4. Bastian
Bastian
No dejo de mirar el reloj que hay en todas y cada una de las aulas en lo alto de la pizarra.
La anticipación me hormiguea en la yema de los dedos. Muevo la pierna de arriba abajo con fuerza y deslizo el bolígrafo entre mis dedos sin parar.
Y aunque debería estar atento, o al menos intentarlo, no soy capaz. La cabeza me va hacia todo lo que tengo que hacer hoy y, sobre todo, espera con un ansía exagerada el momento de ir a entrenar.
El baloncesto es lo único que tengo.
Lo único que me importa, sin contar a Chapi, claro.
¿Tengo un mal día? Entreno.
¿El día ha sido bueno? Entreno.
¿Estoy de mala hostia? Entreno.
Toda mi vida se resume en el baloncesto, pero no por elección propia ni como un don que me ha otorgado la naturaleza, sino porque es la única cosa que consigue hacerme desconectar.
El balón entre mis manos es como un anestésico de una culpa que a veces me ahoga. De esa sensación pegajosa y desagradable que se me aferra a la pared del estómago y no me deja ser ni disfrutar de nada porque tengo la sensación de que destrozo todo lo que toco.
—… La literatura a veces funciona como un espejo para el lector, porque deja de ver al protagonista de la historia y…
Las palabras del profesor resuenan por la clase y, aunque trato de hacerle caso, mi mente se va una vez más.
El bolígrafo se me resbala de los dedos y cae sobre la mesa. Trato de agarrarlo con rapidez para que no caiga al suelo, porque no me pienso levantar.
—¿Todo bien? —susurra Connor a mi lado.
—Maravilloso —respondo en un tono normal, y Connor me manda callar llevándose un dedo a los labios.
—Baja la voz, tío.
Aprieto los labios y vuelvo la vista al frente, ligeramente molesto. No por Connor, sino por mí. Una vez más, para variar. Lo empujo con suavidad.
—¿Tienes miedo de la gran figura de autoridad que nos está dando clase?
Connor ahoga una carcajada cuando observa a nuestro pobre profesor. Parece el típico hombre de buen corazón, frágil, que no sabe alzar la voz para hacerse respetar, y la verdad es que cualquiera de nosotros conseguiría lo que fuera si se enfrenta a él.
—El fondo sur. —El susodicho alza la voz sin dejar de escribir en la pizarra—. Silencio, por favor.
—Sí, mi capitán —digo en alto, haciendo que Connor se lleve la mano a la boca y que parte de nuestros compañeros nos miren. Alzo el mentón cuando una de las animadoras nos fulmina con la mirada y le lanzo un besito para molestarla.
—Para, tío. Para.
—¿Por qué? —Me deslizo sobre la mesa a su lado y el estuche de mi amigo cae al suelo, haciendo que todo lo que hay en su interior se desparrame formando un ruido de narices.
El señor Roberts se gira con cara de pocos amigos y clava su mirada en nosotros.
Más bien en mí. Como siempre.
Suspira colocándose las gafas.
—Siempre el mismo, señor Wolf. ¿Puede dejar de montar un escándalo?
Frunzo el ceño, molesto porque haya detenido la clase para echarme la bronca como a un niño pequeño. Aprieto los dientes con fuerza e hincho el pecho de aire.
—Ha sido un estuche, no una granada.
—¿Qué ha dicho?
No hay cosa que más me reviente que alguien escuche perfectamente lo que he dicho y quiera que lo repita.
—¿Tiene problemas de audición, profe? —pregunto con chulería, porque odio que traten de ridiculizarme.
—Wolf. No le voy a permitir ese comportamiento en mi clase.
Me encojo de hombros sin apartar la mirada de él.
—No he hecho nada.
—¡Distraer a sus compañeros!
—¿A mis compañeros? —Entrecierro los ojos y me inclino ligeramente—. ¿O a usted?
Eso termina de desestabilizarlo por completo y no puedo evitar sonreír satisfecho cuando se pone rojo de la rabia.
—Es usted un… maleducado.
Suelto una risita suave y me apoyo en la mesa para arrastrar la silla. Agarro la mochila y me levanto, con los ojos de todos mis compañeros sobre mí.
El profesor me observa entre confundido y horrorizado. Supongo que no le aporta mucho valor como figura de autoridad que uno de sus alumnos se vaya por su cuenta.
