Éire (Dublín 2) 7
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─Lo anunciaremos pasado mañana, justo después de tu despedida en Stamford Bridge[9]

Barbara Robinson, productora ejecutiva de la cadena de televisión Sky Sports, que estaba de pie, se le acercó y se sentó en la mesa a menos de un metro de su brazo.

Mucho menos de un metro, calculó, lo que provocó que se apartara del contrato que estaba leyendo y se apoyara en el respaldo de la silla.

─Hemos cumplido escrupulosamente con todas tus exigencias, Elliot, tu abogado puede corroborarlo.

─Lo sé, solo quería echar un último vistazo antes de firmar.

Acarició el bolígrafo con el pulgar y finalmente estampó su firma en ese contrato de imagen y colaboración con Sky Sports. Un compromiso profesional que se circunscribía únicamente al Mundial de Fútbol 2026 y más concretamente, a los partidos en los que participara la selección inglesa.

─Genial, enhorabuena y bienvenido al equipo.

Todos los presentes en la sala, que eran muchos, aplaudieron y él se puso de pie para estrechar manos y recibir un abrazo de Barbara; esa súper ejecutiva estadounidense que era muy directa y muy agresiva, y no solo en lo referente al ámbito profesional.

─Dice Barb que has tenido alguna experiencia negativa comentado partidos, ¿qué pasó? ─Le preguntó Andrew Stevens, el presentador principal de la cadena, y él se encogió de hombros.

─Pasó que no me dejaron hablar y luego hubo muchas quejas por parte de la dirección y del público, aunque fue hace años.

─Ahora lo haremos bien, nosotros funcionamos de maravilla en equipo y será un placer facilitar tu trabajo.

─Muchísimas gracias. Solo espero estar a la altura.

─Con ese cuerpazo, ese culo y esa sonrisa de un millón de dólares ─Barbara lo señaló con sus gafas─, ya estás más que a la altura, Elliot Clafin, no hará falta ni que hables. De todas maneras romperemos las audiencias.

Se hizo un silencio incómodo y él la miró con los ojos entornados, sin saber cómo responder a aquello, de forma igualmente inadecuada o tomándoselo a broma. Hizo amago de abrir la boca, pero fue Tom, su abogado, el que intervino en un tono nada amistoso.

─Si tú fueras un hombre y Elliot una chica, Barbara, todos los presentes me estarían exigiendo que te denunciara por un comentario tan inapropiado.

─Ya estamos con los ofendiditos… ─Soltó ella muerta de la risa.

─De momento no te voy a denunciar, pero sí te voy a pedir formalmente el respeto y la prudencia debida hacia mi cliente, al que habrás fichado, supongo, por sus conocimientos deportivos y su larga trayectoria profesional, no por su aspecto físico.

─También por su aspecto físico, joder, que parecemos nuevos. Es que en este puto país no se puede decir nada.

─En este “puto” país se puede decir de todo mientras no traspases los límites de la Ley de Protección contra el acoso por razón de sexo en espacios públicos de 2023.

Esta ley castiga aquellos actos, palabras o comportamientos abusivos o insultantes dirigidos a una persona en un lugar público, esto incluye comentarios sexuales no deseados, piropos agresivos y lenguaje que refuerce estereotipos dañinos.

Recitó de memoria, recogió sus papeles, lo miró y le hizo un gesto para salir de ahí y dar por terminada la reunión. Elliot lo siguió pensando que tenía el mejor abogado de Londres y fue Andrew Stevens el que los interceptó en el pasillo.

─Lo siento, lo siento muchísimo, Elliot, el comentario ha sido completamente inadecuado y por supuesto las palabras de la señora Robinson no me representan ni a mí ni a mi programa, ni a mis compañeros.

Os pido disculpas en mi nombre y en nombre de la cadena, y te aseguro que todo el equipo está feliz e ilusionado ante la perspectiva de poder contar con un jugador de tu talla en nuestras filas.

Será un gran mundial y contigo comentando los partidos de Inglaterra, será incluso mejor.

─Alguien debería controlar a la señora Robinson y explicarle que el respeto es una vía de ida y vuelta. Estamos en el siglo XXI, por el amor de Dios.

Soltó Tom indignado, pulsando los botones para llamar al ascensor y él miró a Andrew, que era un tipo respetable y muy profesional, le sonrió y le ofreció la mano.

─Muchas gracias, Andrew. Nos vemos el 10 de junio en Dallas.

─No, te veo dentro de dos días en Stamford Bridge, retrasmitiremos tu último partido y tu homenaje de despedida.

─¿Ah sí?

─Sí y de paso, desde el hogar del Chelsea, anunciaremos tu fichaje para el equipo de Sky Sports en el mundial.

─Genial.

─¿Crees que esa misma noche, después del partido, nos podrías conceder una entrevista más personal? No más de quince minutos.

