Éire (Dublín 2) 6
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Mierda… masculló, sintiendo el típico hachazo en el centro de la cabeza.

Ese dolor que no te permitía abrir los ojos con normalidad y que no era fruto de una jaqueca o de una gran resaca, sino de una resaca mediana, de esas que solo le provocaban la mezcla de bebidas y la falta de algo sólido en el estómago, porque, por culpa de los nervios generados por la exposición,

había comido muy poco.

Giró en la cama, esa cama de hotel bueno, con sábanas de quinientos hilos y aroma a jazmín, e instantáneamente abrió los ojos asustada, porque las sábanas de los hoteles, sobre todo si eran buenos, jamás se perfumaban.

Miró a su alrededor desde su posición y lo primero que localizó fue un ventanal enorme, con travesaños de madera blancos, típicos de las casas victorianas. Respiró hondo, levantó el edredón y al comprobar que estaba desnuda se tapó hasta la cabeza maldiciendo en todos los idiomas que conocía.

─Maidin mhaith!

La saludó de pronto Elliot Clafin en gaélico y ella literalmente saltó, se cubrió mejor y no le quedó más remedio que destaparse la cara y saludarlo.

─Buenos días.

Observó cómo se acercaba a la cama vestido y con una bandeja entre las manos, y por un segundo rogó al cielo porque no hubiese pasado nada entre ellos y las imágenes que se le agolpaban en la cabeza practicando sexo juntos, solo fueran fruto de su imaginación.

─Te he traído café y un zumo natural de naranja. No sé qué sueles desayunar, pero abajo hay de todo ─se inclinó, inundándola con su aroma a recién duchado y a loción de afeitar, y colocó la bandeja a su alcance─. Lo siento mucho, Éire, me encantaría quedarme, pero tengo entrenamiento.

─Por supuesto, no te preocupes ─respondió con la voz ronca─. Muchas gracias por el café.

─De nada. Lupe os está esperando para haceros el desayuno, ¿de acuerdo? Ella encantada de atenderos en mi ausencia.

Se apartó de la cama, le dio la espalda y caminó por la habitación para sacar de una cómoda Chippendale Weimar un reloj y unas gafas de sol, a la par que le regalaba una imagen espléndida de ese cuerpazo saludable y fuerte que tenía.

─¿Mi hermano e Isabelle…?

─Siguen durmiendo abajo, en la habitación de invitados, aún es pronto. Yo es que tengo fisio a las ocho en el Cobham Training Centre[8] y me queda a cuarenta y cinco minutos de aquí, así que… ─se puso las manos en las caderas y le sonrió─ ¿Estás bien?

─Sí, gracias, ¿y tú?

Respondió de forma automática y él asintió.

─Todo perfecto. Ahora tengo que marcharme, pero puedes quedarte hasta la hora que quieras, ¿ok? No hay problema.

─Gracias, buen entrenamiento.

─Hablamos más tarde. Adiós.

La señaló con el dedo guiñándole un ojo, retrocedió y despareció por el pasillo. Ella lo observó sin moverse y solo cuando sintió que iba bajando las escaleras volvió a respirar con normalidad, apartó el edredón y salió de la cama de un salto.

Lo primero que hizo fue meterse en su cuarto de baño, porque tenía que aceptarlo, estaba en su dormitorio.

No en una habitación de invitados como Sean e Isabelle, no, ella había dormido en la habitación principal de esa casa porque, tras enrollarse con Elliot Clafin en un club nocturno de Mayfair, habían acabado en la cama juntos.

¡En la cama juntos!, joder. Lo que nunca, jamás de los jamases, bajo ningún concepto, de ningún modo, ni muerta, se permitía hacer con un cliente que encima, para más inri, ahora iba a ser parte de su familia,

porque Sean e Isabelle habían anunciado que se casaban en septiembre y eso los iba a convertir en primos segundos, terceros o lo que fuera.

Madre mía, Éire, a veces no hay quién te entienda.

Abrió los grifos de esa ducha de hidromasaje en columna que valía una fortuna, así como la piedra natural que cubría todas las paredes del cuarto de baño, y se puso en medio de los chorros cerrando los ojos para tratar de concentrarse en lo importante:

¿cómo había llegado hasta allí y qué pensaba hacer para salir airosa de una situación tan innecesaria?

Innecesaria porque mira que había hombres en Londres como para enrollarse justo con ese.

En su defensa podía alegar que ambos eran adultos y responsables, que no existían terceras personas, ni rollos raros, ni secretos ni infidelidades.

Los dos, después de pasárselo en grande en un club de moda, habían hecho lo que hacían cientos de miles de personas a todas horas: besarse y dejarse llevar.

Eso sí, antes de pasar a los besos, habían charlado claramente sobre sus respectivas posturas frente a las relaciones sexuales y sentimentales, y habían descubierto que coincidían en lo más importante, ambos se declaraban abiertos y sin ataduras.

Él, que era muy sincero, le había explicado que se consideraba poliamoroso y que salía, en ese momento, al menos con dos chicas.

Una de ellas era Olga, la modelo ucraniana que había llevado a Malahide la primera vez que se habían visto en persona.

─No me van los compromisos ni las etiquetas con las mujeres ─Le había confesado tomando un sorbo de su agua mineral con gas─.

Me comprometí muy joven con la madre de mi hija y salió fatal, sigo pagando por ello y no pienso repetir el mismo patrón.

Creo, firmemente, que el estado ideal de las parejas es la libertad.

