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“Nacido en Liverpool el 14 de noviembre de 1989, Elliot John Clafin es el segundo hijo del matrimonio formado por el inglés John Clafin y la irlandesa Louise O’Loughlin Clafin, ambos maestros de escuela. Creció en el familiar barrio de Woolton, al sur de Liverpool.
A los seis años lo ficharon como futura promesa en la Academia de Fútbol del C.F. Liverpool, destacando rápidamente por su talento, su técnica innata, su velocidad y su fortaleza física…”
Dejó de leer la biografía oficial de Elliot Clafin y movió el cursor por la pantalla del portátil, intentando encontrar detalles más personales o anecdóticos sobre su vida.
En seguida le aparecieron cientos de artículos con su nombre en el titular y pinchó sobre los que le parecieron más veraces y serios:
“El delantero del Chelsea acude a los tribunales por enésima vez para seguir luchando por su hija” ─leyó en un artículo del Times de 2020 y desplegó el enlace completo─.
“Elliot Clafin, de treinta años, sigue enfrentado a la madre de su hija, la modelo e influencer italiana Sofía Esposito, por los incumplimientos sistemáticos del acuerdo de custodia compartida sobre la niña de seis años. Clafin lleva tres años peleando por el retorno de su única hija a Inglaterra,
de donde su madre se la llevó sin su consentimiento, aunque apoyada por la justicia italiana…”
Había miles de artículos sobre sus disputas legales a través de los años. Todo a cuenta de la custodia de su hija que, efectivamente, la madre se había llevado sin su permiso expreso a Roma tras casarse con otro jugador de futbol, el italiano Gianluca Esposito.
Leyó por encima las cientos de noticias y opiniones sobre el tema, pero dejó de mirarlo todo en cuanto su doloroso periplo judicial le recordó al de su hermano Connor, que también había sido público y comentado, para desgracia de la familia, por medio planeta.
Pinchó sobre el nombre de Sofía Esposito y no le sorprendió nada ver a una rubia despampanante, guapísima, luciendo palmito, curvas y vida feliz en Instagram y TikTok.
Una influencer con miles de seguidores, una WAGs perfecta, decían en algunas revistas como Vogue.
Una madre de cuatro hijos que no dudaba en enseñar TODA su vida a través de las Redes Sociales.
─¿Qué haces?
Le preguntó Carol entrando en su estudio y ella se apartó de la mesa y la miró sacándose las gafas.
─¿Sabes lo que es una WAGs?
─Es un acrónimo del inglés (Wives and Girlfriends) Se les llama así a las esposas o novias de futbolistas. ¿Por qué?, ¿estás cotilleando a las novias de Elliot Clafin?
─A su ex, la madre de Violetta, a ver si encontraba alguna información sobre la niña en sus redes. Alguna foto de sus viajes, sus aficiones, sus hobbies… no sé, cualquier cosa de esas que cuelgan los padres.
─De Violetta Clafin no encontrarás nada, porque nuestro cliente le tiene prohibido a la madre exponerla en las redes sociales. La llevó a los tribunales por sacarla sistemáticamente en sus videos de TikTok y le ganó la demanda.
─Vaya.
─Si te fijas bien, ella solo cuelga videos con el guaperas del marido y los tres hijos que tiene con él, nunca con la hija de Elliot Clafin. Si lo hiciera le costaría un problema legal gordísimo.
─La verdad es que tienen un historial judicial más largo que el de mi hermano con Siobhan.
─Y míralos ahora, tan amigos.
─¿Connor y Siobhan? ─Carol asintió─. Ojalá les dure. El caso es que no tenemos nada sobre Violetta Clafin y nos tocará elegir a nosotras la decoración de su habitación. Los chicos han terminado con el suelo radiante y habrá que ir tomando decisiones.
─Neutro y sencillo y que sea lo que Dios quiera.
─Que ella la decore como le apetezca si algún viene a visitar Malahide ─respiró hondo un poco frustrada─.
Me hubiese encantado hacer algo más personal, pero su propio padre me ha dicho que no sabe siquiera si alguna vez aparecerá por aquí, así que…
al menos, de momento, pasamos al Modelo A de nuestro Moodboard y sigamos adelante.
─Me parece perfecto, aunque es una situación familiar tristísima, ¿no crees?
─Sobre todo porque es pública y estas cosas acaban destrozando a los hijos adolescentes.
Miró la pantalla del portátil, donde tenía abiertas todas esas páginas de prensa y medios digitales a veces demoledoras contra Clafin y su ex italiana, y realmente lo sintió muchísimo por él, porque después de haberlo tratado un poco más durante su reciente viaje a Londres, le caía bastante mejor.
De hecho, había variado radicalmente la imagen que tenía de él al principio y ahora podía decir que las apariencias engañaban, porque el tipo era realmente encantador.
¿Cómo había ocurrido ese cambio de opinión?, muy fácil, había bajado la guardia y le había dado una oportunidad.
Todo había empezado con un encuentro fortuito en un parque de Chelsea, el barrio de Clafin y desde hacía una semana también el de Geraldine y Léa, y había continuado con una velada improvisada en la cocina de las chicas,
cuando él inesperadamente había aceptado una invitación de Geri y se había presentado con un postre casero y su sonrisa de anuncio para cenar con ellas.
