El 7 de River Valley 2. Bee
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2. Bee

Bee

—¡Ay, Dios! —exclamo, levantándome de golpe y con el corazón en la boca del estómago. ¡Bloom! Ahogo un grito al tropezarme con mis propios pies para no pisar a mi conejita de orejas caídas—. Casi te espachurro. Por Dios.

Después d e darme la ducha más rápida de mi vida, y con la toalla mal puesta alrededor de mi cuerpo, avanzo hacia la silla donde anoche dejé mi ropa preparada, algo sencillo: vaqueros y jers ey de cuello alto marrón. Es en momentos como este en los que agradezco ser tan odiosamente organizada.

Me hago una coleta rápida peinándome con los dedos para no perder mis ondas naturales. Me pongo las gafas porque sin ellas soy un auténtico topo y voy directa a la cocina para coger algo de comer.

Lo que sea.

Camino sobre la moqueta y, por el silencio que se respira en casa, mi padre quizá esté durmiendo, aunque lo más probable es que no se haya acostado todavía. Está demasiado obsesionado con su trabajo.

Con la luz residual que entra por las ventanas, avanzo hasta colocarme frente a los armarios superiores de la cocina. Me pongo de puntillas para coger el paquete de pan y, cuando me doy la vuelta, casi se me cae de las manos.

—Qué susto me has dado, papá.

Me observa desde el umbral de la puerta, con el pijama arrugado mientras se frota los ojos con fuerza.

—¿Todo bien? —pregunta a la vez que bosteza.

Le dedico una sonrisa tensa y con la boca llena respondo:

—Me voy, que no llego.

Paso por su lado con la esperanza de que me frene para darme un beso en la frente o algo. Pero no lo hace. Nunca lo ha hecho.

—¿Vienes luego a comer? —pregunta, ocupando el lugar en el que estaba yo hace un segundo.

—Papá…, siempre como en el instituto.

—Es verdad, hija. —Niega con la cabeza—. No sé dónde tengo la cabeza últimamente.

Alzo las cejas.

—¿Últimamente?

—¿Has quedado con Jazmín? —Ignora mi comentario.

Le digo que no con un gesto porque, aunque todas las mañanas vamos juntas al instituto, hoy no es ese día. Con suerte podré coger el autobús que pasa por mi casa, y, si no, no me quedará otra que pillar el tren y rezar para llegar a tiempo a clase.

¿He dicho ya que odio llegar tarde?

—Papá. No llego. Me voy.

Y salgo corriendo de casa sin quedarme a escuchar lo que sea que tenga que decirme. Bajo corriendo las escaleras de mi edificio y miro a ambos lados cuando planto los pies en la acera, que todavía tiene restos de nieve.

Avanzo deprisa a través de la avenida llena de arbolitos sin hojas, pero es cuestión de semanas que se llenen de flores y hojas.

Rezo a todo lo que conozco para que el bus no haya…

No. No. No. No.

El autobús amarillo está al fondo de la calle, recogiendo a un par de adolescentes, y entonces hago otra de las cosas que más odio en el mundo: correr.

Con la mochila resbalándose por mi hombro, tratando de no pisar ningún trozo de hielo y partirme la crisma, con las gafas deslizándose por mi nariz y medio asfixiada, suplico en voz baja para que el autobús no arranque y me dejé ahí plantada con cara de tonta.

—Por favor…, no te vayas… —jadeo en voz baja sin dejar de corr er.

Las puertas se cierran y pierdo toda la esperanza de llegar, pero, aun así, no paro de correr, porque detenerme solo incrementaría mis posibilidades de llegar tarde a clase, y de verdad que me niego.

No soportaría tener que entrar cuando todo el mundo está sentado y atendiendo al profesor. Ni muerta.

Me planto frente a las puertas cerradas y las golpeo con fuerza, con el corazón en la garganta y toda mi vergüenza en el asfalto.

Y de la dignidad ya ni hablamos.

Me fijo en el conductor y canto victoria en voz baja.

Es el majo.

Su gesto de lástima y el sonido de las puertas abriéndose terminan de calmar mi corazón.

Subo las escalerillas todavía jadeando.

—Gracias por abrirme, Toni.

—Anda, venga. —Mueve la cabeza y me sonríe centrando la vista en la carretera—. Siéntate.

Observo el interior del autobús, y es entonces cuando todo el alivio que sentía hace aproximadamente dos segundos se evapora y es sustituido por un ardor insoportable en las mejillas al ver que todos están mirándome.

Igual no habría sido tan mala idea lo de perder el bus.

Sé que debería estar más acostumbrada a que me miren, al final, nuestro día a día se basa en eso, ¿no?

Siempre hay alguien mirando, observando y juzgando lo que hacemos.

Forma parte de nuestra realidad. Pero no logro acostumbrarme, porque me da la sensación de que solo me observan con detenimiento cuando hago algo que se sale de lo socialmente estipulado.

