EPÍLOGO
1 de enero, Año Nuevo.
─No, por favor, no me hagas esto.
La sujetó por la cintura y la inmovilizó en la cama con todo el cuerpo. Éire trató de escurrirse sin ningún éxito, porque era demasiado grande y fuerte para ella, y le tocó ponerse seria.
─No me lo hagas tú a mí, Elliot, es Año Nuevo y toca darse un bañito en Forty Foot.
─¿Por qué?
─Porque es la tradición, lo he hecho toda mi vida, como toda mi familia. Venga, ¿no querías bautizarte oficialmente como dublinés?, esta es tu oportunidad.
─Hace frío.
─Tú te sumergías en hielo después de todos tus partidos, mi amor, estás acostumbrado. ─se giró y buscó sus ojos─. Te quiero, pero me iré contigo o sin ti.
─Explícame otra vez para qué sirve.
─Sirve para purificarse, para dejar atrás lo malo y empezar de cero, ya lo hacían los celtas y ahora, además, el New Year's Day Swim recauda fondos para actividades benéficas. El agua helada te revitalizará y te sentirás como nuevo, ya verás que bien.
─Antes un beso.
La giró y le atrapó la boca con la lengua, ella se excitó al instante y devolvió el beso abrazándolo y recibiéndolo entre sus piernas.
Se abrió igual que una flor a esa pasión desbordaba que él tenía y que la contagiaba solo con mirarla, y se dejó llevar.
Se dejó amar lenta y suavemente, con esa vehemencia candente e intensa que la volvía loca, hasta que ninguno de los dos fue capaz de alargar el momento y se lanzaron a hacer el amor sin ninguna paciencia, buscando ese clímax compartido que los dejó rendidos y absolutamente satisfechos.
─Te quiero ─susurró él sobre su boca y se le acurrucó en el pecho cerrando los ojos.
─Hay que levantarse, mi amor.
─Solo diez minutos más.
─Lo siento, te amo, Elliot Clafin, pero yo me voy.
Abandonó la cama de un salto y se fue directa al cuarto de baño para darse una duchita rápida antes de ir a despertar a Violetta, que estaba pasando las fiestas en Dublín y que se había ido a la cama entusiasmadísima con la idea de darse el primer baño del año en las oscuras y frías aguas del Mar
de Irlanda.
Un tradición que se seguía en toda la costa del país, pero que su familia y amigos siempre había cumplido en Forty Foot, el famoso promontorio ubicado en Sandycove, al sur de la bahía de Dublín, donde los lugareños llevaban nadando desde hacía más de doscientos cincuenta años.
El sitio perfecto para celebrar el año nuevo, superar la resaca de la Nochevieja y encontrarse con los amigos de siempre para echarse unas risas y tomarse un café a orillas del mar.
Salió de la ducha como nueva, a la par que Elliot entraba dándole un beso en la frente, y lo detuvo para mirarlo a los ojos.
─Te lo compensaré ─Le sonrió─ Mientras te vistes, voy a preparar café caliente y bocadillos para después del baño.
─¿No es que íbamos a desayunar todos juntos aquí?
─Sí, pero nada más salir del agua un café o un té sienta de maravilla.
─Ok, tú sabrás.
─Te quiero.
Le dio un beso en el pecho y corrió a ponerse el bañador y el chándal que había dejado preparados en el vestidor. Buscó sus botas y unos calcetines gruesos y se los colocó mirando la hora.
─¿Violetta?
Cruzó el pasillo entero, porque su habitación estaba justo al otro lado de la casa, y cuando entornó la puerta para despertarla, comprobó que ya no estaba y que la cama, tal como le había pedido su padre, la había dejado hecha.
─¡Buenos días!, feliz año nuevo otra vez ─Saludó entrando en la cocina y el primero que reaccionó fue Thor─. Hola, guapo, ¿qué tal?, ¿quieres desayunar?
─¡Feliz año nuevo! ─respondió Violetta con una gran sonrisa─. Le he puesto de ese pienso de allí, papá dijo que con un tazón era suficiente.
─Eso creo, ¿qué tal has dormido?
─Genial, pero me desperté muy pronto. Quería hacer té o bocadillos para llevar. Declan me ha dicho que ellos suelen llevar una neverita con comida.
─Exacto, llevar algo de picar para después del chapuzón es fundamental ─abrió el frigorífico─, creo que tu padre tiene embutidos y queso por aquí.
─Yo ya tengo el pan de molde.
─Entonces pongámonos manos a la obra. ¿Tienes hambre?
─No, puedo aguantar hasta después del baño.
─Muy bien, aunque un yogurt te podrías tomar, si quieres. Creo que los guarda en la otra nevera.
─No, gracias, estoy bien ─se pusieron frente a frente en la isla de la cocina y Voletta la miró─ ¿Por qué no vives aquí con mi padre?
─Bueno… aún es pronto para vivir juntos. Ya sabes que tengo mi casa en el pueblo, mi oficina, mi taller, mis costumbres… no hay prisa, somos mayores para dar un paso tan importante a la ligera.
─Pues yo creo que ya sois mayorcitos para solo ser novietes que viven cada uno en una casa.
Le soltó con esa madurez de la que hacía gala, porque Violetta además de ser una cría despierta y muy inteligente, era muy madura, a veces demasiado adulta, y movió la cabeza sin saber qué decir.
─Hola, buenos días. ─Elliot entró en la cocina cerrándose su chaqueta impermeable y saludó a su hija con un beso en la cabeza─. Gracias por recoger tu habitación y no obligarme a recordártelo, cariño.
