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─No sé qué me pasa, los seres humanos somos así de complejos, pero si sigo en esta línea tendré que volver a terapia.
Comentó Isabelle aceptando una taza de té y él se le sentó enfrente, en la isla de la cocina, para acariciarle la mano.
─Yo creo que es algo bastante normal lo que te pasa, prima, no deberías preocuparte.
─Me preocupa porque nunca me había planteado tener hijos pero hemos tenido una falsa alarma y de repente estoy obsesionada con quedarme embarazada.
Solo sueño con bebés y ahora lloro cuando me baja la regla ─suspiró─.
¿Ves?, estoy obsesionada, deberíamos estar hablando de tu “jubilación”, no sé por qué te cuento todo esto.
─Podemos hablar de lo que tú quieras, ¿hace cuánto que no venías a verme?
─Puf, desde hace un montón de tiempo. ─Movió la silla giratoria para observar a su alrededor─ ¿Vas a conservar esta casa cuando dejes el Chelsea?
─Claro, es mi joya de la corona. Aquí Violetta dio sus primeros pasos, celebramos su primer cumpleaños; fue mi primera compra importante y además me encanta esta casa.
─¿No te has planteado volver a vivir a Liverpool?
─No, allí no puedo salir ni a dar una vuelta en bici, me reconoce todo el mundo. Tal vez más adelante, cuando empiecen a olvidarse de mí.
─Entonces espera sentado ─Se echó a reír.
─No te creas, la gente se olvida muy rápido de los futbolistas.
─¿Y Malahide? Si te mudaras a Irlanda estaríamos más cerca y podríamos mimarte un montón.
─Suena muy bien, pero aún no sé si me quedaré con la casa de Malahide.
─¿Ah no?
─No, igual la acabo vendiendo por el triple después de la reforma. Mi agente inmobiliaria ya tiene dos ofertas en firme.
─¿Éire lo sabe?
─¿Debería saberlo?
─Creo que sí, porque no es de las que acepta obras que luego van a pasar a terceras personas. Es muy tiquismiquis con eso, siempre dice que solo trabaja con proyectos muy personales, con hogares.
─Y esa casa será un hogar, a lo mejor no para mí, pero sí para alguien que esté dispuesto o dispuesta a pagar muchísimo dinero por ella.
─Vaya… deberías habérselo comentado desde el principio.
─Nunca hemos hablado de mis decisiones futuras con respecto a la propiedad. Además, si funciona este negocio compraré todo lo que encuentre por la Bahía de Dublín y contrataré sus servicios como interiorista en exclusiva. La haré ganar muchísimo dinero.
─No creo que el dinero esté entre sus principales motivaciones, Elliot.
─Si no estuviera entre sus principales motivaciones, se dedicaría solo al arte.
─Es que trabaja como arquitecta de interiores para poder dedicarse solo al arte. Le guste o no el dinero, todos tenemos facturas que pagar.
─Está bien, sin embargo…
─Sin embargo ─Lo interrumpió─, creo que sería un detalle que le contaras tus planes con respecto a la casa, para que luego no la pillen por sorpresa. Ya te digo que es muy sensible con estas cosas.
─¿En serio?
─Dedica muchos meses a cada proyecto y estoy segura de que le gustaría saberlo.
─Está bien.
─Una ducha cojonuda, Elliot.
Sean Reilly los interrumpió apareciendo en la cocina vestido de punta en blanco y él le sonrió señalándole la cafetera.
─¿Quieres un café antes de salir? También tengo sándwiches y una tabla de quesos.
─Estupendo, mil gracias. No me ha dado tiempo ni a comer.
─Tranquilo y toma asiento.
Observó por el rabillo del ojo cómo besaba a Isabelle en la frente antes de sentarse a su lado, y sin querer pensó que hacían una pareja muy bonita.
Él tan rubio y tan alto, y ella tan menudita y tan morena.
Se notaba que se querían una barbaridad y que vibraban en la misma sintonía.
Lo máximo que podía desear para su prima favorita.
─Aquí tenéis ─puso la comida en la mesa─, los sándwiches los dejó hechos Lupe antes de irse y os aseguro que son los mejores de todo Londres.
─Muchas gracias ─Sean asintió y lo miró a los ojos─ y gracias otra vez por alojarnos en tu casa.
─No iba a consentir que os fuerais a un hotel, casi nunca tengo visitas y muchos menos de Isa, que es la prima que menos viene a visitarme.
─Tú tampoco es que vayas demasiado por Dublín.
─Ya sabes que yo vivo atrapado aquí ─Le guiñó un ojo antes de probar un poco de queso.
