Éire (Dublín 2) 13 #2
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─Kevin McKenna, qué alegría verte ─Lo agarró por la chaqueta y lo abrazó─. No sabía que ibas a venir, ¿cuándo has llegado?, ¿por qué no me has llamado?

─Mi mujer me dejó venir a Dublín sin ella solo si me mantenía alejado de ti ─le sonrió y luego se puso serio─. Es cierto, no le hacía ninguna gracia que me reencontrara con la chica de mis sueños.

─Estábamos en la guardería.

─No conoces a las noruegas, son un pelín salvajes ─Le cogió las manos para admirarla de arriba abajo─. Estás espectacular, Éire, ¿dónde está tu novio o tu futuro marido?

─No hay nada de eso, solo trabajo. ¿Tú qué tal?

─Nos han puesto en la misma mesa, lo acabo de comprobar, ¿nos sentamos y aprovechamos de ponernos al día?

─Por supuesto, venga, vamos.

Lo cogió de la mano, se lo llevó a la mesa y se dedicó a charlar con él, con Kevin McKenna, el chico más guapo de la escuela infantil St. Finnians de Swords, olvidándose de su “cliente estrella” y de todo el mundo hasta que empezaron los brindis de rigor.

─¡Atención, por favor!

Gritó su hermano Aidan haciendo sonar una copa para dar la bienvenida a los invitados y ella apoyó la espalda en la silla, respiró hondo y decidió repasar el comedor despacio hasta dar con Elliot Clafin, que estaba sentado entre su madre y su hermana,

guapísimo vestido con una camisa blanca abierta hasta el segundo botón y una americana negra que le sentaba de maravilla.

Sin venir a cuento se le contrajo el pecho y automáticamente miró para otro lado, tomó un sorbo de su copa de champán, volvió a mirarlo y esta vez se encontró con sus ojazos verdes observándola. Le hizo una venia y él le sonrió levantando su vaso de agua.

─¡Éire!

Dos horas más tarde, cuando la mayoría de los invitados ya estaba de pie mezclándose y alternando, Sean apareció de la nada, la sujetó por la cintura, la apartó de un corrillo y se la llevó hacia la barra.

─¿Qué tal, guapo?, ¿qué tal llevas tu última noche de soltería?

─Todo perfecto ─carraspeó─ ¿Me podrías explicar qué está ocurriendo con Jimmy O’Riordan?

─¿A qué te refieres? ─Se puso tensa y dio un paso atrás.

─A qué ha pasado a saludar y Cillian se lo ha llevado a rastras la calle. Dice que le tiene prohibido acercarte a ti. ¿Qué me estoy perdiendo?

─Mañana te casas, Seanny, ya lo hablaremos cuando vuelvas de la luna de miel.

─¿Quieres que lo llame y charlamos los tres?, porque se ha quedado ahí fuera como un perrito abandonado.

Le indicó la calle, ella se asomó al ventanal y efectivamente lo localizó en la acera, fumando y hablando con otros dos amigos del barrio.

─¿Éire?

─Ya sabes que cuando rompí con él montó un drama descomunal y…

luego empezó a seguirme y a acosarme por teléfono, hasta que lo amenacé con denunciarlo a la Guardia Costera y decidió mudarse a Sligo.

Cuando volvió a Dublín hace unos meses me pidió perdón, me juró que estaba genial, que tenía novia y que no volvería a molestarme, pero al parecer ha estado siguiéndome.

Cillian se enteró, intervino y habló con él. No sé lo que le dijo, pero…

─¿Por qué lo sabe Cillian y yo no?

─Porque se lo contó Geraldine. ─le acarició el brazo─. Hoy es una noche muy importante para Isabelle y para ti, Sean, vamos a disfrutarla, ¿quieres?, ya habrá tiempo para hablar de ese tío.

─Ok ─se movió incómodo─, pero tú y yo tenemos una conversación pendiente, ¿queda claro?

