14
Le habían hablado tantas maravillas del famoso Luttrellstown Castle, la finca donde se casaban Sean e Isabelle, que había decidido reservar tres habitaciones para la víspera y la noche de la boda; para él, para su madre y para su hermana.
La intención era liberar a la tía Bridget, la atareada madre de la novia, de preocuparse por ellos y de paso evitaban los desplazamientos a Dublín.
La otra opción lógica habría sido quedarse en su casa de Malahide, que tenía espacio de sobra y estaba prácticamente terminada, sin embargo, era casi imposible descansar allí con los operarios que seguían trabajando en los detalles de última hora, los envíos de muebles que seguían llegando,
los electricistas o los encargados de la fibra óptica y, lo más ruidoso, el paisajista, su cuadrilla y su maquinaria de jardinería, que trabajaban todo el día entrando y saliendo de la propiedad.
Con todo aquello aun en marcha, su hermana le había sugerido quedarse en un hotel y qué mejor que el que estaba asociado a la boda.
La decisión más acertada que había tomado en mucho tiempo.
Se estiró en su cama con dosel, que tenía el mejor colchón que había probado nunca en un hotel, y pensó en la Cabaña del Jardinero.
Una coqueta casita anexa al castillo que había reservado como regalo para los novios, para que pasaran allí su inolvidable noche de bodas, pero que no descartaba visitar en otro momento y en compañía de alguien especial.
Alguien como Éire Reilly, esa belleza pelirroja e irlandesa que lo mismo lo sacaba de quicio que lo hacía reír, lo volvía loco o le daba una tranquilidad extraordinaria.
Una mujer inteligente, valiente, fuerte, independiente, divertida y sexy que le gustaba cada día más, tanto, que había empezado a preocuparse.
─Hola.
Respondió el teléfono medio dormido y al oír la voz de su hija se incorporó y se pasó la mano por la cara.
─¿Qué tal estás, cariño?
─¿Sigues dormido a estas horas?
─No, me estaba echando una pequeña siesta antes de que empiece la boda. ¿Qué haces?
─Me acaba de llegar el MacBook Neo M5. Mamá dijo que se te olvidaría, pero ya lo tengo aquí. Muchas gracias.
─Si tiene que ver contigo, jamás se me olvidaría. ¿Es guapo?
─Guapísimo y muy útil, ahora mismo lo llevo a la biblioteca para configurarlo con mis compañeras.
─Genial, cielo, me alegro mucho.
─¿Me vas a mandar una foto de la tía Isabelle vestida de novia?
─Eso por descontado, no te preocupes.
─Vale, pásatelo bien y gracias otra vez.
─Te quiero, hija.
Alcanzó a decir, pero ella ya había colgado, algo dentro de la normalidad, aunque su relación había mejorado bastante desde que su madre se había separado de Gianluca ─momentáneamente decía ella─ y Violetta había querido pasar el mes de agosto con él.
Lo de la crisis matrimonial de Sofía ya le había llegado a mediados de junio, pero no se había hecho oficial hasta finales de julio.
El momento exacto en el que había recurrido a él para que recogiera a la niña y a sus tres mejores amiguitas y se las llevara a la playa.
Daba igual dónde mientras fuera una playa, le había soltado su ex sin más explicaciones.
Afortunadamente, él ya tenía reservada su villa favorita en Ibiza y solo había tenido que cambiar la compañía habitual de amigas y amigos juerguistas por la de Lupe y cuatro adolescentes aficionadas a las series coreanas, al maquillaje coreano, a los chicos coreanos y a salir de compras.
Un plan que había completado con deporte al aire libre, mucha playa y kitesurf, además de paseos en barco y turismo local. Un verano estupendo, no lo podía negar.
Sonrió, aceptando que se lo había pasado en grande viendo series, cocinando o jugando a las cartas con ellas en lugar de salir de fiesta, y dio gracias a Dios por el tiempo recuperado con su hija,
que de repente se había convertido en una mujercita y no solo porque el 14 de agosto había cumplido catorce años, sino por su forma de pensar y de desenvolverse, por esa manera tan clara que tenía de mirar la vida.
Por supuesto no todo había sido una balsa de aceite, porque ambos tenían mucho carácter, pero al menos habían podido reírse juntos, charlar hasta tarde, compartir confidencias y lo mejor de todo, volar a Liverpool juntos para pasar unos días con la abuela y ayudarla a preparar su mudanza a Dublín.
─Joder.
Miró la hora, saltó de la cama y se metió en la ducha.
Solo faltaban noventa minutos para la boda y él seguía allí pendiendo el tiempo, o no, porque le había venido de perlas una siesta después del brunch que había tomado con su madre y con Maddy a las doce del mediodía prácticamente sin haber pegado ojo y tras disfrutar de una noche divertidísima con
sus primos, su nueva familia política y por supuesto con Éire Reilly, su diosa de la tierra, que tal como le había prometido en el restaurante de su hermano, no se había separado de él en toda la noche.
