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Un mes de vacaciones la había cansado casi tanto como trabajar de domingo a domingo, y no solamente porque sus “vacaciones” no habían cumplido con la regla soñada de la tumbona, silencio, aire fresco, buena comida y mucho deporte, como le habría gustado,
sino porque no estaba acostumbrada a descansar y el no hacer nada nunca había sido una buena opción en su vida.
Tras la hecatombe del 7 de septiembre, cuando había perdido los papeles y se había comportado como una auténtica loca en casa de Elliot Clafin, había decidido coger una mochila y marcharse de Irlanda.
Por una vez, tenía suficientes fondos como para viajar a dónde se le antojara, sin embargo, después de pensarlo un poco, había elegido apostar por lo seguro y poner rumbo a una de sus ciudades favoritas del mundo: Florencia.
La cuna del Renacimiento, donde había hecho el Erasmus y un verdadero paraíso para una arquitecta con alma de artista.
Esa misma noche, la del tristemente célebre lunes 7 de septiembre, había aterrizado en la capital de la Toscana hecha polvo y tras registrarse en el majestuoso Hotel Hyatt, a quinientos metros de la Galería Uffizi y del Duomo, se había metido en la cama y había llorado hasta quedarse dormida.
La única manera que había encontrado para intentar, de alguna forma, quitarse esa sensación de estafa y decepción que llevaba encima.
Al día siguiente había llamado a sus padres para contarles dónde se encontraba, había colgado y había repetido la misma fórmula: llorar y ver la tele, y así otro día más, hasta la tercera mañana en Italia,
cuando había despertado muerta de hambre y había entendido que empezaba a ver la luz y a sentirse mejor.
Ese jueves 10 de septiembre habían empezado de verdad sus vacaciones y con un coche alquilado se había dedicado a recorrer la Toscana de arriba abajo.
San Gimignano o Volterra, Siena o Porto Ercole, y había empezado a hacer fotos a campanarios, a torres, a columnas o a mosaicos, como siempre, hasta que una tarde, sentada en una terracita frente al mar en Castiglioncello,
la había atacado otra vez esa angustia tan grande que se le había metido en el cuerpo y se había vuelto a Florencia llorando.
Soltó el pincel y se apartó del lienzo que estaba pintando.
Se puso de pie, porque llevaba ya mucho rato distraída y perdiendo el tiempo, y se acercó al calentador de agua para prepararse un poco de té y tratar de retomar el trabajo.
Se asomó a la ventana para mirar el Mar de Irlanda y sin querer se acordó de ese día en el que les había enseñado su estudio y su casa a Eliott Clafin y a su madre, sin imaginarse que alguna vez iba a recordar aquello con un extraño sabor de boca.
Y no es que todo lo relacionado con él le trajera solo malos recuerdos, al contrario, su paso fugaz por Dublín le había cambiado la vida para bien en muchos aspectos; el problema no era Elliot Clafin, sino el final tan retorcido que habían tenido y que seguramente era culpa de los dos.
De ella por haberse involucrado a nivel personal con un cliente, y de él por hacer lo mismo, por haber insistido en entrar en su vida sin ninguna necesidad. Sin ninguna intención de quedarse.
Cuando se había enterado por su amiga Campbell-Black de la venta de la casa, había comprendido la importancia real que él le había dado a esa amistad que se había empeñado tanto en alimentar y mantener, y le había dolido, claro que le había dolido, la había descolocado muchísimo,
pero cuando había caído en que una simple decepción profesional se había convertido de repente en un drama sentimental de dimensiones estratosféricas, se le había venido el mundo encima.
Entender eso, que lo que de verdad la había superado no había sido la puñetera venta de la casa si no la presencia de esa mujer allí.
Esa mujer tan desagradable con la que él había pasado la noche, solo unas horas después de estar dentro de su cuerpo, eso sí que no lo había podido manejar y había colapsado por completo.
Visto desde la distancia que daba el tiempo, estaba claro que la chispa que habían provocado su pérdida de papeles había sido la frase de Carol: “Hay una mujer que ha dormido aquí con Elliot. Han usado el dormitorio principal y la cocina”, a partir de ese momento exacto,
todo había empezado a desmadrarse y ya no había sido capaz de gestionarlo y mucho menos de contenerlo.
Esa suma de sentimientos tan potentes, para alguien como ella, que era extraordinariamente independiente y que nunca había experimentado los celos o el rechazo, había acabado transformándose en angustia.
Una desazón, una congoja que la había acompañado todas sus vacaciones, que la seguía acompañando y que la había llevado directa a terapia.
Lástima que la sicóloga que le habían recomendado y a la que llevaba visitando tres semanas, insistía en hablar de amor y de relaciones, cuando ella solo quería que la ayudara a olvidar a Elliot Clafin.
─La frustración es algo muy habitual en el amor, Éire ─Le había dicho en su última sesión─, si no conseguimos de la otra persona lo mismo que nosotros sentimos o necesitamos, empiezan las tensiones. Deberías aceptar esa frustración para empezar a construir una relación…
─Ese discurso ya me lo sé y yo no estoy en esa tesitura.
