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─Diez millones de dólares por temporada, Elliot.
Insistió su agente con cara de súplica y él se desplomó en su butaca favorita para jugar un rato al Minecraft.
─Y bajo el cálido sol de Orlando.
Apuntó Jason, el ayudante de Bill, que le caía genial porque era un chaval muy majo y voluntarioso, pero que en esa cuestión en particular no tenía ni idea de lo que estaba hablando.
─No me gusta el calor, Jason.
─La media es de 22º, el día más caluroso del verano no alcanza los treinta y cinco.
─Déjalo, Jason, no se trata del clima ─Resopló Bill empezando a perder los papeles─, se trata de que quiere dominar la situación, aunque no tengamos tiempo para sus caprichos.
─¿Perdona? ─frunció el ceño y dejó de mirar la enorme pantalla de su televisor─.
Me importa una mierda dominar nada, desde hace cuatro años sabes perfectamente que no quiero seguir jugando al fútbol profesional.
Ni siquiera quería renovar hasta los treinta y seis y lo hice presionado por ti y tus lamentos, así que no me vengas ahora con chorradas, Bill, y déjame en paz.
─No se trata solo de ti, Elliot.
─¿Ah no?, ¿y de quién se trata?, porque soy yo el que tendría que seguir jugando y matándose en un campo de futbol.
─Hay preacuerdos, conversaciones, comisiones…
─Que te afectan a ti y a tu oficina, no a mí. Por mi parte he sido claro y honesto contigo desde un principio: no pienso seguir arrastrándome por un estadio hasta cumplir los cuarenta años.
─Solo sería una temporada y estás en plena forma. Gianluigi Buffon…
─Gianluigi Buffon era portero, por el amor de Dios, y jugó hasta los cuarenta y cinco porque es el capitán más mítico de la selección italiana ─lo interrumpió indignado─ ¿Y tú te haces llamar agente FIFA? No tienes ni puñetera idea de fútbol, Bill.
─Sé de fútbol y de negocios, que es lo que te ha hecho rico, Elliot Clafin, así que muestra un poquito más de respeto.
─El mismo que te exijo yo a ti. Muéstrame un poquito más de respeto y acepta de una puñetera vez que quiero retirarme ahora, en plena forma y con la mayor dignidad posible, para empezar a vivir como una persona normal.
─¿Y qué piensas hacer?, ¿vas a volver a Liverpool para encerrarte en casa o te vas a hacer granjero en Irlanda?
─Ese no es tu problema.
─Lo es, porque yo te he traído hasta aquí, yo te he hecho triunfar y me lo debes todo, absolutamente todo, por eso te estoy pidiendo un último esfuerzo para…
─Suficiente.
Se levantó de un salto y se le acercó para mirarlo desde su altura, a ver si recordaba que ya no era ese crío soñador e ingenuo al que había fichado en la Academia de Fútbol del Liverpool por una miseria, cuando ni sus padres ni su entorno sabían cómo funcionaba en realidad aquel negocio.
─Me contrataste a los diez años y triunfé por mérito propio, tú solo moviste tus hilos para ganar pasta conmigo. No fue una obra de caridad ni un acto desinteresado, Bill, jamás has puesto mi beneficio por encima del tuyo, así que vamos a bajar el tono, ¿te parece?
─Nuestro trato nos ha beneficiado a los dos, aunque a ti mucho más que a mí.
─Faltaría más.
─Sin embargo, nunca me has mostrado ni el respeto ni el agradecimiento necesarios.
─Te los he demostrado de sobra cuando me he negado a firmar con otros agentes más famosos y rentables que tú, por lealtad a ti, aunque venían a ofrecerme contratos espectaculares a mi propia casa ¿recuerdas?
─Chorradas.
─Además, el hecho de que yo siguiera trabajando contigo animó a muchos de mis compañeros a fichar por tu agencia.
─Faltaría más ─Lo parafraseó mirando a su alrededor con desprecio─. Esta negativa a seguir trabajando una temporada más en los Estados Unidos romperá para siempre nuestro acuerdo profesional y sobre todo personal, Elliot, quiero que lo tengas en cuenta.