─Por mi parte no hay problema, pero gestionadlo con prensa del Chelsea, porque hasta el 31 de mayo ellos organizan mi agenda.

─Hablaré con George.

─Eso es, hasta luego.

Se despidió con una palmadita en la espalda y entró en el ascensor seguido por Tom y por Bill, al que, a pesar de su última y gran discusión a cuento del contrato en los Estados Unidos, había permitido asistir a la firma del último acuerdo que cerraban juntos.

Una deferencia a veinte años de colaboración profesional que ese día zanjaban formalmente y para siempre.

─¡Eli!

Gritó Barbara Robinson sujetando la puerta del ascensor y los tres la miraron frunciendo el ceño.

─Eli, cielo… espera un minuto.

─Elliot, me llamo Elliot.

─Elliot ─respiró hondo─, si en algún momento te ha molestado o incomodado de verdad mi comentario, pido disculpas. Ya me conoces, sabes que soy muy campechana, no era mi intención…

─Apenas te conozco, pero Ok, vamos a dejarlo correr.

─A nadie le amarga un piropo, ¿no?

─Mientras no te cosifique, no ─Le hizo un gesto para que soltara la puerta y ella se apartó─. Gracias, se nos hace tarde.

─¿O sea que de llevarte a cenar ni hablamos?

─Adiós, Barbara.

Respondió Tom, esperó a que se cerrarán las puertas metálicas y lo miró a los ojos.

─No sé cómo aguantas esto con tanta calma, tío.

Yo cada vez soporto menos a este tipo de mujeres que van exigiendo comportamientos que luego ellas no cumplen y se saltan arbitrariamente ¿Te imaginas que uno de nosotros hubiese hecho el comentario que te ha hecho ella a ti?

En comisaría hubiésemos acabado y con razón. No podemos tolerar…

─No tiene importancia, Tom, déjalo ─Lo interrumpió.

─¿Cómo que no tiene importancia?

─Tommy, tienes toda la razón y me incomoda muchísimo que me hablen así, pero ¿qué quieres que haga?, es peor darle importancia y quedar como un borde maleducado.

─Eres un deportista de élite, un referente para muchos chavales y desde tu posición podríamos…

─¡Joder, déjalo ya! ─Soltó Bill llegando a la calle─. No lo provoques ni le metas chorradas en la cabeza. Elliot Clafin es como David Beckham, sabe que además de por su forma de jugar al futbol gusta por su físico y eso siempre levanta pasiones. ¡Bienvenido sea!

─¡¿Qué?! ─se detuvo en seco y lo miró a los ojos─, ¿qué coño estás diciendo, Bill?

─¿Y desde cuando a los tíos nos van estos dramas? No olvides que esa mujer, que encima está como un tren, te acaba de dar trabajo, chaval, muestra un poco más de agradecimiento. Yo me largo.

Zanjó seco, les dio la espalda y caminó hacia su coche que estaba en el parking VIP del Sky Campus, la sede central del Grupo Sky. Elliot movió la cabeza y miró a Tom con cara de asombro.

─En fin. ─Le dijo él mirando la hora─ ¿Puedo llevarte a algún sitio o viene Amir a buscarte?

─Me he traído el coche, tengo que recoger a Violetta en el aeropuerto y le gusta que vaya solo.

─Había olvidado que llegaba hoy, qué bien, me alegro mucho.

─Viene para el homenaje y luego nos iremos con mi madre a Dublín.

─Entonces la veremos pasado mañana en Stamford Bridge, pero cuando volváis de Irlanda, tenemos que organizar algo con los niños en casa.

─Esto está hecho.

Se despidieron con un abrazo junto a su coche, lo observó marcharse y luego se montó de un salto, poniendo el teléfono en el soporte del salpicadero para revisar los mensajes y las llamadas perdidas.

Había mucho donde elegir, pero no había nada de Éire Reilly, su arquitecta de interiores que se había transformado en algo más hacía ocho días, cuando habían pasado de las palabras a los hechos después de la inauguración de su muestra en la Galería Maddox,

y a la que llevaba llamando una semana sin éxito.

Puso el navegador rumbo al Aeropuerto de Heathrow ─veinticinco minutos de trayecto─ y enfiló por la A4 canturreando y con tiempo de sobra para llamar a su publicista, que estaría esperando ansiosa los detalles de su nuevo contrato con la tele.

Le pidió a Siri que marcara su número, pero antes de terminar la frase le entró una llamada de su hija que en teoría venía volando.

─¿Violetta?

─No voy a ir.

─¿Cómo dices?

─Que no voy a ir. Hoy es el cumpleaños de mi mejor amiga del colegio, la he invitado a Roma y no puedo dejarla sola aquí.

─¿En serio?

Respiró hondo, puso el intermitente y aparcó en un arcén intentando mantener la calma.

─¿Me estás diciendo que sigues en Italia y no has tenido el detalle de llamarme y avisar que no cogías el avión?

