9. Bastian
Bastian
Por suerte, toda la nieve se ha derretido en cuestión de unos días y ya no queda nada de ella; es como si nunca hubiera estado allí.
Sentado en el coche, con la calefacción puesta, espero a que Connor salga de su casa para ir al instituto.
Ya vuelvo a tener mi coche, y eso me levanta un poco el ánimo.
Tener examen a primera hora, no tanto.
Me he pasado las dos últimas noches reprochándome lo irresponsable que soy por no sentarme a hincar los codos, aun sabiendo que es lo que tengo que hacer si quiero acceder a la Ivy League.
¿El problema? Que no tengo ni tiempo ni ganas. Y sé que no soy capaz. Por eso abandoné la idea demasiado rápido y simplemente busco una buena beca deportiva en una universidad decente. Así podría demostrarme que soy capaz, y que no rompo todo lo que toco.
—Hola, guaperas. —Connor abre la puerta del copiloto y se sienta de golpe.
—¿Qué hay, princesa? —Giro la cabeza para mirarlo y me quedo rígido al ver el evidente hematoma de su pómulo. Mi tono cambia drásticamente—. Connor.
Me observa y no hace falta decir nada más porque sabe que lo sé. Lo llevo sabiendo mucho tiempo, pero nunca he sabido qué hacer o qué decir.
—Por fin con coche, ¿eh? —dice como si el tema no fuera con él—. Pensaba que tu tío no te lo iba a devolver.
—Se ha alargado un poco más de lo esperado, pero ya está.
Trato de apartar los ojos de su hematoma, pero no puedo.
Acelero para incorporarme a la carretera.
—¿Cómo lo llevas? —pregunto, ansioso por aliviar ese silencio incómodo.
—¿El qué?
—El examen de literatura.
—Ah. Eso. —Se encoge de hombros—. Bien. Está todo controlado.
Hago una mueca porque sé que no está todo bien, pero lo dejo estar y conduzco en silencio hasta llegar al aparcamiento del instituto.
Avanzo hasta encontrar las plazas reservadas para los alumnos de último curso, que destacan entre las demás porque una de las tradiciones del River Valley es que, a principios de curso, se nos otorga una plaza a cada uno que podemos decorar y pintar como nos dé la gana.
Yo pensaba dejar mi plaza sin pintar, porque me daba mucha pereza y encima soy malísimo pintando. Pero, para variar, Connor me insistió en pintarla.
—Tío, ¿cómo vas a perder la oportunidad de personalizar tu plaza de aparcamiento? ¡Eso es una pasada! —me dijo con los ojos chispeantes de la emoción.
Negué con la cabeza. Toda la gente ya estaba eufórica pintando su plaza, pero yo no tenía ni idea de cómo hacer la mía.
No había nada más allá del baloncesto que me representara.
Y, en realidad, no quería hacer lo que habían hecho casi todos mis compañeros de equipo: un aro con un balón o las líneas de una cancha.
Cedí porque a Connor le hacía ilusión. Él no tenía coche propio y su padre jamás le prestaría el suyo, así que le di el gusto de pintar juntos mi plaza, ya que él no tenía la suya propia.
—¡Cuidado!
El grito de mi mejor amigo me hace frenar con brusquedad, y es entonces cuando veo al tonto de Garret Grayson andando por mitad de la carretera con la barbilla alzada y los brazos en una forma antinatural, como si los músculos le impidieran llevarlos pegados al cuerpo.
Aprieto las manos contra el volante y él se detiene frente al morro de mi coche.
—¡Wolf! ¡Mira por dónde vas!
Connor baja la ventanilla y se asoma por el hueco.
—¡Grayson, eres tú el que va por mitad de la carretera!
Suelto el freno y acerco el morro del coche hacia él para que se aparte de una vez. Pero ni se inmuta.
—¿Qué coño haces, Wolf?
Bajo la ventanilla y alzo la voz.
—Quítate del puto medio o te atropello.
Alza las cejas y se apoya con toda su fuerza sobre el capó de mi coche.
—No hay huevos.
Pongo el freno de mano y salgo del coche hecho una fiera. Me planto frente a él, con la rabia bullendo en mi interior y haciéndome arder.
—Como vuelvas a poner las manos en mi coche, te las arranco, gilipollas.
—Tranquilo, hombre. No tienes que ponerte así. —Su tonito no hace más que alimentar algo oscuro dentro de mí.
—¡Bastian! —Connor me llama, pero yo sigo centrado en Grayson y en mis ganas de partirle la boca. No lo soporto, y él a mí tampoco.
—Apártate de mi coche y de mi vista —exijo en un tono mortalmente frío—. No me hagas repetírtelo otra vez.
Me aparto de él colándome de nuevo en mi coche y, después de aguantarme la mirada, finalmente, gira la cabeza y se va.
Suelto el aire con fuerza y avanzo hasta mi plaza de aparcamiento, que está pintada como si fuera una hoja de cuaderno en blanco con líneas horizontales donde está escrito en cada una de ellas: «Debo portarme bien».
Un mensaje que, por mucho que vea todos los días, me cuesta cumplir.
—Tenéis una hora para hacer el examen. —La voz de la profesora de literatura se escucha a la perfección en el silencio del aula—. A la mínima que vea un movimiento extraño, os vais a la directora con un cero. ¿Queda claro?
Echo un vistazo a la clase y todos asentimos como autómatas. Le guiño un ojo a Connor, que mueve la pierna de arriba abajo sin parar. Se muerde la uña del dedo pulgar. Y no deja de suspirar.
