Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

MADELINE

Despertarme en la mansión después de tantas noches durmiendo lejos de Eiden es como volver a casa de verdad.

No es solo la cama enorme, ni las sábanas suaves, es esa sensación profunda, casi física, de estar exactamente donde debo estar.

Me remuevo entre las almohadas, todavía medio dormida, con esa pesadez deliciosa que queda después de una noche intensa.

Mi cuerpo protesta con una leve punzada aquí y allá, recordándome sin pudor todo lo que ocurrió anoche.

El cuadrilatero, la máscara…, nosotros.

Sonrío cuando recuerdo el modo en que me miraba, como si el mundo entero pudiera arder mientras yo siguiera a su lado.

Sé que debería sentir culpa por algunas cosas.

Por Isaac, por ejemplo, aunque me tocó de forma indebida y sin mi consentimiento, la forma en que Eiden lo metió en el maletero y lo dejó tirado un par de quilómetros antes de la mansión después de lo que pasó…

Sé que no es lo correcto, que no es lo que una buena persona haría.

Pero no me siento mal, tal como imagino que debería.

Porque así es Eiden, y contra toda lógica, estoy enamorada de cada una de sus sombras y sus demonios.

De su manera brutal y peligrosa de amarme.

Sonrío de nuevo levemente, todavía con los ojos cerrados, esperando sentir el peso de su brazo rodeándome la cintura, la presión posesiva de su cuerpo reclamándome incluso dormido. Es casi un reflejo: me acerco buscando su calor, pero cuando no lo encuentro, mi ceño se frunce despacio.

Vuelvo a moverme, esta vez con más consciencia, noto que las sábanas están frías a mi lado, que no hay rastro de su respiración lenta en mi cuello, ni de su olor envolviéndolo todo, lo cual empieza a preocuparme.

Abro los ojos, a pesar de que todavía no puedo enfocar bien lo que tengo ante mí. Percibo la habitación bañada por la luz suave de la mañana, filtrada a través de las cortinas.

Pero sé que hay algo distinto en el aire.

Un aroma tenue, dulce, floral. Mi corazón da un pequeño vuelco, inexplicablemente alerta, mientras me incorporo un poco sobre los codos y dejo que los ojos recorran con mayor claridad la habitación.

Es entonces cuando los veo. Hay pétalos de peonías esparcidos por el suelo, sobre la alfombra, junto a la cama… Están por todas partes y contengo el aliento mientras mi pulso se acelera sin que pueda evitarlo.

—¿Eiden…? —susurro con la voz débil.

Me levanto despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper el momento antes incluso de entenderlo.

El suelo está frío bajo mis pies desnudos, pero no me importa.

Camino siguiendo el rastro de pétalos, dejándome guiar por ellos, y mi corazón late cada vez más rápido a medida que avanzo y voy hacia el pasillo.

Respiro hondo cuando lo veo, Eiden está arrodillado cerca de la gran ventana, con el torso desnudo y el pantalón bajo, como si se hubiera vestido a medias y luego hubiera desistido.

Su piel está marcada todavía por algunos rastros de la noche anterior, y por un segundo siento un nudo en el estómago al recordar lo cerca que hemos estado de perdernos.

En su mano derecha sostiene una pequeña caja de terciopelo rojo.

Mi mente tarda unos segundos en procesarlo.

—No puede ser verdad… —murmuro, sin darme cuenta de que he hablado en voz alta.

Me llevo una mano al pecho, justo en el corazón, de forma instintiva, como si necesitara sujetarlo para que no se me escape del cuerpo.

—Lobita —susurra.

Suena… vulnerable. Como si hubiera decidido desnudarse mucho más allá de quitarse la camiseta.

Doy un paso hacia él sin pensar, luego otro.

Mis ojos no se apartan de los suyos, que me reciben oscuros, intensos, pero también llenos amor.

Un amor profundo, honesto y vulnerable, de alguien que se lo está jugando todo a una sola carta.

Traga saliva y me recorre un escalofrío cuando veo cómo su garganta se mueve. La caja sigue cerrada entre sus dedos.

—Ven —me pide, suavemente—. Tenía que hacer esto bien, y con el único objetivo de tenerte a mi lado para siempre.

Doy los últimos pasos que nos separan, con el corazón desbocado y las manos temblándome. Me detengo frente a él, tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo. Entiendo lo que está sucediendo, pero las ganas de pellizcarme la piel para ver si es real son muy tentadoras.

Eiden abre la caja despacio, sigue mirándome a los ojos como si supiera que este gesto va a quedarse conmigo para siempre. El diamante con forma de corazón atrapa la luz de la mañana y la devuelve en destellos suaves, casi tímidos, pero apenas lo miro. Mis ojos están clavados en él.

En su rostro.

—Antes de que digas nada… —empieza, y su voz se quiebra apenas un instante antes de recomponerse—, quiero confesarte algo, mi amor.

Asiento, incapaz de hablar. Si abro la boca, sé que lloraré.

—Durante mucho tiempo pensé que el amor era una debilidad, algo que te distrae, que te hace perder el control. Y entonces llegaste tú… y me di cuenta de lo equivocado que estaba, pues tu eres mi fuerza y mi ancla, y estar enamorado de ti es lo mejor que podría haberme ocurrido.

Siento una lágrima deslizándose por mi mejilla, pero no la limpio.

—Madeline… —saborea mi nombre mientras me sonríe—, no quiero un matrimonio de conveniencia, no quiero venganzas ni acuerdos. Te quiero a ti. A la mujer que lucha, que crea, que siente intensamente. A la mujer que me ha cambiado por completo incluso sin proponérselo.

Levanta un poco la caja y sostiene mi mano adornada por el anterior anillo.

—No solo quiero entregarte este anillo, quiero entregarte mi corazón y amarte durante el resto de mi vida. ¿Quieres casarte conmigo?

El mundo se reduce a este instante: él, arrodillado frente a mí y la certeza de que, por primera vez en mi vida, nadie me está empujando a una decisión.

Respiro hondo.

Lo miro y empiezo a asentir de forma frenética mientras las lágrimas de felicidad absoluta siguen recorriendo mi rostro, entendiendo en este instante que el amor no es la ausencia de miedo, sino la elección de quedarse a pesar de él.

—Sí, mi amor, claro que quiero casarme contigo —susurro al fin.

La sonrisa que rompe en su rostro es tan pura, tan desarmada, que me roba el aliento. Se levanta despacio y con manos cuidadosas saca el anillo de la caja y se deshace del antiguo que me entregó hace tanto tiempo, cuando todo era tan distinto entre nosotros.

Cuando desliza el diamante grande y precioso en mi dedo, siento que no es una promesa de posesión. Es una promesa de elección, de elegir este compromiso únicamente porque, a pesar de todo, nos amamos.

Eiden apoya la frente contra la mía.

—Gracias, lobita —susurra sobre mis labios—. Por no rendirte conmigo, por enseñarme lo que es el amor verdadero y brillar entre mis sombras. Gracias por quererme.

Cierro los ojos y sonrío entre lágrimas cuando me devora con un avidez.

—Se acabó vivir entre máscaras. Lo que somos es lo que nos ha llevado a amarnos y complementarnos de esta forma tan única, y será para siempre  —aseguro entre besos.

Rodeada de un amor que por fin se grita sin miedo, sé que no necesito huir de nada.

Porque Eiden llegó para enseñarme que aquello que tanto anhelé podía ser posible. No solo me ha dado todo lo que soñaba de un hombre, también me ha dado la opción de poder elegir algo por mí misma.

Y he elegido quedarme.