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─Hola, Lupe, ¿va todo bien?
Respondió a la videollamada de su asistenta y ella, desde su cocina de Londres, empezó a quejarse amargamente.
─Me he pegado un susto de muerte, señor, y no solo yo, también el pobre Thor. Esta mujer ha entrado en casa sin llamar, usando una llave…
─No me llames mujer, Lupe, para ti sigo siendo la señora Campell-Black. ─Penélope le quitó la Tablet, lo miró y él frunció el ceño─. ¿Dónde estás, Elliot?, he venido a hacer las paces contigo y me he encontrado con un comité de bienvenida de lo más hostil.
─¿Qué estás haciendo en mi casa y utilizando una llave que nadie te ha dado?
─No te pongas así, cariño, la tengo desde la última reforma, ¿recuerdas?, cuando me hice cargo de todo por ti.
─Entrégasela inmediatamente a Lupe y discúlpate con ella ─se lo ordenó y ella se sonrojó un poco y se alejó de la cocina.
─Solo he venido a pasar un buen rato contigo, amor, llevas unas semanas rarísimo y necesitas volver a tu ser. Te iba a meter en el jacuzzi, a hacerte unos masajitos, a comerte ese culo y esa…
─¿Por qué siempre te diriges a mí como si fuera un trozo de carne, Penélope? No por ser un tío me siento cómodo con estas chorradas.
─Pues eres el primer tío que se queja. Lo que a ti te pasa es que cada día estás más amargado.
─Entrega las llaves y vete de mi casa, por favor.
─Será un placer, ya no sé ni quién eres, Elliot Clafin. Menudo muermo.
─Las llaves.
Vio la mano de Lupe apareciendo delante de su cara, ella le entregó el juego de llaves, se giró y se largó echando sapos y culebras por la boca.
─Ya está, señor, lamento haberlo molestado, pero es que esta mujer me pone muy nerviosa.
─Has hecho bien llamándome, Lupe, no te preocupes, pero por precaución pídele a Jason que se ocupe de cambiar las cerraduras de toda la casa. Tiene que hacerlo a través de la compañía de seguridad.
─Ahora mismo se lo digo, señor, ¿cómo está la niña?
─Muy bien, gracias, ahora estamos en el hotel después de desayunar en un sitio que ella quería y en seguida nos vamos de excusión por Nueva York.
─Mándele un beso de mi parte.
─En tu nombre. ¿Thor está bien?
─Sí, muy bien, no se preocupe y disfrute con su hija.
─Muchas gracias, Lupe. Hasta luego.
Le colgó, levantó la cabeza y fijó la vista en el paisaje que tenía delante. Una maravillosa estampa de Manhattan.
Se desplomó en un sofá y miró la hora, las doce del mediodía en Nueva York, las cinco de la tarde en Londres, era temprano para que Penélope Campbell-Black apareciera en Chelsea haciendo uno de sus numeritos, aunque sinceramente le daba igual lo que hiciera.
Le daba igual que dejara su despacho, a su marido o a sus hijos tirados para ir a acostarse con él, o que no entendiera que había roto definitivamente con ella, o que insistiera en comportarse como si no hubiese nada.
Todo eso le importaba una mierda desde el momento mismo en que había aparecido en Malahide para arruinarle la vida.
Suspiró, sintiendo un pinchazo profundo en el centro del pecho e hizo el esfuerzo, como le había aconsejado su sicólogo, de distraerse y pensar en otra cosa, sin embargo, no pudo.
Era imposible dejar de pensar en el desastre de Malahide, en la cara de decepción de Éire, en todo lo que se había roto por no ser capaz de valorar en su justa medida lo que significaba para ella su trabajo y su relación de confianza.
Por supuesto, nunca le había querido ocultar a propósito sus intenciones con respecto a la casa, aunque era cierto que nunca le había hablado de las gestiones que estaba haciendo Penélope a través de su agencia para enseñarla y ofrecerla a clientes estadounidenses interesados en comprar en Irlanda.
Contárselo ni se le había pasado por la cabeza, principalmente porque lo veía como un proyecto a largo plazo.
No había tenido en cuenta la urgencia permanente de su agente por vender y, cuando había querido darse cuenta, todo le había estallado en la cara.
Había quién podía pensar que todo aquel episodio era una exageración, una reacción desmedida por parte de Éire, porque ningún propietario tenía obligación de comentar con su arquitecta lo que pensaba hacer con sus bienes, pero es que ella no solo había sido su arquitecta, había sido mucho más.
Juntos habían construido durante ocho meses, además de una casa espectacular, una relación aún más espectacular, y él, por supuesto, entendía su perplejidad y su decepción, su dolor, porque sentía lo mismo.
Miró el teléfono y buscó el último correo electrónico que ella le había enviado tras una semana llamándola, yendo a su casa, mandándole audios y mensajes de todo tipo: de disculpa, de enfado, de tristeza, de culpa, de súplica. Lo abrió y lo leyó, aunque ya se lo sabía de memoria.
“Hola, Elliot, estoy de vacaciones fuera de Irlanda.
No hace falta que vayas a casa o llames a mi entorno, no estoy allí.
Si necesitas una disculpa por mi salida de tono del 7 de septiembre, me disculpo sinceramente.
