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─Si vienes a pasar una temporada a Londres podemos organizar una buena agenda con los medios: un par entrevistas, alguna visita a algún programa cultural de la BBC, un par de cócteles para que te relaciones con el mundillo…
Alex Brighton, el primer marchante de arte británico que había prestado atención a su trabajo y la había conectado con la Galería Maddox, siguió parloteando al teléfono mientras ella se servía una taza de café, más feliz de lo que recordaba haber estado en toda su vida.
─¿Éire?
─Sí, sí, sigo, aquí, perdona, me estaba sirviendo un café. Me hablabas de Londres.
─Sí, que si estás pensando en pasar parte de tus vacaciones en Londres, avísame y mi equipo y yo nos pondremos en marcha para promocionarte a ti y a la monográfica en la Maddox con toda la caballería.
─Muchísimas gracias, Alex, aún tengo que ajustar las fechas, pero lo más probable es que me quede en Londres un par de semanitas y sería estupendo aprovechar el tiempo. Dame dos días y te lo confirmo.
─Genial, estoy entusiasmado. ¿Qué tal la boda de tu hermano?
─Maravillosa, muy bonita, muy emotiva ─suspiró─, hemos pasado un fin de semana increíble.
─¿Y te has enterado de cuánto ha costado el evento en el Luttrellstown Castle?, tengo mucha curiosidad.
─No sé nada, porque al final Connor y su mujer lo pagaron todo como regalo de bodas. Debe haber sido una fortuna, porque éramos más de ciento veinte personas, pero ni Sean ni Isabelle consiguieron saber cuánto les ha costado.
─Eso es un regalazo y lo demás son tonterías. En fin… ahora reponte del fiestón, termina tus proyectos en Dublín, calcula tus días de vacaciones y me avisas, ¿de acuerdo?
─Por supuesto y muchas gracias por todo.
─De nada cielo, hasta luego.
Le colgó y se apoyó en la isla de la cocina mirando al infinito, con mariposas bailándole en el estómago y la sensación de haber sucumbido al fin a un romance de esos de película, de libro de Jane Austen, de serie de Netflix o de HBO.
Una historia a todas luces sorprendente, porque ni en sus mejores sueños se había imaginado encontrar a un hombre de carne y hueso como Elliot Clafin. Un ser humano con sus luces y sus sombras, pero prácticamente perfecto.
Sonrió y lo llamó por teléfono mirando el reloj y calculando que hacía solo veinte horas que no lo veía y sin embargo, ya lo echaba muchísimo de menos.
Una novedad inmensa para alguien tan independiente como ella, pero que a esas alturas del lunes y tras el fin de semana de cine que habían pasado, le parecía maravillosa.
Era bonito sentirse así y no pensaba censurarse.
─Hola, Elliot ─saludó al contestador que le llevaba saltando desde la noche anterior─, soy yo otra vez.
No quiero molestar, sé que necesitabas dormir y que ahora estarás con la mudanza de tu madre, pero llámame cuando puedas, por favor, para saber que todo va bien.
Si necesitáis ayuda en Dún Laoghaire, avísanos. Un beso.
Dejó el teléfono en la encimera y encendió el ordenador para revisar los pendientes del día, a pesar de que su cabeza iba y venía a la noche previa a la boda de Sean e Issabel,
cuando Elliot Clafin le había confesado tantas cosas y habían terminado haciendo el amor en su suite del Luttrellstown Castle.
Aquello había sido increíble y sincero, sin filtros, y se había dejado llevar sin imaginar que al día siguiente su vida se iba a poner definitivamente patas arriba.
Por supuesto, era muy consciente de que él le gustaba de verdad y cada vez un poco más.
Durante el verano ya había entrado en ese análisis objetivo de lo que sentía por él, no obstante, nada hacía presagiar que eso se iba a intensificar de repente en la boda de su hermano y no solo por volver a acostarse con él, si no por cómo se había comportado con ella todo el tiempo,
cómo le había hablado, cómo se había sincerado, cómo se habían divertido juntos sin separarse apenas y, lo más importante, cómo había intervenido y resuelto el asunto James O’Riordan.