—Hasta mañana. —Le guiño un ojo mientras farfulla.
—¡Vuelva aquí ahora…!
Salgo sin prestarle atención, con una sensación desagradable. Pero, entonces, un cuerpo choca contra mi pecho y maldigo mentalmente.
Bajo la vista y me encuentro con la chica de esta mañana.
La del autobús.
Aprieto los dientes. Ella da un paso hacia atrás colocándose las gafas redondas de montura fina que ocupan gran parte de su cara.
—Perdona —dice bajito.
—Perdonada —gruño.
Intento seguir mi camino y ella parece que también, solo que nos movemos en la misma dirección y nos chocamos de nuevo.
—Ay, Dios… —dice ligeramente avergonzada.
Desvío la mirada hacia ella cabreado, porque de forma inconsciente me está impidiendo ir a la cancha cuando es lo único que deseo en esos momentos.
Le hago un barrido para nada disimulado y arrugo un poco el ceño. Efectivamente, parece una señora mayor en el cuerpo de una adolescente.
Levanta la cabeza y se da cuenta de mi descarado escrutinio, pero no dice nada. A mí alguien me mira de esa forma y me falta tiempo para decirle algo.
Parece que mueve los labios para soltar algo, pero, con el follón que hay, no escucho nada. Me inclino hacia ella.
—¿Qué? —alzo la voz.
Da un botecito bastante gracioso cuando se da cuenta de nuestra cercanía.
—Oye. —Hago una pequeña mueca y entrecierro los ojos—. ¿Tan feo soy?
Me mira con una expresión de confusión y desvía la mirada como si la incomodara mirarme de frente.
—Yo no he dicho eso.
—Pero has reaccionado como si lo fuera.
—No es eso. Es que… —carraspea—. No te esperaba tan cerca.
Vuelvo a mi posición inicial para darle más espacio.
—No pienses cosas raras, ¿eh? —Niego con la cabeza—. No eres para nada mi tipo, así que puedes estar tranquila.
Me mira despacio, como si no pudiera creerse lo que he dicho, pero es la verdad. No es mi tipo. Y no es nada malo, ¿o sí?
—¿Qué? —pregunto de nuevo.
—Lo dije en el bus y lo sigo diciendo ahora. Eres un maleducado.
Lanzo una carcajada sonora al aire y me humedezco los labios.
—No, perdona. Soy sincero, que es diferente.
—¿Alguien te ha pedido tu opinión? —se enfrenta, y su coleta se desliza por su hombro—. No, ¿verdad?
—No, pero…
No me da tiempo a responder porque ella sigue hablando, como si le hubieran dado cuerda.
—Hay cosas que no hace falta decir en voz alta…, aunque las pienses.
No grita. No se enfada. No pierde los nervios.
—¿Por qué?
Desvío la mirada confuso y saludo con un gesto de cabeza a uno de los chicos del equipo que pasa por allí.
—Pues…, porque no. —La observo de nuevo y no se me pasa por alto cómo desvía la mirada, hasta que la clava de nuevo en mí y me fijo en su iris marrón con el borde de la pupila verde—. No te he preguntado si soy tu tipo y no es…
La interrumpo con sequedad.
—Porque no lo eres.
Se coloca un mechón de pelo que tiene suelto detrás de la oreja y no se me pasa por alto cómo hincha el pecho de aire.
—Es que no me importa.
Su respuesta me pilla por sorpresa, y no porque le dé igual lo que yo piense o no (que tiene sentido, porque no nos conocemos de nada), sino por decírmelo de frente, sin decorarlo para que no me sienta ofendido, pero con una calma y una calidez que envidio.
—A mí tampoco me importa.
—Pues mira tú qué bien. —Apoya el peso de su pequeño cuerpo sobre una de sus piernas—. A ninguno nos importa lo que diga el otro.
—Eso es —espeto con brusquedad.
Desvía sus ojos detrás de mí y su expresión cambia.
Movido por la curiosidad, giro el cuerpo para ver qué es eso que le ha hecho poner esa cara.
El pasillo está más o menos concurrido y al fondo veo al gilipollas de Grayson que se dirige hacia nosotros. Se me revuelve el estómago. No soporto a ese tío.
Cuando me giro, ella ya está caminando en dirección contraria.