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─¿Lo viste por televisión?
Isabelle se acercó a la isla de la cocina, sacó el estuche con su insulina, lo dejó encima de la mesa y la miró a los ojos.
─Sí y me pareció impresionante, súper emotivo. Estábamos en casa de Connor y todo el mundo se puso a gritar y a aplaudir cuando tu primo se envolvió con la bandera de Irlanda.
─¿Te importa que me pinche aquí?
─Por supuesto que no, haz lo que tengas que hacer ─caminó hacia el calentador de agua─ ¿Te apetece una taza de té?
─Sí, por favor.
Le respondió un pelín tristona y ella la miró de reojo, abrió la nevera para sacar unos bollitos vegetarianos que le había regalado Carol, sirvió el té y se le sentó enfrente.
─¿Estás bien, Isa?, ¿te sientes bien?
─Si, todo bien, gracias.
─Te veo un poco apagada.
─Es por Elliot y por mi tía Louise.
─¿Qué ha pasado?
─Ha pasado que Violetta, la hija de mi primo, tenía que ir a Londres para estar en Stamford Bridge con su padre, para acompañarlo en su homenaje de despedida, y a última hora lo dejó plantado. Imagínate como nos quedamos todos, pero sobre todo Elliot y mi tía.
─¿Qué ocurrió para que no pudiera ir?
─El cumpleaños de una amiga que estaba de visita en Roma, ¿te lo puedes creer?
A mi primo no se le pueden decir estas cosas, pero…
─sacó un pañuelo para limpiarse una lágrima─, la niña es una caprichosa y una maleducada.
Desde que cumplió los once años lo trata fatal.
Es como si continuamente necesitara castigarlo.
─¿Castigarlo por qué?
─Yo calculo que porque la madre la ha hecho elegir bando y la ha puesto en contra del padre. Créeme, lo he visto muchas veces en mi trabajo.
─Pues, no sabes cuánto lo siento.
─Deberían hacer terapia familiar, pero es imposible con ella en Roma y él en Londres.
─respiró hondo─. Encima, va la tía Louise y llama a la madre para preguntarle cómo podrían arreglar la situación, si le podía dar el número de teléfono de los padres de la amiga para invitarlos a todos a Londres, y la respuesta fue que no era asunto suyo, que Violetta,
a sus trece años y según la ley italiana, tenía derecho a decidir si quería o no visitar a su padre y que más le valía dejarla en paz.
La pobre acabó hecha un mar de lágrimas.
─Madre mía.
─No se lo contamos a Elliot, por supuesto, y nos la trajimos a Dublín unos días para que se le pase el disgusto y se distraiga con la familia.
─Bueno, si anda por aquí, puedo ir a buscarla una mañana para que vea lo rápido que va la obra. Seguro que le apetece ver lo bonita que está quedando la casa.
─Se lo diré y cuenta con que también se apunte mi madre ─se puso de pie mirando la hora─. Ay, Éire, me encanta estar aquí, pero tengo que seguir trabajando, aún me queda una visita en el pueblo.
─Vuelve cuando quieras.
─Te tomaré la palabra. Gracias por el té y por la charla.
Se dieron un abrazo, la acompañó a la puerta principal y cuando la cerró, la atacó un sentimiento de culpa totalmente irracional, o no tan irracional, porque Elliot Clafin también la había invitado al evento en Stamford Bridge y se había negado a ir por puro egoísmo.
Solo porque no le apetecía nada estrechar lazos con él tras su estupendo, pero poco conveniente, encuentro sexual en Londres.
Era obvio que su ausencia no se podía comparar ni de lejos con la de su hija, por supuesto, pero en el fondo era igual de injusta, porque en lugar de detenerse a valorar la magnitud de aquella invitación, solo había pensado en ella, en lo que no quería hacer,
sin tener en cuenta los sentimientos de una persona a la que ahora podía considerar un amigo.
─Hola.
Respondió el teléfono a Seamus, suponiendo que la estaba llamando para contarle algún problema con la obra, sin embargo, y contra todo pronóstico, él la saludó muy animado.
