11
Las imágenes de Elliot Clafin con Rebecca Spencer, la exitosa, rubia y monumental presentadora de deportes de la BBC, lo inundaba todo: periódicos digitales, revistas, portales de información, redes sociales, etc.
Todo el mundo hablaba de la “pareja más guapa” del Campeonato Mundial de Fútbol e incluso ella, que no solía mirar esas cosas, se había enterado de la noticia y había visto las fotos de los dos divirtiéndose mucho en Dallas, donde, según decían, compartían habitación sin ocultarse de nadie.
Podía dar fe de que estaban juntos, o al menos eso le había quedado claro la última vez que lo había llamado por teléfono y Becca, como la llamaba él, lo había besado mientras hablaba con ella.
No había que ser muy lista para reconocer un beso en la boca y además él, acto seguido, le había contado que se había reencontrado con ella y que siempre se lo habían pasado muy bien juntos.
Blanco y en botella… poco más había necesitado para disparar su imaginación.
Cerró el ordenador, se puso las zapatillas de deporte y cogió la bici para salir a entrenar un rato.
En teoría, iba a participar en una mini Triatlón el 18 de julio en el Anillo de Kerry durante sus vacaciones de verano y últimamente, por culpa del trabajo, había entrenado poco, con lo cual, llevaba una semana aprovechando cualquier momento libre para salir con la bicicleta.
Además, le servía para dejar de pensar en chorradas relacionada con Elliot Clafin.
─¡Carol, me voy, cierra cuando te marches, porfa!
─Éire… ─La siguió hasta la calle y buscó sus ojos─. Lucy está con el abogado de Clafin en la notaría de Dublín y le ha preguntado por la reforma de la casa. Le gustaría verla.
─No hay problema, acompáñalos tú, por favor.
─¿No quieres ir tú?, también hay que llamar a Elliot para que confirme la propuesta del paisajista.
─No hace falta que vaya yo ─sacó el teléfono y le mandó el contacto personal de Elliot Clafin─. Hazme un favor y llama tú al cliente. Mira dónde puede estar y ten en cuenta la diferencia horaria. En la página de la FIFA están las sedes de los partidos de Inglaterra.
─Vale, como quieras.
─Hasta luego.
─Ten cuidado. Adiós.
Se despidió con la mano, se puso los auriculares y salió por la calle principal del pueblo dirección Oeste rumbo a Swords.
Desde ahí pretendía cruzar todo el campo, veinticuatro kilómetros hasta Argillan Castle, y regresar por la costa hasta Malahide Beach, otros veinticuatro kilómetros bastante intensos.
En total, cuarenta y ocho kilómetros de deporte y cabeza despejada, que era justo lo que necesitaba en ese momento.
Aceleró llegando a una carretera comarcal y decidió concentrarse en el pedaleo y sus pulsaciones. Tarea casi imposible cuando llevabas días y días dándole vueltas al mismo monotema: Elliot Clafin y el gigantesco error de haberse acostado con él.
La gente liberal aseguraba que el sexo no tenía por qué modificar las relaciones con los demás. Es decir, que una se podía acostar con su mejor amigo o con cualquier otro amigo sin que cambiara nada, sin embargo, su experiencia hasta ese momento había sido justo la contraria.
Siempre que se había acostado con alguien de su entorno, habían acabado surgiendo apegos, tiranteces e incluso estrés, por eso prefería tener aventuras con desconocidos, de ese modo podía pasar página y no volver a verlos nunca más.
Lástima que aquella política la mantenía casi todo el tiempo a dos velas, porque en Dublín no encontraba a desconocidos le interesaran, y porque su vida prácticamente se ceñía al trabajo y eso le impedía salir de su zona de confort para relacionarse con gente nueva.