Salir de fiesta había sido una práctica que toda su vida se había circunscrito a las vacaciones, porque la rutina de un deportista profesional se reducía a entrenar, competir y descansar, además, cuando te hacías famoso y la gente te reconocía en todas partes,
la noche se podía transformar en una auténtica pesadilla de selfies y directos de Instagram.
Un riesgo que no le gustaba correr y que lo había acabado confinando a los clubs privados de Londres, a los beach clubs privados del mundo o a las fiestas privadas de sus amistades famosas.
Eso hasta la víspera en Dublín, claro, cuando por primera vez en treinta y seis años, había quemado la noche de pub en pub y de club en club como un ser humano normal.
Una auténtica gozada que había compartido con Éire, que además de ser la chica que le gustaba, era esa colega divertida e incansable a la que saludaban en todas partes y se conocía todos los secretos de Dublín; desde los locales más chic a los tugurios para turistas más frikis,
pasando por los pubs más tradicionales y con la mejor música en directo.
Una noche mágica y a la irlandesa que habían terminado ahí mismo, en el Luttrellstown Castle, sentados en el jardín mirando la lluvia y hablando de sus cosas.
─Mi hija quiere conocerte ─Le había contado después de un largo silencio y ella lo había mirado de reojo─. En serio, le he enseñado tu trabajo y como quiere estudiar Bellas Artes, pues…
─¿Le gusta pintar?
─Le gustan muchas cosas, pero pintar es una de sus aficiones más permanentes y ahora me ha dicho que le gustaría estudiar arte en la universidad.
─¿Dónde?, ¿en Roma o en los Estados Unidos?
─Europa seguro y yo espero que sea en Londres o en Cambridge o en Oxford, nunca se sabe.
─¿Piensas quedarte en Londres para siempre?
─No sé si para siempre, pero de momento seguirá siendo mi cuartel general. ¿Te he contado que he tenido que contratar a un ayudante?
─No.
─Es increíble la cantidad de compromisos que tengo que atender: temas publicitarios, contratos, la agenda, gestiones de todo tipo que antes las hacía el club, así que he contratado a Jason Miller, el antiguo becario de Bill, mi manager, que finalmente ha cerrado su agencia de representación.
─¿Y ya sabes a qué te vas a dedicar a partir de ahora o vas a vivir de las rentas?
─Este año espero descansar, hacer alguna colaboración con Sky Sports y poco más. En un futuro me dedicaré más profesionalmente a las inversiones.
─¿Qué clase de inversiones?
─Arte, temas inmobiliarios, tecnológicos, de todo un poco. Tú y yo nos podríamos asociar.
─¿En qué?
─Quiero comprar propiedades por toda la Bahía de Dublín, preferentemente ruinosas o a punto de estarlo, reformarlas como solo tú sabes, dejarlas de lujo y venderlas.
─Lo siento, pero para eso no cuentes conmigo. La especulación inmobiliaria, sobre todo en Dublín, va contra mis principios y como te he dicho muchas veces, lo mío es crear hogares para personas concretas.
─No es especulación inmobiliaria, es inversión en rehabilitación y recuperación de edificios históricos.
─Para luego vendérselos a gente rica, muchas veces extranjera, que no saben nada de nuestro país ni de nuestra cultura, pero que les perece pintoresco y extravagante tener un castillo o una mansión en Irlanda.
─Bueno, visto así…
─Es como yo lo veo, sin embargo, te puedo recomendar a un montón de profesionales estupendos que estarían encantados y encantadas de sumarse a tu proyecto.
─No hay prisa y ahora me has dejado pensando.
─Eso es bueno ─Le había dado un empujón con el hombro─. En fin, te he traído sano y salvo a tu hotel, pero ya es hora de que me vaya a Malahide. Mañana se casa mi hermano y debería descansar un poco.
Se había levantado despacio, trenzándose ese pelo largo y maravilloso que tenía, y él había decidió jugársela y decir lo que llevaba callándose toda la noche.
─He pensado mucho en ti este verano, Éire.
─¿Entre ligue y ligue, tus amigos famosos, tu hija y sus amigas, Positano e Ibiza? ─Se había echado a reír y él había fruncido el ceño─. No te enfades, estoy bromeando.
─Yo no estoy bromeando. No he estado con ninguna mujer en estas últimas seis semanas, he tenido tiempo para reflexionar y solo te he tenido a ti en mente.
Quieta, había seguido sonriendo primero con cara de no creérselo y luego, poco a poco, había ido cambiando el semblante hasta dulcificar esa mirada preciosa e intensa que tenía.
─Eres un cielo, Elliot.
─No quiero ser un cielo, quiero gustarte y nunca más dejar de ser amigos.
─No tenemos por qué dejar de ser amigos, ven aquí.
Le había acariciado la cara con las dos manos, se había inclinado y le había regalado un beso suave y casto en los labios.
Él había aprovechado la oportunidad, la había sujetado con propiedad por la nuca y le había dado un beso de verdad.
Uno que rápidamente había dado paso a esa pasión desatada que solía estallar entre ellos en cuanto se tocaban y que había continuado en su suite, tras llevársela en brazos y sin dejar de besarla hasta su cama.
─¡Elliot, ¿estás listo, hijo?!