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─No creas que me hace especial ilusión exponer en Londres, soy irlandesa, ¿recuerdas?, no me caen muy bien los ingleses.
Sonrió, asomándose al ventanal de su hermano Connor, que se abría como un abanico hacia el Mar de Irlanda, y comprobó que estaba lloviendo otra vez.
Alex Brighton, el ayudante ejecutivo de uno de los marchantes de arte más conocidos de Reino Unido, soltó una risa desde su piso de Londres y después la regañó.
─Por Dios, ni se te ocurra decir eso en público. No juegues en tu contra, Éire, ni en la mía, que me ha costado un mundo meterte en el catálogo provisional de este año.
─Solo digo la verdad, ochocientos años de ocupación es lo que tiene.
─Vale, comprendo tus reivindicaciones históricas, territoriales y políticas, pero estoy aquí para vender tus cuadros y posicionar tu trabajo ¿Quieres ganar pasta o no?
─Claro, como todo el mundo, solo he dicho que no me hace especial ilusión exponer en Londres, no me importa nada empezar por otras ciudades más pequeñas.
─Y lo haremos, ya están cerradas Glasgow y Liverpool.
─Me encanta Glasgow.
─Y está muy de moda, sin embargo, lucharemos por entrar en la exposición estival de Maddox. Mayfair siempre es Mayfair, querida, y si no te apetece venir a Londres, no pasa nada.
─Muchas gracias, Alex, sé que estás trabajando muy duro por mí y me pongo en tus manos. Tú decides y yo te apoyo, cuenta conmigo para lo que sea.
─Así me gusta, en fin, te dejo, que tengo gente para el Brunch. Seguiremos en contacto y te iré contando.
─Yo estoy en casa de mi hermano para lo mismo. Te mando un abrazo.
─Ciao, bella.
Le colgó y sintió cómo su sobrina Aine se le abrazaba a la cintura. La estrechó muy fuerte y le besó la cabeza.
─¿Qué haces, peque? ─Le preguntó en gaélico y ella le contestó en la misma lengua.
─¿Es verdad que estás trabajando para Elliot Clafin?
─¿Qué sabes tú de Elliot Claffin, cariño?
─Todo el mundo conoce a Elliot Clafin. Ha sido el mejor delantero de la historia del Chelsea, ya quisiera yo jugar al fútbol como él.
─¿Ha sido el mejor delantero del Chelsea?, ¿ya no lo es?
─Se retira este año, aintín[4], tiene más de treinta y cinco. ¿Es majo?
─Es agradable y paciente, porque firmó autógrafos y se hizo selfies con todos los de la obra.
─Me ha dicho Isabelle que me lo va a presentar la próxima vez que venga a Dublín o que si quiero, podemos ir a verlo jugar a Londres antes de que acabe la temporada. ¿Es tan guapo en persona como por la tele?
─Mmm…
Se lo pensó un poco, porque era inevitable no fijarse en un tiarrón de esa estatura y con esa facha… esa piel tostada y esos ojazos verdes tan peculiares que tenía, pero prefirió ser profesional y no demostrar demasiado interés.
─No me fijé mucho, vino corriendo, con mucha prisa y teníamos que hablar de su reforma. ¿Ya han terminado de poner la mesa?
─Sí, he venido a buscarte para que vengas a comer. Mamó[5]dice que te olvides del trabajo por una vez, apagues el móvil y dediques algo de tiempo a tu familia.
La pequeña se echó a reír a carcajadas y ella movió la cabeza con paciencia, puso el teléfono en silencio y se lo metió en el bolsillo trasero de los vaqueros para ir a compartir el Bruch de los sábados con su familia, que ese fin de semana se había reunido en casa de Connor y Lara en Greystones.
─Venga, vamos a comer, graciosilla.
Abrazó a la peque por el cuello y se la llevó al salón.
─Recuerdo que se casó muy joven, ¿no? ─Estaba preguntándole su hermana Mare a Isabelle y ella se les sentó al lado en silencio.
─No llegó a casarse, pero fue padre a los veintitrés años.
─Tampoco era tan joven ─Comentó su cuñada Molly.
─Para un chaval que apenas se había movido de casa salvo para ir a jugar al fútbol, era muy pronto.
─¿O sea que tiene un niño de trece años? ─Insistió Mare.
─Una niña.
─Recuerdo que la prensa estuvo meses hablando de la batalla campal por la custodia.
─La prensa como siempre metiendo las narices donde no la llaman ─Connor resopló sirviéndole una copita de champán─. Come algo, Éire.
─Desgraciadamente, la batalla campal aún sigue ─continuó Isabelle─, porque la madre se llevó a la niña hace diez años a Italia y desde entonces no han parado de pelearse en los tribunales.