Esa era la cruda realidad: Éire Reilly no era la come hombres activa y abierta que le habría gustado ser y, en medio de esa situación tan penosa, había aparecido un hombre como él, como Elliot Clafin, y ciega por la atracción y creyéndose más fuerte y controladora de lo que realmente era,
se había lanzado a una aventura sexual genial y divertida que podría haber pasado a los anales de su historia personal como memorable.
Desgraciadamente, la aventura se había complicado y se sentía fatal.
Todo había ido bien y según lo previsto; cada uno en su ciudad y hablando un par de veces a la semana como dos buenos amigos; hasta esa tarde en la que lo había llamado a Dallas para contarle lo de la casa de sus abuelos y había oído como esa mujer, Becca,
lo había llamado “amor” antes de pegarle un beso en la boca.
De pronto y sin verlo venir, había sentido igual que un puñetazo en el centro del pecho y se le había caído el mundo encima.
¿Por qué?, porque era idiota, porque desde luego ni era su novio, ni su pareja y siempre, siempre, le había dejado meridianamente clara su postura como hombre de relaciones abiertas y poliamorosas, por lo tanto, lo normal es que estuviera acostándose con otra mujer… o con varias a la vez.
Su cabeza lo había entendido desde el minuto uno, no obstante, su organismo estaba visto que no y había terminado vomitando y hecha polvo en la cama, agobiada y tratando de negar una verdad irrefutable: Elliot Clafin le gustaba bastante más de lo que era capaz de soportar.
Desde aquel día (hacía más de una semana) no había vuelto a hablar con él y esperaba no volver a hacerlo en muchísimo tiempo.
Había desplegado un “cordón sanitario” a su alrededor para tomar distancia y, gracias a Carol o a Seamus, que podían tratar con él cualquier tema relacionado con su reforma, pretendía desaparecer de su órbita para siempre…
o al menos hasta que pudiera recuperar el control y el sentido común.
─¡Mierda!
Exclamó viendo ese montículo de césped medio oculto a un lado de la carretera e hizo el amago de esquivarlo, sin embargo, ya era demasiado tarde y la bicicleta se incrustó contra él a la par que la inercia hacia su trabajo y la lanzaba un metro por encima del césped directa a unos matorrales.
─¡Éire!, ¿estás bien?
De la nada apareció James O’Riordan y se puso en cuclillas con cara de angustia, para intentar palparle la clavícula y las piernas. Ella lo empujó y se sentó dolorida, pero entera y sin ningún hueso roto.
─¡Estoy bien, estoy bien!, no hace falta que me toques.
─¿Segura?, ha sido un buen golpe.
─¿Qué haces tú aquí?
─Pasaba por aquí, iba camino del puerto.
─Estamos en dirección contraria al puerto, James ─se puso de pie despacito y limpiándose la ropa─. Espero que no me estés siguiendo otra vez.
─Pero, ¿qué estás diciendo, mujer?
─No sería la primera vez. ─Le clavó los ojos y él entornó los suyos muy ofendido─. Como te atrevas a volver a las andadas se acabó, esta vez te denunciaré a la policía y a la Guardia Costera, y después se lo diré a mis padres y a mis hermanos. ¿Te queda claro?
─Es increíble que…
─Ya estás avisado.
─Por Dios bendito, yo iba tranquilamente camino del trabajo y he visto volar a una ciclista por encima de los arbustos. Ni siquiera sabía que fueras tú.
─Qué casualidad.
Se acercó a la bici para echarle un vistazo, comprobó que la rueda delantera se había partido y sacó el teléfono para llamar a Carol o a Sean. James O’Riordan se le aproximó por la espalda, se giró y lo señaló con el dedo.
─Manten la distancia, James.
─¿Quieres que te deje tirada aquí en medio de la nada? Mírate, debería llevarte a un hospital.
─No hace falta ¿No es que ibas camino del trabajo?, pues hala, vete ya.
─¡Éire!
Un coche tocó el claxon y al mirarlo y ver que se trataba de Cillian O’Sullivan, relajó los hombros y caminó hacia la carretera para saludarlo.
