3. Bee
Bee
River Valley, nuestro instituto, destaca entre los rascacielos altísimos como un referente de la arq uitectura neoclási ca, de ladrillo rojo, columnas y vidrieras inmensas.
Las escaleras se alzan imponentes hasta la entrada y son el punto de encuentro de casi todos los estudiantes antes, durante y después de las clases.
Es una zona que siempre tiene gente, da igual la hora del día que sea. Llueva o nieve. Haga frío o calor.
Cada escalón tiene asignado su grupito, y es el mismo que para las mesas de la cafetería.
Arriba del todo está la élite, compuesta por animadoras y deportistas en general.
El grupito con ciertos hábitos tóxicos, o para nada saludables si hablamos de menores de edad, está abajo del todo, medio camuflado por los arbustos que bordean parte de las escaleras para poder fumar.
Y en los escalones del medio estamos todos los demás: los de artes, los alternativos, los frikis y cualquier otro grupo social que puedas imaginar.
Entramos al hall después de que Arias se despida de nosotras y se quede con sus compañeros de equipo.
—¿No te ha parecido superemocionante que hayamos estado hablando con la estrella de los Rivers y con el base? —pregunta Adri con un brillo en los ojos.
—No me ha parecido muy emocionante, Adri. Si la estrella es Bastian, lo siento, pero es un borde de cuidado.
—Bueno, sí. Supongo que parte del éxito se le habrá subido a la cabeza… Es el mejor del equipo.
—¿Es el capitán?
—No.
—Pero has dicho que es la estrella…
Adri asiente como si fuera lógica pura y resopla cuando ve mi cara de no entender nada.
No me gusta el deporte. Me interesan más otras cosas.
—Son cuestiones diferentes, Bee. Es el mejor, pero no tiene ni de lejos la actitud que se espera de un capitán. Tú misma lo has visto.
—Ya. Puede que tengas razón.
—Siempre la tengo. —Me da un codazo suave que me arranca una sonrisilla.
—Oye, ¿y tú cómo te enteras de todas estas cosas?
Resopla, apartándose el pelo de la cara.
—El periódico del insti lo tiene en el punto de mira muchas veces.
Nos reímos, y miro por encima de la montura de mis gafas el reloj que cuelga encima de secretaría.
—¿No es eso lo que suele ocurrir en tus libros?
Frunzo el ceño y la miro de nuevo.
—¿El qué?
—Ese tipo de encuentros con el chico popular y misterioso.
—A ver… Sí. Pero es distinto.
Y es que, aunque los libros que más me gustan son exactamente así, las protagonistas que se encuentran con el chico borde acostumbran a sentir mariposas, e incluso a través de los ojos de él perciben algo más, algo intenso que las incita a querer saber más.
Lo que yo he experimentado ha sido una incomodidad pegajosa, y eso no se parece en absoluto a lo que leo.
—Adri, es mejor que dejemos a los chicos malos y misteriosos para los libros. —Suspiro—. En la vida real son bastante decepcionantes.
Alzo la mirada de nuevo al reloj y ahora sí que tengo que marcharme a clase.
—Oye. Luego nos vemos, ¿vale?
Adri asiente con los ojos enormes y subo las escaleras que me llevan a la segunda planta.
Asomo la cabeza y aún no hay demasiada gente, por lo que puedo relajarme y sacar mis cosas con tranquilidad.
Abro mi agenda para revisar todas las cosas que tengo que hacer hoy. Admito que tachar cosas me da una paz inexplicable.
Pero, para mi desgracia más absoluta, el silencio se evapora cuando un grupo de adolescentes entra en mogollón.
Bajo la vista para no cruzarme con los ojos de nadie, y espero con una calma fingida a que empiece la clase de una vez.
Y es en ese momento en el que unas manos grandes con las uñas cuadradas se posan con brusquedad sobre mi pupitre haciendo que dé un bote sobre mi asiento.
—Hola, Bella.
Ay, no.
Aprieto los labios cuando veo a Garret Grayson apoyado sobre mi mesa, con el cuerpo inclinado hacia delante y su cara demasiado cerca de la mía.
Mi reacción natural es echarme hacia atrás hasta que mi espalda choca con el respaldo de la silla.
—Vaya… Hola, Grayson.
Esboza una media sonrisa, de una forma un tanto exagerada, y se toca el pelo castaño.
—Te estaba buscando.
Me ajusto las gafas, forzando una sonrisa.
—¿A mí?
—¿A quién si no? —responde con un tono de voz demasiado exorbitante para un chico de diecisiete años—. A veces eres tan…
Me quedo ojiplática esperando uno de sus comentarios. Esos que él debe de pensar que son ingeniosos, pero a mí, por lo menos, me sientan como una patada en el estómago.
No puedo dejar de mirar la puerta deseando que venga de una vez la profesora.
Líbrame de él, por favor.
—¿Tan qué?
Sonríe aún más, como si la respuesta a su pregunta fuera demasiado obvia, y desvía sus ojos azules por mi pupitre.
Enarca una de sus cejas y agarra mi agenda como si tuviera el derecho de hacerlo solo por ser el capitán del equipo de fútbol. Estiro la mano para alcanzarla, pero es más rápido que yo y se aparta para poder ojearla.
La rabia y la vergüenza se apoderan de mí. Son mis cosas y ni él ni nadie puede cogerlas sin permiso.
—¿Me la puedes devolver? Por favor… —digo con una calma fingida.
Frunce ligeramente el ceño no sin antes echar un vistazo a lo que hay dentro de una forma exagerada. Estirando los brazos y ladeando la cabeza.
—¿De verdad te apuntas todo lo que tienes que hacer durante el día?
—Sí —respondo sin poder disimular la irritación que me provoca que, encima de fisgonear en mis cosas, se ría de mí. Frunzo el ceño—. ¿Qué pasa?
—Es… raro.
—¿Por qué?
—¿Quién hace eso? Vamos a ver… —Siento su burla como un puñetazo en el ojo.
Hincho el pecho de aire y me incorporo para arrancarle la agenda de las manos.
—Pues yo.
Y para mi grandísima suerte, la profesora Agramonte aparece en el aula y cierra de un portazo. Me pongo rígida al instante.
—Siento el retraso… —Se calla de golpe—. Señor Grayson, ¿qué hace en mi aula?
Él se gira con tranquilidad.
—He venido a ver a una amiga.
La profesora Agramonte alza las cejas y me mira. Lo que me faltaba.
—Las visitas en el descanso —suelta con brusquedad—. Salga de mi clase, por favor.
—¿Seguro? La aviso de que tenerme en su clase le suma puntos.
Aprieto los ojos y rezo para que se calle y se vaya ya.
—¿Y eso por qué?
Se encoge de hombros como si fuera algo obvio.
—Soy el capitán del equipo de fútbol.
—¿Y?
—¿Cómo que «y»? Con eso es suficiente.
El murmullo y las risas de mis compañeros acompañan las tonterías que dice Grayson, y eso no hace más que hinchar su enorme ego.
La profesora suspira cansada de sus comentarios.
—Salga de mi clase. Por favor.
—Usted se lo pierde. —Antes de irse, me susurra en voz baja—: Luego nos vemos.
Espero que no.