El 7 de River Valley 5. Bee
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5. Bee

Bee

No eres para nada mi tipo.

Su voz me persigue mientras camino por los pasillos para ir a buscar a las chicas y comer juntas antes de las clases extracurriculares.

No es que su comentario me haya herido el orgullo porque soy la primera que sé lo que soy y no me avergüenzo en absoluto, pero creo que hay cosas que no se dicen.

Suspiro aliviada cuando veo a Adri entre la multitud.

Avanzo mientras me espera con los brazos en jarras, su camiseta gráfica de manga corta que lleva encima de una de manga larga y sus vaqueros desgastados.

—Hola, Bee. —Me abraza con efusividad como si llevara mucho sin verme—. ¿Qué tal?

—Ahora bien.

—¿Ahora? —Arruga la nariz y ladea la cabeza, ajustándose la mochila de color lila al hombro—. ¿Qué ha pasado?

Niego con la cabeza porque no me apetece demasiado hablar de ello, y desvío la mirada a mi otra mejor amiga, que está apoyada en las taquillas, observándome con sus ojos de color miel ligeramente entrecerrados y bordeados de unas densas y oscuras pestañas, mientras su larga melena de color negro le cae por los hombros.

El conjunto de todos sus rasgos: nariz grande, boca perfilada y gruesa y mirada salvaje la hacen explosiva. Bien podría ser la protagonista de un libro ambientado en Oriente Medio. O dar vida en una adaptación a Cleopatra o a cualquier diosa egipcia.

Levanta la mirada, expectante, y sé perfectamente lo que está pensando.

«Desembucha. Suéltalo todo», me diría, pero no abre la boca. Se acerca a mí y me agarra la mejilla con ternura.

—¿Qué pasa, Bee? —pregunta con un tono de voz que solo reserva para mí—. ¿A quién hay que pegar? —bromea, y eso me saca una risita.

Niego con la cabeza y me fijo en los pantalones anchos de tiro bajo que cuelgan de sus voluminosas caderas, el jersey fino de un azul eléctrico que deja una ligera franja del vientre al aire y unas playeras anchísimas que apenas se ven por el bajo desgastado de sus pantalones.

Esa chica tiene fuego en las venas, no sabe lo que es el frío.

—Ha sido una mañana horrorosa —resoplo.

En su rostro se dibuja una sonrisa y echa una mirada fugaz a nuestra amiga de pelo rojo.

—Ya me ha dicho Adri que esta mañana se te han pegado las sábanas —bromea—. Bienvenida a mi rutina diaria.

Pongo los ojos en blanco cuando me rodea los hombros con su brazo y empezamos a caminar. Adri va en cabeza, caminando hacia atrás para poder hablar con nosotras.

—No compares —me quejo con una carcajada—. Si por ti fuera, te pasarías la vida durmiendo… A mí me gusta madrugar y desayunar con tiempo.

—Prefiero cinco minutos más de sueño que cualquier otra cosa.

—Con lo maravilloso que es despertarse con tiempo suficiente para poder hacer las cosas con calma.

—Eso tiene un nombre, y se llama «infierno».

Adri se ríe a carcajadas y yo pongo los ojos en blanco, porque, aunque conozco todas y cada una de sus manías, muchas de ellas no casan con mi estilo de vida.

Cada una de nosotras cuatro es distinta a su manera, y en todos estos años creo que hemos encontrado un equilibrio perfecto.

—Yo lo llamaría «paraíso». —La pico un poco.

Jaz pone los ojos en blanco y se humedece los labios.

—¿Din? —pregunto con curiosidad—. ¿Dónde está?

Es automático. Cuando pronuncio su nombre, la cara de mi mejor amiga cambia y sus rasgos ya de por sí duros se dulcifican un poquito. Supongo que esa es la reacción natural de alguien que está enamorado.

—Creo que con Alex. —Se encoge de hombros—. Vendrán ahora, supongo.

Aprieto los labios y trato de no pensar en lo que eso implica: si Din y Alex se unen a nosotras en la comida, la úl­tima integrante del grupo, Mils, puede no estar muy de acuerdo.

Y es que nuestra amiga no se lleva demasiado bien con la gente. Es una persona con un carácter un poco difícil de tratar y, aunque sabemos más o menos de qué pie cojea, eso no hace que no tengamos nuestros más y nuestros menos.

Sobre todo, ella y Jaz. Últimamente, sus enfrentamientos son como ver a dos mafias rivales luchando por el control de la ciudad.

—No cambies de tema, listilla, y cuéntanos qué ha pasado, quitando la parte en la que has tenido la suerte de quedarte dormida y me ha tocado venir sola.

En su tono de voz no hay reproche, solo su habitual sarcasmo.

—Oye —gimoteo—. No ha sido culpa mía…

—Ya lo sé, Bee. Era broma. —Se encoge de hombros—. He venido con Din.

Desde que empezamos el instituto, Jaz y yo siempre quedamos a mitad de camino para ir juntas, pero hoy ha sido distinto.

—Desembucha —insiste de nuevo.

—Grayson —confieso al fin.

Su cara de asco es automática cada vez que hablamos del capitán del equipo de fútbol.

—¡No! —El grito de Adri me hace mirarla un poco sorprendida—. Antes de Grayson ha aparecido la Bestia.

—Ah. Es verdad.

—¿Se puede saber qué me estoy perdiendo? —Jaz frunce el ceño, confusa.

Adri se adelanta a cualquier cosa que pueda decir y se para en seco en mitad del pasillo, haciendo que casi choquemos con ella. Con los ojos muy abiertos, empieza a contarle a Jaz lo que nos ha pasado esta mañana en el bus.

