Éire (Dublín 2) PRÓLOGO
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Éire (Dublín 2)

Éire (Dublín 2)

Por Emma Madden

© inepub.com

PRÓLOGO

Ser arquitecta de interiores no es lo mismo que ser decoradora, básicamente, porque una arquitecta de interiores no se dedica solo a reorganizar espacios, sugerir colores, muebles, materiales o cuadros, como creían alguno de sus clientes;

ser arquitecta de interiores significaba que tenía los conocimientos técnicos necesarios para diseñar planos, derribar o levantar tabiques, optimizar la distribución de una casa o gestionar las instalaciones de fontanería, electricidad, iluminación o climatización.

En resumen, podía cambiarlo absolutamente todo y ese reto que a priori era un placer y un gran desafío, a veces podía convertirse en una pesadilla por culpa de muchos factores ajenos a su control.

Para empezar estaban los contratistas, que eran escasos, después iban los distribuidores de material, los fontaneros o los electricistas, luego los papeleos oficiales y los retrasos, y por último y no menos importante: los clientes.

Esas personas que se podían transformar en los más grandes enemigos de su propio proyecto habitacional simplemente por intentar imponer sus fantasías, sus ideas a todas luces inviables o por ignorar por completo su trabajo.

Estos últimos la sacaban de quicio.

Te podías pasar meses, incluso un año entero, pidiendo opiniones, enviando pruebas de materiales, planos, rogándoles que se reunieran contigo para compartir puntos de vista y llegar a acuerdos, sin embargo, continuaban ignorándote.

No te hacían ni caso hasta que se acababa la dichosa obra y de repente aparecían para criticarlo todo y, por descontado, para exigirte que empezaras de nuevo con sus maravillosas aportaciones.

Como si ella no tuviera otra cosa mejor que hacer.

─Once y media y el cliente no aparece, Éire.

Carol se le acercó por la espalda y ella dejó de revisar los planos del invernadero que iba a construir para su hermano y le prestó atención.

─¿Has mirado el correo electrónico por si…?

─Sí y no hay nada, ni un mensaje avisando del retraso.

─Entonces nos marchamos.

─¿No quieres llamarlo por teléfono?

─No, le advertí que lo esperaríamos hasta las once y cuarto y ya son y media.

─Yo puedo quedarme un rato más por si acaso.

─Me da a mí que nos ha dado plantón, Carol, y aquí hace un frío tremendo, venga, vámonos.

─Es primo de tu cuñada, no podemos dejarlo así.

─Vale… ─resopló─, si quieres quédate un rato más, quédate, pero yo me tengo que llevar el coche. Ya que este cliente no ha venido, aprovecharé de trabajar en el proyecto de los Collins.

─Genial, luego nos vemos en tu casa.

─Muy bien.

Cogió la mochila y sacó la carpeta de plástico donde tenía impresa la rescisión del contrato con Elliot Clafin.

Un famoso futbolista del Chelsea y de la selección nacional inglesa, primo hermano de su cuñada Isabelle, que la había contratado para “rehacer” desde los cimientos una mansión a orillas del mar en Malahide, al norte de Dublín.

Una propiedad que había comprado a través de Internet y que aún no había ni visitado.

Si no conocía la casa, menos aún se había interesado por revisar el proyecto de la enorme reforma, los planos, las mejoras, el concepto general de la decoración, nada.

Nada le importaba y todo le parecía bien, motivo más que suficiente para ponerse firme y no seguir adelante con su parte del trabajo, porque si él no se personaba en Malahide para conocer a los contratistas,

echar un ojo al Moodboard[1]que se habían currado durante dos meses y decir algo al respecto, a ella no te interesaba seguir colaborando con él.

Estaba claro que el tipo, rico y famoso a los treinta y seis años, era de “esos” clientes que la sacaban de quicio y no pensaba caer otra vez en la trampa, por lo tanto, y por deferencia hacia Isabelle,

le había dado una última oportunidad para resarcirse de su comportamiento y lo había citado en Malahide a las once de la mañana de ese primer lunes de marzo.

