1. Bastian
Bastian
Después de estar casi una hora y media entrenando en el sótano de casa, me cuel o en la ducha y me dejo hacer.
Apoyo las manos contra los azulejos de la pared y permito que el chorro de agua caliente caiga sobre mi nuca. Cierro los ojos, buscando un poco de paz, pero no tarda ni diez segundos en romperse.
Unos golpes fuertes hacen saltar por los aires mi momento de tranquilidad. Aprieto los dientes con fuerza y trato de ignorarlos, pero los golpes no hacen más que incrementarse.
—¡Bastian! Vas a llegar tarde —grita mi tío Luis al otro lado de la puerta.
—Joder —murmullo entre dientes, cerrando el grifo y pasándome las manos por la mata de pelo mojada para apartarla de mi cara—. ¡Lo tengo todo controlado!
—Sí…, ya veo —responde con su habitual tonito que me saca de quicio.
—¿No tienes que atender a un crío de nueve años antes que a mí?
Cuando salgo de la ducha y me enrollo una toalla a la cintura, escucho su risita en el pasillo.
—Tengo dos niños a los que criar, por eso estoy aquí.
No me lo puedo creer.
Abro la puerta de golpe, con la rabia bullendo por todo mi ser.
Ahí está mi tío, con su habitual sonrisa vacilona, su pelo corto y sus ojos marrones sobre mí. Lo escudriño sin dejar de agarrar el pomo.
—¿Qué? —gruño.
—Vístete, anda.
Me mira de pies a cabeza y se detiene en mi torso desnudo. Sé perfectamente que está observando el tatuaje que tengo sobre el pectoral izquierdo, el cual simula el hueco de un corazón. Como si me lo hubieran arrancado y parte de mi pecho se hubiera quedado resquebrajado.
Sonrío de medio lado, porque, el día que lo vio, se llevó las manos a la cabeza, pero no iba a parar. Ese tatuaje abrió la veda para todos los que me hice después.
—¿Sabes? Había pensado ir así al instituto —respondo en un tono vacilón, chasqueando la lengua—. Me apuesto lo que quieras a que a muchas les gustaría.
—Seguramente les encantará verte aparecer con una hipotermia.
Fuerzo una sonrisa tensa, molesto porque mi tío suele tener el mismo humor ácido y punzante que yo.
Quizá por eso choco mucho más con él que con mi otro tío Don. Ese hombre es la bondad personificada.
Suspiro ligeramente irritado porque quiero que se vaya y me deje tranquilo. ¿Qué parte de «no me hables por la mañana» no ha quedado clara en los casi diez años que llevo viviendo con ellos?
—¿Algo más?
Alza la cabeza y fija la mirada en mi pelo. Nuestra diferencia de altura es casi cómica.
—Péinate. Hazme el favor.
Y se marcha sin darme opción a réplica.
Cierro la puerta del baño con todas mis fuerzas, tratando de descargar parte de mi enfado, y atravieso el pasillo para ir a mi habitación, pero el cacique de mi primo pequeño pasa corriendo sin mirar. Me paro en seco para no chocarme con él.
—¡Chapi! —grito, y me agarro la toalla a la cintura para que no se me caiga y me quede en pelotas—. ¡Ve con más cuidado!
Mi primo pequeño frena en seco y me sonríe enseñándome todos los dientes, o al menos los que le quedan, porque ya se le han caído unos cuantos. Está graciosísimo sin una de las paletas.
—¿Adónde vas con tanta prisa?
—¡A abrir la puerta! —vocifera con fuerza, y echa a correr escaleras abajo.
Niego con la cabeza, revolviéndome el pelo para que deje de estar pegado como si hubiera recibido un lametón, y cierro la puerta de mi cuarto una vez que entro.
Justo cuando me estoy terminando de subir los pantalones, la puerta de mi habitación se abre de golpe y me giro como un resorte.
—¿Dónde está mi chico favorito de esta casa?
Mi mejor amigo entra en tromba, con los brazos extendidos y una sonrisa radiante. Pongo los ojos en blanco y termino de abrocharme el botón.
—¿Y tu puta educación? —protesto, frunciendo el ceño—. Por un minuto no me pillas en pelotas.
Connor levanta las cejas sin dejar de sonreír; sus dientes blancos contrastan con su piel oscura.
—¿Me estás queriendo decir algo, Wolf?
Pongo los ojos en blanco una vez más y le doy la espalda para coger la camiseta y enfundarme en ella.
—¡Pírate! Eso es lo que te quiero decir.
—Pero si acabo de llegar. —Su tono burlón me desespera porque Connor siempre está bromeando.
Lo fulmino con la mirada cuando termino de ponerme la camiseta y acto seguido me coloco la sudadera sin capucha de color gris.
—¿Y quién te ha invitado?
Enarco las cejas a la espera de una de sus respuestas rápidas, porque el tío es capaz de salir de cualquier situación con una contestación que no esperas.
Y, encima, con humor.
—¿Desde cuándo necesito invitación? Con una vez vale.
—Y esa vez de la que hablas ¿en qué momento ha sido? No la recuerdo.
—Hace más de diez años, animal. —Me guiña un ojo.
Niego con la cabeza tratando de ocultar una sonrisa.
—Eso no vale como invitación para toda una vida, Connor. Teníamos…
—Seis años, lumbreras —responde antes de que yo pueda decir nada.
