17 #2
─Me encontré con Brian en el gimnasio y me lo ha confesado muerto de la risa, como quién cuenta que ha robado un paquete de chicles en Tesco.
─¿Perdona? ─Repitió y Carol se cruzó de brazos.
─Lo que oyes, dice que le cogió las llaves a Seamus para enseñarle a la novia la mansión de un futbolista famoso y que como no había nadie, no se les se les ocurrió nada mejor que pedir comida china y quedarse a dormir.
Cuando estaban desayunando aparecieron los jardineros, la inglesa y sus clientes, dejaron todo tirado, bajaron por el acantilado y huyeron por la playa.
─No me lo puedo creer.
─Ya le he dicho que no me hace ninguna gracia y que lo que hizo es gravísimo.
─Si un cliente se llega a enterar de algo así nos podría denunciar y el marrón me lo tendría que comer yo.
¿Cómo que le quitó las llaves a su padre?
Somos responsables de lo que pase o deje de pasar en una propiedad mientras estemos trabajando en ella.
Lo siento mucho, pero tendré que hablarlo con Seamus.
─Joder, es que…
─Como tú misma acabas de decir, es algo muy grave.
─Lo sé, si es por evitar el mal mayor.
─El mal mayor ya está hecho, Carol, y no pienso pasarlo por alto.
─Vale, si tienes toda la razón ─se levantó y le sonrió─. Siento haberte dado este disgusto.
─No te preocupes, has hecho bien diciéndomelo. No podemos ocultarnos estas cosas y por eso tengo que hablarlo con Seamus ¿Lo entiendes?
─Por supuesto, en fin… dejo la taza en el lavavajillas y me voy a casa, sigo trabajando desde allí.
─Muy bien, hasta mañana.
Desapareció por la escalera y ella se levantó con ganas de estrangular a alguien, especialmente a ese crío imprudente al que Seamus consentía demasiado.
Miró el teléfono y sintió el impulso de hacer lo que no había hecho en dos meses: leer y escuchar los numerosos mensajes escritos y de audio que le había enviado Elliot y que se había negado a abrir.
Se apoyó en la pared y empezó por el primero, que era de las 12:10 de la mañana del 7 de septiembre, y continuó con los siguientes:
“Éire, ¿qué ha pasado? No entiendo nada. Llámame, necesito saber que te encuentras bien”
“Éire, yo no le pedí a mi agente inmobiliaria que se presentara en Malahide y menos sin avisar”
“¿Todo esto por la venta de la casa?”
“Éire, ¿quieres hablarme, por favor?, ayúdame a saber qué ocurre. Hazlo por nosotros, no me dejes así”
“¿Te parece justo lo que me estás haciendo?”
“Si es por la puñetera casa, no voy a vender. Llámame y lo aclaramos”
“Penélope Campbell-Black es una provocadora, no me cabe en la cabeza que hayas entrado en sus provocaciones. Está despedida, por cierto”
“¿Me quieres castigar por algo?, si eres tan valiente para deshacerte de mí, sé valiente y llámame para decírmelo a la cara”
“¿Eres consciente acaso de lo frustrante que es toda esta situación?”
“Te echo de menos, Éire, habla conmigo, por favor. Por favor no lo dejemos así”.
“¿Qué edad tenemos?, ¿quince años?”
“¿Sabes qué”, no voy a seguir suplicando, si quieres hablar conmigo como personas adultas, sabes dónde encontrarme. La pelota está en tu tejado”
Y así suma y sigue una docena de mensajes más, que cuando terminó de escuchar y de leer le revelaron una evidencia que no podía ignorar: él había llegado a su casa aquella mañana sin saber qué estaba pasando, por qué estaba pasando y qué era lo que ella se estaba imaginado;
sencillamente porque ella se había negado a explicarlo.
En resumen, cabreada por lo que le había dicho Carol al teléfono, presionada por aquella inglesa insufrible que no había dejado de hostigarla y dando por hecho que Elliot Clafin era como era,
había elaborado rápidamente una realidad paralela que le había dolido en el alma y que ni se había molestado en corroborar con él, que era la única persona con la que tendría que haber hablado.