Su respuesta: no aparecer y ni siquiera disculparse por el plantón.

La buena noticia era que su ausencia le permitía abandonar el dichoso proyecto sin remordimientos y seguir adelante con su vida como si jamás hubiese oído su nombre.

─Si ocurre el milagro y llega a venir por aquí, entrégale la rescisión del contrato, por favor, y la factura por el proyecto ─Le pasó a Carol la carpeta─. Explícale que esto se paga sí o sí y que el precio incluye el Moodboard.

─¿De verdad vas a rescindir el contrato?

─Por supuesto, se lo advertí a él y a Isabelle cuando concertamos esta cita: si no venía, yo me retiraba.

─Pero es de tu familia…

─Que va a ser de mi familia, solo es un primo inglés de la novia de mi hermano ─recogió todos sus trastos y se encaminó hacia la entrada principal─. No te quedes esperando hasta muy tarde, Carol, ya te digo yo que no aparecerá.

─A la una me marcho, no te preocupes.

─Vale. Hasta luego.

Salió al jardín, que estaba destrozado por las furgonetas y los materiales de construcción que habían empezado a traer los contratistas, y se quedó quieta, imaginándoselo tal como iba a quedar si el propietario aceptaba el proyecto que le había presentado su paisajista de confianza.

Un precioso jardín a la irlandesa que probablemente se iba a convertir en la envidia de todo Malahide.

─¡Éire! ─La llamó el capataz y ella se detuvo abriendo el maletero del coche.

─¿Qué pasa, Seamus?

─¿Dónde está la estrella del Chelsea?

─No lo sé, Carol se quedará esperándolo, yo tengo otras cosas que hacer.

─Ha venido toda la plantilla para conocerlo en persona.

─Si no viene hoy, seguro que habrá más oportunidades.

─No me jodas. ¿No había confirmado que venía?

─Sí, se había comprometido a estar aquí a las once y ya son casi las doce menos cuarto, así que…

─Me cago en diez ─Musitó resoplando.

─Vosotros seguid currando con lo que teníais previsto para hoy y a lo mejor hay suerte y aparece ─se montó en el coche y le sonrió─. Yo me voy a casa a seguir con lo mío.

─Vale, jefa, nos vemos.

Le dijo adiós con la mano, puso el Fiat Cross en marcha y enfiló hacia el centro histórico de Malahide, donde tenía su hogar y su estudio.

Una casita a solo quince minutos de esa mansión, que no estaba frente al mar, pero sí muy cerca y en medio de la civilización, que era algo que agradecía especialmente.

Encendió la radio y pensó, otra vez, en la suerte que había tenido comprándola hacía cuatro años gracias a la abuela de una amiga, que se la había vendido a un precio muy razonable para ser una casita tradicional irlandesa de dos plantas en el corazón de New Street, la calle principal de Mahalide,

el pueblo costero más chic y deseado de Dublín.

Contra todo pronóstico, una mujer soltera como ella, de menos de treinta años y sin una nómina constatable, porque trabajaba como autónoma en un mercado fluctuante como era la arquitectura de interiores, había conseguido una buena hipoteca gracias a los avales de sus padres y de su hermano Connor.

También gracias a su empresa recién constituida y a su empeño, porque había dado la tabarra en varios bancos hasta que le habían financiado la compra y la reforma completa que necesitaba el inmueble.

Cuatro años después, su empresa no paraba de crecer, no le faltaba el trabajo, sus proyectos como artista plástica empezaban a dar sus frutos y con algo de suerte, según las previsiones de su hermano Sean, que era el asesor financiero de la familia,

podría quitarse la hipoteca mucho antes de lo previsto.

Desde luego, se podía considerar una mujer de treinta y un años realmente afortunada.

─Dia duit!

