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Dos meses después
─Te juro que jamás pensé que quedaría así.
Madeleine De Souza, la hermana mayor de Elliot Clafin, giró en medio del salón de la casita de George Street y sacó un pañuelo de papel para limpiarse las lágrimas.
─Es un trabajo maravilloso, Éire, maravilloso, mamá va a estar mejor que nunca aquí.
─Ha sido un trabajo conjunto ─ella miró a la señora Clafin con una sonrisa─. Nos dijo exactamente lo que quería y nosotros lo pusimos en marcha. Trabajar con una clienta así solo puede dar buenos resultados.
─No seas modesta, Éire, todo es mérito tuyo y de tu equipo, que sois los mejores ─Louise Clafin llamó a su hija con la mano─.
Mira el dormitorio principal, Maddy, me lo ha dejado en la primera planta como yo quería y con vistas al invernadero, porque allí va a ir un invernadero como el que soñó tener mi madre toda su vida.
─¿Y arriba qué hay?
─Un vestidor y dos preciosas habitaciones de invitados, así podréis venir a verme cuando queráis.
Caminaron por el pasillo hacia el fondo de la casa y las dejó a solas, buscando a Carol con los ojos.
─¡¿Carol?!
─Aquí estoy…
Asomó la cabeza por el hueco de la escalera; escalera que habían restaurado y reforzado gracias a unos artesanos de Limerick, y se le acercó comprobando de paso la silla salvaescaleras que habían instalado esa mañana y que era idéntica a la que le había puesto a su abuela en casa.
─Supongo que esto lo han probado con diferentes personas, pesos y tamaños.
─Por supuesto, Éire, ha quedado genial. ─Le señaló la planta superior─. Las ventanas del ático están listas, creo que la señora Clafin podría traer sus cosas mañana o pasado. Lo puedo organizar yo misma con el guardamuebles.
─No te preocupes, mejor a partir del lunes, porque con la boda no tendrán mucho tiempo para mudanzas.
─En eso tienes razón. ─resopló─. Por cierto, estás guapísima, jefa, el pelo suelto te queda de cine.
─Ha sido idea del estilista de Geraldine, a ver si lo aguanto hasta el final de la noche.
Se miró a sí misma y se alisó los pantalones de vestir negros que le había dejado Geri y que le habían parecido de lo más cómodos para llevar a la cena previa a la boda de Sean e Isabelle.
Durante las últimas seis semanas todo parecía girar en torno a la boda de Sean e Isabelle, que se casaban el sábado 5 de septiembre en Luttrellstown Castle.
Una romántica finca privada con castillo del siglo XV incluido, que estaba a media hora del centro de Dublín y que contaba con salones en ensueño, biblioteca, veinte habitaciones de lujo, camas con dosel y una encantadora Cabaña del Jardinero.
También helipuerto, jardines interminables y resort.
Un lugar mágico, perfecto para ellos, que ese fin de semana se iba a convertir en el centro neurálgico de dos familias muy grandes y muy unidas: los Reilly y los Reagan.
─¿Éire?
La llamaron por la espalda, salió de su ensimismamiento y se giró para observar a las Clafin, que vestidas de punta en blanco, la estaba mirando con cara de pregunta.
─Sí.
─Ya hemos visto lo más importante, mañana seguimos con lo demás, pero igual deberíamos ir saliendo hacia el centro ─Maddy le señaló el reloj─, mis tías ya van de camino.
─Claro, claro, vámonos.
─Y gracias otra vez por este milagro, no puedo estar más ilusionada ─La señora Clafin la sujetó para pegarle dos besos antes de hacer lo mismo con Carol─. Muchísimas gracias a todo el equipo, sois los mejores, de verdad os lo digo, que fortuna conoceros.
─La fortuna fue tenerte a ti a pie de obra, Louise.
Le acarició el brazo, agarró su bolso y su chaqueta, se despidieron de Carol y las acompañó hasta su coche para llevarlas al The Liberties, donde el equipo de Sean se había encargado de organizar la divertida “cena de ensayo”.
Las tres se detuvieron para mirar por última vez la fachada de la casita de George Street, el nuevo hogar de la señora Clafin, y se montaron en el coche ilusionadísimas, hablando de planes y de muebles, y de todas esas cosas que le encantaba escuchar cuando entregaba una reforma,
sobre todo después de la paliza que se habían pegado para cumplir con los plazos de esta.
Como la había llamado muy acertadamente Elliot Clafin, aquella había sido una “reforma exprés”.
Una aventura contrarreloj que había partido desde los cimientos de un edificio muy deteriorado, aunque afortunadamente muy sólido, y que además de reportarles un reto faraónico, los había dejado sin vacaciones a todos.
Todo el equipo había paralizado su verano para centrarse en la nueva propiedad de los Clafin, esa casa del centro de Dún Laoghaire que al final les había quedado espectacular. No lo podían negar.
─¿Cuándo te marchas de vacaciones, Éire?
Le preguntó Maddy desde el asiento trasero del coche y ella la miró a través del espejo retrovisor.
─Si Dios quiere, dentro de dos semanas, en cuanto terminemos con el jardín, los auxiliares y los textiles de la mansión de Malahide. Ya está a punto para entrar a vivir, pero aún quedan algunos detalles.
─Otra joya ─opinó la señora Claffin─, a ver si mañana te da tiempo a verla, hija. Tu hermano está fascinado con ella.