Vamos, cuando hago el ridículo.

Avanzo por el pasillo tratando de esquivar algún pie que sobresale y, sobre todo, las tiras de las mochilas, porque no sería la primera vez que cuelo el pie en una de ellas y me caigo de bruces.

Todo parece volver a la normalidad y la gente sigue con sus conversaciones. Eso significa que vuelvo a ser invisible. Porque no soy del grupo de las populares ni destaco por mi belleza explosiva.

No soy el tipo de chica por la que el interés amoroso haría arder el mundo entero. Más bien soy esa con la que se cruzaría sin darse apenas cuenta.

Busco un asiento libre sin levantar los ojos del suelo para que no conecten con nadie.

—¡Bee!

Alzo la cabeza al escuchar la voz de una de mis mejores amigas, y siento alivio y vergüenza a partes iguales: alivio porque ella es mi salvación en ese autobús, y vergüenza po rque su grito me pone en el punto de mira.

Otra vez.

Levanta la mano para que la vea, como si su larguísima y voluminosa melena de color rojo vino no llamara la atención entre los demás. Sonrío sin apartar mis ojos de los suyos, que me miran vivos y redondos. Son increíblemente azules.

Me agarro al reposacabezas de mi asiento para no perder el equilibro y, sin desearlo, mis ojos chocan con los del chico que está sentado justo detrás de mí.

Tiene los iris más azules que he visto nunca, pero no ese azul intenso como el de mi amiga, sino un azul hielo casi blanco que congela. Su expresión de desagrado tampoco ayuda en absoluto a suavizar la dureza de sus ojos.

—No te esperaba —dice mi amiga con una sonrisa gigantesca.

—Ni yo. —Ahogo un quejido cuando me dejo caer en el asiento—. Empieza bien la mañana…

Apoyo la cabeza en el respaldo y me quedo observando el techo tratando de recuperar el aliento y las ganas de vivir.

—¿Qué ha pasado?

Giro la cabeza sin despegarla del asiento.

—Me he dormido.

Adriel alza las cejas, sorprendida, y yo sonrío con sua­vidad.

—¿Beatrice Holder durmiéndose? —suelta en un tono de lo más cómico—. No me lo puedo creer. ¡Esto es inaudito!

Me rio con demasiada fuerza y niego con la cabeza.

—Anoche me acosté un poco tarde…

—Ah. Claro —asiente como si todo empezara a cobrar sentido. Entrecierra los ojos y sonríe con malicia—. Uno de tus machos sexis te ha tenido toda la noche en vela, ¿no?

Echo un vistazo rápido a mi alrededor porque ese comentario, sin un contexto previo, puede parecer algo que no es. Y no, ningún hombre me tiene en vela por las noches. Al menos ninguno de carne y hueso.

Mi realidad no es otra que enamorarme de personas que no existen.

Asiento con la cabeza.

—¿Lo conozco?

A ojos de cualquiera puede parecer que Adri es una lectora voraz igual que yo, pero creo que jamás ha podido terminarse un libro. Supongo que su caos mental se lo impide, y es que mi amiga tiene la capacidad de hacer diez cosas a la vez mientras piensa en otras veinte distintas.

Pero me conformo con que me pregunte sobre los libros que leo y me preste atención como si fuera lo más interesante que va a escuchar jamás.

Y la quiero mucho por eso.

—No. Es un libro que empecé anoche y me atrapó de una manera que…

—¿Por la trama? ¿Está interesante?

—Bueno, se podría decir que la trama tiene el pelo rubio y los ojos verdes.

Adriel se ríe con todo, sin disimular, sin sentir vergüenza, y hace que yo también me ría.

—¿Podéis callaros?

Una voz grave y rasposa me cierra la boca de golpe y me quedo rígida en mi sitio. Busco a Adri con los ojos, pero ella ya está observando al dueño de la voz.

Giro la cabeza y me encuentro con unas manos grandes que aprietan el respaldo de mi asiento. Alzo los ojos para mirarlo.

Su pelo negro cae desordenado por su frente rozando las cejas oscuras y fruncidas. Tiene la nariz recta y la mandíbula marcada. Sus labios están en tensión.

—Ay, perdón —dice Adri con una sonrisa, y se queda ligeramente congelada cuando se da cuenta de algo—. ¿Bastian?

El chico alza las cejas como esperando que mi amiga siga hablando.

—¿Qué pasa? —dice él sin cambiar su expresión de fas­tidio.

—No, nada. Que creo que nunca habíamos hablado.

Él se encoge de hombros.

—¿Y por qué deberíamos hacerlo?

Odio los enfrentamientos. Y no tienen por qué ser violentos ni mucho menos, pero a mí ya me lo resultan si implican decirle a alguien que no se está comportando bien, que no haga algo que te está molestando… No suelo enfrentarme, cojo y me marcho. Me resulta más fácil y llevadero.

