6. Bastian
Bastian
No sé si me estoy volviendo loco o qué me pasa, pero ahora, en cada sitio al que voy, me encuentro con la chica del autobús. La de gafas.
Y no es que su presencia me moleste, porque para molestarme debería importarme. Pero es incómodo.
Seguro que lleva los mismos años que yo viniendo a este instituto y no ha sido hasta ahora, hasta esta misma mañana para ser exactos, que la veo.
Por ejemplo, ahora mismo está enfrascada en una conversación con sus amigas y ni siquiera me ve cuando paso cerca de su mesa para subir por las escaleras de la cafetería.
—¿Las has visto? —suelta Connor mientras ascendemos.
Claro que la he visto.
—No —miento.
—Estaban en la mesa de…
Me giro con brusquedad para mirarlo.
—Me la suda, Connor. ¿Qué te pasa, tío? —gruño mientras agarro la silla para sentarme—. ¿Desde cuándo te interesan?
Se encoge de hombros.
—Me han caído bien. Son majas.
—Majas —repito.
Cuando trato de buscar un adjetivo para una mujer que despierta un mínimo de mi interés, no suele ser «maja», pero eso es algo que tampoco voy a discutir con él.
Connor ve las cosas de forma diferente. A él le gusta hablar con la gente (y sobre todo con las chicas), le encanta esa fase de conocerse, hablar y contarse su vida.
Yo pienso en lo que conlleva contar mi vida y en todo lo que me ha traído hasta aquí, y me echa para atrás.
No me apetece contarle mi pasado a nadie, y menos a una chica que seguramente sea una presencia breve en mi vida.
—Entonces, ¿qué? —Me da un codazo juguetón y eso hace que lo haga añicos con la mirada.
—¿Qué?
—La fiesta. —Extiende las dos manos para enfatizar el mensaje.
Intento que no se me note en la cara que no quiero ir. Sé que es algo que le hace mucha ilusión, porque, después de mucho tiempo, sus padres están fuera y eso le da libertad total, no solo para montar un fiestón, sino para sentir que la situación que tiene en casa le da un poco de tregua.
No tiene una vida fácil y, aunque llevamos muchos años siendo amigos, creo que solo hemos hablado del tema unas cuantas veces, y parte de ellas fueron por una causa de fuerza mayor.
Entiendo que no quiera exponer su situación al igual que yo no expongo la mía, y que tampoco se atreva a pedirme ayuda.
Yo podría prestársela para cualquier cosa que me pida.
Me golpea el hombro y lo miro.
—Venga, anda. No te hagas el duro.
Suelto una carcajada.
—Parece que no conozcas a tu padre cuando se enfada…
Connor niega con rotundidad ignorando mi advertencia. En realidad, me la suda si quiere hacer una o veinte fiestas, pero ambos sabemos cómo es su padre y la forma de castigar a su hijo, por mucho que Connor haga como que no pasa nada.
Desventajas de ser su vecino y escuchar los gritos desde la ventana de mi habitación.
—No va a pasar nada.
—¿No? Venga, tío. Las fiestas son un hervidero de…
—¿Gente borracha?
—Iba a decir «gilipollas», pero sí.
—Tranquilo, ¿vale? No voy a invitar a mucha gente. Vamos a ser unos pocos. Así, en confianza.
Sacudo la cabeza y me toqueteo las manos.
Ambos sabemos que no va a ser una fiesta pequeña. En cuanto se corra la voz, todo el mundo se va a presentar en su casa, y, como se entere su padre…, puede darse por muerto.
—¿Cómo llevas el examen?
Su expresión cambia y sé que le estoy cortando el rollo porque, al igual que yo, tiene que mejorar sus notas si quiere acceder a una beca deportiva para ir a la universidad.
—Lo llevo.
—No te he visto estudiar ni un día.
Bufa recostándose en el respaldo de la silla y se frota la cara con las manos.
—Tú tampoco estás demasiado implicado.
—No estamos hablando de mí.
—Estamos hablando de mi fiesta. No de mis estudios, así que no cambies de tema. —Baja un poco el tono—. Oye, Bastian. Lo necesito, ¿vale?
Aprieto los dientes y desvío la mirada por encima del hombro de mi mejor amigo cuando veo al resto de los chicos del equipo subir. Me enderezo sobre la silla.
—Me gustaría que vinieras.
Justo lo que no quería que me dijera.
—¿Qué hay, chavales?
Uno de nuestros compañeros corta nuestra conversación y decido que es buen momento para ir a por la comida.