─Ay, papá, qué pesadito eres.
─Voy a sacar a Thor diez minutos. ¿Tenemos tiempo?
─Diez minutos sí.
─No tardamos nada ─Le guiñó un ojo y ella le sonrió─ ¡Vamos, Thor!
Los observó salir al patio trasero, sintiendo, otra vez, que era imposible quererlo más después de casi dos meses de “noviazgo” formal.
De relación oficial de cara a todo el mundo, y suspiró pensando que era muy afortunada.
Que haber ido aquella tarde a hablar con él sobre lo que había pasado el 7 de septiembre y acabar hablando de lo que en realidad sentía, había sido un regalo del universo.
Un regalo inmenso que gracias a Dios los dos habían sabido aprovechar y que les había cambiado la vida de la noche a la mañana.
Desde ese mismo instante no había hecho falta hablar más, ni dudar más, ni desconfiar más, ni hacerse más preguntas, simplemente habían confesado su amor, lo habían aceptado y se habían comprometido.
No con anillos o convencionalismos sociales, solo con hechos y con la certeza de que se habían encontrado en esta vida para quererse, enamorarse y estar juntos.
A partir de ese momento, habían empezado a hacer vida de pareja con total naturalidad y les estaba yendo de maravilla.
Su familia lo adoraba, a ella su madre y su hermana la habían recibido con los brazos abiertos e incluso Violetta, su a priori “difícil” hija adolescente, la había acogido sin problemas.
Aun no eran amigas ni pretendía serlo, pero la simpatía era mutua y aquello ya se podía considerar un avance extraordinario, de hecho, Violetta seguía hablando de estudiar el siguiente curso en Irlanda y para su padre esa era una señal inequívoca de que le caía muy bien y de que no tenía ningún
problema en compartir su vida familiar con ella.
Aleluya.
Sin embargo, lo cierto es que tenía clarísimo que su relación de pareja no tenía nada que ver con la que él mantenía con su hija y que, aunque por supuesto acabaría queriéndola muchísimo, porque era hija suya,
nunca dejaría de respetar escrupulosamente el vínculo que los unía y el espacio y el tiempo que Violetta necesitaría a solas con su padre.
Aquello lo había aprendido de experiencias en su propia familia y sabía que la mejor forma de llevarse bien y vivir en armonía era no invadir la vida de nadie.
Mucho menos la de Elliot como padre, porque encima era un padre extraordinario y lo amaba aún más si cabe por eso.
─¿Conoces a la madre de Declan, Éire?
Le preguntó Violetta mientras envolvían los bocadillos en papel de aluminio y ella salió de su ensimismamiento y asintió.
─Sí, pero muy poco, es de Cork y nunca ha vivido en Dublín. Creo que la he visto unas cuatro veces en toda mi vida: cuando Cillian nos la presentó, cuando nació Declan, en su bautizo y luego en su Primera Comunión.
─Declan quiso presentármela ayer por videollamada y ella le dijo que no, que no le interesaba conocerme.
─¿Ah no?, vaya ─preguntó, aunque no le extrañaba nada porque Saoirse nunca había sido muy simpática─. Bueno, igual la pillasteis en un mal momento.
─Él dice que no se llevan muy bien y que ella no soporta a los O’Sullivan.
─Eso ya no lo sé.
─¿Nunca se casaron?, digo Cillian y ella.
─No, pero Cillian se mudó a Cork para estar cerca de Declan. Ya viene tu padre, deberíamos ir saliendo.
Terminaron de llenar un par de termos con té y con café, se pusieron las chaquetas, dejaron a Thor tranquilo en su cama favorita y en cuánto se subieron al coche se puso a llover.
─Madre mía, ahora la lluvia ─Protestó Elliot desde el asiento del copiloto.
─Esto es Irlanda, claro que hay lluvia. No seas quejica, ya verás lo bien que lo vamos a pasar.
Bromeó poniéndose el cinturón de seguridad y aceleró sintiendo cómo él posaba su inmensa mano sobre su muslo.
─¿Sabes qué?, acabo de leer un correo electrónico de la Galería Maddox donde me dicen que la lista de espera no se ha movido y que ya no tengo opciones para comprar un “Éire Reilly”.
─¿En serio? ─Se echó a reír─. No te preocupes, ya te regalo yo los cuadros que quieras.
─La buena noticias es que lo has vendido todo, amor, deberíamos celebrarlo.
─Después de Lisboa.
─¿Vas a ir a Lisboa?
─Tengo que ir de compras con tu hermana, pero solo serán dos o tres días. Vente, si quieres, tenemos visitas concertadas con artesanos y textiles locales.
Pensó en la reforma del hotel de Maddy, que habían iniciado en diciembre y que iba a estar a cargo de Carol y de Seamus principalmente, porque el arquitecto responsable tenía que ser local,
y tomó nota mental de llamarla al día siguiente sin falta para contarle que al fin había conseguido que las recibieran en la Fábrica de azulejos de Sant’Anna.
Un milagro propiciado por Alex Brighton, su marchante, que conocía a los dueños.
─¡Ahí están todos!
Gritó Violetta exultante y Eliott sonrió moviendo la cabeza, porque con “todos” se refería a Declan O’Sullivan, ese niño guapísimo y tan serio del que se había hecho inseparable y del que no paraba de hablar.
─Voy a aparcar aquí mismo, más adelante será imposible.