Eiden: Entre Máscaras CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

EIDEN

Disfruto viendo cómo el hijo de puta que ha osado ponerle una mano encima a Madeline empieza a volver en sí muy despacio.

Como si su cerebro aún no fuera capaz de decidir si merece la pena despertarse del todo o quedarse flotando en esa nada que precede al dolor real.

Está tirado en el suelo del ring, medio de lado, respirando mal, con la cara marcada por el golpe que le he dado antes de traerlo a toda hostia aquí y el cuerpo aún negándose a obedecerle.

Me agacho frente a él.

La lona está fría bajo mis zapatos, ya no queda nadie en este lugar salvo nosotros tres. El foco superior me baña la máscara y sé, sin necesidad de verla, que Madeline está ahí abajo temblando por el miedo y la anticipación. Puedo sentirla. Siempre puedo.

—Vamos —murmuro—, despierta, gilipollas.

Se mueve. Primero los dedos, luego el cuello. Un gruñido torpe escapa de su garganta.

—¿Qué… qué cojones…? —balbucea.

Entonces levanta la vista y se encuentra cara a cara con la máscara, con la bestia que habita en mi interior, deseosa de clavarle los dientes.

—¿¡Qué cojones!? —grita, arrastrándose hacia atrás como un animal herido— ¿¡Qué cojones!?

Sonrío bajo la máscara, sé que no puede verlo, pero me importa una mierda.

—Me alegra que estés despierto.

Intenta ponerse en pie y aumenta mi excitación cuando falla. Tropieza con sus propios pies y vuelve a caer de rodillas. Mira alrededor, buscando una salida que no existe. El ring es una jaula y yo soy lo único que hay dentro con él.

—Tío, yo no… yo no sabía…, fue un impulso tonto, lo juro por… —se justifica, desesperado.

Le agarro del cuello antes de que termine la frase y lo alzo sin esfuerzo.

Sus pies patalean en el aire, sus manos buscan algo a lo que aferrarse, pero solo encuentran mi antebrazo firme, inamovible.

Entonces giro la cabeza y la miro a ella, mi erección al ver su expresión es instantánea.

Madeline está abajo, sola y rígida, con las manos apretadas contra su propio cuerpo.

Me mira como si supiera exactamente lo que va a pasar y temiera por ello… y aun así no aparta la vista.

—Sube aquí, lobita, vamos a jugar.

Su respiración se acelera y niega una vez con la cabeza, gruño en respuesta mientras huelo en el aire el miedo exquisito que ella desprende y el terror cobarde del hijo de puta que sostengo con un solo brazo.

—Eiden…, no merece la pena…

La advertencia viaja entre nosotros cuando vuelvo a mirarla. Ahora mismo no hay nada que pueda pararme, este tío ha tocado lo que es mío, y eso no se perdona.

Madeline duda, lo veo en su cuerpo, en cómo adelanta un pie y luego lo retira. Pero obedece, siempre lo hace, complace mi lado más oscuro con su sumisión y no puedo más que reírme de forma completamente siniestra cuando sube al ring.

La tomo de la mano sin soltar al despojo humano que tengo atrapado por el cuello. Su piel está caliente, tensa, y me encanta. La coloco junto a la mía, ambas acaban sobre la muñeca de este desgraciado.

—Mírame —le ordeno a él.

Lo hace mientras llora y suda, suplicándome con la mirada una clemencia que no habita en mí

—Repite conmigo —ordeno, apretando un poco más nuestras manos contra su carne—: no volveré a tocar lo que no me pertenece.

—No… no volveré… —gime de dolor cuando aprieto tanto que Madeline emite un pequeño jadeo de lo más adorable— no…no volveré a tocar lo que no me pertenece.

Aprieto tanto que las lágrimas salen disparadas de sus ojos cuando un sonido seco llena el ring.

Madeline contiene el aliento cuando se da cuenta de que acabamos de partirle la muñeca, su respiración se vuelve irregular, descontrolada.

Pero no se aparta, y… dios…, juro que podría correrme ahora mismo solo por la expresión de su cara.

Suelto su mano solo para agarrar yo mismo la otra muñeca que aún conserva intacta.

—Más alto, vamos, puedes hacerlo mejor.

—¡No volveré a tocar lo que no me pertenece! ¡Para ya, joder! —grita completamente desquiciado.

Pero sus gritos no me importan absolutamente nada mientras aprieto y desgarro sus músculos, el segundo sonido es peor, y el grito que sigue es desgarrador.