─Hola, jefa, tengo buenas noticias para ti.
─Aleluya. ¿Qué ha pasado?
─Hemos terminado las chimeneas, vamos a probarlas en un ratito.
─Espera, que voy para allá.
─Sabía que querrías verlo. Hasta ahora.
Cogió un chubasquero, la mochila y se fue a buscar la bici, porque a 27 de mayo lo que correspondía era disfrutar un poquito de los rayos del sol.
Salió a la calle y enfiló hacia la costa pensando en Elliot Clafin, un tipo que a priori lo tenía todo: éxito, talento, dinero, reconocimiento público, simpatía, belleza y una familia que lo quería un montón, no obstante, lo más importante para él, que sería su hija y la distancia con ella,
seguro que le impedía disfrutarlo.
Lo había vivido en primera persona cuando su hermano Connor, que también parecía tenerlo todo, había pasado por una situación muy similar cuando se había divorciado.
Se detuvo en un semáforo sintiendo las gotas de lluvia empezando a mojarle la cara, se puso la capucha del chubasquero, aceleró y no paró hasta que llegó a la obra. Traspasó la verja como un suspiro y cuando aparcó junto a la furgoneta de Seamus, se dio cuenta de que estaba lloviendo a cántaros.
─¿Cómo es que vienes en bici, jefa? ─Le preguntó uno de los operarios y ella le sonrió.
─Una que es optimista, Joseph, pensé que el sol iba a durar un poco más. ¿Dónde está Seamus?
─En el ático.
─Muchas gracias. ¿Ya se han ido los cristaleros?
─Terminaron anoche con todo.
─Genial, a este paso entregamos la casa antes del otoño.
Se sacudió un poco y entró en la primera planta admirando la escalera nueva, hecha por unos artesanos de la zona con madera de roble irlandés; el suelo radiante cubierto con las piezas de fresno originales que le habían reparado en Galway, los marcos de las ventanas.
Esos ventanales panorámicos que eran un lujo faraónico y que nunca se cansaría de admirar, porque siempre había querido colocarlos en alguno de sus proyectos y ningún dueño lo había aceptado hasta que había aparecido Elliot Clafin.
Un propietario con dinero y buen gusto. Alguien al que no le importaba invertir lo que hiciera falta con tal de conseguir el verdadero hogar de sus sueños.
Sacó unas cuantas fotos con el teléfono móvil y luego subió por la escalera de la cocina hasta el ático, donde se encontraba Seamus con los instaladores de las chimeneas. Los mejores de todo el Condado de Dublín.
─Buenos días, chicos.
─Ya casi es la hora de comer, guapa ─Le respondió el señor Artie O’Hara acercándosele para acariciarle el brazo─. Acabo de ver a tu padre en el campo del Fingal y le dicho que venía a encender las chimeneas.
─¿Qué hacíais en el campo del Fingal?
─Enredando un poco, como siempre. A ver si nos lo venden de una vez y podemos poner a Sean Reilly de presidente.
─No caerá esa breva, papá ─Bromeó su hijo moviendo la cabeza.
─Ya veremos, Junior, ya veremos ─La miró a ella entornando los ojos─. ¿No venía hoy el gran Elliot Clafin a visitar su casa?
─No, que yo sepa.
─A nosotros nos dijo que vendría esta semana con su madre y su hija ─Seamus la miró─, que el miércoles 27 estaría por aquí toda la mañana.
─Lo siento, pero no tengo ni idea.
Les sonrió sin querer ser indiscreta ni entrar en detalles sobre la vida privada de su cliente y se acercó a la chimenea para mirar la base, el cenicero, el pulmón y el conducto de humos, donde cabía sin ninguna dificultad.
Lo observó todo minuciosamente y cuando salió, retrocedió para ver el resultado estético del conjunto, que era excepcional.
─Es perfecta, ¿verdad?
─Todas las de la casa han quedado estupendas. Cuatro chimeneas victorianas de manto tallado que valía la pena conservar ─opinó Artie O’Hara─, estamos muy orgullosos de la restauración.