─Hola, Cil.
─¿Qué te ha pasado?, ¿estás bien?
─He dado con un montículo y se me ha roto la bici. Me ha lanzado casi un metro contra esos matorrales.
─Joder, no me jodas.
Se bajó de su Range Rover y caminó hacia ella con una sonrisa, la abrazó y le dio un beso en la frente antes de dirigirse a James O’Riordan, que no había hecho ni el intento de largarse.
─¿Y tú, O’Riordan?, ¿también ibas en bici?
─No, ahí está mi coche, voy camino del trabajo y he visto el accidente. Creo que Éire debería ir a un médico, ha sido un golpe muy serio.
─Ahora la llevo, gracias ─agarró la bici con las dos manos y le hizo un gesto para que lo siguiera─. Vamos, peque. Adiós, O’Riordan.
Ella por supuesto ni se despidió, se subió de un salto al vehículo, notando un dolor punzante en el costado, y se puso el cinturón de seguridad oyendo como Cillian acomodaba la bici en el asiento trasero y finalmente se sentaba al volante con su calma habitual.
─Gracias, Cil, ha sido un milagro que aparecieras.
─No hay de qué, ¿te duele algo?
─A lo mejor me he hecho daño en una costilla, no lo sé, pero seguro que mañana amaneceré llena de cardenales.
─Vamos al St. James Hospital para que te echen un vistazo.
─No creo que sea para tanto.
─Nunca infravalores una caída o un golpe, Éire, hazle caso a un bombero. ─Le guiñó un ojo.
─¿No tienes que ir al trabajo?
─Hoy libro, tranquila ¿Qué hacía O’Riordan en ese prado?
─Dijo que pasaba por la carretera.
─¿Le crees?
Giró la cabeza para mirarlo a los ojos y él le sostuvo la mirada de forma elocuente.
─No sé si creerle, me parece demasiada casualidad, pero tú también pasabas por ahí, así que… ¿por qué no?
─Yo vengo de jugar al golf en el Donabate Club.
─De acuerdo, pero…
─¿Quieres que hable en serio con ese capullo?
─¿A qué te refieres? ─Se sentó mejor en el asiento y él respiró hondo.
─Geraldine me lo ha contado todo. Me ha dicho James O’Riordan lleva diez años, desde que rompiste con él, obsesionado contigo, siguiéndote y espiándote, y que se mudó a Sligo porque amenazaste con denunciarlo en su trabajo.
─Madre mía.
─No te enfades con mi hermana, ha hecho bien contándomelo.
─¿Sean sabe algo?
─Si lo supiera ya le habría partido las piernas.
─Por eso no se lo he querido contar a mi familia, para evitar un mal mayor.
─Pues deberías contárselo, Éire, con tu silencio solo proteges a ese imbécil.
─Pero…
─Tus padres y tus hermanos merecen saber la verdad y no harán nada que tú no quieras que hagan, salvo poner a James O’Riordan, que es un pelota y un rastrero, en el sitio que le corresponde. Todo Dublín debería saberlo.
─No quiero empeorar las cosas y he aprendido a manejarlo bastante bien.
─Por eso aparece casualmente en una carretera comarcal perdida, justo en el momento en que tú tienes un accidente con la bicicleta. Me parece a mí que de manejarlo bien, poco y que te estaba siguiendo. No pienso pasarlo por alto.
─¿Qué piensas hacer?
─No te preocupes, hasta que tú no hables con Sean y tu familia, yo no les diré nada, pero sí voy a tener una charlita discreta con O’Riordan. Que no se crea el muy capullo que no sé cómo se las gasta.
─Creo que debería seguir gestionándolo sola.
─Lo siento, cariño, pero hasta el momento no te ha ido muy bien y ¿sabes por qué? ─La miró entrando en el aparcamiento del hospital─, porque esta clase de gilipollas solo reaccionan ante otro hombre. Déjamelo a mí.