─¿Y cuánto te falta para la liberación? ─Le preguntó Sean riéndose y él le señaló el calendario que tenía en la nevera.
─De facto dejo el equipo el 31 de mayo, pero la temporada termina el 24, así que solo me quedan dos jornadas de Liga, diez días de trabajo y, después de cumplir con algún que otro compromiso publicitario y con los medios, me marcho de vacaciones.
─¿Dónde vas?
─Directo a Dallas para estar en el primer partido de la selección inglesa en el Mundial, a partir de ahí, si vamos superando fases y llegamos a la final, me quedaré por tierras americanas hasta el 19 de julio.
─Espero que tengas un Plan B, porque a la final no llegáis ni de coña ─Bromeó Sean y él movió la cabeza.
─Nunca se sabe, colega, aunque claro que tengo un Plan B, al que estáis invitados si os apetece ir a Ibiza.
─Muchas gracias, pero nosotros nos vamos al norte de Irlanda ─comentó Isabelle tomando el último sorbo de su taza de té─. Hemos alquilado una casa en el Lago Currane, en la ruta del Anillo de Kerry.
─Qué maravilla.
─Estaremos allí del 1 al 30 de julio y por supuesto estás invitado, Elliot. Hemos planeado el verano contando con las visitas de la familia.
─Se agradece, chicos, la verdad es que me encantaría llevar a mi hija unos días a Irlanda y si es para estar con la familia, muchísimo mejor.
─Pues ya estáis invitados.
─Hablando de la familia ─Isabelle se puso de pie─, solo falta media hora para la inauguración de Éire. ¿Nos vamos ya?
─Vámonos.
Asistir a la inauguración de la exposición colectiva en la que participaba Éire Reilly en Londres, había sido iniciativa suya, sin embargo, ir a la cena posterior que se había organizado para los pocos amigos y familiares desplazados desde Irlanda para apoyar a la artista,
había sido idea de Isabelle, que se había empeñado en preparar una celebración para su cuñada, a pesar de que su propia cuñada había pedido expresamente que no dieran importancia a una muestra desde su punto de vista irrelevante.
Irrelevante desde luego no era, porque se trataba de una exposición en la prestigiosa Galería de Arte Maddox, y por esa razón habían llegado desde Dublín sus padres, su hermana Mare, Sean e Isabelle, y unos cuantos amigos más que pretendían, después de la inauguración,
llevársela de cena y de fiesta por Londres.
Un plan en el que él igual no pintaba nada, pero al se había apuntado primero por insistencia de su prima y segundo por Geraldine, que también lo había llamado varias veces para convencerlo de que se sumara a la juerga.
─Muchas gracias por venir, Elliot, no hacía falta, pero te lo agradezco mucho.
Éire Reilly en persona, radiante y guapísima vestida de verde oscuro (el color de las pelirrojas, solía decir su madre), se le acercó para saludarlo en cuanto pisaron el salón donde estaban expuestas sus obras y él le hizo una venia mirando a su alrededor.
─No me la habría perdido por nada del mundo.
─Paul Neville dice que eres buen cliente de la galería.
─Me gusta comprar arte y suelen mantenerme bien informado. Hace una semana me llegó el catálogo de esta muestra.
─Mis cuadros no hace falta comprarlos, ¿eh?
─¿Ya están vendidos?
─No es eso…
─Éire, ¿puedes venir un momentito, por favor?
Un hombre de mediana edad, muy trajeado y elegante, lo observó de arriba abajo y le regaló una sonrisa un pelín maliciosa antes de cogerla por el brazo para llevársela al otro lado de la sala, donde la estaba esperando un grupo de gente igual de elegante y trajeada que él.
Los siguió un segundo con los ojos, luego los ignoró y se fue directo a ver los dos cuadros de su arquitecta de interiores, que en el catálogo de Maddox aparecían dentro del grupo: Artistas inspirados por la naturaleza.
Se colocó delante las obras y notó de inmediato la intensidad mágica y salvaje de Irlanda.
La docena de verdes diferentes, el azul del mar, el gris perlado del cielo nublado, la humedad, la majestuosidad de los acantilados.
La alegría y la melancolía, en resumen, todo aquello que él consideraba naturaleza irlandesa.
Dio un paso atrás con el corazón latiéndole más rápido de lo habitual y alguien lo abrazó por la espalda.
─¿Qué opinas? ─Le preguntó Geraldine al oído.
─Voy a comprarlos.
─No le gusta que la familia o los amigos compremos sus cuadros en las exposiciones. Dice que prefiere constatar la opinión objetiva de un extraño.