Pero, al igual que le pasaba a mi madre conmigo, a mí me ocurre con mis amigas. Cuando dañan a la gente que me importa, me sale una vena protectora que barre toda mi vergüenza y compostura, y me lanza al vacío para defender a los míos.

Hincho el pecho de aire y, después de ver la carita que se le ha quedado a Adri, me dirijo al tal Bastian, que de educación parece saber bastante poco.

—Oye —le hablo a él, más nerviosa de lo que me gustaría—. No creo que haga falta decir las cosas así…

Clava sus ojos en mí.

—No he dicho nada malo. No os conozco; no tengo por qué hablar con vosotras.

—Se llama educación. ¿En tu casa no te han enseñado lo que es eso?

Su gesto cambia, y la mandíbula que antes se le marcaba ahora destaca el doble. No se me pasa por alto cómo aprieta las manos contra el respaldo de mi asiento.

—¿Y a ti no te han enseñado a no vestirte como una abuela? —responde, haciéndome un repaso hasta lo que le alcanza la vista.

Mis mejillas arden de inmediato y mi pecho se hincha de rabia. ¿Me acaba de llamar abuela?

Abro la boca para responder, pero su amigo le pasa el brazo alrededor del cuello y rompe nuestro contacto visual.

—Bueno, bueno. Yo creo que es mejor dejar el tema. —Nos dedica una sonrisa—. Mi amigo tiene mal despertar. No se lo tengáis en cuenta.

—Eso no justifica su falta de… —añado con la intención de seguir con el tema. Me molesta mucho que se justifiquen ciertas actitudes que no tienen nada que ver.

—Es una persona altamente complicada.

Bastian fulmina a su amigo con la mirada.

—Yo no soy complicado.

—No. Claro que no —suelta con una ironía que hace reír a Adri—. Solo eres difícil de tratar.

—Tú no, ¿verdad?

—¿Yo? —responde en un tono exagerado—. Yo soy increíblemente fácil de tratar.

—Sí. Y en otros campos también. —La pulla de Bastian parece no causar ningún efecto real en su amigo, que sonríe juguetón.

—Capullo.

—¿Sois así de intensos en la cancha? —pregunta Adri como si estuviera presenciando una obra de teatro.

El chico agradable niega con la cabeza.

—En la cancha somos hombres respetables y serios.

—¿Cancha? —pregunto ligeramente desorientada, porque parece que Adri sabe quiénes son, pero yo estoy perdida. Bastian me mira con las cejas en alto, como si todo el mundo tuviera que saber quiénes son.

—Son de los Rivers —aclara mi amiga, pero mi cara sigue siendo un poema.

—Baloncesto —contesta el borde de oj os azules con un tono excesivamente mordaz—. ¿Sabes lo que es? ¿O es que solo lees sobre tíos buenorros? ¿Es eso lo único que aparece en tus libros?

Tierra trágame.

Entrecierro los ojos, avergonzada porque haya escuchado nuestra conversación.

—Dudo que sepas lo que aparece en mis libros. O en cualquier libro, de hecho.

—Ah. —Arruga el entrecejo y la soberbia con la que habla no hace más que irritarme—. ¿Y eso por qué?

No solo me ha llamado abuela y ha sido un maleducado, sino que encima se mete con lo que leo sin tener ni idea de nada.

—No creo que tengas la capacidad suficiente para entenderlos.

Me giro y me dejo caer sobre mi asiento sin darle opción a contraatacar.

—Uuuf —bufa el amigo—. Te ha partido, tío.

—En sus mejores sueños.

—Más quisieras —musito entre dientes.

Adri vuelve a su postura inicial y coloca la mano sobre mi pierna.

—Tranquila. Ya sabemos cómo son los deportistas.

—Adri, eso no es excusa.

Ella se encoge de hombros sin saber muy bien qué decir.

—Supongo que no.

Nos quedamos en silencio, hasta que la cabeza del chico de piel oscura se cuela entre el hueco de nuestros asientos.

—Perdón —se disculpa con una sonrisa—. Solo quería preguntaros vuestro nombre.

Mi amiga responde sin pensárselo dos veces.

—Adriel, pero me llaman Adri.

—Yo soy Connor, aunque todo el mundo me llama Arias.

Ambos me miran, esperando que hable.

—Beatrice, pero me llaman Bee.

—Bzzz. —Arias hace el zumbido de una abeja y pongo los ojos en blanco, porque es la misma broma de siempre—. Era coña. Espero que no te moleste.

—En absoluto.

—Cuidado con las abejas, cuando menos te lo esperas, pican.

La voz grave de Bastian me hace tensar la espalda de nuevo y, cuando voy a fulminarlo con la mirada, él ya se ha levantado del asiento y está dirigiéndose a la salida.

—Y él es Bastian —dice Arias en un tono más bajo—. Pero para todos es la Bestia.