─Y lo hemos hecho en un tiempo récord ─Comentó Artie Junior orgulloso─. Gracias por la oportunidad, Éire.
─Gracias a vosotros. Habéis hecho un trabajo maravilloso.
─Buenos días, arquitecta. Buenos días a todos.
─Justo a tiempo para encender la chimenea, hombre.
Los O’Hara lo animaron a hacer los honores y él, muy amable, siguió el ritual que le indicaron y se quedó quieto observando cómo la chispa prendía al instante y el fuego se convertía en vivo y alegre en cuestión de segundos.
─Qué rapidez. ¿No se enciende demasiado rápido?
─Una buena chimenea se precia de tener una buena velocidad de combustión gracias a un buen flujo de oxígeno y un tiro térmico adecuado ─Artie Junior le señaló la leña y ella se cruzó de brazos incapaz de hacer o de decir nada─.
También es importante utilizar buena madera como estos leños de fresno, que contribuyen a ese encendido rápido.
─Creo que os voy a llevar a Londres para que cambiéis la chimenea de mi casa.
─Cuenta con ello.
─¿Las de las otras plantas ya se han probado?
─Íbamos a hacerlo ahora mismo, ¿verdad, Éire?
─Claro, claro.
Contestó y siguió al grupo en un discreto segundo plano, permitiendo que los O’Hara se explayaran en los detalles de su trabajo mientras Elliot Clafin podía observar, si quería,
los avances extraordinariamente rápidos que había conseguido la cuadrilla en solo dos meses y que iban a convertir su bonita mansión en algo único.
Tan único que, estaba segura, acabaría apareciendo en alguna prestigiosa revista de arquitectura y decoración.
─¿Ya no me hablas? ¿Te estás escondiendo de mí?
Una hora y media más tarde, tras un paseo por toda la propiedad y unos treinta minutos firmando autógrafos, haciéndose selfies y charlando con todo el personal, se le acercó por la espalda en la cocina y ella saltó y lo miró entornando los ojos.
─No me estoy escondiendo de nadie, estoy trabajando.
─¿Y qué haces? ─Se poyó en la isla de la cocina, muy cerca de su brazo, y miró la pantalla de su portátil.
─Ya que estás aquí, quería enseñarte algunos muebles que he seleccionado. El dormitorio principal y el salón lo tenemos resuelto, pero…
─Lo que tú elijas me parecerá perfecto ─La interrumpió y le cerró el ordenador.
─Muy gracioso, Elliot ─volvió a abrir el portátil y le señaló las muestras que había preparado con Carol─. Empezamos con cuatro cocinas y al final las ganadoras son estas dos. Dime cuál te gusta más y así puedo encargarla.
─Invítame a comer y lo hablamos.
─¿Te apetece que le pida opinión a tu madre? Isabelle me ha comentado que está en Dublín y me he ofrecido a traerla a la obra.
─¿Cuándo has hablado con mi prima?
─Esta mañana pasó por casa, tenía unas visitas que hacer en el pueblo.
─Vale, pero no, no le preguntes a mi madre. Me gusta esta color crema y panelada, por supuesto.
─De acuerdo.
─¿Qué opinas tú?
─Las dos me parecen perfectas.
─Ahora no te escaquees e invítame a comer.
Le rozó el dedo meñique con el suyo y ella cuadró los hombros y lo miró a los ojos.
─¿Qué haces?
─Nada. ─se metió las manos en los bolsillos con cara de inocente─. Venga, Éire Reilly, no me gusta comer solo y mi madre, que no contaba con que viniera hoy, se ha ido con mis tías a pasar el día en Dalkey, así que…
─¿Y Amir?
─De vacaciones antes de marcharnos al Mundial de Fútbol. Le he dado unos días de libres y he venido solo.
─Bueno, está bien, te invito a comer, pero primero tienes que llevarme a casa para dejar la bici y coger el moodboard de los dormitorios, así aprovechamos bien el tiempo y tomamos algunas decisiones. ¿Te parece?