Una experiencia para nada emocionante, si te soy sincera, pero no quiero quitarle la ilusión.

—Adri. Camina, porfa —le pido con ternura.

Avanzamos hacia la cafetería, que es enorme, con dos plantas para albergar a todos los alumnos.

Visualizo nuestra mesa, cerquita de las escaleras que suben a la planta superior, donde, obviamente, está la élite, y ninguno de nosotros intenta acceder.

No porque haya un cartel enorme que nos lo prohíba, sino por esas normas sociales entre adolescentes de las que nadie habla, pero que todo el mundo acata.

Cuando nos sentamos, una parte de mí espera que cambiemos de tema.

Jaz tamborilea sus uñas almendradas sobre la mesa, mientras que Adri, a mi lado, trata de ponerse cómoda.

—Bueno, venga —dice Jaz, ansiosa de chisme, dando golpecitos en la mesa—. Cuenta.

—Me he vuelto a encontrar con Bastian.

Adri me agarra del brazo y giro la cabeza para mirarla.

—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Qué te ha dicho? ¡Beatrice, esas cosas se dicen en el momento!

—Me lo acabo de encontrar ahora, Adri. Me he chocado con él al salir de clase y…

—Ay, tía. Eso es taaaaaan romántico —me interrumpe con un tono exageradamente dulce y mira a Jaz, olvidándose de que estoy delante—. Es que, imagínatelo: la estrella del equipo coladito por…

La corto en el acto.

—No soy su tipo.

Ambas fruncen el ceño y me miran confusas, como si acabara de decir una locura.

—¿Por qué dices eso, Bee? —La pregunta de Jaz me hace hinchar el pecho de aire—. Eres el prototipo de cualquiera.

Mi largo historial de conquistas lo refleja a la perfección: un total de cero.

Hago una mueca y busco el valor de repetir sus palabras.

—Palabras textuales: «No eres para nada mi tipo».

Observo a mis amigas, que se han quedado planchadas.

Jaz se inclina un poco más hacia mí.

—¿En serio ha dicho eso? —Asiento en silencio—. Menudo gilipollas. Ni que él fuera el tipo de nadie, no te jode.

—A ver. —Por el tono de Adriel, ya sé perfectamente qué va a decir a continuación—. El chaval está tremendo.

Pongo los ojos en blanco.

—Deja de estar bueno cuando dice esas tonterías. ¿A ti te parece normal? —Jaz se apoya contra el respaldo de la silla, con una indignación evidente—. Llego a estar yo y…

—Ya sabemos lo que habría pasado si llegas a estar tú, y de verdad que no hace falta, Jaz. —Niego con la cabeza.

Se cruza de brazos y entrecierra los párpados.

Adriel, en cambio, me observa ansiosa por saber, pero no hay nada más que sacar de esa desagradable conversación.

—No ha pasado nada más, Adri. Al menos no con él.

El golpe que da Adri sobre la mesa me asusta tanto que doy un bote.

—¿Cómo que «al menos no con él»? ¿Es que hay otros o qué? ¿Tú quieres matarme? ¡Cuenta!

Me sale una risita involuntaria porque la intensidad de Adri a veces me abruma.

—Grayson. Os lo he dicho antes.

—Otro que tal baila… —escupe Jaz—. Ese sí que es un gili­pollas.

Adri y yo no podemos evitar soltar una carcajada, porque a Jaz casi todos le parecen idiotas.

—El rey supremo. —Adri levanta su dedo índice para darle más énfasis.

La carcajada de Jaz me hace cosquillas. Me encanta su risa, es rasposa y cálida, como la arena de la playa entre los pies descalzos.

—Hay veces en que me gustaría que me mirara como te mira a ti, pero luego, cuando abre la boca, se me pasa.

—Adri, no te entiendo.

—Que también le parece que está bueno —continua Jaz—. Es eso, ¿no?

Adri asiente y empieza a toquetearse los anillos de plata que lleva en casi todos los dedos.

—Es que, seamos sinceras…, el chico está de muy buen ver; no me podéis decir que no. Y supongo que el hecho de que sea el capitán del equipo de fútbol lo hace aún más… ¿deseable sería la palabra? —Niega con la cabeza y se muerde el labio inferior—. El otro día, en el metro, vi a un chico…

—Aprieta los labios con fuerza y menea la mano porque es expresiva hasta la saciedad—. Menudo hombre. Esos no existen. Bueno, sí existe porque lo vi en el metro, pero entendéis, ¿no?

—Entendemos —contesta Jaz con sequedad—. Pero siento decirte que, si es taaan guapo, seguro que su personalidad no lo es.

—¿Qué dices, Jaz? —La miro por encima de la montura de las gafas—. Esto no es una ciencia exacta.

—Eso de «guapo por dentro y por fuera» solo existe en los libros que lee esta muchacha —suelta, y alza el mentón para señalarme. Noto cómo me arden las mejillas.

—¿Y Din? ¿Estás diciendo que tu novio es feo? —Adri apoya el codo en la mesa y deja caer la barbilla sobre la palma de su mano—. A mí me parece hiperatractivo.

Jazmín arquea una ceja y Adri se pone un poco colorada.

—No quería decir…

—Adri, por favor. Ya lo sé. Si Din te parece guapo, sabes que puedes decirlo. No soy ese tipo de novia. —La palabra «novia» aún le sale con cierta timidez, como si le diera vergüenza o miedo decirla en voz alta—. A mí también me lo parece…

—A ti te parece ¿qué?

La voz y el acento de Din silencian nuestra conversación, y Jaz se gira para encontrarse con un muchacho delgaducho, de pelo negro desordenado y una sonrisa gigante.

Y la forma en la que él la mira a ella es como aspiro yo a que me miren algún día.