Ella provenía de una familia de hombres y mujeres fuertes y sin miedo a los enfrentamientos, consecuentes y valientes con sus ideas y sus principios.
Era lo que había aprendido en casa y toda su vida había visto a los suyos defenderse y proteger a los demás.
Aquel era, seguramente, el rasgo familiar y propio del que más orgullosa se sentía, y que más incansablemente había buscado en un hombre.
Por desgracia, nunca se había topado con alguien así y había acabado alejándose de posibles parejas solo por su falta de carácter o de coraje.
Chulitos impertinentes, arrogantes e imprudentes había conocido muchos, pero un tipo con aplomo y valor de verdad ninguno.
Ninguno hasta Elliot Clafin, que sin que se lo pidieran, había actuado con cabeza y rápidamente para sacar a Cillian de una situación a punto de descontrolarse, y de paso neutralizar a James O’Riordan sin alzar la voz pero con eficiencia.
Había dominado la situación en un par de minutos y ella se había querido casar con él en ese mismo instante.
Nunca había sentido algo tan fuerte por alguien como en ese momento exacto, y la emoción se había transformado pronto en alegría y mucho amor, tanto, que se había pasado el resto de la noche, la madrugada y medio domingo demostrándoselo.
─No te asustes por lo que te voy a decir ─Le había comentado sirviéndole el desayuno en la cama─, pero creo que podría vivir así, contigo en mi cama y encerrados en mi casa, el resto de mi vida.
─¿Pretende usted secuestrarme, señorita arquitecta?, porque me encanta que me esposen.
─¿Tendría que esposarte para que te quedaras conmigo?
─¿Lo estás preguntando en serio? ─ella había asentido─. No, no haría falta que me esposaras, porque estoy loco por ti y me encanta tu casa.
─Vale. ¿Quieres mermelada de fresa?, la hace mi madre.
─Éire… ─había buscado sus ojos─, no sé qué nos deparará el futuro, pero si alguna vez eligiera quedarme para siempre con alguien, no tengas la menor duda de que sería contigo.
─Ya te he dicho que no hace falta ser zalamero, estamos entre amigos.
─No soy zalamero, solo digo la verdad y espero que algún día, si ese momento llega, tú también quieras quedarte para siempre conmigo.
No había hecho falta decir nada más, porque ella tampoco estaba en disposición de hablar de sus sentimientos, pero en su fuero interno se había sentido correspondida, y cuando se había despedido de él con un beso larguísimo a las dos de la tarde del domingo,
para que se fuera a descansar y a ver a su madre, había fantaseado con la idea de que a lo mejor, ¿por qué no? , todo podía ser posible.
─Hola, Carol.
Respondió el teléfono tan contenta y su compañera le habló nerviosa y casi jadeando.
─Ven ahora mismo a la casa de Elliot Clafin, Éire.
─¿Qué ha pasado? ─Se puso de pie de un salto y caminó hacia la puerta.
─Hay aquí una mujer inglesa que dice ser la agente inmobiliaria del señor Clafin y está con un matrimonio estadounidense para enseñarles la propiedad. Han venido para comprarla.
─No puede ser. No la dejes entrar, voy para allá.
─Ya estaba dentro, tiene llaves y de hecho ha dormido aquí con Elliot. Han usado el dormitorio principal y la cocina.
Se detuvo en seco abriendo la puerta del coche, el estómago se le contrajo y empezó a sentir un pitido rarísimo en los oídos.
─¡Éire!
─Llego en diez minutos ─Sacudió la cabeza, se montó en el Fiat Cross y lo puso en marcha─. ¿Él no está allí?
─No, esta mujer dice que ha ido a ayudar a su madre con la mudanza. Lo hemos llamado las dos, pero está fuera de cobertura.
─Vale, tranquila, yo me ocupo.
Lo llamó ella y le dejó un mensaje mostrando su sorpresa por la “venta” de su casa, le pidió a Siri que le mandara otro por escrito y cuando vislumbró la carretera y la entrada a la finca, se dio cuenta de que le temblaban las manos del disgusto.