Sacudo la cabeza y decido dejar el tema. Connor lleva entrando en esta casa como si fuera la suya desde que nos conocimos un verano cuando éramos unos enanos, antes de que me mudara aquí de forma permanente.
No tiene sentido llevarle la contraria, en el fondo tiene razón.
—Mentira —niego con rotundidad.
—Venga, anda. —Me da un codazo suave—. ¿Cuándo vas a asumir que tu familia me adora?
Entrecierro los ojos pensando qué responder a eso, pero mi atención se desvía a su cuerpo desgarbado, su sudadera ancha y los pantalones caídos. No se me pasan por alto las ojeras que cuelgan de sus ojos, ni lo mucho que se le marcan los pómulos.
—Oye, ¿cómo estás? —suavizo el tono.
Se encoge de hombros sin dejar de sonreír.
—Bien.
—Connor…
Echa el aire y aparta la mirada a las playeras desgastadas.
—Estoy bien, ¿vale? —Me mira—. Estaré bien.
Aprieto los dientes porque sé que nunca me va a pedir ayuda, ni aunque la necesite de forma desesperada.
Connor es experto en ocultar su dolor y parte de su armadura es el carácter que tiene: cálido, cercano y vacilón.
Es como un rayo de luz. Aunque nunca se lo haya dicho.
Carraspeo y no insisto más. En todos los años que llevamos siendo amigos, vecinos y compañeros de equipo, hemos establecido un código de respeto según el cual ninguno nos presionamos para contarnos nuestras mierdas, aun sabiendo que las hay.
Simplemente estamos el uno para el otro, de una forma distinta.
—Vamos, venga. —Corto la conversación, agarrando la mochila—. El infierno nos espera.
Cuando bajamos las escaleras, mis tíos están terminando de adecentar a mi primo, Charlie. Casi todos lo llamamos Chapi. De pequeño no sabía decir su nombre y se llamaba a sí mismo de esa forma. Y todos sabemos lo que pasa con este tipo de cosas, que te quedas con ello.
Me quedo observándolos un momento. Mis tíos siempre me par ecerán una pareja de lo más curiosa, muy distintos pero que se complementan a la perfección.
—Nosotros nos vamos —carraspeo antes de plantarme frente a ellos.
Don me observa con sus ojos azules, a través de sus pequeñas gafitas. Cuando se pone nervioso, a veces tartamudea al hablar.
—¿Estás seguro de que no necesitas el coche?
—Llévatelo tú, no hay problema.
Me dedica una sonrisa amplia que hace sus mejillas aún más graciosas y rechonchas.
—¿A qué hora vienes hoy? —pregunta Luis.
Suspiro con pesadez, apretándome con dos dedos el puente de la nariz.
—Tarde, como siempre.
—Pensaba que, ahora que se acaba la temporada, igual…
—Quedan unos meses todavía —espeto cortante.
Aprieta los labios y aparta la mirada, como si no supiera qué más decir o hacer conmigo.
A veces me sorprendo a mí mismo deseando que, al igual que hacen con mi primo, me den una palmada en el hombro y me deseen un buen día, pero yo no soy Chapi.
Yo no tengo nada bueno que ofrecerles.
Las bestias como tú no merecen más que palos.
—¿Vais a ganar?
La voz de mi primo me hace agachar la cabeza para mirarlo, y parte de mi malestar se disuelve; él es el único que consigue hacer que no me ahogue en mi mierda.
—Claro que sí. —Le revuelvo el matojo de pelo rubio al tiempo que le dedico una media sonrisa—. Pórtate bien, ¿vale? —Arqueo las cejas y él asiente—. Luego nos vemos.
Le hago un gesto cómplice y centro mi atención en Connor, que nos observa con un evidente brillo en los ojos.
—Vamos —exijo en voz baja y salgo por la puerta.
—Hasta luego, familia.
«Familia». Esa palabra suele ser como una astilla que no ves, pero que sabes que está ahí. Un dolor constante y lacerante que te recuerda todos los días que hay algo que no está bien y que deberías arreglar.
Y para mí, es el vivo recordatorio de que yo perdí a la mía porque no la merecía. Por animal. Por bestia.
Por eso terminé viviendo con mis tíos con tan solo ocho años, y no he vuelto a saber nada de mis padres, excepto alguna llamada puntual una vez al año, en mi cumpleaños. Y ni tan siquiera todos.
Me ajusto la chaqueta al sentir el frío calándome los huesos.
Suspiro, y de mi boca se escapa un vaho denso que se pierde en el ambiente. Los restos de nieve se extienden por nuestro barrio como un manto blanco que decora tejados y jardines. Hace un par de días que cayó una tormenta que lo tiñó todo de blanco, y los restos persistirán una semana como mínimo.
La calidez siempre tarda en llegar a Chicago.
—Oye, espera. —Connor me alcanza de dos zancadas—. Todavía quedan diez minutos para que llegue el bus.
—Ya —refunfuño frustrado, porque detesto ir en autobús. Desde que tengo carné, creo que lo he pisado dos o tres veces.
Odio depender de otros para poder seguir mi vida. Con el coche voy y vengo adonde me da la gana, cuando yo quiero.
«Pero tu tío lo necesita», me recuerdo.
Avanzo por la acera y miro a ambos lados cuando cruzo al otro lado para sentarme en la parada del bus. Tiro la mochila al suelo y me dejo caer sobre el banco.
Connor me da un codazo suave y lo miro.
—Aquí llega tu carroza, princesa —suelta con sorna.