Lo siento mucho. Me superó una situación que escapaba a mi control, a mi conocimiento, y que el trato despectivo y grosero de la señora Campbell-Black solo contribuyó a empeorar.
Si no necesitas nada más de nosotras, doy por cumplido el contrato y concluida esta relación profesional con la entrega formal de las viviendas de Malahide y Dún Laoghaire a tu nombre.
Un saludo, Éire C. Reilly. AR. Número de Colegiado 700330.
P.D. Cualquier duda o incidencia referida a ambas propiedades, a partir del 1 de octubre, lo puedes tratar directamente con Carol O’Hara en los datos de contacto que te adjunto.”
A esa bofetada en toda la cara, él había respondido con un audio dramático e indignado en el que le trataba de explicar que le importaban una mierda la escenita, las disculpas y de paso su número de colegiado; que él solo quería hablar con ella de su relación personal,
de lo que habían tardado tanto en cimentar y que estaba dispuesto a continuar.
De lo que le podía ofrecer a partir de ahora si quería empezar con él desde cero.
Su respuesta había sido el silencio absoluto.
Ante eso, había decidido quedarse en Dublín a esperarla y, mientras acompañaba a su madre e incluso recibía a Violetta una semana entera en Irlanda antes de que se marchara a su colegio de los Estados Unidos, había tenido tiempo para descansar, reflexionar y para hablar con Isabelle,
que tras dos semanas de luna de miel, había vuelto a casa y había querido quedar con él para escuchar sus problemas.
─Lamento decir “te lo dije”, primo, pero…
─Lo sé, lo sé, sé que me lo advertiste, pero el problema ahora no es solo el tema de la casa, ni que quiera o no quiera venderla, el tema es mucho más personal.
─La verdad es que en la boda todos confirmamos lo que habíamos pensado en la cena de ensayo.
─¿El qué?
─Que estabais juntos y os habíais enamorado.
─¿Disculpa?
─¿No era así?
─Estábamos juntos y de maravilla, creo Éire es la persona que mejor me entiende, con la que más me divierto, la única chica que… ─carraspeó incómodo─. Jamás hablamos de amor y no hace falta, ninguno de los dos está en esa tesitura.
─¿Estás seguro?, porque nunca había oído que Éire Reilly, la persona más estable y profesional del universo, fuera capaz de perder los papeles delante de un cliente.
─¿Qué insinúas?
─No insinúo nada, digo claramente que si ella reaccionó tan mal ante lo que consideró un engaño o una falta de lealtad por tu parte, es porque le importas de verdad y siente algo más fuerte por ti.
─Yo…
─Tienes dos opciones, Elliot. Una, seguir pensando que eres inmune a las relaciones sentimentales, aprovechar la coyuntura de su enfado, lavarte las manos y volver a Londres tan contento, o, plantearte qué es lo que de verdad sientes por ella y si sientes algo importante,
aceptarlo y actuar como hacemos los demás.
─No sé de qué me hablas.
─Los ciudadanos de a pie nos lanzamos a la piscina y nos dejamos llevar por el amor, igual tú podrías empezar por reflexionar sobre tus sentimientos.
─Yo no tengo de eso.
─Te sorprendería lo mucho que podemos llegar a sentir cuando conocemos a la persona adecuada.
Después de esa charla tan incómoda se había pasado la noche sin dormir, así que se había despedido de su madre y había vuelto a Londres para hacer justamente lo que le pedía el cuerpo: acabar con tanto drama, pasar página definitivamente y seguir adelante.
El único problema es que había sido imposible y treinta y cuatro días después del 7 de septiembre, seguía sin poder quitarse a Éire Reilly de la cabeza.
─Papá.
Violetta entró en la habitación y se le acercó con una sonrisa de oreja a oreja.
─¿Ya estás lista?
─Sí, perdona, es que estaba chateando con Declan sobre el gaélico irlandés.
─¿Declan?
─Declan O’Sullivan. Ya ha salido de clase y está solo en casa, su padre está de guardia.
Se levantó, buscó su chaqueta y se la colocó decidiendo no darle mayor importancia a esa “afición” de su hija por el famoso Declan O’Sullivan, el hijo de Cillian, al que había conocido durante su paso por Dublín y del que no paraba de parlotear a la más mínima oportunidad.
─Él ha estudiado siempre en una Gaelcholáiste[11], ¿sabes?
, en su casa solo se habla gaélico. Hasta este curso vivía con su madre en Cork, que es una ciudad muy ligada al idioma, pero como ha cumplido los catorce ha decidido mudarse con su padre a Dublín y han buscado una Gaelcholáist allí. ¿La abuela no habla gaélico irlandés?
─Solo lo básico, en su época no se estudiaba en las escuelas y como ella era hija de una estadounidense, pues… ─Le hizo un gesto para que salieran─ ¿Te gustaría que reservara para cenar en “Una Pizza Napoletana”? conozco al chef y es la mejor pizza de Nueva York.
─Vale…
─Muy bien.
Salieron del hotel, pisaron la Calle 76 y cuando llegaron a la Quinta Avenida llamó directamente al asistente del chef Anthony Mangieri, que era un forofo del fútbol inglés, para pedirle una reserva para dos.