─Qué lástima. ─Comentó su madre apesadumbrada y ella la miró por encima de gafas.
─¿Se puede saber de quién estáis hablando?
─De su primo ─contestó Sean mirando a su novia─. De Elliot Clafin.
─Ah, vale ─Asintió y se sirvió un poco de salmón ahumado con aguacate.
─Si viene otra vez a Dublín y trae a su hija podríamos invitarla a casa ─comentó Aine muy ilusionada y todo el mundo la miró con una sonrisa─. Casi tiene la edad de Missy, seguro que quiere venir.
─Ojalá venga con ella algún día, cielo, porque nosotros hace años que no la vemos.
Respondió Isabelle, suspiró y se concentró en su plato de ensalada un poco triste, lo que la hizo pensar que el tema de Clafin con su hija era un asunto bastante más serio de lo que ellos se podían imaginar.
─¿Y tiene novia? ─Preguntó de repente Missy y su padre la observó ceñudo─. Solo es curiosidad, sale con muchas chicas guapas en las revistas y en Instagram.
─Ya, pero en esta familia respetamos la vida privada de las personas.
─Vale…
─Lo que no queremos para nosotros, no lo queremos para los demás, mi vida.
─¿A alguien le apetece tortilla de patatas?
Su cuñada Lara se levantó para ir a buscar a la cocina la tortilla de patatas que había hecho ella misma y de paso contribuyó a dar por zanjado el tema Elliot Clafin, que ya llevaba un rato largo centrando la charla de toda la mesa.
─Yo me ocupo del lavavajillas. Volved con los demás.
Entró en la cocina con los últimos restos del Brunch que habían disfrutado hasta bien pasadas las dos de la tarde e invitó a Connor y a Lara a servir el café en la salita mientras ella terminaba de recogerlo y limpiarlo todo.
Una de las tareas domésticas que le solían adjudicar y que en el fondo le encantaba, porque disfrutaba muchísimo poniendo orden en cualquier espacio o situación.
Se ajustó un mandil y se dedicó a seleccionar restos de comida intactos y viables para guardar en recipientes de diferentes tamaños, luego tiró lo que ya no se podía aprovechar y se concentró en la vajilla y los cubiertos a la par que, sin querer,
le dio por pensar sobre lo que había comentado Isabelle respecto a su primo Elliot, del que ella prácticamente lo desconocía todo, porque no era de las que se dedicaba a investigar a sus clientes, por muy famosos o expuestos que estuvieran a la opinión pública.
De eso se solía encargar Carol, que disfrutaba muchísimo buceando en las redes sociales de la gente que las llamaba para contratar sus servicios.
Una práctica no del todo reprochable, porque muchas veces aprendían más de los gustos de sus potenciales clientes a través de Internet, que en una reunión cara a cara.
─Tesoro, ¿te echo una mano? ─Le preguntó su padre apareciendo de repente detrás de ella.
─Que susto, papá, y no, gracias, no te preocupes, ya está todo controlado. ¿No tomas café?
─A estas horas ya no, hija mía. Voy a prepararme una infusión.
─Seguro que tienen descafeinado.
─La verdad es que prefiero alguna hierbita saludable.
Observó de reojo cómo encendía el calentador de agua y se ponía las manos en las caderas intentando adivinar dónde tenían Connor y Lara las infusiones, así que se le acercó para señalarle uno de los cajones de almacenamiento de la isla central de la cocina.
─Ahí, en el segundo de la derecha.
─¿Pero esto se abre?, sigo sin entender estos cajones invisibles. Es una locura.
─Las cocinas paneladas aprovechan al máximo el espacio y son más fáciles de limpiar, papá, sin contar con que su continuidad visual aporta mucha elegancia ─Le guiñó un ojo y él bufó─. Cuando quieras os pongo una en vuestra casa.
─También tendrías que pintarnos un mapa para saber dónde está todo. No, muchas gracias. ¿Quieres una manzanilla?
─No, gracias, luego me tomaré un café, todavía me queda mucho día por delante.
─Ayer vino Jimmy a casa ─Le soltó vertiendo el agua caliente sobre el sobrecito de manzanilla y ella lo miró frunciendo el ceño─ ¿No te lo comentó?
─¿James O’Riordan? ─asintió─. No, no me dijo nada, lo vi el lunes pasado, pero no he vuelto a hablar con él.
─Creo que se vuelve a Sligo esta noche.
─Ni idea.
─Dice que su regreso a Dublín es inminente y que igual os dais una segunda oportunidad.
