El 7 de River Valley 8. Bastian
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8. Bastian

Bastian

Estos últimos días han sido agotadores, y en realidad no he hecho nada del otro mundo: entrenar, ir a clase, entrenar otra vez, volver a casa y sacar a pasear a Chocolate, nuestro perro de más de mil años y al que se bautizó con ese nombre gracias al enano de la casa.

Todos los días es lo mismo, y tampoco es que me disguste demasiado.

Salgo de la ducha con el pantalón de pijama puesto, mientras me subo la cremallera de la sudadera y bajo a la cocina.

Llevo tantos años aquí que reconozco cada uno de los sonidos que escucho a medida que bajo las escaleras: el murmullo de mi tío Luis mientras tararea alguna canción; el ruido de los zapatos de Don, que suenan con fuerza sobre los azulejos de la cocina mientras va y viene abriendo cajones; el olor que sale de la cocina hacia el resto de la casa; la risita de Chapi mientras está sentado en el sofá viendo la tele, y los ladridos de Chocolate porque quiere recibir algo de eso que huele tan rico.

Me asomo al arco de la cocina y observo cómo mis tíos se complementan y se ayudan en las tareas de la casa. No hay diferencias ni discusiones sobre quién debe hacer qué o a quién le toca hacer más cosas porque el otro no ha hecho otras tantas.

Hay un equilibrio que aporta serenidad.

Una punzada de lástima se expande por mi pecho porque supongo que esto es una familia.

Esto es lo que me habría gustado tener.

«Ahora lo tienes», me reprocho en voz baja, apartándome de allí, y busco a mi chico favorito de esa casa que parece sacada del barroco.

Me dejo caer en el sofá, a su lado. Clavo los ojos en la tele.

—¿Los tíos saben que estás viendo esto?

—Sí —afirma sin pestañear.

—Chapi…

—¿Qué?

—Mírame —exijo—. O te apago la tele.

Mi primo gruñe y finalmente despega los ojos de los personajes amarillos que copan la pantalla para poder mirarme.

—¿Qué? —pregunta irritado.

—Oye…, tranquilo, ¿vale? No te he dicho nada.

— Déjame verlo… —gimotea haciendo pucheros.

—Eres muy pequeño todavía para ver esto, enano.

—¡Que dices! Puedo verlo perfectamente.

Me cruzo de brazos.

—No puedes.

—Pregúntaselo a mis padres, listo —suelta en un tonito de soberbia que no me gusta un pelo.

—Claro que se lo voy a preguntar, chulo.

Pero su cara no cambia, lo que me hace pensar que en realidad sí que tiene permiso para verlo. Y lo cierto es que no sé por qué he dudado de su palabra, porque Charlie nunca me ha mentido.

—No les voy a decir nada.

—¿Por qué?

Me encojo de hombros y fijo la vista en la televisión.

—Porque confío en ti, supongo.

—Yo también.

Lo miro de reojo con una sonrisilla.

—No deberías.

—¡A cenar, niños!

Charlie se levanta del sofá como un resorte, mientras que yo me tomo mi tiempo, porque en realidad me gustaría cenar solo. A veces las cenas en familia me cuestan. Es lo que pasa cuando creces comiendo solo alrededor de una mesa demasiado grande.

Luis se agacha para besar a Chapi, y él responde con una sonrisa completa y sincera. Arrastra la silla para sentarse.

—¿Cómo estás, Bastian? —pregunta Don.

—¿Y tú? —suelto con sorna, observando su delantal de leopardo.

—¿Tienes algo que decir? —Luis no tarda en salir en defensa de Don.

—No. Nada —miento, aguantándome una risita—. En realidad, está divino.

—No te rías de tu tío. —Luis me apunta con la cuchara de madera y yo levanto las palmas—. Se lo regalé yo, y está guapísimo.

Luis baja un poco la voz y sonríe mientras halaga a Don, que se pone rojo como un tomate.

De los dos, Luis es el que tiene un carácter más fuerte y se muestra afectuoso y vacilón con Don delante de cualquiera. Es mi tío Don el que es más tímido y recatado frente a los demás.

Y a Luis le encanta sacarle los colores.

—Por favor —carraspeo—, los arrumacos luego. Cuando nos hayamos ido.

—Ay, hijo. —Luis gruñe cuando Don lo empuja con suavidad y empieza a servir la cena—. Qué arisco eres. Espero que, cuando traigas aquí a tu novia, no le roces ni la mano.

Alzo las cejas y lo miro con atención.

—¿Qué novia?

Luis se encoge de hombros mientras sirve el agua en los vasos.

—Yo qué sé. Algún día tendrás que sentar la cabeza, ¿no?

Suelto un no rotundo y permanezco en silencio, porque no tiene sentido explicarles que en mis planes no entra tener pareja.

No aspiro a compartir mi vida con nadie, porque nunca nadie la ha compartido conmigo, y lo que he visto del amor no termina de gustarme del todo.

Además, ¿quién iba a ser capaz de amar a una bestia?