Éire (Dublín 2) 1
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─Los irlandeses son la raza más orgullosa del planeta, Olga, y esa chiquita tan altanera es la muestra…

Oyó como a lo lejos y apagó los cascos observando como Bill Taylor, su agente, estaba hablando en tono confidencial con Olga mientras despegaban de vuelta a Londres. No se movió y esperó a que siguiera con su discursito dando por hecho que él no lo estaría escuchando.

─Esta gente se ofende por todo, se creen los dueños de la dignidad y el respeto, cuando en el fondo siempre han sido unos buenos para nada. Una panda de matones que sin Inglaterra nunca…

─¡¿Disculpa?! ─Lo interrumpió indignado y Bill saltó literalmente en su butaca del avión─. ¿Tienes algo contra los irlandeses, tío?, porque es la primera noticia que tengo.

─Solo es una forma de hablar, Elliot, no te lo tomes todo a la tremenda.

─Una forma de hablar muy prejuiciosa y racista.

─¿Racista? por el amor de Dios, lo que me faltaba a mí es que tú precisamente me llamaras racista.

─¿Por qué?, ¿porque tengo sangre negra y aun así trabajas conmigo? ¿Esa circunstancia te libera de ser racista?

─Vale, vamos a dejarlo.

─No, no pienso dejarlo, porque además de tener sangre afroamericana, tengo sangre irlandesa. Soy tan irlandés como mi madre y no voy a tolerar que hables así ni de los irlandeses en general ni de mi arquitecta de interiores en particular. ¿Queda claro?

─A ese desmesurado orgullo irlandés me refería ─Lo señaló con el dedo, se levantó y caminó hacia la zona del avión donde iba el sobrecargo─. Estáis continuamente a la defensiva.

─¿Por qué será?

Preguntó sin esperar respuesta, se puso los cascos y sonrió a Olga, que era ucraniana y no solía entender el acento Geordie[2] de Bill. Ella ni se inmutó y se concentró en seguida en su IPhone, que era a lo único a lo que realmente le prestaba atención en la vida.

La observó unos segundos, admitiendo que era una mujer preciosa, extraordinariamente guapa y elegante, y después desvió la vista hacia la ventanilla de ese jet privado que le había cedido su club para poder ir a Dublín.

Una visita relámpago solo para hablar con Éire Reilly, la cuñada de su prima Isabelle, que a pesar de su juventud, era una arquitecta de interiores muy reconocida en su país y una profesional con fama de fiable y responsable.

Justo lo que necesitaba para remodelar su vieja, pero maravillosa propiedad en Malahide.

Una antigua mansión a orillas del mar, construía sobre un acantilado y que no solo le iba a procurar un alojamiento de lujo en la tierra natal de su madre, también suponía una gran inversión de futuro,

porque cuando terminaran con la reforma se iba a revalorizar por el triple de lo que le había costado.

La agente inmobiliaria que le había vendido la finca por una pequeña fortuna, le había dicho que ya tenía un cliente estadounidense dispuestísimo a hacerse con la casa por el triple de su valor inicial, si se la entregaba completamente acondicionada y lista para vivir.

Al parecer, poca gente estaba dispuesta a pringarse con un proyecto de remodelación tan inmenso, sin embargo, una vez acabada la reforma se la quitarían de las manos y la verdad es que no descartaba para nada venderla de inmediato.

Total, su madre, que era por la que había decidido invertir en Irlanda, seguía enfadada con él por haber comprado en Malahide y no en Dún Laoghaire, donde había nacido y donde vivían la mayoría de sus hermanas.

De Malahide a Dún Laoghaire la separaban escasos veinticinco minutos en coche, pero a ella, que vivía en Liverpool y había cruzado la ciudad, una hora de ida y otra de vuelta para ir a trabajar toda su vida,

le parecía una locura la distancia y amenazaba de vez en cuando con no pisar jamás ese caserón que no le interesaba para nada.

En resumen, lo más sensato sería buscarle una casita a su medida en Dún Laoghaire (incluso intentar recuperar la de sus padres cerca de la calle George’s Street) e ir pensando en poner a la venta la mansión de Malahide en cuanto Éire Reilly acabara con ella.

De repente sintió el móvil vibrando en el bolsillo del pantalón, lo miró y al ver que se trataba de su hija se alegró muchísimo y respondió de inmediato.

─Hola, princesa.

─No me llames princesa, Elliot, ese es un estereotipo de género que perpetúa el machismo, ¿no lo sabes?

─Y tú no me llames Elliot, sigo siendo tu padre.

Movió la cabeza con paciencia mientras el avión empezaba a descender hacia la pista del aeropuerto de Luton y ella suspiró.

─Vale, mamá me ha dicho que te pida a ti el dinero para mis vacaciones de Pascua en Aspen. Faltan veintiocho días para el viaje.

─¿Qué vacaciones de Pascua en Aspen?