No puedo sentirme frustrada con alguien con el que no tengo nada y con el que no puedo construir nada porque es un infiel absoluto, un poliamoroso declarado.
Y, por favor, no hablemos de amor, esta historia se basó en la atracción física pura y dura, y ahora solo necesito ayuda para olvidarla.
─Si solo fue una historia física y superficial, ¿por qué necesitas ayuda para olvidarla?
─Porque el conjunto de la relación ha sido un antes y un después en mi vida profesional y personal. Una catástrofe que necesito superar. Estoy agotada de sentirme así.
─Yo creo que es más sencillo que todo eso, Éire.
─¿A qué te refieres?
─A que lo que a ti te pasa es que te has enamorado de un tipo con el que tenías una aventura sexual, no eres capaz de reconocerlo y mientras no lo reconozcas, no podrás superarlo. Le pasa a cientos de personas todos los días y créeme: enamorarse no es una catástrofe, es parte de la vida.
A lo mejor había llegado el momento de cambiar de sicóloga, porque repasando sus conversaciones, solo contribuía a volverla un poco más loca.
Se sentó otra vez frente al lienzo, dio la primera pincelada y le vino a la cabeza la imagen inmejorable de Elliot Clafin en el MET de Nueva York.
Treinta y cuatro días después del 7 de septiembre se lo habían encontrado por casualidad en el museo acompañado por su hija, que era una chavalita preciosa, muy parecida a él, y a punto había estado de desmayarse, porque solo sentir esa energía que desplegaba cuando se le acercaba o la miraba,
la podía deshacer como una azucarillo en el agua caliente.
Gracias a Dios no había pasado nada, porque él se había comportado con indiferencia, guardando silencio salvo para mencionar su evidente corte de pelo (una de las medidas drásticas que había tomado en Italia buscando algún cambio) y se habían despedido como si nada.
Ella con Geraldine camino del piso que le alquilaba su agencia de modelos en Manhattan y él a seguir con su vida tan feliz, supuso, sin querer ahondar en la puñetera casualidad de habérselo encontrado en una ciudad de ocho millones y medio de habitantes, que no tenía por costumbre visitar.
─Éire, ¿puedo subir? ─Le preguntó Carol desde la escalera.
─Claro, sube. ¿Quieres un té?
─Gracias. ─Entró en el taller y se desplomó en una silla.
─¿Va todo bien?
─¿Sabías que Elliot Clafin se ha mudado? ─Aceptó la taza de té y ella sin querer dio un paso atrás.
─¿Se ha mudado?, ¿a dónde?
─¿Cómo que a dónde?, a Malahide. Llegó ayer con un camión de mudanzas y hoy ya han terminado de descargar sus cosas.
Me llamó el jardinero para contármelo y me he pasado a echar un vistazo.
Efectivamente, estaba allí. Lo he visto paseando con su madre y su Golden Retriever. ¿Isabelle no te había comentado nada?
─No solemos hablar de su primo.
Le dio la espalda sin entender nada y se sirvió otra taza de té tratando de disimular la sorpresa.
─Ya me había dicho la señora Clafin que por lo que ella sabía, su hijo no tenía intención de vender la propiedad, pero de ahí a que se viniera a vivir a Irlanda…
─¿Y qué sabemos de Lisboa? ─cambió de tema y Carol le enseñó su teléfono─. Los billetes están confirmados y Maddy me ha dicho que ha reservado un par de habitaciones para ti y para Seamus en su hotel de Alfama.
─Estupendo, con dos días bastará para hacer la valoración del proyecto, o eso espero.
─¿Por qué se habrán echado atrás con la venta de la casa?, los pobres americanos que vinieron hasta aquí se habrán quedado ojipláticos.
─Ni idea.
Caminó hacia su caballete y se sentó delante del cuadro sin ver nada, porque de repente todo se le había puesto patas arriba otra vez y sabía que iba a necesitar un par de horitas para asimilar lo de la mudanza de Elliot Clafin a Dublín.
─Ahora tengo que contarte otra cosa más delicada, Éire, y necesito que no salga de esta habitación.
─¿Qué ha pasado?
Giró la silla y la miró a los ojos.
─Prométeme, por favor, que no te vas a enfadar y, lo más importante, que no se lo vas a contar a Seamus.
─Si no sé de qué se trata no puedo prometer nada, pero sabes que puedes confiar en mí.
─Vale… ─resopló─. Elliot Clafin y la inglesa insufrible no son las personas que durmieron en su casa la noche del 6 al 7 de septiembre, acabo de enterarme de que fue Brian Horgan el que invitó a su novia a cenar y a pasar la noche allí.
─¿Perdona?
Parpadeó muy rápido, percibiendo claramente cómo se le abría el pecho en canal, porque si aquello era cierto, todo carecía de sentido y todo había sido en vano.
Si la piedra angular de su aflicción, de su ruptura total con Elliot y del bajonazo con el que llevaba lidiando los dos últimos meses no había ocurrido nunca, es decir, si la idea de que él había pasado la noche en su casa con esa mujer no era real, sino fruto de una deducción precipitada…
entonces… ¿qué coño había estado haciendo?