Entró en el cuarto de baño, se lavó la cara, se peinó un poco y decidió hacer un último acto heroico antes de esconderse para siempre debajo de la cama, que era lo único digno que le quedaba por hacer. Cogió su chaqueta y bajó corriendo a la calle, se montó en el coche y aceleró hacia la costa.
─¡Hola, Éire!
Reuben, el paisajista, le abrió la puerta de entrada a la finca y se apoyó en el marco de la ventanilla para saludarla.
─Hace mucho que no te veíamos por aquí, ya está todo terminado. Solo he venido a plantar unos nogales que me ha pedido la madre del señor Clafin.
─Ha quedado genial, Reuben, habéis hecho un trabajo extraordinario.
─Muchas gracias, yo opino lo mismo.
─¿Sabes si Elliot está en casa?
─Sí, está en la terraza del salón, acabo de despedirme de él.
─Vale, gracias, a ver si nos vemos otro día. Adiós.
Aparcó en la entrada principal, se bajó del coche un pelín nerviosa, pero sabiendo que estar allí era lo único que tenía que hacer en ese momento. Admiró unos segundos el precioso jardín irlandés y decidió bordear la casa para entrar a la terraza por detrás, sin necesidad de llamar a la puerta.
Recorrió el caminito de piedras que rodeaba la vivienda y en cuanto llegó al final, giró y miró hacia la terraza abierta al mar, localizó a Elliot Clafin solo, descansando en una de las tumbonas con la mirada perdida en el horizonte.
Una imagen que la paralizó, hasta que Thor, su precioso Golden Retriever, la reconoció, ladró y se le acercó corriendo y moviendo la cola.
─¡Hola, Thor!, guapísimo, ¿qué haces en Dublín?
─Vaya por Dios, esto sí que no me lo esperaba ─Elliot se levantó y se le acercó con el ceño fruncido─ ¿De verdad eres tú?
─Reuben me ha dejado entrar, espero que no te importe que…
─Pasa, pasa, por favor, bienvenida. ¿Quieres algo de beber?, tengo agua y refrescos, ¿un té?
─Por ahora nada, gracias, pero sí me gustaría hablar contigo, si es posible.
─Claro que es posible, siéntate ─Le indicó la tumbona libre y él volvió a la suya acariciando a su perro.
─Nunca me cansaré de estas vistas ─miró el mar y se sentó en un rinconcito del mueble con la espalda recta y sin saber dónde meter las manos─ ¿Piensas quedarte mucho tiempo en Malahide?
─El suficiente como para traerme a Thor ─sonrió─, aún no lo sé. ¿Cómo estás, Éire?
─Bien, gracias y no te preocupes, voy a ser breve. He venido a disculparme contigo, la última vez que estuve aquí perdí los papeles y me comporté de manera inadmisible.
─Bueno, yo…
─Déjame hablar, por favor, o se me va a olvidar todo lo que he venido a decirte.
─Lo interrumpió decidida a soltarlo todo de una vez y él asintió─.
Ese lunes 7 de septiembre, después del fin de semana increíble que habíamos pasado juntos, Carol me llamó nerviosa por la presencia de tu agente inmobiliaria aquí con unos clientes.
Le dije que no la dejara entrar hasta que yo llegara y su respuesta fue que Campbell-Black tenía llaves y que había pasado la noche aquí contigo.
─Eso es completamente falso.
─Lo sé, ahora sé que Carol sacó una conclusión precipitada al ver la cama del dormitorio principal deshecha y la cocina con restos de comida.
Cuando yo llegué y lo vi pensé lo mismo.
─Tragó saliva─. La cuestión es que me acabo de enterar de que el que durmió esa noche aquí fue Brian, el hijo de dieciocho años de Seamos.
Le robó las llaves a su padre y se vino aquí con su novia.
─¿Y?