─Yo…
─Éire ─aparcó y la miró a los ojos─, mientras O’Riordan estuvo en Sligo le prometí a Geri que no intervendría, pero ya que ha vuelto y he visto lo que he visto hoy, no voy a mirar para otro lado.
Entraron en el hospital en silencio, ella reflexionando sobre todo lo que podía desencadenar una simple caída, y pensó en llamar a Gearldine para reprocharle que anduviera contando sus historias.
Lógicamente no lo hizo, porque sabía que si había hablado con su hermano es porque estaba preocupada por ella, y se resignó a aceptar otra realidad irrefutable de su vida: había llegado ese momento crucial en el que debía asumir que no podía controlarlo todo.
─¡Éire!
La llamó Isabelle cuando iba saliendo de Radiología y se giró hacia ella con cara de sorpresa.
─¿Isa?
─Vaya por Dios, qué casualidad veros por aquí ─se les acercó para saludarlos con un par de besos y luego la miró con más atención─ ¿Estás bien?, ¿qué te ha pasado?
─Un accidente con la bici, nada serio.
─Una fisura en la costilla y diversas contusiones ─Cillian le enseñó el sobre con las radiografías que le acababan de hacer─. Y aún tenemos que esperar el resultado de un TAC.
─No me lo puedo creer, ¿cuándo ha pasado?
─Hace un rato y Cillian ha insistido en traerme a Urgencias, pero estoy bien ¿Tú qué haces aquí?
─Mi tía Louise, la madre de Elliot, ha sufrido un Accidente Isquémico Transitorio. Es una especie de ictus muy leve, pero la han ingresado para hacerle pruebas. Mi hermano Liam dice que es una señal de advertencia muy importante y que no se puede ignorar, así qué…
─¿Y cómo se encuentra?
─Mejor. Gracias a Dios le ocurrió ayer en casa de mi madre, porque si llega a estar sola en Liverpool… imagínate, podría haber sido muchísimo peor.
─Eso es verdad.
─En fin… ─guardó silencio mirando por encima de su cabeza─. Ahí viene Elliot, seguro que cuando lo vea se le pasan todos los males.
Se volvió hacia la puerta principal y lo vio entrar con esa pinta espectacular que tenía. Vaqueros, camiseta blanca, gafas de sol de última moda. Inconscientemente se hizo a un lado queriendo desaparecer y él, de hecho, no la vio hasta que pasó muy cerca y estiró la mano para saludar a Cillian.
─Cillian, tío, ¿qué tal?
─Espero que tu madre se recupere pronto, colega.
─Gracias, todo parece indicar que sí. ¿Éire?
Se detuvo y ella se le acercó con una sonrisa. Él dio un paso al frente y la abrazó más como un amigo que como un amante, pero la estrechó contra su pecho consiguiendo que, como acababa de decir Isabelle, se le pasaran todos los males.
─Siento mucho lo de tu madre, nos acabamos de enterar, pero… si necesitáis algo, lo que sea, ya sabes dónde encontrarme.
─Lo sé, mil gracias. Hola, prima. ─Abrazó a Isa y luego la miró a ella con cara de agotamiento─. Luego hablamos ¿de acuerdo?, ahora voy a subir a charlar con los médicos, pero en cuanto me aclare un poco te llamo.
─No te preocupes y manda un beso a tu madre.
Le sonrió otra vez, tratando de trasmitir tranquilidad, y los observó hasta que se subieron al ascensor y desaparecieron. Se giró y se encontró con los inquisidores ojos verdes de Cillian O’Sullivan.
─¿Hay algo más que debería saber, señorita Reilly?
─No, ¿por qué?
─No sé, dímelo tú.
─No hay nada qué decir.
─¿Tú con un inglés?
─Es medio irlandés.
─Ok, acabas de contestar a mi pregunta.