Está a punto de desmayarse cuando de un tirón vuelvo sus manos completamente inútiles, lo suelto y cae al suelo al instante.

Le rompo los dedos uno a uno, pisándoselos sin compasión, y cuando el dolor se vuelve insoportable, le propino una patada en la cabeza que lo deja inconsciente ante mi mujer.

Una muestra inequívoca de que es mía, y nadie toca lo que es mío.

Madeline ladea la cabeza. Hay miedo en sus ojos…, pero también hay una picardía que me sorprende.

—Ni se te ocurra correr, Mads —la amenazo sin dudar.

Ella traga saliva y se fija en mi imponente erección, que amenaza con desgarrar los pantalones de traje que me he puesto en cuanto ha acabado mi combate con Lucian.

El alcohol que hemos ingerido quema en mis venas mientras la observo y siento que mi alma prende fuego cuando se queda a mi lado y niega lentamente.

—Ya no quiero huir —susurra acercándose a mí y posando sus manos en la máscara roja que adorna mi rostro—. Esto…, la máscara, las peleas, tus venganzas…, he aprendido a quererlo todo. A desearlo.

Me relamo los labios y la tomo del cuello con suavidad. Solo lo justo para que sienta el control, pero no lo suficiente como para que no pueda hablar. Quiero escucharla, joder, necesito escuchar que desea esto, casi tanto como yo lo necesito para respirar.

—¿Ah, sí? —gruño tan cerca de su cuello que siento cómo se le aceleran las pulsaciones.

—Sí, lo deseo —susurra sin apartar la mirada.

Sus ojos se encienden y sin dudar, levanto unos centímetros mi máscara y la beso.

No es un beso dulce, es hambre absoluta. Es necesidad, promesa y condena al mismo tiempo. Pero devorar sus labios no es suficiente, nunca lo es cuando se trata de ella.

La tengo entre mis manos, temblando, con la respiración deshecha y su lengua acariciando la mía de forma desesperada. Sé que, si no la tomo ahora mismo, voy a perder el control de una forma peligrosa.

La separo de mí apenas un centímetro y su mirada se desvía hacia, en mi opinión, la verdadera obra de arte que hemos creado juntos.

—Mírame —ordeno.

Obedece y gruño de satisfacción mientras deslizo la mano por su cuello, por su clavícula. Su cuerpo reacciona antes que su mente, arqueándose mínimamente hacia mí, buscándome sin darse cuenta.

—¿Sabes lo que significa quedarte aquí? —pregunto en un susurro, cerca de su oído—. ¿Sabes lo que estás aceptando?

Asiente mientras aprieta los muslos para contener el deseo que sé que empieza a enroscarse en su cuerpo. Esa sencilla y escueta afirmación me basta.

La empujo con cuidado hacia el centro del ring, con la palma firme en su espalda, obligándola a caminar delante de mí. El foco rojo nos ilumina como si el mundo se hubiera reducido a este círculo de lona, huesos rotos y respiraciones agitadas.

—Manos al suelo, ahora —ordeno enroscando su pelo en mi puño mientras la empujo hacia abajo.

Se sobresalta cuando ve lo cerca que está del cuerpo inconsciente de este tío y traga saliva, sabe exactamente lo que le estoy pidiendo, lo que necesito.

Se inclina, apoyando las palmas y las rodillas en el suelo, el vestido va subiendo peligrosamente por sus muslos, su cuerpo va ofreciéndose poco a poco sin que yo tenga que pedírselo dos veces. La imagen es brutal. Hermosa. Mía.

Me coloco detrás y acaricio sus piernas despacio, le dejo sentir el roce de mis manos ásperas contra su piel suave, se estremece ante mi contacto, un jadeo se le escapa antes incluso de que la roce donde de verdad lo necesita.

—Joder… —murmuro acercando mi cara a su zona más sensible—, no tienes ni idea de lo que me haces.

Apoyo una mano en su cadera, aprieto tanto su carne que grita de dolor y placer a partes iguales. La otra se desliza lentamente por su muslo, provocando una reacción inmediata. Su cuerpo se tensa, y cuando mi mano roza su ropa interior, la tela empapada me hace estremecerme.

—Eiden… —susurra impaciente.

—Shhh —respondo colocando mis manos en su cintura—, pon las manos en la espalda, yo te sujeto.

Lo hace y entonces la inclino por completo en la lona, apoyando su mejilla sobre una de las palmas abiertas del hombre que he dejado completamente roto a sus pies.