─Si lo ves así, podré soportarlo.
─Eso incluye al Silenzio stampa[6]
─¿A qué te refieres? ─Miró a Jason con la boca abierta─ ¿Me estás amenazando con revelar secretos de mi vida privada o profesional, Bill?
─No, seguro que no se refiere a eso ─El pobre Jason se interpuso entre los dos─. Será mejor que nos vayamos, Bill, dejemos que Elliot disfrute de su día de descanso.
─Voy a llamar ahora mismo a Tom para contarle que me acabas de amenazar, tío. No pienso pasar esto por alto.
─El que avisa no es traidor.
Le respondió soberbio, caminando hacia la puerta principal escoltado por Jason, y Elliot los siguió.
─Tú y yo hemos terminado, a partir de este momento y hasta el 24 de mayo solo trataré con Jason, ¿de acuerdo? Vuelve a llamarme o a acercarte a mí y te denunciaré por acoso.
─Vete a la mierda, niñato caprichoso.
Le soltó con su acento de New Castle y él entendió que debía estar muy desesperado para atreverse a hablarle así. Dio un paso atrás y se topó con Lupe, que llevaba a Thor con el arnés puesto para sacarlo a dar un paseo.
─¿Todo bien, señor?
─Bill y sus impertinencias, ya sabes cómo es.
─Tiene usted mucha paciencia con él.
─En mi casa me enseñaron a respetar a los mayores ─Le sonrió─. Mi madre llega sobre las doce, Amir va a recogerla a Euston y estarán aquí como muy tarde a la una, así que…
─Tenemos salmón ahumado, ensalada y patatas cocidas para la comida, como a ella le gusta.
─Estás en todo, Lupe. Mil gracias.
─Es mi trabajo.
─Y el mío es ocuparme de Thor, así que me pongo las zapatillas y me lo llevo yo a dar su paseo.
─No hace falta, señor, no tengo nada qué hacer.
─Yo tampoco y deja de llamarme señor, por favor, que ya llevamos demasiado tiempo trabajando juntos.
Se calzó las deportivas, se puso una sudadera vieja y una gorra que había en la percha de la entrada, le quitó la correa de Thor y se llevó a su precioso Golden Retriever a Battersea Park.
El elegante parque inaugurado por la reina Victoria allá por 1850 ─recordó sin querer─, que no le quedaba lejos de casa y que era muy agradable para pasear y despejarse un poco.
Caminó por la acera a buen ritmo, pero sin intención de correr, y decidió reflexionar sobre su agente.
Un señor de setenta años que llevaba toda la vida en el mundo del futbol, que había descubierto a muchas estrellas, sobre todo en el norte de Inglaterra,
pero que desgraciadamente nunca había conseguido adaptarse a los nuevos tiempos y seguía anclado en un modelo de “agente deportivo” que ningún futbolista actual, en su sano juicio, estaba dispuesto a tolerar.
Para Bill Taylor, una leyenda indiscutible del fútbol inglés, sus representados eran básicamente unos hijos pequeños a los que podía gobernar a su antojo, por muy famosos que fueran, porque daba por hecho que eran unos inútiles indocumentados,
al menos en lo referente a las negociaciones de fichajes, dineros o contratos publicitarios, por lo tanto, se metía en todo y eso lo estaba llevando directo a la ruina. Nadie quería trabajar con él.
Nadie salvo él, claro, que se había mantenido fiel a su agencia de representación por agradecimiento; porque nunca iba a olvidar que había sido Bill el que más había luchado por su futuro,
el que había convencido a sus padres para que lo dejaran dedicarse en exclusiva al fútbol y el que finalmente lo había llevado desde Liverpool a Londres con un contrato multimillonario.
Ese agradecimiento y esa lealtad, que por supuesto Bill Taylor no reconocía ni reconocería jamás, lo había mantenido veintiséis años a su lado, pero ya no podía más. Había llegado el momento de colgar las botas y separarse, por mucho que Bill lo necesitara en activo.
