Éire (Dublín 2) 10
44%

10

─No voy a volver a Londres porque ahora te apetezca llevar a tus amigas a un concierto y de compras, Violetta. Estoy trabajando.

Se levantó de la cama y se acercó al ventanal del hotel. Ese inmenso e impersonal hotel de Dallas, donde se alojaba toda la delegación de Sky Sports y gran parte de la prensa británica, que estaba allí para cubrir el primer partido de la selección inglesa en el Campeonato Mundial de Fútbol.

─¿Trabajando en qué?

─Voy a comentar el Mundial de Fútbol para Sky Sports.

─¿Y no puedes hacerlo desde Inglaterra?

─¿Por qué?, ¿por qué tú necesitas que esté allí?

─¿No decías que querías verme?

─Por supuesto y por eso viajé a Roma para verte, sin embargo, tú no tuviste tiempo ni para tomarte un helado conmigo.

─¿Y la abuela no puede ir a Londres y quedarse con nosotras en tu casa?

─La abuela está pasando el verano en Irlanda con su familia, hija.

─Seguro que…

─Mira… ─La interrumpió respirando hondo─.

Ya que eres tan mayor para tomar tus propias decisiones con respecto a tu padre, seguro que puedes entender que estoy trabajando y que no puedo parar el mundo porque a ti ahora se te antoje ir a Londres.

Te quiero y siempre estoy para ti, pero en este momento no puedo moverme de aquí.

Te ofrecí varias alternativas para vernos y disfrutar de unos días de vacaciones los dos solos o con la abuela, en Londres o dónde quisieras, incluso invitando a tus amigas, y ninguno te interesó. Ahora ya es tarde para…

─¿Y Lupe?

Preguntó sin escuchar ni una sola palabra de lo que le estaba intentando explicar.

─Lupe se ha ido a su país de vacaciones.

─Pues podría ir mamá o una de las madres de mis amigas y…

─¿Cómo tengo que decirte que no es posible, Violetta?

─Si pretendes castigarme por no querer ir a tu famosa despedida, muy mal, Elliot. Según mi sicóloga, no sabes tender puentes y parece que tiene razón.

─Qué sabrá tu sicóloga… ─respiró hondo─, y no me llames Elliot, ya te he dicho que te guste o no sigo siendo tu padre.

─Para una cosa que te pido, “papá”.

Soltó mofándose y le colgó.

Él cerró los ojos e inspiró y espiró varias veces para no ofuscarse y caer en la provocación.

Se giró hacia la cama y al ver que su amiga Becca seguía durmiendo, recogió su ropa de deporte, se vistió a toda prisa, guardó el móvil en el bolsillo de la sudadera,

cogió una botellita de agua del servicio de habitaciones y salió corriendo de la suite camino del gimnasio privado que había en la última planta.

Llegó a los ascensores nervioso, se detuvo delante de las puertas y finalmente optó por subir andando.

Buscó la salida de emergencia, alcanzó las escaleras y echó a correr como si lo persiguiera el mejor defensa central del mundo, todo con tal de aplacar un poco el dolor en el pecho, la desazón que le producía hablar con su hija en ese tono, tragándose sus impertinencias,

su nula capacidad de empatía, esa frialdad que lo mataba, y llegó al moderno gimnasio sudando y cansado, pero bastante más sereno.

─Qué madrugador ─Lo recibió uno de los entrenadores del hotel y él le sonrió sacándose la sudadera─ ¿Por dónde quieres empezar hoy, Elliot?

─Un poco de cinta magnética y luego ya veremos.

─Tú mismo.

Lo acompañó a la cinta sin motor, puso el móvil en un soporte junto a la botella de agua y se lanzó a correr a buen ritmo, pensando en lo que le había dicho el terapeuta italiano de su hija.

Un prestigioso sicólogo infantil de Roma que llevaba tratando a Violetta desde los tres años y al que había visitado hacía menos de diez días durante su último y fallido paso por la capital italiana, cuando la niña, en un inexplicable gesto de crueldad, se había negado a verlo.

─Como bien sabes, Elliot, Sofía nunca ha contribuido a la paz y al bienestar familiar.

─Había empezado diciendo el doctor Rossi después de escuchar sus preocupaciones con respecto a su hija─.

Solo ha potenciado la personalidad arrolladora de vuestra hija y la ha usado en tu contra demasiadas veces como para esperar que ahora, la Violetta adolescente, a sus casi catorce años, muestre una actitud empática y generosa hacia ti.

Os lo llevo advirtiendo desde que cumplió los diez años y la respuesta de la madre ha sido llevársela primero a un colegio al otro lado del mundo y después prescindir de mis servicios.

─No pude hacer nada por evitarlo.

─Lo sé y lo lamento, porque poco puedo hacer yo ahora para ayudarte. ¿Has intentado hablar con la nueva sicóloga?