─Clarísimo.

La observó con los ojos entornados, finalmente se le acercó, le dio una beso en la frente y se marchó sin decir nada más.

Ella tuvo la intención de seguirlo, pero se dio cuenta de que estaba tan cabreada por la situación y con James O’Riordan, que tenía el don de aparecer para fastidiar cualquier cosa, que decidió salir a tomar un poco el aire.

Pidió un cigarrillo a los chicos de la barra y caminó decidida hacia el patio trasero del restaurante.

─Vaya, esto es un déjà vu.

Unos cinco minutos después, Elliot Clafin apareció por su espalda. Ella saltó, se giró y lo miró con el ceño fruncido.

─No enciendas ese pitillo, Éire, no lo hagas ─Bromeó y se le acercó con las manos en los bolsillos.

─¿Quién te ha dejado pasar?, esta es una zona privada.

─Tengo mis recursos. ¿Va todo bien?

─Todo bien, gracias.

─Antes he visto el incidente entre Cillian O’Sullivan y el tipo ese de la Guardia Costera. Me acuerdo de él, estuvo en la casa de Malahide.

─No lo sé, yo aún no había llegado.

─Tal vez, pero tenía relación contigo ─lo miró con cara de duda y él resopló─. Lo sabes perfectamente, Sean te lo acaba de contar.

─¿Nos estabas espiando?

─A él no, solo a ti. ¿Me puedes explicar qué problema hay con ese tipo?

─Se trata de un tema personal, Elliot, no creo que sea asunto tuyo.

─¡Auch!, eso ha dolido.

─No será para tanto ─Tiró el cigarrillo sin encender a un contenedor de basura.

─Me preocupo por ti.

─¿En serio? ─se echó a reír─. Has estado dos meses desaparecido y… ¿ahora te preocupas por mí? Vamos, hombre.

─Solo he intentado darte espacio.

─¿Darme espacio? Enhorabuena, se te da de maravilla ─Caminó hacia la puerta, pero él la interceptó y no la dejó salir.

─Tras nuestra última conversación en Malahide, entendí que querías perderme de vista.

─Solo dije que ya no quería tontear contigo, no te pedí que te esfumaras y me dejaras sola con el puñetero marrón de tus dos puñeteras casas ─se oyó decir aquello, que era muy poco profesional e inapropiado, reculó y levantó las dos manos─.

Lo siento, Elliot, disculpa, estoy cansada y tengo mucho estrés.

Ya hablaremos en otro momento, ¿te parece?

─Claramente leí mal la jugada, porque no llamarte o no venir a verte, fue un esfuerzo consciente que solo me ha provocado frustración.

─No te he visto muy frustrado en Ibiza o en la Costa Amalfitana… Joder, no sé qué me pasa. Discúlpame.

Movió los brazos y las manos para liberar esa energía tan negativa que le estaba saliendo por la boca, lo esquivó para marcharse y él la sujetó por la muñeca.

─Está bien, puedo soportarlo, supongo que desde tu punto de vista me merezco el rapapolvo.

─No te mereces nada, porque no me debes ni una explicación ni una atención especial, ¿de acuerdo? Solo estás pagando mi mala leche acumulada.

─Estás muy sexy cuando te enfadas.

─¿Será posible?

Le dio un empujón y se echó a reír. Él estiró la mano, la sujetó por el cuello y la estrechó muy fuerte contra su pecho.

Sin querer cerró los ojos y se dejó llevar, sintiendo los latidos de su corazón y su calor pegados a su mejilla.

Justo lo que necesitaba en ese momento para bajar las revoluciones y sentirse mejor.

─Te he echado de menos, Éire Reilly… y gracias por tu maravilloso trabajo en mis dos puñeteras casas.

─De nada ─se apartó de él riéndose─ ¿Qué tal si nos vamos de juerga?

─Si prometes no dejarme solo.

─Eso está hecho.