Además, ya no podía seguir soportando su carácter, sus comentarios anacrónicos, sus impertinencias y sus salidas de tono que hacía tiempo habían traspasado todos los límites que estaba dispuesto a tolerar.
─¡Elliot Clafin!
Le gritó una mujer por su derecha, justo en el momento en el que había soltado a Thor para que corriera a saludar a sus amiguetes del parque, y su primer instinto fue ignorarla, porque odiaba que lo reconocieran y le pidieran selfies en su tiempo libre, sin embargo,
ella lo volvió a llamar y al notar el clarísimo acento dublinés se giró para mirarla.
─¿Geraldine O’Sullivan?
Preguntó muy sorprendido de ver a esa super modelo irlandesa que llevaba un par de años dándole calabazas paseando por el parque y sonrió de oreja a oreja pensando automáticamente a dónde la iba a invitar a cenar esa noche.
─Vaya sorpresa más agradable, Geri. ¿Qué haces a estas horas por el parque?
─Hemos sacado un ratito a Chanel.
Se acercó para darle un par de besos y se volvió para señalarle a una chica alta y morena que llegaba detrás de ella con un Teckel miniatura en brazos.
─Te presento a Léa, mi prometida. Cariño, este es…
─Elliot Clafin ─se apresuró a contestar Léa ofreciéndole la mano─. Soy una fan. Encantada de conocerte.
─El gusto es mío.
─Y me consta que a esta maravillosa persona ya la conoces…
Geraldine llamó a alguien con la mano y solo en ese instante se fijó en la otra chica que la acompañaba y que por una milésima de segundo no reconoció, aunque era una pelirroja preciosa de esas que no se olvidaban fácilmente.
─Éire Reilly ─soltó al fin sonriendo─, a ti sí que no me esperaba encontrar por Londres.
─El mundo es un pañuelo.
─¿De qué os conocéis? ─Las miró indistintamente y fue Geraldine la que respondió abrazando a su amiga.
─Éire es mi mejor amiga, mi hermana. Los Reilly y los O’Sullivan crecimos juntos en la misma calle de Swords.
─Vaya, qué casualidad.
─Ya te digo, cuando me contó que estaba trabajando contigo porque eras primo de Isabelle, que a su vez es la novia de mi mejor amigo Sean, me quedé muerta. Por cierto, me encanta Isabelle, es un verdadero encanto.
─Lo es, ella…
─Voy a ver si Chanel se anima a jugar un poco con los demás perritos.
Interrumpió Léa dándoles la espalda para acercarse al grupo de Thor, que estaba corriendo y jugueteando por el césped tan contento, y Geraldine le tiró un beso.
─Vale, cari, pero recuerda que solo tenemos diez minutos. ─Léa asintió y Geri se giró y le clavó sus ojazos azules─. Tú eres un gran coleccionista de arte, ¿no, Elliot?
─Eso intento, ¿por qué?
─Porque Éire va a exponer en la Maddox de Mayfair.
─¡Geri! ─La regañó Éire, pero ella no le hizo caso.
─Es una artista increíble, además de una arquitecta de interiores maravillosa, deberías ir a ver la exposición en la que participa y que se inaugurará dentro de diez días. Te haré llegar una invitación.
─No hace falta, Elliot, solo serán dos cuadritos de nada ─Le dijo Éire moviendo la cabeza.
─Ella es así, muy modesta, por eso yo te invito en su nombre, ¿vale?
─¡Amor!
Llamó Léa y Geraldine le prestó atención y los dejo solos para ir a ver qué quería. Él miró a su arquitecta de interiores con más atención, reconociendo que se veía mucho más atractiva en plan relajado que en plan profesional, y ella dio un paso atrás y se cruzó de brazos.
─¿Como juegas en el Chelsea vives en Chelsea?
─No necesariamente, me gusta el barrio.
─A quién no, es precioso.
─¿O sea que eres artista además de diseñadora de interiores?
