeña —trato de defenderme de alguna manera. No debería hacerlo, pero lo hago.
—¿Y por qué no te lo dice ahora? ¿Es que has perdido facultades?
Una bola de angustia se me atraganta en la base de la garganta, y aprieto mi mochila con fuerza.
—Falleció.
Noto cómo la tensión aumenta de golpe en el interior del coche. Connor me mira con una lástima que detesto, y Bastian ha apartado la vista del espejo, pero no abre la boca.
—No queríamos…
—Tranquilo, Connor. —Me encojo de hombros—. No tenías por qué saberlo.
Me dirijo solo a él, porque creo que Bastian ni se merece que lo mencione. Las dos veces que he hablado con él le han servido para hacer gala de sus prejuicios sobre mí.
No me apetece seguir hablando, solo quiero llegar a mi casa y darme un baño. Leer un poco y cenar con mi padre.
Observo la ciudad a través de la ventanilla y me encanta cómo el agua se estrella contra los cristales.
—Nosotros hemos estado en el despacho de la directora.
Giro la cabeza de golpe, llamada por la curiosidad.
—¿Qué?
—No creo que haga falta que le cuentes nuestra vida —gruñe Bastian, con una mano sobre el volante—. Ni siquiera te ha preguntado.
—Bueno, ¿y qué pasa? ¿Es un secreto de Estado o qué?
—No. Pero, joder.
—Oye… —interrumpo—. No hace falta que me lo cuentes si no quieres.
—Si a mí me da igual.
—Sí, claro. Porque te he salvado el culo.
Parecen un matrimonio.
—Bueno…, pero yo me he lanzado de cabeza contigo.
Bastian suelta una carcajada sonora y algo grave. Y veo cómo sus ojos se achinan ligeramente, y cómo le salen unas líneas al lado de las comisuras de la boca.
Tiene un gesto extremadamente cálido cuando se ríe en comparación con la dureza de sus rasgos cuando no lo hace.
—¿Ha sido por un tema serio? —preguntó, movida por la curiosidad.
—Bueno…, nos han dado un toque de atención.
—No. No nos han dado un toque. —Por un momento quita las manos del volante y yo ya nos visualizo empotrados en un edificio. O cayendo al río Chicago—. Nos han puesto un cero como una casa.
—Podría haber sido peor.
Bastian mira a su amigo, apartando la atención de la carretera, y de forma inconsciente me agarro al asiento. Como si eso me fuera a salvar en caso de accidente.
—Connor, a la siguiente nos echan del equipo —gruñe enfadado, tanto que se le hincha la vena del cuello—. ¿Te la suda?
—No. Claro que no. Pero podría haber sido peor.
—Estamos en el punto de mira, joder.
Aprieto los labios realmente incómoda y deseosa de llegar a mi casa, pero el tráfico no me lo está poniendo demasiado fácil.
Después de un par de indicaciones, pido en voz alta que me deje ahí mismo, y Bastian no opone resistencia.
—Bueno, gracias por traerme.
Salgo del coche y, antes de cerrar la puerta, lo último que veo son los ojos azules de Bastian, que me observan con detenimiento.
—Hasta mañana —dice antes de acelerar y desaparecer.