─Antes del ir al aeropuerto trataré de ir a visitarla, aunque viendo las fotos ya se nota que ha quedado preciosa. Eres una artista, Éire.
─Muchas gracias, pero el mérito no es solo mío, tengo el mejor equipo de Dublín.
─A lo mejor podríais ir a Lisboa a echar un ojo al nuevo hotel que hemos comprado. Es el cuarto y tenemos un contratista de confianza, pero visto lo que estáis haciendo aquí, igual necesitamos subir un escalón y apostar por algo más exclusivo y personal.
─¿Desde hace cuánto tiempo os dedicáis a la hostelería?
─Desde hace veinte años, desde que conocí a Antonio, mi marido, estudiando en Londres y me habló del sueño de sus padres de comprar inmuebles en el centro de Lisboa para reconvertirlos en hoteles boutique.
Hace veinte años era facilísimo encontrar palacetes abandonados en Afama, El Barrio Alto o Chiado y nos lanzamos a la aventura.
─Una gran aventura.
─Y una pequeña locura, pero ahora no nos podemos quejar, además, nos encanta Lisboa.
─¿Tu marido es de allí?
─No, sus padres sí, Antonio y sus hermanos nacieron en Brasil. La familia emigró a Salvador de Bahía en los años cincuenta. ¿Conoces Lisboa?
─Sí y también me encanta.
─Entonces, si aún no tienes destino vacacional, yo te invito a Lisboa con todos los gastos pagados, a ti y a tu novio, si quieres, y aprovechamos de hablar del nuevo hotel.
Le guiñó un ojo y ella se limitó a sonreír, porque en lo último que necesitaba pensar en ese momento era en más trabajo.
Estaba agotada a todos los niveles después de un año muy fructífero pero duro a nivel laboral, y de momento solo soñaba con una tumbona, silencio, aire fresco, buena comida y mucho deporte.
─Tu novio o tu novia, lo mismo da ─Puntualizó Maddy riéndose y ella asintió.
─Ni uno ni otra, pero gracias, lo tendré en cuenta. Cuando acabemos con la casa de tu hermano lo hablamos, ¿te parece?
─Me parece perfecto… ─sacó el teléfono del bolso─. Hablando del rey de Roma, ya está llamando otra vez. Hola, Elliot.
La escuchó saludar con ese acento de Liverpool tan marcado e hizo lo imposible por poner la mente en blanco y no oír lo que decían, porque desde su último encuentro en Malahide,
aquella noche en la que había tenido el impulso de decirle claramente cómo se sentía respecto a su dichoso “estilo de vida”, él se había esfumado de la faz de la tierra.
Ni una llamada, ni una conversación más.
Algún que otro mensaje escrito para confirmar tal o cual detalle de la reforma y sobre todo de la decoración de su casa, y punto.
De golpe se habían terminado las charlas, la complicidad y esa amistad que había creído atisbar en el horizonte, y habían vuelto a la casilla de salida con una frialdad tan evidente, tan incómoda, que se sentía muy dolida con él.
Encima, se había pasado todo el verano dándole vueltas al tema mientras lo veía por la televisión comentando los partidos de la selección inglesa de fútbol, en las redes sociales compartiendo su maravillosas fotos, en las revistas disfrutando de sus vacaciones con otros famosos;
con su hija y su grupo de amiguitas en Ibiza, algo que la había enternecido especialmente porque sabía lo importante que eran esos días para él; paseando por Londres con Rebecca Spencer o en festivales de música rodeado de chicas.
En resumen, disfrutando de ese “estilo de vida” que tan claro tenía y que tanto lo distanciaba de ella.
─Os dejo aquí y yo voy a aparcar ¿de acuerdo? ─se detuvo delante de The Liberties y Louise y Maddy se apearon tan animadas.
─Te esperamos con una copita de champán.
Les sonrió y continuó una manzana más adelante, giró a la derecha y aparcó en la zona de empleados del restaurante de su hermano. Se bajó del coche, se miró en el reflejo de la ventana, se dio el visto bueno y camino decidida hacia el interior del local.
─¡Hola, Éire!, estás preciosa.
─¡Hola, Pam!, tú también ─saludó a la encargada en la cocina─ ¿Qué tal lo lleváis?, ¿ya hay mucha gente?
─Sobre todo del ala más joven de la lista de invitados. Tu “cliente estrella” está arrasando.
─¿Qué cliente?
─¿Quién va a ser?, sir Elliot Clafin, menudo pibonazo.
─¿Está aquí? ─Preguntó, percibiendo el vuelco en el estómago y Pam asintió.
─Llegó hace media hora. ¿Te pongo algo de beber?
─No te preocupes, gracias, ya lo pido fuera.
Salió al pasillo un poco mareada, porque hasta ese mismo instante había tenido la esperanza (egoísta) de que el señor Clafin no se presentara a la boda y pudiera librarse de verlo, y entró en el salón principal del restaurante echándose sus aprehensiones a la espalda,
sonriendo y dispuesta a pasarlo bien, no en vano, una cena de ensayo era la ocasión perfecta para empezar a disfrutar con la familia y los amigos.
─¿Tienes el carnet de baile completo?
Le preguntó alguien pegado a su oído y antes de girarse para verlo, sonrió de oreja a oreja.