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─Espera un momento, voy a apagar el horno.
En medio de la pasión desenfrenada, un rayito de sentido común la paralizó y le pidió que la dejara en el suelo. Llevaban varios minutos apoyados contra la pared, comiéndose a besos, ella enroscada a su cintura con las dos piernas, él manteniendo el equilibrio sin ningún problema.
─¿Estás segura?
─Sí, es que es un horno de gas ─pisó el parqué y se acercó a la cocina con Elliot Clafin pegado a la espalda y mordiéndole el cuello─. Si se quema la lasaña y continúa encendido, podría provocar un incendio.
─El incendio ya lo hemos provocado nosotros, cariño.
Deslizó las manos por debajo de su blusa y le pellizcó los pezones.
Ella se giró, lo empujó contra la encimera y le quitó la camiseta sin darle tiempo ni a reaccionar.
Hundió la nariz en su torso perfecto, calentito y suave, y cuando sus dedos bajaron hasta el botón de los vaqueros y notó su enorme y evidente erección, lo sujetó por la muñeca y tiró de él hacia la escalera.
─Sígueme.
Llegaron a su cuarto casi a trompicones; él la detenía en cada escalón para besarla. Frente a la cama, cuando ella intentó desvestirse, se lo impidió, la sujetó por la cintura y la dejó caer sobre el colchón para contemplarla muy atentamente y con los ojos brillantes.
─¿Sabes que eres preciosa, Éire Reilly?
─No hace falta ser zalamero.
─¿Quién está siendo zalamero? ─se desnudó mirándola a los ojos─. Suéltate el pelo, por favor, tienes el pelo más increíble del mundo y siempre lo llevas recogido, ¿por qué?
─Porque es más cómodo.
─No deberías privar al mundo de tanta belleza.
La agarró por los tobillos y se la acercó para quitarle los pantalones, se puso entre sus piernas y subió las dos manos por su abdomen y su cintura hasta sus pechos; le quitó la blusa y el sujetador con una pericia casi sobrenatural y luego, completamente encima de ella,
le sujetó la cara para mirarla de cerca.
─Tus padres acertaron llamándote Éire[10].
─¿Ah sí?, ¿por qué?
─Porque, cuando pienso en Irlanda, me viene a la mente una mujer como tú.
─¿Sabías que Éire proviene de Ériu?, una antigua diosa de la mitología celta que representaba la soberanía y la fertilidad. Era la diosa de la tierra.
─Qué sexy.
Bromeó, se echaron a reír a carcajadas y él se inclinó para lamerle el cuello y el lóbulo de la oreja, estremeciéndola entera, de pies a cabeza, erizándole la piel y situándola justo dónde quería tenerla.
La sujetó por las caderas, la elevó unos centímetros y la penetró haciendo que arqueara la espalda y ahogara un grito.
Al instante le atrapó un pezón con la lengua y se lo acarició, se lo succionó con fuerza, al tiempo que entraba y salía de su cuerpo con movimientos ondulantes y profundos que ella empezó a seguir más húmeda y ardiente de lo que recordaba haber estado nunca, hasta que la pasión fue a más y a más,
y a punto de perder totalmente el control, lo detuvo, lo obligó a girarse y se le puso encima.
─¿Quieres llevar tú ahora las riendas, diosa de la tierra?
Le apartó el pelo largo y suelto de la cara, ella le guiñó un ojo y apoyó las dos manos sobre su pecho, facilitando que la penetrara sin ningún esfuerzo.
─¡Dios bendito, Éire!
─Shhh.
─Éire…
Gimió rindiéndose y agarrándose a los barrotes de la cama.
Ella dejó que sus caderas se lanzaran a ese baile sinuoso y potente que a esas alturas ya era incapaz de atajar.
Cerró los ojos y lo besó mil veces asomándose al borde del abismo, sonriendo sobre sus labios y finalmente observando con placer cómo Elliot Clafin, jadeando feliz, se deshacía entre sus muslos.
─Esta es la última vez.
─¿Cómo dices?
─Que esta es la última vez que me acuesto contigo.
Lo señaló con el dedo, apartándose con cuidado de él para apoyar la cabeza en la almohada, y él la miró de soslayo, asintió y se ofreció a cerrar el trato con un choque de puños.
─Trato hecho.
─Hecho. ─chocó el puño cerrado y se sentó─ ¿Bajamos a comer?, aunque antes me voy a dar una duchita rápida.
─¿Te duchas conmigo?
─No, pero puedes ducharte en mi cuarto de baño, si quieres, yo lo haré en el de invitados. Te espero abajo.
─Éire… ─Le agarró la mano cuando pasó por su lado de la cama.
─¿Qué?
─Me encanta estar dentro de ti.
─Acabamos de cerrar un trato.
─Lo sé, solo estoy siendo sincero.
─Vale, voy a vestirme.
Entró en la habitación de invitados maldiciendo por lo bajo, porque era increíble que se hubiese acostado otra vez con él, y se metió en la ducha contando hasta cien y tratando de recomponerse, porque ella era muy dura, pero también muy blandita,
y no quería que la viera con la guardia baja o perdiendo el control de sus actos.