─Yo soy ese extraño.
Se giró buscando a Paul Neville, el galerista, y Geri se echó a reír.
─Lo siento, cariño, pero ya estaban vendidos antes de abrir las puertas al público.
─Eso no es justo.
─Tranqui, tiene terminadas otras dos series completas dedicadas a Irlanda. Háblalo con ella directamente.
─Disculpa…
Le sonrió y se dio la vuelva al ver a Paul Neville charlando con otros clientes. Caminó hacia él con decisión y él, al verlo, se le acercó con una enorme sonrisa.
─Señor Clafín, qué honor que hayas podido venir.
─Conozco a la artista ─Le señaló a Éire con la cabeza─, me encanta su trabajo y quiero sus dos cuadros.
─Lo siento, ya tienen dueño.
─No lo habéis señalizado.
─Un fallo de Mónica, pero… ─suspiró─. Sígueme.
Lo llamó con un dedo y se lo llevó por el pasillo hacia el final del local. Bajaron una escalera, llegaron a la zona de los despachos y le señaló una bodega que parecía una caja fuerte de enormes dimensiones.
─Tengo otros dos cuadros de Éire Reilly en espera, si los quieres, son tuyos.
Lo hizo entrar, apartó los lienzos de protección y se los enseñó. Él los observó con atención y le gustaron, mucho, pero no sintió ni de lejos el flechazo que había sentido con los que ya estaban expuestos.
─Me gustan, pero me gustan más lo de arriba.
─Joder, Elliot.
─Haberles puesto el puntito rojo, hombre, y no estaríamos teniendo esta conversación.
─Ok, déjame hablar con el cliente. Dame un minuto.
─Gracias, amigo.
Le palmoteó la espalda y vio cómo se apartaba sacando el teléfono móvil. Volvió a mirar los cuadros de Éire Reilly y le impresionaron, porque en realidad tenía muchísimo talento, pero ya se había encaprichado de los de arriba y no pensaba aceptar un no por respuesta.
Caminó por el almacén echando un vistazo a todo lo que ocultaban por allí y de repente se acordó de su padre, un profesor de matemáticas amante del arte, que le había inculcado una máxima que siempre respetaba: “Tratándose de arte, hijo, haz caso de tu instinto.
Los mejores coleccionistas son impulsivos. Si lo sientes en el corazón, cómpralo”.
─Elliot, me debes una, los cuadros son tuyos.
─Genial, Paul, eres el mejor.
Cuando regresó a la sala de exposiciones ya estaba repleta de gente que hablaba y murmuraba mientras un pequeño ejército de camareras repartía copas de champán y de vino entre platos de queso y delicias de foie.
Se escabulló entre la multitud evitando las miradas curiosas y cuando al fin dio con su prima y con Sean, no faltó quién se le acercó para pedirle un selfie o un autógrafo.
El momento exacto para abandonar la galería y esperar al grupo en una zona menos concurrida.
─¿Te escondes de algo?
Salió al callejón trasero del edificio y se encontró con Éire Reilly sola, sentada en una escalerita y fumándose un pitillo.
─Un poco sí, ¿y tú?
─Yo del todo. Si me empiezan a pedir autógrafos en una galería de arte, mi impulso es salir corriendo.
─Vaya por Dios.
─La gente es que es… en fin… ─se apoyó en la pared─. No sabía que fumaras.
─Solo en ocasiones. Me agobian los halagos y las palmaditas en la espalda.
─Tendrás que ir acostumbrándote, porque tu trabajo es excelente.
─Muchas gracias.
─He comprado tus dos cuadros.
─¡No!, ¿por qué?
─Porque me tocaron aquí ─se puso el puño cerrado en el pecho─. Será como tener un trocito permanente de Irlanda en mi casa.
─Bueno… ─Le clavó esos ojos tan peculiares que tenía y le sonrió─. Qué bonito, eres muy amable, Elliot.
─No es amabilidad, es la verdad. Si un cuadro no me llega a atravesar el pecho no lo compro, esa es mi regla de oro.
─Geraldine dice que coleccionas desde hace tiempo.
─Desde que empecé a ganar dinero. Es la pasta mejor invertida y la mejor herencia que le puedo dejar a mi hija.
─Un día tienes que enseñarme tu colección completa.
─Cuando quieras, está todo en Chelsea, puedes pasar a verla este fin de semana, si te apetece.
─No creo que pueda este finde, porque me marcho en seguida, pero iré a verla la próxima vez. De momento… ─apagó el cigarrillo y se puso de pie─. Te invito a una copa y después a una buena juerga. ¿Te apuntas?