Toda una sorpresa que le había regalado la oportunidad de escucharlo, de observarlo, de reírse con él, de conocerlo bastante mejor y descubrir que detrás de esa imagen de deportista de élite exitoso, pasota y un poco por encima del bien y del mal, había un chico familiar,
muy normal y con muchísimo sentido del humor.
Incluso, la había invitado a visitar su casa a la mañana siguiente, para que pudiera echar un vistazo a la espectacular reforma que le había diseñado el Estudio de David Collins, y para presentarle a su madre. La encantadora y muy irlandesa señora Louise Clafin.
─Incluso se aireó lo de la prueba de paternidad ─oyó que estaba diciendo Carol desde su escritorio y ella le prestó atención─. Fue muy feo, súper humillante. ¿No te acuerdas?, lo comentaba todo el mundo.
─Ya sabes que por norma, después de lo vivido con mi hermano, ni veo ni escucho ese tipo de informaciones. Me ponen enferma ─respiró hondo─ ¿No me digas que le pidió una prueba de paternidad a su ex?
─Él no, la pidió Gianluca Esposito, que era su compañero de equipo y un buen día le dijo que creía que Violetta era suya, porque llevaba con Sofía, por entonces Sofía Piaglia, desde el principio de los tiempos.
─No me lo puedo creer.
─Te lo juro, se pegaron en el vestuario y todo, los suspendieron a los dos.
Al final, la niña resultó ser Clafin y no Esposito, pero el daño ya estaba hecho.
Menudo escándalo fue aquello, a Esposito no le renovaron el contrato en el Liverpool y se tuvo que ir de vuelta Italia con el rabo entre las piernas, eso sí, con Sofía y su hija, que tendría unos tres añitos.
─Es peor que una serie de Netflix.
─Ya te digo. No se hablaba de otra cosa.
─Hace diez años estaba en la facultad y gracias a Dios no me enteré de nada.
─Los muebles para el despacho de Coleen acaban de llegar al almacén ─cambió te tema poniéndose se pie─. La voy a llamar para que nos diga cuando los podemos instalar, ¿te parece?
─Me parece perfecto.
─¿Quieres un café?
─Vale, gracias.
Cerró todas las pestañas del Google, aceptando que había sido un poco dura juzgando a Clafin, porque al parecer lo había pasado fatal en su vida y encima siendo muy joven,
y se concentró en el trabajo que tenía pendiente y que pretendía resolver por la mañana para dedicar la tarde a elegir y preparar dos obras más para la Galería Maddox de Londres, que le acababa de pedir dos cuadros en reserva por si vendían los que ya se habían llevado,
durante la primera semana de la exposición.
Lo habitual era que si le daban salida a las obras expuestas permanecían en la galería hasta el final de la muestra, sin embargo, ellos preferían retirarlas y sacar material nuevo para seguir vendiendo. Por supuesto, la idea le había parecido genial y estaba deseando concentrarse en eso.
Abrió el Autodesk[7] para revisar los planos de la segunda planta de la casa de Clafin y en ese mismo instante el timbre del telefonillo la sobresaltó.
Levantó la cabeza para comprobar que Carol se ocupaba de abrir y cuando la escuchó saludar muy efusiva alguien, se puso de pie para ver de quién se trataba.
─Mira quién ha venido a vernos, Éire.
Le señaló a Elliot Clafin y a su madre, que entraban por el pasillo muy sonrientes, e inconscientemente dio un paso atrás arreglándose la coleta.
─Sentimos venir sin llamar, Éire, pero acabamos de llegar a Dublín, queríamos ir a ver la casa y me he dado cuenta de que no tenemos las llaves.
Se disculpó él con mucha amabilidad y ella primero pensó que no hacían falta llaves, porque la cuadrilla a esas horas ya estaría trabajando en la propiedad, pero no quiso ser descortés, guardó silencio y se acercó a la señora Clafin para saludarla con un beso en la mejilla.
─No pasa nada, es un placer veros por aquí.
─Además, si no es mucha molestia, sería más interesante si tú misma nos pudieras enseñar la evolución de las obras ─ella le acarició el brazo─. Como en Londres me dijiste que era posible, pues…
─Por supuesto, Louise, yo os acompaño.
─Muchísimas gracias, cielo ─giró mirando el salón─. Tenías razón, hijo, la casa de Éire se parece mucho a la de los abuelos, claro que esta es muchísimo más acogedora. Que trabajo más bonito habéis hecho aquí.
─Muchas gracias, tardamos casi dos años en acondicionarla y dejarla así. Si os apetece, os la puedo enseñar antes de ir a Malahide.
─Ay, sí, por favor.
Los dos la siguieron escaleras arriba, donde tenía un dormitorio principal con vestidor y cuarto de baño, una habitación de invitados y un pequeño rincón para leer y hacer yoga, y les señaló el parqué.
─Retiramos todo el suelo original de madera y lo reparamos de forma artesanal, luego lo volvimos a colocar respetando el patrón inicial y quedó tan bonito que me he negado a poner alfombras.
─Es precioso ─susurró Clafin─ ¿No tienes suelo radiante?