─Dice que no habla inglés y que tampoco le gusta hablar con los padres de sus pacientes.

─Madre de Dios.

─Y el último informe de la orientadora del colegio americano, me ha llegado con un tutorial sobre el “Síndrome del Emperador”

─No me gusta ser tan radical con los diagnósticos, sobre todo cuando se ponen de moda este tipo de calificaciones, pero ha hecho bien enviándotelo porque Violetta está muy cerca del patrón de conducta que describe este síndrome:

control absoluto de sus padres a través de la manipulación y el chantaje emocional, imposición de su autoridad a cualquier precio, rabietas o agresividad verbal.

Ella es muy inteligente y por lo que sé, se está educando en un ambiente elitista y repleto de pequeñas emperatrices, ¿por qué no serlo ella también? Además, está claro que le funciona.

─¿Algún consejo?

─Empieza por poner límites. Siempre has sido un buen padre, Elliot, y ahora toca esmerarte un poco más, poner pie en pared y empezar a decir que no.

Tiene que entender que tú no vives para estar a su servicio ni para complacerla.

Tú la quieres, eso lo tiene que saber siempre, pero también tiene que saber que eres un ser humano con tus sentimientos y tus límites.

Es importante que deje de verte solo como el “papá” que todo lo soporta y todo lo perdona.

El amor, que ahora solo exige para ella, es un camino de ida y vuelta y si todos lo aprendiéramos pronto en la vida, nos iría mucho mejor.

Terminó los cuarenta y cinco minutos de cinta magnética y se movió hacia la máquina de remo viendo en el teléfono una llamada entrante de Éire Reilly. Se detuvo un momento para beber agua y luego le respondió con una sonrisa.

─Diosa de la tierra.

─Muy gracioso, Elliot, ¿qué tal?

─Todo bien, haciendo un poco de ejercicio, y que sepas que para mí siempre serás Ériu, la hermosa y pelirroja diosa de la tierra.

─Vale, vamos a dejarlo. Te llamo porque Lucy ha hecho la oferta en firme a los dueños de la casa de tus abuelos y han dicho que sí al instante, el problema es que necesita firmar el contrato de arras y como tú no estás aquí…

─No te preocupes. ─resopló, buscando el contacto de Tom en la agenda─. Te acabo de enviar los datos de mi abogado, Thomas Grant, que Lucy lo llame y se organice con él. Tiene un poder que le permite hacer estas gestiones por mí.

─A ver… ─se hizo un silencio─. Ya lo tengo y se lo he reenviado. Estupendo y enhorabuena, pronto serás dueño de una casita preciosa en Dún Laoghaire.

─Muchas gracias ¿Te vas a hacer cargo tú de la reforma?

─Vamos a hablarlo con tu madre y decidimos.

─No, no, necesito un sí ahora mismo. Hoy no estoy para más malas noticias.

─¿Qué ha pasado?

─Otra discusión con mi hija, ya sabes, es agotador y deprimente, pero… al menos creo que he controlado la situación. He aplicado los consejos del doctor Rossi, he dicho que no a una petición absurda que me ha hecho y me he mantenido firme.

─Sé que es muy duro, Elliot, pero seguro que has hecho bien. Todos necesitamos un no de vez en cuando. Mi madre diría que eso se llama “educar”.

─Tienes una madre muy sabia ─sonrió─ ¿Tú cómo estás? ¿Qué has hecho estos últimos días?

─Trabajar duro para poder tomarme unas vacaciones.

─¿Y los de la Maddox?

─Tengo una reunión el lunes que viene con ellos y a ver qué me ofrecen.

─¿Vas a Londres cuando yo no estoy? Muy bonito, señorita Reilly. ¿Dónde te vas a quedar?

─Con Léa, Geraldine está trabajando en Japón, pero ella se ha quedado en Londres y así podremos ver los avances de su reforma. ¿Tú qué haces además de salir en la tele?

─Bastante deporte entre las reuniones e historias con el equipo de Sky. Esto es más duro de lo que me imaginaba, pero la parte buena es que se come muy bien y me estoy reencontrando con muchos compañeros y amistades…

─¡Amor!

Lo llamó de repente Becca y él se giró para saludarla con la mano. Ella se le acercó y le pegó un beso en la boca antes de apartarse para ir a buscar una Elíptica.

─Lo siento, era Becca…

─¿Becca?

─Rebecca Spencer, ¿la conoces?, una comentarista de la BBC Sports. Es una de las personas con las que me he reencontrado aquí… siempre lo hemos pasado muy bien juntos y ahora… ¿Éire?

─Sí, te escucho, es que Carol me está llamando desde el despacho. ¿Hablamos en otro momento?

─Recuerda que puedes quedarte en mi casa de Londres si lo necesitas. No está Lupe, pero la cuidadora de Thor te puede acercar las llaves.