Aparcó junto a dos vehículos de alquiler que no conocía, se bajó del coche respirando hondo y en cuanto traspasó la puerta principal y miró a su izquierda, pudo ver en la cocina los restos de una cena y de un par de desayunos que no habían tenido ni la deferencia de recoger.
─¿Qué está pasando aquí?
Salió a la terraza y miró a esa mujer alta y rubia, muy del estilo de Elliot Clafin, a los ojos, y ella dejó de señalar el Mar de Irlanda a sus acompañantes y frunció el ceño.
─¿Disculpa?, ¿tú eres?
─Éire Reilly, la arquitecta de interiores.
─¿Usted es la decoradora? ─Intervino la mujer americana y ella le sonrió.
─Soy la arquitecta responsable de la obra. Encantada.
─Somos Terry y Zoe Murphy, encantados de conocerla, ha hecho usted un trabajo maravilloso. La casa es preciosa.
─Muchísimas gracias, pero sigue en proceso de reforma y nadie me ha avisado de que hoy tendríamos visitas.
─Mi nombre es Penélope Campell-Black, señorita Reilly ─La rubia le hizo un gesto para que entraran al salón─, soy la agente inmobiliaria del señor Clafin y esta visita está programada desde hace más de dos meses.
─Ni siquiera sabía que la casa estuviera a la venta.
─Mi cliente la compró para reformarla y venderla, ¿tenía que comentarlo con usted?
─Bueno…
─Los señores Murphy, como ha podido comprobar, vienen desde muy lejos y si Elliot, que es el propietario, ha autorizado esta visita, no la voy a anular. No tengo nada más que hablar con usted. Buenos días.
─El problema es que la única arquitecta con licencia aquí soy yo y si considero que el espacio no es totalmente seguro para…
─Pero ¿a ti que coño te pasa? ─la interrumpió, acercándosele con su acento de pija británica y ella parpadeó confusa─. Tú eres una empleada de Elliot, se te ha pagado generosamente por tu trabajo y punto. Aquí no tienes ni pito que tocar y te rogaría que te largaras y no me estropearas el negocio.
─¿Y tú quién coño te crees que eres para hablarme así?
─Ya te lo he dicho, Penélope Campell-Black, pídele a Elliot que te hable de mí ─sonrió con picardía─. Mira, bonita, ya sé que tiene un rollito simpático contigo, me lo ha contado todo, pero ahora tengo malas noticias para ti: la mansión se vende y yo me lo llevo a él de vuelta a Londres.
─¡Éire! ─La llamó Carol desde la puerta─. Elliot está aquí.
─¡Perfecto!
Exclamó la rubia taconeando hacia el jardín y ella la siguió contando hasta veinte para no tirarla al suelo y estrangularla sobre la alfombra.
─¡Elliot, amor, tenemos un problema!, habla tú con ella.
La señaló con el pulgar, como si fuera una cría estúpida, y ella la adelantó y se enfrentó con él con las manos en las caderas.
─Dile a tu novia que cómo vuelva a dirigirse a mí en ese tono insoportable de londinense de mierda, le arranco las extensiones.
─Cielo. ─Levantó las dos manos.
─No me llames, cielo, Elliot, y explícame cómo es posible que estés pensando en vender la casa y no me hayas dicho nada.
─Es una inversión y venderla siempre ha sido una opción plausible, no obstante…
─Conoces de sobra mi filosofía de trabajo ─Lo interrumpió perpleja─. De haber sabido que te la ibas a quitar de encima tan rápido, jamás hubiese aceptado el proyecto. Yo diseño y reformo hogares, no edificios vacíos para gente vacía como vosotros.
─Éire, por favor, escúchame.
Le dio la espalda, imbuida de repente de una furia insólita y salvaje, y caminó hacia el coche sin oír a nadie.
Ni a Carol que parecía decirle algo, ni a los jardineros que se habían acercado para observar el espectáculo, ni a Elliot Clafin que intentaba que lo mirara a los ojos.