La saludó en gaélico una de sus vecinas que estaba fumando en la acera y ella le sonrió bajándose del coche.

─¡¿Qué tal, Grace?!

─No tan bien como tú, guapa. ¿Vas a querer los filetes de Angus que me encargaste el viernes?

Le señaló su local, la única carnicería a pie de calle que quedaba en el pueblo, y de repente se acordó de la dichosa cena que tenía esa noche. Sacó sus cosas del maletero y cruzó la acera.

─Gracias por recordármelo, Grace, se me había olvidado completamente.

─Porque vas todo el día con el acelerador puesto ─entraron juntas en la carnicería─ ¿A quién has invitado a cenar?

─A un antiguo compañero de clase.

Se quedó frente al mostrador pensando en James, su novio del colegio, que era oficial de la Guardia Costera Irlandesa y que llevaba tres años viviendo en Sligo, en la costa noroeste del país, y sintió un escalofrío raro en la espalda.

─¿Un antiguo amor?

─No precisamente.

─Bueno, espero que le gusten mis filetes. Deberías acompañarlos con un buen puré de patatas, ¿tienes patatas decentes en casa? ─Le entregó la carne y ella asintió.

─Sí, mi madre me trajo patatas y hortalizas de su huerto. Creo que las haré al horno como guarnición.

─También es buena idea.

─Muchas gracias, Grace, ya nos veremos.

Salió corriendo, llegó a su casa, entró y antes de ir al estudio para seguir trabajando, pasó por la cocina para guardar los filetes en la nevera y prepararse una gran taza de café.

Pulsó el mando de la calefacción para templar un poco el ambiente, dejó el anorak en la percha de la escalera, avanzó dos pasos por el pasillo y fue entonces cuando oyó el motor de un gran vehículo aparcando muy cerca.

Por curiosidad se acercó a la ventana delantera y entonces lo vio: un Hummer negro con los cristales tintados del que se estaba bajando Carol seguida por el mismísimo Elliot Clafin y varias personas más.

─O sea que al final apareció.

Murmuró y se acercó a la puerta para abrirla antes de que le tocaran el timbre.

─Buenos días.

Saludó a ese tipo alto y guapísimo al que había visto por la tele y por una videollamada, y él le sonrió despejando el cielo de nubes, o eso le pareció, porque tenía unos ojos verdes clarísimos y una sonrisa brillante y espléndida que lo iluminaban todo.

─Siento venir hasta tu casa, Éire, pero quería disculparme personalmente contigo, por norma no soy una persona informal y en este caso puntual, te doy mi palabra de honor, el retraso no ha sido culpa mía sino del clima, que nos ha impedido salir de Londres a la hora prevista.

─Llegaron cinco minutos después de que te marcharas ─intervino Carol muy sonriente─. Al parecer te han estado llamando, pero…

─Está bien, no pasa nada ─Les hizo un gesto para que entraran en la casa─. Adelante, por favor.

Observó como pasaba Carol, un señor con pinta de representante y finalmente Claflin seguido por una chica de su estatura, rubia y muy delgada vestida de verano, pero con un abrigo de piel sintética celeste y enorme encima.

─Este es Bill, mi agente, y esta es Olga.

─Su novia ─Puntualizó ella sujetándose a su brazo.

─Encantada ¿Y ellos son? ─Le señaló a los dos tipos enormes que se habían quedado clavados en la acera y él sonrió.

─Mi chofer y mi guardaespaldas. La compañía de seguros me obliga a viajar con escolta.

─Me parece genial, pero no se pueden quedar en la calle. Que pasen o acabarán llamando la atención de todo el mundo y es justo lo que no quieres, ¿verdad?

─Qué bien lo sabes.

─Crecí con un hermano famoso ─Se asomó y llamó a los dos tipos─. Por favor entrad y tomad un café mientras hablo con el señor Clafin.