─¡Te lo dije!, el cole nos va a llevar una semana a esquiar y a hacer senderismo en Snowmass. Es que nunca me prestas atención.

─Te presto atención, hija, y a mí nadie me ha dicho nada sobre esto. Estaba seguro de que vendrías a pasar la Semana Santa conmigo a Inglaterra.

─Lo hablamos y os dije a ti y a mamá que me quería quedar en los Estados Unidos con mis amigas para ir a esta actividad del cole que es chulísima y muy divertida. Vamos a esquiar y…

─¿Aún hay nieve en Semana Santa?

─En Colorado la temporada de esquí se acaba en abril. Jolines, es que hay que explicártelo todo.

─Primero, abandona inmediatamente ese tonito de superioridad conmigo, Violetta, tienes trece años y no pienso tolerar que me hables en ese tono.

Segundo, dile a tu madre que me llame o me escriba y me envíe la documentación sobre ese viaje.

Cuando hable con ella y me entere de lo que me estás pidiendo, veré si te envío o no el dinero. ¿De acuerdo?

─Vale.

Soltó furiosa y le colgó. Él cerró los ojos sintiendo como el avión tomaba tierra y respiró hondo varias veces para no ponerse a chillar y a romper cosas, porque tratar con su hija adolescente se le hacía cada vez más insoportable.

Era doloroso, pero era cierto, principalmente porque él no la estaba criando, apenas la veía desde que su madre se la había llevado a vivir a Italia y, encima, desde hacía dos años residía en Troy, Nueva York,

como alumna interna de un elitista y prestigioso colegio para chicas que había elegido su ex sin pedirle opinión ni consentimiento.

El pan nuestro de cada día desde que había nacido Violetta y Sofía, su madre, se había erigido como única gobernante y responsable de su vida.

Una actitud que llevaba combatiendo desde hacía más de diez años a fuerza de denuncias y demandas que solían otorgarle la razón, a pesar de lo cual, Sofía no cejaba en su empeño de mantenerlo ajeno a todo aquello que afectara a su hija, como por ejemplo, un viaje a Aspen en Semana Santa,

cuando por convenio ese año le tocaba tenerla con él en Londres.

─¿Me podéis acercar al Dorchester?

Preguntó Olga cuando ya estaban entrando en la sala VIP del aeropuerto y él le prestó atención por primera vez desde que habían salido de Dublín.

─Claro, por supuesto.

─Es que mi masajista ha encontrado un hueco y me puede recibir dentro de media hora ─Le enseñó el móvil.

─Te podemos pedir un taxi ─intervino Bill y él lo miró ceñudo.

─Olvida el taxi, Olga, te llevamos nosotros.

─Gracias, amor.

Lo cogió del brazo y se subieron a toda prisa en el coche que los estaba esperando en la salida de vuelos privados de Luton.

Se le acurrucó en el hombro y en ese instante le entró un mensaje de Sofía con los datos del viaje de Violetta y el importe, dos mil quinientos dólares por una semanita en un albergue para estudiantes.

Genial, pensó empezando a enfadarse y le contestó recordándole sus días de vacaciones con su hija en Inglaterra, a lo que su ex replicó tajante:

Estupendo, Elliot, obliga a tu hija adolescente a ir a verte a ti en lugar de pasar una semana con sus amigas en Aspen. Muy inteligente para crear lazos con ella. Tú mismo, yo no pienso intervenir.

Se lo reenvió todo a su abogada de familia, pidiéndole que interpusiera medidas, aunque en el fondo sabía que acabaría pagando el dichoso viaje para evitar el mal mayor, ya que sin el apoyo de la madre lo tenía todo perdido de antemano y forzar a Violetta a pasar una semana con él,

significaba desatar un auténtico infierno.

Madre mía, resopló impotente y apoyó la cabeza en el asiento del coche.

Ser padre a los veintitrés años le había cambiado la vida para bien, o eso había pensado en su momento, sin embargo, si miraba para atrás no podía decir que había sido siempre positivo, todo lo contrario, había sido, y seguía siendo, durísimo.

Básicamente, porque nunca se había resignado a perder a su hija y llevaba años luchando por ella para desgracia de su ex; aquella mujer que lo había engañado y abandonado cuando la niña apenas tenía dos años para casarse con otro futbolista de su equipo.

Una situación a priori manejable, si ella no hubiese intentado desde el minuto uno borrarlo para siempre de la vida de Violetta.

Incluso su compañero (por entonces defensa central del Liverpool), italiano como Sofía, lo había presionado de forma inaceptable para que renunciara a su hija y le permitiera adoptarla.

Motivo más que suficiente para llevarlo a los tribunales por coacciones, presiones e incluso amenazas.

Un escándalo apoteósico y público que a punto había estado de hundirlo en la miseria y que había culminado con la parejilla llevándose a su hija a Roma.