Se le escurrió de las manos uno de los vasos que estaba metiendo en el lavavajillas, pero no movió ni un solo músculo de la cara, se enderezó y miró a su padre de frente.
─Primera noticia que tengo.
─Ya nos extrañaba a nosotros, pero como nunca se sabe con estas cosas del corazón, igual…
─No hay nada entre James y yo, papá, solo es un amigo y creo que lo tiene clarísimo, no sé de dónde se ha sacado esa idea tan absurda.
─A lo mejor le puede el entusiasmo ─se le acercó y le besó la frente─. Bueno, no tardes mucho y ven a tomarte ese café con nosotros.
La dejó en medio de la cocina con ganas de asesinar a James O’Riordan, ese ex del colegio al que era verdad que había dado una segunda oportunidad, pero para ser amigos después de años manteniéndolo a raya, y decidió cortar por lo sano antes de que empezara a perder los papeles otra vez.
Salió al jardín trasero de la casa, sacó el móvil y lo llamó. Él tardó un poco en responder, pero cuando lo hizo intuyó que sabía exactamente para qué lo estaba llamando.
─Éire Reilly, llamas un poco tarde, ya voy camino de Sligo.
─¿Cómo es que has ido a ver a mis padres, James?
─Estaba en casa de mi madre a dos calles de la de tus padres, me pareció descortés no pasar a saludarlos. ¿Hay algún problema?, siempre he mantenido trato con tu familia, no sé a qué viene esa preguntita ahora.
─Viene a que les has dicho que vuelves a Dublín y que a lo mejor nos dábamos una segunda oportunidad. ¿Tú estás pirado?, ¿de dónde te has sacado eso?
─Solo es una forma de hablar, Éire, no seas paranoica.
─¿Paranoica? ─Preguntó furiosa, pero decidió respirar hondo y no entrar en sus provocaciones─.
Mira, chaval, vamos a dejarlo claro una vez más: no voy a volver contigo, no me gustas, no me gusta cómo te has comportado conmigo, no confío en ti y si sigues por este camino ni siquiera te quiero como amigo. ¿Está claro?
─Me invitaste a cenar a tu casa.
─Para decirte lo mismo mirándote a la cara, ¿ya no te acuerdas?
─Bueno…
─Bueno, nada. Dijiste que necesitabas volver a Dublín por tu madre, porque está muy mayor, y que querías pasar página y tener una relación cordial conmigo.
─Y es verdad.
─Si es verdad entonces no vuelvas a pasarte de la raya, mantente alejado de mis padres y deja de fantasear con “reconciliaciones infantiles” o tendremos un problema y gordo.
─Lo dicho: eres una paranoica, Éire Reilly.
Le colgó y ella se quedó mirando el teléfono impotente y rabiosa, como siempre le acababa pasando cuando se trataba de James O’Riordan.
Un tipo que en público era un dechado de virtudes, el chico perfecto, un verdadero encanto, pero que en privado podía sacar de quicio al más tranquilo de los mortales.
Guardó el móvil, aceptando que había sido una pésima idea sucumbir a la empatía y a la lástima, aceptar sus perdones y meterlo otra vez en su vida, y bufó preguntándose cómo diantres se le había ocurrido invitarlo a cenar a su casa.
Porque era idiota, no cabía otra explicación.
─¡¿Qué?! ─Respondió al teléfono sin mirar quién llamaba y la que la saludó fue su amiga Geraldine.
─Joder, tía, ¿estás cabreada conmigo o con el mundo?
─Geri, lo siento, pensé que era el innombrable.
─¿James O’Riordan?, ¿qué coño le pasa ahora?
─Me acabo de enterar de que ayer fue a saludar a mis padres y les dijo que igual nos dábamos una segunda oportunidad.
─Te dije que no bajaras la guardia ni lo invitaras a tu casa, Éire, ese tipo no está bien de la cabeza. Te lo dije, joder.
─Bueno, ya es un poco tarde.
─¿Y dónde está ahora?
─Camino de Sligo.
─Más le vale al muy cabrón, porque si me lo encuentro se va a enterar.
─Déjalo, ¿sigues en casa de tus padres?
─No, hemos vuelto al hotel porque Léa quería echarse una siesta. ¿A qué hora quedamos en The Liberties?, Sean e Isabelle se apuntan, ¿no?
─Sí, creo que sí, al menos para la cena. ¿Tu hermano se viene?
─Eso me ha dicho, aunque ya sabes que nunca confirma nada.
─Vale, la reserva es a las ocho. ¿Nos vemos allí?
─Nos vemos allí y prepárate para quemar Dublín, pequeñaja, quiero enseñarle a Léa cómo nos las gastamos por aquí.
─Eso está hecho.