─Muchas gracias, Elliot, hasta luego.

Le colgó y él se quedó un poco desorientado, porque le apetecía seguir charlando con ella. Se sentó en la máquina de remo, observando como Becca quemaba la elíptica a una velocidad extraordinaria, y se lanzó a remar tratando de concentrarse en algo bueno, algo como su último viaje a Irlanda.

Hacía diecinueve días había estado visitando la casa de Malahide y de paso a Éire, que le interesaban bastante más, y había pasado un par de días memorables gracias al sexo con ella, a las charlas con ella y al tiempo que habían compartido solos y en compañía de otros,

porque también había podido disfrutar de gran parte de su familia gracias a Isabelle, que en una maniobra de última hora, había conseguido reunir a la mayoría de sus primos para cenar todos juntos en uno de los restaurantes de Sean.

Una noche inolvidable a la que se había sumado su diosa de la tierra, tras prometerle que iba a dedicar la tarde entera a elegir muebles y telas para “vestir”, decía ella, su casa de Malahide.

Una tarea a priori tediosa y que no le apetecía nada, pero que ella había convertido en divertida gracias a su entusiasmo y a ese sentido del humor tan irlandés que tenía.

Porque además de ser una chica sexy y muy guapa, Éire Reilly era irónica y muy rápida. Como habría dicho su madre, tenía retranca, y aquello lo fascinaba y lo había mantenido embobado y pendiente de ella hasta el último minuto que habían pasado juntos.

Incluso en el restaurante, aunque había procurado sentarse en el extremo de la mesa opuesto al suyo, muy lejos de su alcance, no había podido quitarle los ojos de encima y se había pasado toda la noche observándola y coqueteando con ella, cruzando miraditas y sonrisas cómplices mientras ella,

a veces enfadada, intentaba ignorarlo prestando toda su atención a Cillian O’Sullivan, el alto e impresionante hermano mayor de Geraldine.

Un bombero dublinés muy simpático, íntimo amigo de Sean Reilly, que lo había tratado de maravilla.

La noche la habían terminado como amigos, por supuesto, como le había jurado que serían a partir de ese momento, y así continuaban diecinueve días después, muy colegas, hablando por teléfono y contándose sus cosas,

al punto de que él le había explicado lo de su viaje a Roma y le había detallado sus problemas con Violetta.

Una novedad inmensa dentro de su dinámica habitual con los amigos, especialmente con las amigas especiales, porque solía ser extremadamente discreto con sus angustias y preocupaciones familiares.

─Hola, mamá.

Respondió el teléfono saliendo del gimnasio y su madre fue directa al grano, como siempre.

─¿Has visto Instagram o TikTok?

─No suelo ver las redes sociales, ¿qué ha pasado?

─En todas partes hablan del posible divorcio de Sofía y Gianluca.

─¿En serio? ─Entró en su habitación y se detuvo delante del cuarto de baño─ ¿Medios serios o…?

─De todo tipo y ella ha colgado una frase de lo más elocuente en su cuenta de Instagram. Escucha: “A veces perder también enseña”

─Típica chorrada de Sofía, no le des más vueltas.

─Voy a llamar a su madre para enterarme, seguro que entiende que me preocupe por el bienestar de nuestra nieta.

─Déjalo, má, ya haré yo par de llamadas. Tú tranquila y no hagas nada hasta que yo investigue un poco, ¿de acuerdo?

─De acuerdo.

Colgó y llamó directamente a Sofía, ella no le respondió y optó por el camino más fácil, localizar a su representante. Buscó su número y lo marcó mientras se sacaba la ropa empapada de sudor.

─Amore, qué alegría ver tu nombre en mi teléfono ─le respondió Cristina Sartori al primer tono─. Dime que me estás llamando para quedar conmigo.

─Hola, Cris, te llamo por los rumores de divorcio de…

─¿Gianluca y Sofía?

─Exacto. Ella no me coge el teléfono así que dime lo que sepas, por favor. Teniendo en cuenta que mi hija vive con ellos, necesito alguna aclaración.

─No hay divorcio, que yo sepa, lo de la frase de su Instagram es parte de una campaña publicitaria y lo demás, especulaciones. Tranquilo, cariño.

─Vale, muchas gracias.

─Te he visto en la tele y lo haces fenomenal, Elliot, das de maravilla en pantalla, un escándalo. Si después del mundial necesitas representante para seguir en el medio, aquí estoy. Mi oficina tiene sede en Londres.

─Muchísimas gracias, lo tendré en cuenta.

─Llámame cuando pases por Roma. Besos.

─Adiós.

Tiró el móvil encima de la cama, caminó hacia el cuarto de baño, abrió el grifo de agua fría y se metió debajo cerrando los ojos y oyendo a lo lejos como Becca, que se había mudado a su suite hacía dos días, entraba en la habitación y se le acercaba por la espalda.