Cada uno en su casa y Dios en la de todos. En resumen, vive y deja vivir.

─¿Y tus novias qué opinan?

─Lo mismo. Las dos practican el amor libre, si no, no estaría con ellas.

─Me parece fenomenal, aunque yo nunca he conocido un hombre que esté dispuesto a compartir esa libertad conmigo. Los tíos que me he cruzado en la vida siempre han querido atarme.

─Conozco a muchas mujeres que quieren hacer lo mismo conmigo.

─Tienes razón, no es cuestión de género, pero el caso es que por culpa de gente así me he vuelto muy escéptica y, aunque no me puedo considerar poliamorosa, llevo años huyendo de las relaciones y del compromiso.

─Lógicamente.

─Encima, muchos de esos tipos posesivos y controladores que me querían echar el guante, me engañaban y me mentían como si fuera idiota. No, gracias, nunca más.

─Yo nunca engaño a nadie, conmigo jamás tendrías ese problema.

─¿Ahora no estarás intentando ligar conmigo?

─¿Por qué no?

─Porque no estaría bien.

─¿Por qué?

─Para empezar, porque eres primo de mi cuñada y no sería buena idea.

─¿Por qué?

─Porque ahora somos familia y nunca es buena idea ligar con gente de la familia.

─Chorradas, nuestro parentesco es lejanísimo. Dame una excusa más objetiva.

─Eres del perfil al que solo le van las modelos o las influencers y yo, pues… ya se ve que no soy ninguna de las dos cosas.

─Otra chorrada como una casa.

─Trabajo para ti y…

─¿Por qué no nos vamos de aquí? ─la había interrumpido poniéndose de pie─ ¿No querías echar un vistazo a mi colección de arte?

─No, gracias, Elliot Clafin, esta noche no. Estoy en el mismo hotel de mis padres y…

─Tus padres se han ido a dormir hace horas, ni se darán cuenta de tu ausencia.

─No conoces a mis padres.

─Dame un beso antes de decidir.

─Muy gracioso.

─¿No te atreves?

Lo había mirado empezando a sospechar que solo intentaba provocarla, lo cual solía surtir efecto en alguien como ella. Se había puesto de pie, se le había acercado, lo había sujetado por la pechera de la camisa para obligarlo a inclinarse y le había pegado un beso en condiciones.

Un beso largo y húmedo que pronto había pasado de ser un simple juego, a ser algo mucho más intenso y perturbador, al menos para ella.

─¿Te vienes a mi casa o no, Éire Reilly?

Le había preguntado sobre su boca, antes de apartarse para buscar sus ojos con total tranquilidad, como si estuviera demasiado acostumbrado a esas situaciones de intimidad repentina ─que lo estaría, obviamente─ y ella había dado un paso atrás indecisa y frunciendo el ceño.

─No es por presionar, es que mañana madrugo y no puedo seguir aquí eternamente, fingiendo que nos hemos hecho muy colegas, aunque llevo toda la noche imaginando lo que te haría si consigo llevarte a mi casa.

─Directo al grano.

─Las cosas claras y el chocolate espeso, decía mi abuela Blanche, que era una mujer muy sabía. Venga, vámonos.

Le había ofrecido la mano y ella, que de repente se había sentido muy empoderada y un pelín piripi tras su gran día en la Galería Maddox, había asentido, se había agarrado a su mano y se había largado con él a Chelsea.

Una decisión impulsiva pero humana y de la que no pensaba arrepentirse, porque además de ver su magnífica y sorprendente colección de arte, también había disfrutado de su magnífico y sorprendente talento para el sexo.

A esas horas de la mañana aún no podía recordar con nitidez cada detalle de la noche, porque todo se había desarrollado de forma urgente, loca y muy impetuosa por parte de ambos, sin embargo, sí tenía muy claras las sensaciones, la pasión, el efecto que le había producido tocarlo y que él la tocara,

y sabía, estaba segura, que había sido una noche fabulosa.

─Buenos días, Lupe.

Entró en la cocina con su vestido de coctel y recogiéndose el pelo mojado, y Lupe, que era una señora paraguaya adorable, según Elliot, la observó de soslayo sin mucho interés.

─Buenos días, señorita…

─Reilly, Éire Reilly. Encantada de conocerla.

─¿Reilly cómo el prometido de la señorita Isabelle?

─Sí, Sean es mi hermano. ¿Sabe si siguen arriba?

─Siguen arriba, no han bajado y el señor me ha dicho que no los moleste y los deje descansar. ¿Quiere que le prepare algo para desayunar?

─No, muchas gracias. ¡Hola Thor!

Se inclinó para saludar al precioso Golden Retriever de Elliot, que era sumamente suave y cariñoso, y Lupe se le acercó por la espalda.

─¿Le pido un taxi o un Uber? El señor Clafin suele pagárselo a sus invitadas.

─No se preocupe, Lupe, ya lo pido yo. Muchas gracias.

Hizo un último mimito a Thor, se enderezó y la miró a los ojos, percibiendo claramente que esa señora la estaba juzgando con tal desprecio, que más le valía salir de ahí corriendo antes de que la echara de una patada a la calle.

Sacó el IPhone a punto de quedarse sin batería, pidió un Uber y le sonrió.

─Ya está, tarda cinco minutos.

─La acompaño a la puerta.

─No hace falta, yo…

Se la llevó hacia la puerta principal, esperó a que pisara la acera y la cerró de un portazo dejándola con la palabra en la boca.