─Estudié arquitectura y me especialicé en interiorismo, aunque mi afición siempre ha sido la pintura.
─Qué interesante. Entonces, ¿estás en Londres por lo de la exposición en la Maddox?
─Sí, por los preparativos, pero también para ver la casa que Geri y Léa se han comprado muy cerca de aquí.
─¿Va a dejar Notting Hill?, qué lástima, me encantaba su casa de Denbigh Terrace.
─¿La conocías? ─él asintió─, a mí también me encantaba, pero han encontrado una propiedad estupenda en Chelsea y no han dudado en comprarla. Se mudaron la semana pasada.
─Entiendo…
─¿Has podido ver las propuestas para la habitación de tu hija en Malahide?
─Sí, las he visto. No te he dicho nada porque estaba esperando alguna opinión por parte de Violetta, pero como ha pasado olímpicamente, elegid vosotras entre la primera y la última.
A mí me gustan todas y seguro que Carol y tú tenéis una idea más clara de lo que le puede entusiasmar a una adolescente de trece años.
─Vale, pero… ¿alguna sugerencia? ¿Le gusta el deporte, el fútbol, la música, el baile, toca algún instrumento?, ¿le van las matemáticas o las series coreanas?
─No le gusta el futbol, tocaba el piano pero ya no, bailaba ballet pero lo dejó y cambia de deporte según las preferencias de su grupo de amigas. Es muy voluble y encima no habla casi conmigo, por lo tanto, estoy un poco perdido. Lo siento. ─Soltó sin pensar y se metió las manos en los bolsillos.
─No hay nada que sentir, entre los padres de adolescentes esto es más habitual de lo que te imaginas.
─Lo único que tengo claro es que le gusta la tecnología porque me pide un IPhone cada dos por tres, y Taylor Swift. Gané varios puntos cuando la invité a ella y a sus amigas a los conciertos que dio en Liverpool y Londres hace dos años.
─De acuerdo.
─Tampoco hay que darle demasiadas vueltas, Éire, a lo mejor no llega ni a pisar Malahide.
─¿No le gusta Irlanda?
─De pequeña le gustaba, pero ahora no estoy seguro de nada.
─Bueno, le daremos una pensada y te voy contando.
Desvió la vista hacia las chicas y su perrita, que no tenía ninguna intención de jugar con los demás perretes, y él se fijó en que sus enormes y hermosos ojazos eran grises. Ni verdes, ni azules, ni color miel, ni marrones; grises como plateados, un color que no había visto en su vida.
─Creo que ya nos vamos, Elliot, pero seguimos en contacto.
─No te olvides de invitarme a tu exposición.
─No es solo mía, es una colectiva.
─Me da igual, la Maddox de Mayfair es una de mis galerías favoritas y me encantará ir a conocer tu trabajo.
─¿En serio?
─Por supuesto.
─Ok, gracias, entonces me ocuparé de que te llegue una invitación doble.
─Elliot, guaperas, nos tenemos que ir ─Geraldine se les acercó corriendo y cogió a Éire de la mano─, pero si te quieres venir esta noche a cenar a casa, nosotras encantadas.
─Os lo agradezco, pero esta semana tengo a mi madre de visita en Londres, así que…
─Tráetela, seguro que le apetece cenar con unas paisanas.
─Se lo preguntaré.
─¿Sigues teniendo mi teléfono?
─Creo que sí.
─Entonces cuando llegue a casa te mando la ubicación. Hasta luego.
─Adiós.
Las estuvo observando hasta que se perdieron por el parque, reconociendo que las tres estaban como un tren, y sonrió pensando en la de veces que le había tirado los tejos a Geraldine O’Sullivan sin saber, ni sospechar, que no le iban los chicos.
Algo, por otra parte, que le pasaba mucho últimamente con las mujeres.
Llamó a Thor con un silbido, él llegó corriendo con su alegría habitual, le puso la correa y se encaminó hacia su casa despacio, canturreando y sacando el móvil para investigar a un poco mejor a su peculiar y casi desconocida arquitecta de interiores.