─Me daba cosa decírtelo.

─¿Y tu madre?

─No metas a mamá en esto.

─¡¿Cómo no…?! Ok, ok, vale… trae a tu amiga a Londres, os compraré unos billetes ahora mismo.

─Te he dicho que es mi mejor amiga del colegio, es americana, ¿sabes?, y sus padres no le dan permiso para ir a Inglaterra. Ellos están de vacaciones en Venecia y vendrán a recogerla el domingo.

─¿Y no se te ha ocurrido decirles que tu padre deja el fútbol tras veinte años de carrera profesional, que le van a hacer un homenaje y que le encantaría que tú estuvieras presente?

─No les interesa nada el fútbol europeo.

─¿Y no podías explicárselo?, porque para esto mí es muy importante, hija.

─¿Ves? y ahora me haces sentir culpable ─Soltó un llantito, pero él ni se molestó en creérselo.

─Está bien, Violetta, disfruta mucho de estos días con tu amiga.

─¿Te has enfadado?

─Más que enfadado estoy dolido. Me parece increíble que con trece años aún no seas capaz de empatizar y mostrar algún tipo de consideración hacia mí. Es muy duro, hija.

─Si tanto te importa, veré el partido por la tele.

─No hace falta, muchas gracias ─resopló y se limpió una lágrima de impotencia con el dorso de la mano─. Dile a tu madre que me llame.

Le colgó y se echó a llorar, como solo le pasaba en asuntos relacionados con ella, porque, como a la mayoría de los padres y las madres, lo único que de verdad le partía el corazón era lo que tenía que ver con su hija.

Esa niña que hasta los diez años había sido feliz pasando tiempo con él, que lo había echado de menos, que lloraba cuando se separaban…

con la que tenía que hablar todas las noches para que se durmiera y todas las mañanas para que se fuera al colegio contenta.

La niña de sus ojos, que había empezado a cambiar con la preadolescencia, tal como le habían advertido los sicólogos, pero sobre todo por la pésima influencia de su madre.

Una madre egocéntrica e irresponsable que jamás, nunca, había facilitado la relación padre-hija y que no había hecho más que poner piedras en el camino.

Odiaba hablar mal de Sofía, porque siempre la iba a respetar como madre de su hija, pero había momentos como ese en el que no podía obviar su falta de sensibilidad, de sentido común, de responsabilidad, de compasión,

porque ninguna madre en su sano juicio habría aprobado lo que acababa de hacer Violetta.

Ninguna salvo ella, que parecía disfrutar los desplantes de la niña hacia él.

De hecho, no le cabía la menor duda de que la propia Sofía había organizado la visita de la amiga americana a Roma esos días. Precisamente el único fin de semana que había pedido expresamente y por escrito con su hija en Londres.

Buscó la botella de agua mineral en su mochila, tomó un buen sorbo y salió a la carretera localizando un desvío que lo llevara de vuelta al centro de Londres.

Le pidió a Siri que le enviara un mensaje a su madre con las novedades, porque no tenía ánimo para hablar con ella, y puso la música a tope hasta que le entró una llamada de Éire Reilly y muy sorprendido la respondió.

─Hola, desaparecida. Te he llamado mil veces.

─Lo siento muchísimo, Elliot. Nos fuimos a Marruecos cinco días, perdí mi móvil y no pude recuperar mi número hasta volver a Dublín. ¿Qué tal estás?

─¿Qué hacías en Marruecos?

─Me fui con Geraldine, ¿no te lo comentamos? Teníamos cita con un ebanista súper conocido de Marrakech y luego aprovechamos de visitar a unos artesanos de alfombras que nos habían recomendado.

─¿Por qué?

─Porque ella quiere su casa nueva como la de Las mil y una noches ─soltó una risa y él sonrió, porque le encantaba su acento irlandés tan cerrado─. Va a quedar preciosa.

─Y original.

─Siempre le ha encantado Marruecos. ¿Qué tal llevas lo del sábado? ¿Ya sabes cómo va a ser el homenaje?

─Firma de camisetas, vuelta al campo con el equipo, discursos, un video de toda mi carrera, ya sabes… todo muy futbolero. Vienen familia y amigos de Liverpool y también de Dublín.

─Ya me ha dicho Sean que se ha apuntado.

─Vente y lo celebramos. He alquilado el 606 Club para una gran fiesta con música en directo y DJ.

─Suena genial, pero…

─Si te animas, aquí estaremos.

─Gracias. Lucy me ha dicho que al fin ha quedado con los dueños de la casa de tus abuelos.

─Sí, el próximo lunes. A ver si hay suerte.

─Ojalá. Ahora te dejo, me voy a ver tu reforma y…

─Éire.

─Dime.

─¿Todo bien entre nosotros?

─Claro, ¿por qué?

─No sé, solo para comprobarlo, tengo muchas ganas de volver a verte.