─Qué remedio.
Respondió con paciencia, esperó a que hablara con Seamus, subió la bicicleta a su 4X4 alquilado, se despidió del personal y cuando al fin se montó al vehículo, la miró a los ojos con esa sonrisilla picarona que tenía.
─Estás muy guapa.
─Mira, Elliot.
─¿Qué?
─No quisiera ser borde contigo, pero preferiría no parecer demasiado cercanos delante de mi equipo.
Me ha costado muchísimo que dejaran de verme solo como a una chica mandona, en algunos casos solo como a la hija pequeña de Mary y Aidan Reilly, y empezaran a considerarme como lo que soy, la arquitecta responsable, su jefa, por lo tanto…
─¿He hecho algo inadecuado?
─No, claro que no, aunque no has parado de tontear conmigo delante de todo el mundo.
─Ni lo habrán notado.
─Créeme, se dan cuenta de todo y no quiero que empiecen a especular, a cotillear y a hacer bromitas a mi costa. No puedo permitírmelo.
─Tranquila, no volverá a pasar ─Le guiñó un ojo y aceleró hacia la carretera.
─Gracias.
─Que conste en acta que será un sacrificio, porque si tonteo contigo es porque me gustas demasiado ─Lo miró sin saber qué contestar a eso y él le sonrió─. Aclárame una cosa.
─¿Qué cosa?
─¿Ya no somos amigos con derecho a roce?
─Solo lo fuimos durante unas horas, Elliot.
─Bueno, por alguna parte había que empezar.
─La verdad es que, aunque tú también me gustas mucho, preferiría seguir siendo solo amigos. Además de ser primo de mi cuñada, eres mi cliente y yo jamás mezclo la vida profesional con la personal.
─¿O sea que cuando acabes la obra te puedo entrar a saco?
─¡Elliot!
─Estoy bromeando ─estiró la mano y la posó sobre su muslo─. No soy un plasta, ni un acosador, si no te apetece avanzar, no avanzamos.
─Muchas gracias.
Llegaron a su casa en un santiamén, ella corrió para abrir la puerta mientras él sacaba la bici del coche, porque seguía lloviendo a cántaros, encendió las luces del pasillo y antes de llegar al salón, se acordó de que tenía lasaña de su madre en la nevera.
Se volvió hacia él sacándose el chubasquero y él, que iba guapísimo vestido con ropa deportiva, se la quedó mirando con cara de pregunta.
─Tengo lasaña hecha por mi madre, ¿te aparece comer aquí?
─Nunca digo que no a una buena comida casera, señorita arquitecta.
─Estupendo. Hay pantuflas en el armarito de la entrada.
Se descalzó también, se quitó el jersey que estaba un pelín húmedo y entró en la cocina directa a la nevera, recuperó la fuente con la comida, calculó que tenía verdura suficiente para hacer una ensalada y cuando lo sintió a su espalda, se giró y le sonrió.
─Pongo esto a calentar y comemos en diez minutos. ¿Qué te apetece beber?
─Agua mineral, por favor. ¿Dónde está Carol?
─En Londres con Geraldine, tenía que acompañarla a elegir algunas antigüedades en Richmond ─encendió el horno, sacó el agua mineral de la nevera y se la sirvió mirándolo a los ojos─. Me alegro mucho de que hayamos hablado, Elliot, necesitaba decirte en persona lo que sentía y cómo veía las cosas.
─Es una suerte ser amigos y poder hablar de lo que sea.
─Por eso creo que es mejor mantener una buena amistad a correr el riesgo de estropearla por culpa de otras historias.
─Estoy de acuerdo. Lo que pasó en Londres se queda en Londres.
─Exacto.
Se echó a reír y él le sostuvo la mirada provocándole un escalofrío por todo el cuerpo. Se quedó quieta, percibiendo cómo un calor delicioso le subía a toda velocidad por las piernas y de repente, sin saber cómo, saltaron a la vez y se lanzaron a besarse como locos.