─Entrad, entrad…

Los animó Clafin y los dos armarios de tres cuerpos pasaron dentro de la casa y se quedaron en el salón mientras ella conducía al grupo hacia su estudio.

─Tienes una casa muy bonita, Éire, mis abuelos tenían una muy parecida en Dún Laoghaire, cerca de George's Street.

─Ya me lo había comentado Isabelle.

─Lástima que se vendiera cuando murió el abuelo. Me hubiese encantado conservarla y reformarla.

─A lo mejor aún la puedes recuperar ─se acercó a su escritorio, respiró hondo y se cruzó de brazos─. ¿En qué te puedo ayudar, Elliot?

─¿Cómo que en qué lo puedes ayudar? ─Espetó el agente de forma brusca y Clafin le hizo un gesto para que guardara silencio.

─Por favor, disculpa a Bill. Ya que estamos aquí, ¿podríamos hablar de la reforma?

─Dicen que te llamaron para avisar del retraso, Éire ─terció Carol y ella la miró frunciendo el ceño.

─Es verdad, también llamé a Isabelle y a Sean para que te localizaran y fue imposible.

─No puede ser…

Hizo amago de recuperar el móvil del bolsillo, pero al ver cómo esa chica tan alta estaba tocando uno de sus cuatros con el dedo, se le acercó de dos zancadas.

─Disculpa, no lo toques, por favor. Lo acabo de terminar y la pintura aún está fresca.

─Es que me gusta muchísimo, ¿de quién es?

─Te está diciendo que lo ha pintado ella, Olga ─Clafin la apartó─. Lo siento, no habla muy bien inglés.

─No pasa nada.

Al fin sacó el teléfono, lo miró y vio horrorizada que estaba apagado. Algo que jamás de los jamases le había pasado. Trató de encenderlo pero fue inútil y no le quedó más remedio que buscar el cargador para enchufarlo.

─Madre mía, me había quedado sin batería. Lo siento muchísimo, es la primera vez que me ocurre.

─Nadie es perfecto.

Comentó el agente con retintín y ella lo miró con los ojos entornados, queriendo replicar el comentario, pero se tuvo que callar cuando el IPhone volvió a la vida y empezó a recibir cientos de mensajes de Isabelle y Sean, y por supuesto de Elliot Clafin.

─Ahí están mis mensajes ─Le guiñó un ojo con su sonrisa de anuncio y ella asintió─. ¿Entonces podemos olvidar la rescisión del contrato y seguir adelante con el proyecto?

─A pesar de que yo tengo toda la culpa de este mal entendido, por el que te pido mis más sinceras disculpas, creo que…

─Me encanta tu trabajo, Éire.

La interrumpió, se le acercó para mirarla desde su altura y ella sin querer retrocedió.

─Me fascina tu proyecto, lo he revisado a fondo y no soy un experto, pero estoy seguro de que has entendido a la perfección mi concepto de hogar y de lo que quiero y necesito para esta casa. Confío en ti al cien por cien y no quiero encargar a nadie más la reforma.

─Para seguir adelante necesitaría que te comprometieras de verdad con nosotros.

No solo se trata de mi trabajo o el de Carol, se trata del esfuerzo de un gran equipo de personas que va a dedicar todo su talento y su tiempo para convertir esa casa en tu hogar.

Yo no trabajo propiedades, trabajo con hogares y tienes que estar más presente.

─Es una estrella del deporte, bonita, no tiene tiempo para los detalles, para eso te paga a ti… ─Intervino otra vez el agente y ella lo miró sin dar crédito a que se atreviera a hablarle en ese tono.

─Bill, cállate y espérame fuera, por Dios ─Clafin le indicó la salida─. Está bien, Éire, estaré todo lo presente que mi trabajo me lo permita. Me importa de verdad esta casa, dame una última oportunidad para demostrarlo.

─Si estás dispuesto a involucrarte, yo también.

─Trato hecho.

Le ofreció la mano, ella escupió en la palma de la suya y se la estrechó.