Una maniobra maléfica y auspiciada por un juez, gestada para complicarle la vida y obligarlo a rendirse, aunque nunca lo habían conseguido. Nunca habían conseguido que tirara la toalla.

─Cielo, ¿nos vemos mañana? ─Olga le habló llegando al hotel Dorchester y él se incorporó y la miró─. Estaré todo el día con el reportaje, pero luego…

─Claro, claro, vente a casa.

─Estupendo y gracias por la visita corta pero intensa a Irlanda.

Le dio un beso fugaz en los labios y se bajó lentamente del coche, él la observó hasta que entró en el hotel y luego le hizo un gesto a Amir, su chófer, para que continuara el camino a casa.

─Hola, Susan ─Respondió el teléfono a su abogada de familia y ella fue directa al grano.

─Acabo de ver lo que me has enviado y voy a presentar un recurso en el juzgado, no obstante, ya sabes que las medidas cautelares no obligarán a Violetta a venir a Londres. Tiene trece años y ya tiene capacidad de decisión, al menos en Italia, que es el país que rige tu convenio.

─Lo sé, solo quiero que mi protesta conste delante de un juez.

─Lo presentaremos en seguida y mandaré un correo electrónico al abogado de Sofía. Tendrían que haberte avisado con más antelación y por escrito.

─Tú manifiesta mi oposición a todo esto y con eso, de momento, me doy por satisfecho.

─Vale, ¿sigues en Dublín?

─No, ya estoy en Londres. Solo nos dio tiempo a ver la casa, conocer al equipo de la reforma y comer algo en el centro. Muy rápido todo.

─Qué lástima.

─Ya te digo, pero mañana tengo entrenamiento temprano. Ahora un poco de gimnasio, cena y a la cama.

─Tom me está diciendo que tenéis pendiente una partida de golf.

─Dile que quedamos la semana que viene, que vaya reservando Tee Time[3] para el próximo lunes.

─Ahora mismo se lo digo y tú vete a descansar. Hasta luego.

─Hasta luego y gracias por todo, Susi.

Llegaron a Chelsea y Amir aparcó delante de su casa.

─¿No vas a meterlo en el garaje? ─Le preguntó sorprendido y de repente vio la cabeza de Bill asomándose desde el asiento del copiloto.

─Sigo aquí ¿sabes?, y Amir me llevará a mi casa, si no te importa.

─Por mí perfecto. Adiós.

─Céntrate un poco, Elliot, que estás en las nubes.

Le soltó como si tuviera catorce años y él lo ignoró y entró en el jardín de su casa que a ojos de su madre, pensó, estaría demasiado iluminada por no estar el dueño dentro. Sacó la llave, pero no hizo falta usarla porque Lupe ya estaba allí para darle la bienvenida.

─¿Qué tal, señor?

─Todo bien, Lupe, ¿qué tal el día por aquí?

─La señorita Penélope lo está esperando desde hace dos horas.

─¿Ha venido Penny? ─ella asintió y en seguida sintió las patas de su perro derrapando por el pasillo─. ¡Thor, chavalín, ¿te he pillado durmiendo?!

─Como siempre ─Le comentó Lupe con una sonrisa─. Le he dicho a la señorita Campell-Black que usted estaba de viaje, pero aun así no se ha querido marchar.

─¿Y dónde está?

─Dándose un baño en su bañera de hidromasaje.

─Ok, pues, ya subo yo a hablar con ella. Prepara cena para dos, por favor.

Caminó hacia la escalera con Thor pegado a las piernas y miró el reloj decidiendo hacer al menos una hora de cardio antes de cenar con Penny.

Llegó al rellano de la segunda planta y en ese momento el teléfono vibró con una llamada entrante.

Lo sacó del bolsillo y comprobó con sorpresa que quien lo estaba llamando era su enérgica y entusiasta arquitecta de interiores.

─¿Qué tal Éire ?, ¿algún problema?

─No, no, ningún problema, en realidad, creo que tengo una muy buena noticia para ti.

─Alégrame el día, por favor.

─Conozco a una agente inmobiliaria que controla Dún Laoghaire y me ha dicho que la mayoría de las casas históricas del centro están a la venta, por lo tanto, si quieres, puede intentar localizar la de tus abuelos. ─respiró hondo─. Como comentaste que te habría encantado comprarla y reformarla, pues…

─Sería una pasada, podríamos recuperarla para la familia y a mi madre le encantaría vivir allí.

─Si me das tu consentimiento, le pido que se ponga en marcha y averigüe qué ha pasado con ella.

─Por mi parte perfecto, muchas gracias, dame unos minutos y trataré de conseguir la dirección exacta.

─No te preocupes, Isabelle ya me la ha facilitado.

─Estupendo, mil gracias, Éire.

─De nada, ya hablaremos. Hasta otra.

─Adiós.

Le colgó pensado que tenía una voz muy sexy, pero en seguida la olvidó, porque Penélope había empezado a reclamarlo a gritos desde la bañera.