Abrió el maletero, buscó el descapante universal, unos guantes y unas bayetas, lo cerró y se dirigió a la cocina; apartó la mesa del rincón, empapó los azulejos artesanales con el gel y se dedicó a borrar los triskels y los nudos celtas que había pintado allí con tanto cariño y esmero.
─¡¿Pero qué hace?! ─chilló la rubia inglesa moviendo las dos manos─. Está vandalizando una propiedad privada. Detenla, Elliot. ¡Haz algo, por Dios!
─Cállate ya, Penny, por favor.
─Esos dibujos eran míos ─Acabado el trabajo, se incorporó un poco más tranquila, se sacó los guantes y se los señaló─, y a mí me pagan mucho dinero por mis pinturas, así que no pienso regalaros nada. Carol, salgamos de aquí.
Regresó al salón mirando a los americanos, que parecían fascinados con su brote de cólera, se despidió de ellos con una sonrisa y se fue a buscar su coche con la pobre Carol pálida y pegada a su espalda.
─Nosotros ya hemos acabado con esta gente, Carol. Desde ahora estamos de vacaciones, vete a casa, viaja y descansa, aunque antes llama a Seamus, por favor, y confírmale que no hace falta que vuelvan por aquí. Damos el proyecto por entregado y nos vemos en octubre.
─¿Estás segura?, aún quedan algunos muebles que van a traer.
─Que los traigan y los dejen donde quieran, ya no me importa nada lo que hagan con ellos, que se ocupen los nuevos dueños.
─Madre mía ─Se le llenaron los ojos de lágrimas.
─Siento mucho el numerito, cariño, pero tenía que hacer algo… ─Le acarició el brazo viendo por el rabillo del ojo como Elliot salía al jardín descolocado y con las manos en los bolsillos─. ¿Nos llamamos más tarde?, tengo que irme.
Se montó en el coche y salió acelerando de vuelta a casa, sujetando el llanto y la rabia.
Decepcionada, dolida e invadida por una sensación de estafa difícil de explicar, porque, aunque no era la primera vez que un cliente, al ver que la reforma triplicaba el valor de su casa decidía venderla, en esta ocasión se trataba de algo muchísimo más personal. Muchísimo más sensible y doloroso.
Aparcó, entró en su casa, cerró la puerta y las cortinas, tiró sus cosas al suelo y se sentó en la escalera abrazándose las piernas, esperando a lo que se le venía encima, porque si conocía un poquito a Elliot Clafin,
sabía que no iba asimilar tan rápido que lo más sensato en ese momento era olvidarse de ella y dejarla tranquila.
Cerró los ojos reflexionando sobre cómo la vida le había cambiado en cuestión de horas; cómo había pasado de querer quedarse con él dos semanas en Londres a ser consciente de que se había acostado con esa mujer insufrible en sus narices, y oyó como un vehículo importante frenaba delante de su casa.
─¡Éire, ábreme! ─Gritó él tocando el timbre y golpeando la puerta con el puño─. Sé que estás ahí dentro, ¡ábreme!, hablémoslo, por favor. ¡Éire! ¡Éire, joder!
─¿Pasa algo, caballero? ─Escuchó la voz de Grace, la dueña de la carnicería, y se quedó quieta.
─No pasa nada, me llamo Elliot Clafin, soy amigo de Éire y necesito hablar con ella.
─No está, ¿no ve que no le abre?
─Sé que está, su coche está aparcado ahí mismo.
─Lo aparcó, entró, salió en seguida y la recogió un taxi.
─¿Está segura?
─Segurísima y si sigue aporreando la puerta, capaz que aparezca la policía. Esta es una calle principal.
─Lo sé, conozco bien Malahide, tengo una casa en la costa.
─Qué suerte, entonces podrá volver otro día.
─Ok, muchas gracias.
Se alejó y lo siguiente que escuchó fue el coche derrapando hacia las afueras.
Esperó unos minutos, se levantó, abrió la puerta y salió a la calle para buscar a Grace.
La pilló delante de su escaparate tan tranquila y no hizo falta cruzar la calle, simplemente le dijo gracias y ella le guiñó un ojo con una sonrisa.