—¿Estás bien? —susurro mientras la profesora reparte los exámenes.
Los ojos marrones de mi colega muestran una preocupación que muy pocas veces le he visto, y puedo imaginarme lo que le pasa.
—No me sé nada —dice angustiado—. Mi padre me va a matar.
Echo el aire con fuerza y me llevo la mano al pelo, porque llevo toda la semana diciéndole que estudie, pero no me ha hecho ni caso.
Su padre no es como mis tíos. Él no le va a dar una palmada en la espalda y le va a decir que no pasa nada. Ese tío es extremadamente violento y paga con Connor muchas de sus frustraciones.
Alzo la cabeza al techo, desesperado por encontrar una solución, pero ahora mismo no soy capaz de pensar en ninguna.
—Silencio —exige la maestra, y ambos miramos a nuestra mesa.
El sonido de las hojas moviéndose sobre las mesas no hace más que incrementar los latidos de mi corazón.
Primero porque los exámenes no me gustan demasiado, como tampoco me mola nada el silencio incómodo que envuelve la clase.
Es un silencio que me da pie a desconcentrarme y pensar en todo eso que trato de apartar.
No sé si tiene algún sentido.
Y segundo, es que no he estudiado demasiado, por no decir nada. Aunque, a poco que escuche y esté atento en las clases, me quedo con bastante información. La suficiente para llegar al examen con alguna idea general, aunque, ni de coña me hace tener las notas que necesito.
La profesora termina de repartir y se sienta detrás de su escritorio.
—Podéis empezar.
El ruido que hacemos al dar la vuelta al examen marca el inicio. Como el pistoletazo de salida para una carrera. O la bocina anunciando el comienzo del partido.
Empiezo a rellenar algunas de las preguntas, pero otras las dejo sin hacer porque no me suenan demasiado y prefiero ir primero a lo seguro y después tratar de inventarme algo.
Desvío la mirada hacia mi amigo, que lleva un buen rato en la misma postura, pero no ha escrito ni una sola palabra. Sigue moviendo la pierna de arriba abajo con rapidez y no levanta la cabeza del folio.
Me muerdo el interior de la mejilla y, cuando miro al frente, la profesora me está observando. Alza el mentón indicándome que deje de mirar a Connor y vuelvo a lo mío.
—Bastian —susurra Connor.
Sin levantar la cabeza, lo observo con disimulo y veo su cara de desesperación.
—¿Cuál es la tres? —susurra casi sin pronunciar sonido y no entiendo lo que dice.
Vuelvo a mirar a la profesora, está centrada en lo que sea que hay en su ordenador, así que miro de nuevo a Connor.
—¿Qué? —susurro, gesticulando en exceso.
—La tres. —Hace el símbolo con los dedos.
—¿El bloque tres?
Connor niega con la cabeza.
—Pregunta tres del bloque uno —susurra vocalizando demasiado.
Suspiro llevándome la mano al pelo y agarrándolo con fuerza.
—La C —vocalizo sin dejar de mirar a la profesora.
—¿La D?
—No —gruño—. La C. —Lo miro y hago el gesto con la mano.
El sonido de una silla arrastrándose me alerta y vuelvo la cabeza como un resorte, fingiendo que estoy pensando mientras observo el techo.
La profesora avanza y pasa por nuestro lado, y miro de reojo para ver que alguien había levantado la mano.
Connor me llama de nuevo.
—¿Y la cuatro?
Tengo ganas de mandarlo a la mierda por no haberse puesto a estudiar. Él sí necesita una beca: si no la consigue, ¿qué narices va a hacer? Yo tengo más opciones.
«Y la última son mis padres», pienso, sintiendo una presión desagradable en la nuca.
—Venga, dame tu examen —le digo, haciendo un gesto con la mano para que me lo pase. Connor no tarda demasiado en ser consciente de ello y nos intercambiamos los exámenes con rapidez.
Unos segundos después, la profesora pasa de nuevo por nuestro lado y se sienta sobre su escritorio.
«Menos mal», pienso, sintiendo cierto alivio, pero aún con el corazón en la boca.
—Me encanta el compañerismo que tenéis algunos, de verdad que es honorable, pero entenderéis que no puedo permitirlo.
El silencio se hace todavía más pesado y yo siento que solo se escuchan los latidos de mi corazón bombeando con una fuerza sobrehumana entre mis costillas.
—Connor Arias y Bastian Wolf. Venid aquí.
—Mierda.
Aprieto los ojos con tanta fuerza que, cuando los abro de nuevo, veo puntitos blancos. Connor y yo nos echamos un vistazo y avanzamos adonde la profesora.
—Dame tu examen, Connor —exige con dureza, mientras las arrugas de su cara muestran su enfado. Connor se lo extiende y ella empieza a observarlo—. Bastian, el tuyo.
Hago lo mismo que Connor y espero, porque sé perfectamente lo que viene después de nuestro silencio. No hay que ser muy listo para saber que nos hemos intercambiado los exámenes.
—¿Me lo podéis explicar?
Veo cómo mi mejor amigo está a punto de perder los nervios.
—He sido yo —suelto.
—Esto es inaceptable, Bastian. Ya lo sabes —suelta con dureza—. Estáis en el último curso y ¿andamos así?
Niega con la cabeza.
—No volverá a pasar —dice Connor con la voz tomada por la angustia.
—No. Claro que no. Id a la directora y lo habláis con ella.
Dirijo la mirada al techo maldiciéndome mientras vamos hacia la puerta, pero, antes de salir, la voz de la profesora nos obliga a detenernos.
—Tenéis un cero en la asignatura.
Mierda.