Su respiración se vuelve irregular y la mía también. Sin aguantar ni un segundo más sin estar dentro de ella, de un solo tirón me deshago de la fina tela que nos separa, sacando de mi bolsillo trasero a regañadientes un condón y colocándomelo antes de hundirme en ella de una sola estocada.

Ella gime mi nombre a gritos, apenas le otorgo unos segundos para adaptarse a mi tamaño antes de tenerla sujeta de ambas manos, siendo mi agarre lo único que impide que caiga despeñada al vacío.

—Eso es —gruño—, muéstrale a este hijo de puta a quien le perteneces.

Hago que su primer orgasmo la atraviese sin piedad, cuando gira a penas un centímetro la cara, me deleita con la mirada más sexy que he visto jamás.

Le encanta esto, le excita hacerme perder el control.

Está hecha para mí. Sus jadeos rebotan en las paredes del club vacío, mezclándose con mis respiraciones graves y el leve sonido del cuerpo inconsciente desplazándose centímetro a centímetro por la fuerza de mis embestidas.

—Eres mía —aseguro propinándole un azote que la hace llegar hasta su segundo orgasmo de inmediato—. Joder…, mía.

Su cuerpo responde, una y otra vez, con una intensidad que me atraviesa. Le suelto las manos y se aferra al suelo, a lo único sólido que le queda mientras yo me aseguro de que no olvide jamás este momento.

Ni a mí.

Cuando todo empieza a romperse, cuando la tensión se vuelve insoportable y su cuerpo tiembla de nuevo de una forma que ya no puede controlar, la sostengo con fuerza, tirando de su pelo para que sus ojos se centren en mí desde atrás.

Gira la cabeza como puede y sonrío viendo su mirada oscura, perdida.

—Mmmm —susurro—, sabía que acabarías entregándomelo todo de ti, pero… ¿sabes? Me encanta que lo hagas, porque, joder, yo soy tuyo, jodiamente tuyo.

Sonríe con maldad y me corro sin remedio.

Su cuerpo tiembla contra el mío, rendido, exhausto, hermoso en su vulnerabilidad.

La envuelvo con mis brazos, sin soltarla todavía, sin permitir que el mundo real vuelva demasiado rápido.

La presión desaparece poco a poco, pero la conexión permanece, vibrando entre nosotros como una herida abierta que no quiere cerrarse.

Apoyo la frente contra su espalda y respiro dándome cuenta de la intensidad con la que quemaría el mundo por ella si alguien se atreviera a tocarla, a dañarla.

Nunca me he permitido algo así, nunca había compartido esta mezcla peligrosa de violencia, deseo y necesidad con nadie. Y mucho menos aquí, en el ring donde solo he sido Leyenda.

Pero ella…

Ella me miró a los ojos por primera vez aquí y no salió huyendo. Supe entonces que la conservaría conmigo para siempre, y corroboro ahora que ese será mi único propósito hasta que acabe con mi último aliento.

La ayudo a incorporarse despacio, me levanto unos centímetros la máscara para que se sienta segura, pero sonrío de nuevo al ver que sus piernas parecen débiles y temblorosas.

Cuando se gira hacia mí, sus mejillas están al rojo vivo y suspira con los labios entreabiertos.

Levanto una mano y le aparto un mechón de pelo del rostro con una delicadeza que contradice todo lo que acabo de hacerle.

—Mírate —susurro en voz baja—, sigues aquí… Eres la única que ha visto lo que soy, y pese a ello, se ha quedado.

Asiente dándome un casto beso en los labios.

—No ha sido pese a ello, ha sido por ello. Porque te quiero —responde con una sonrisa casi tan grande como la mía.

Joder, esta mujer siempre será mi punto débil, y no puedo estar más orgulloso.

Me quito la máscara lentamente, dejándola caer al suelo del ring. El golpe seco resuena a nuestros pies.

—Te amo, lobita.

Las palabras salen sin esfuerzo, sin miedo, casi como si llevaran esperando toda la vida a ser pronunciadas.

Sus manos tiemblan cuando las apoya en mi pecho. Siento su corazón acelerado cuando se pega al mío, latiendo ambos casi al mismo ritmo.

—Yo también te amo —confiesa de forma dulce—, Leyenda.

No la beso con hambre esta vez. La beso como se besa a alguien que ya no es un peón en mi guerra, sino mi hogar.

Esta vez, no voy a perderla.

Y si el mundo intenta arrebatármela…

Arderá.