En resumen, tenía que recuperar cuanto antes el aplomo, manejar esa situación tan descontrolada con naturalidad, sin darle mayor importancia, y seguir adelante como si no hubiese pasado nada.
─La lasaña está perfecta.
Le comentó cuando apareció en la cocina recién duchado y lo animó a sentarse a la mesa. Él le dio las gracias y se le puso enfrente enseñándole el teléfono móvil.
─Acabo de hablar con Isabelle, dice que cuando terminemos vayamos al centro a cenar con ellos y luego yo a dormir a su casa. Mi madre y mis tías se van a quedar esta noche en el Fitzpatrick Castle Hotel. Es una sorpresa que le tenían preparada.
─¿Cuándo terminemos el qué? ─Frunció el ceño.
─Esta reunión, se supone que he venido a ver la reforma y a hablar contigo.
─Ok.
─No te preocupes, no le he dicho que hemos estado practicando sexo en tu cama. Supongo que no quieres que sepa que te has acostado conmigo.
─No es por ti, Elliot, es porque no suelo hablar con nadie de mi entorno sobre mi vida privada. Es una norma sagrada.
─¿Por qué?
─Porque vivo en una ciudad pequeña y procuro proteger mi intimidad.
Tengo treinta y un años, todas mis amigas están casadas, con hijos o embarazadas, y a la primera que se enteran de que he estado con alguien empieza el acoso y derribo ─suspiró y le sonrió─.
Mi madre y mi hermana inician los preparativos de la boda, mi abuela saca el ajuar… en fin… no sabes cómo son.
─Lo entiendo ─le guiñó un ojo─. Esto está buenísimo, felicita a tu madre de mi parte.
─Se lo diré, gracias ─tomó un sorbo de agua y decidió cambiar de tema─ ¿Qué tal llevas los primeros días de tu jubilación?
─Estoy en “descompresión” como los astronautas, aún es pronto para saberlo y además este verano voy a trabajar en la tele, así que…
─¿En la tele?
─He firmado con Sky Sports para estar en las retransmisiones del Mundial de Fútbol, solo en los partidos que juegue la selección inglesa, pero estaré entretenido al menos hasta principios de julio.
─Qué pasada. ¿Lo harás desde Londres?
─No, me voy a América, ya lo tenía previsto, pero ahora voy a trabajar. El 10 de junio tengo que estar en Dallas con el equipo de la cadena. Será divertido.
─Me imagino que será divertidísimo. Enhorabuena.
─Gracias.
─Vimos tu homenaje de Stamford Bridge en casa de mi hermano Connor. Fue precioso, sobre todo el momento bandera irlandesa. ─Le sonrió y él apoyo la espalda en la silla.
─¿Viste mi último partido?
─Claro y todo lo que pasó después. Increíble, debe ser maravilloso vivir un reconocimiento así.
─Muchas gracias. La verdad es que estuvo muy bonito y fue muy emotivo, lástima que mi hija no pudo estar presente, pero igualmente lo disfrutamos muchísimo.
El último día de tu carrera, en tu estadio y con tu equipo, es un momento muy especial para cualquier futbolista ¿Puedo servirme otro trozo de lasaña?
─Claro, por supuesto ─se lo sirvió ella misma─ ¿Te apetece ver los moodboard de los dormitorios?
─¿Ahora?
─Tú solo míralos ─acercó las carpetas y las puso en el centro de la mesa─.
Lo ideal sería resolver esto hoy mismo, porque al ritmo que vamos, seguramente podremos entregarte la casa a principios del mes de septiembre.
Lo más duro, que era la obra gruesa, está finiquitada y los interiores van rapidísimo, así que no me gustaría provocar un retraso de última hora por culpa de la decoración.
─Confío totalmente en tu criterio, Éire. Haz lo que quieras.
─Eso es lo último que quiere oír una arquitecta de interiores, ¿sabes? Mi peor pesadilla.
─¿Sales con alguien?
─¿Perdona?
─¿Sales con alguien en secreto?, ¿tienes alguna aventura o relación de esas que no conoce tu entorno?
─Si saliese con alguien no me acostaría contigo. En Londres te expliqué que no buscaba un compromiso, pero que no era poliamorosa, ni de parejas abiertas.
─Sin embargo… ¿mi estilo de vida no te incomoda?
─¿A qué te refieres?
─A que yo sí puedo estar contigo, salir de aquí y quedar con otra persona.
─Eso a mí ni me incumbe ni me interesa y te recuerdo que tenemos un trato y que nunca más…
─Ok, Ok.
Levantó las manos en son de paz, ella tragó saliva, porque en el fondo sí le incomodaba pensar en esa posibilidad, y decidió volver a los moodboard que tenía delante.
─Las habitaciones de invitados…
─Las relaciones abiertas ─La interrumpió─ son las más saludables y duraderas.
─Y yo no digo lo contrario, pero en lo que a mí respecta, no me interesan.
─De acuerdo.
─¿Quieres un café?
Se levantó de la mesa para poner la cafetera y él también se levantó, se le acercó por la espalda, la giró y la besó.
─Este es el último beso que te doy, Éire Reilly, si quieres que te vuelva a besar, tendrás que pedírmelo tú.